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Postales de Nueva York / El Soho

Lo primero es aprender decir Soho, que significa South Houston (Street), y que por alguna manía local pronuncian Haston. Es esencial porque esa A divide a los muy turistas que pisan por primera vez Nueva York de los turistas que repiten. En la calle Broadway, al sur del Haston, se extiende el corazón comercial del Soho. Aquí no vivió Karl Marx como en su homónimo londinense, pero sí numerosos artistas, sobre todo pintores y escultores, que lo rescataron de su demolición al transformar los antiguos almacenes que habían caído en desuso en los célebres lofts que ahora todo el mundo copia. Ya no hay artistas, que huyeron al Village y a Chelsea tras vender sus pisos renovados por millonadas o expulsados por una espiral de especulación que no pudieron asumir. Ahora los ocupan comercios de postín que atraen a los turistas como moscas.

Conviene llegar en metro y bajarse en la parada de Bleeker. Hay varios templos de visita obligatoria. La tienda de Prada, situada en el primitivo museo Guggenheim, esquina con Prince, es el principal. Se trata de una galería de arte más que de una tienda. Aunque los precios son prohibitivos, al menos para la mayoría, se puede disfrutar gratis del gusto por el detalle y la colocación de los maniquíes. No permiten sacar fotos, pero te lo dicen con amabilidad cuando intentas la segunda, así que es necesario vigilar a los vigilantes, ser rápidos con la primera y después poner cara de sorpresa.

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En el número 600 se levanta una tienda californiana de moda llamada Hollister donde antes había un almacén de alfarería. Las mujeres deben entrar sin ligues, novios, maridos y demás acompañantes molestos, y los hombres sin mujeres. No diré más. La ropa es de surfero y parece buena aunque la iluminación es tan  deficiente que impide distinguirla bien. Esta es otra de las modas de Nueva York: tiendas a media luz y restaurantes en penumbra con iluminaciones innovadoras, por no escribir raras, que al parecer sacan los rojos en los rostros favoreciendo a los comensales pero que no dejan ver lo que hay en el plato.

Debe ser la post post modernidad: comer ciegos a través de los sabores. Y después, tras la digestión vienen los sustos. Sorprende esta moda oscura en una ciudad que jamás apaga las luces de las oficinas. Sus autoridades consideran que ese dispendio energético compensa el esfuerzo de potenciar la imagen de una ciudad que no duerme. Turismo a precio de calentamiento planetario.

En una bocacalles de Broadway, en Spring, está el restaurante Balthazar. Tiene unos bancos de hierro en los que se puede comer un buen perrito caliente comprado en cualquiera de los puestos callejeros. Conviene observar antes de decidirse por uno; algunos tienen cola y otro no. Es la señal: los buenos son los que exigen paciencia. El Balthazar, además de ofrecer asiento gratuito, dispone de una panadería a la que se accede por una puerta estrecha. Venden unos dulces estupendos y un café que mejora al de Starbucks, una empresa que me provoca dudas éticas aunque tiene como contrapartida acceso a una red wifi (previo pago a ATT a través de tarjeta de crédito: 3.99 dólares por una sentada de dos horas; mucho mejor que Telefónica).

Otra tienda que merce una visita es la de Uniqlo en la calle Broadway, cuya ropa ambigua en cuanto a los sexos ayuda a encontrar algo que guste y siente bien sin preocuparse si es de hombre o mujer. Es una marca japonesa que desea entrar en el mercado español pero que se enfrenta al problema de la sonoridad de la marca y al temor de que provoque chanza o rechazo. Otro lugar de visita obligada es la sede de Apple en el Soho, en el 103 de Prince Street, que recuerda a la de Chicago y Londres.

Callejear por el Soho es una aventura que depara muchas sorpresas, sobre todo si se miran los precios de los productos. Cualquier recorrido se puede terminar en la calle Mercer, paralela a Broadway, en un bar llamado 89. Lo mejor son los retretes en la planta superior. Son unisex y tiene sorpresa. Era uno de los favoritos de mi amigo Ricardo Ortega.

Postales de Nueva York/ La terraza del Metropolitan

El Metropolitan es uno de los mejores museos del mundo. Está situado en el Upper East Side, en el barrio preferido por las estrellas de Hollywood que viven en Nueva York, muy cerca del Guggenheim, que independientemente de su exposición de turno (ahora una excelente de Kandinsky) su edificio es en sí una obra de arte, como el de Bilbao. Las salas del Met están repletas de esculturas, pinturas y arte antiguo que exigirían decenas de visitas y un cierto conocimiento del mundo del arte para disfrutarlas al máximo. Como el British Museum, el Metropolitan se presenta como un mundo maravilloso e inabarcable.

Los viernes y los sábados cierra a las nueve de la noche (al menos en verano y otoño) y es una oportunidad única para subir a su terraza y asistir con una copa de vino blanco en la mano el atardecer allá por Nueva Jersey, donde empieza la otra América. La vista es espléndida en una ciudad caótica en su arquitectura pero hermosa dentro de ese caos y que se deja ver y fotografiar desde muchos perfiles.

Hasta el 29 de noviembre (si el tiempo lo permite; es lo que dice la publicidad) la terraza está ocupada por un gigantesca escultura de Roxy Paine de casi 40 metros de largo y 13, 7 de alto que parece un árbol-bosque pintado de plata. Compite con la vista urbana y la puesta de sol. Los neoyorquinos de la terraza (casi tanto como turistas) se cubren de sus mejores galas (no tanto como Sexo en Nueva York) para tomarse una copa encima de miles de millones de dólares en arte antes de ir a cenar a cualquiera de los muchísimos restaurantes de moda a 100 dólares el cubierto.

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Saltar entre las raíces del árbol de Paine en busca de los reflejos del sol en los cristales de Manhattan o de las primeras luces eléctricas que iluminan la ciudad como si fuera un belén vertical resulta un ejercicio de riesgo entre cámaras de fotos y copas de vino. Desde esa terraza se aprecia también el cambio de sonidos en una ciudad en la que los automovilistas apenas tocan la bocina. No sólo es civismo, es que la policía multa con 350 dólares el pitido y hay numerosos carteles que así lo advierten.

Al descender de la terraza en uno de los dos elevadores es obligatoria en estos días la vista a La lechera de Vermeer, expuesta hasta el 29 de noviembre. Es de esos cuadros que valen el pago de la entrada de un museo. En Nueva York, como en España, los periodistas con carné que lo acredite entran gratis; de algo tenía que servir tanto sufrimiento.

Postales de Nueva York/ Gospel en Harlem

La iglesia Pentecostal de la Bethel Gospel Association está en Harlem, en la quinta avenida con la calle 120, mucho después de que el refinado Upper Side East se transforme en un barrio diferente repleto de gentes en camiseta y gorra al revés que no lucen palmito sino cierta pobreza y mucha dignidad que a veces parece altanería. La Bethel Gospel es una de las comunidades negras más comprometidas y combativas de la zona. Estuvo en primera línea en la campaña electoral de Barack Obama y desde su púlpito se pidió protección divina para el hombre que les trae el cambio. Los servicios dominicales son un espectáculo. El coro canta himnos gospel que generan una emoción ambiental desde la que se entienden las manos levantadas, los ojos cerrados, los bailes de los fieles y los gritos de aleluya.

A diferencia de los ritos católicos, teatralmente impresionantes, pero algo rígidos, y que son la expresión de una religión jerarquizada que se vive desde el miedo al castigo y al infierno, los de la Bethel Gospel están impregnados de alegría, como si la religión fuera un lugar de esperanza, nunca de temor. Recuerda a África, donde los ritos católicos se metamorfosean  través de la música local y surgen renovados con una fuerza que mueve los sentimientos, incluso de los ateos.

A los nuevos fieles, por lo general turistas blancos, se les recibe como una mención especial y una ovación. En medio de un canto en el que se repite la palabra welcome a ritmo de blues, decenas hombres y mujeres elegantemente vestidas tocadas con sombreros con y sin plumas se acercan a los recién llegados para estrechar sus manos y darles la bienvenida. Poco antes, las acomodadoras han situado a los extranjeros en las bancadas traseras, en lo que podría ser un homenaje secreto a Rosa Park, la mujer que desafió el sistema de segregación estadounidense: los fieles negros, en los mejores sitios; los blancos, en los teóricos peores. Me gusta.

Como todo momento mágico tiene que tener su reverso tenebroso éste aparece poco antes del discurso del pastor, del que conviene escapar con sigilo. Cuando el coro entona “No hay Dios como Jehová”, las acomodadoras organizan la salida de las bancadas, primero las traseras de los blancos, para que todos se acerquen al altar donde aguardan dos robustas mujeres y unos no menos robustos cestos de mimbre en los que la iglesia y Dios esperan recibir unos cuantos dólares.

Antes de comer es recomendable pasear un poco desandando la numeración hacia el Upper East Side y aspirar los olores de El Barrio. Así llamado el Harlem hispano, que está en el este, en oposición al oeste y negro, aunque parece que todas estas divisiones étnicas están en movimiento debido a la especulación que se anuncia tras la crisis. Es saludable tomarse un zumo de tamarindo, por ejemplo, antes de bajar al metro de la línea 6 en dirección downtown para descender en la estación de Canal Street y verse lanzado en medio de Chinatown. El contraste resulta tan brutal que parece increíble que mundos tan opuestos puedan estar unidos por una docena de estaciones de metro.

Para comer resulta excelente el restaurante Shanghai Cusine, en el 89-91 de Bayard Street, el favorito de mis anfitriones neoyorquinos. Los cangrejos están sublimes pese a que la temporada terminó. En una plaza, un poco más abajo en Bayard se reúnen los domingos todos los ancianos de Chinatown y alrededores o, al menos, es lo que parece. Varias orquestas de música china pretenden alegrar el ambiente desde diferentes ángulos aunque los sonidos que logran son bastante melancólicos. Sobre un escenario, media docena de extranjeros con problemas de estrés realizan movimientos de Tai chi dirigidos por un profesor oriental.

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En los jardines, las mujeres juegan a las cartas y protestan por cada foto robada con una frase que traducida libremente podría ser… “Métase usted la cámara por el…”. Los hombres se enfrentan en partidas de damas chinas que congregan decenas de curiosos alrededor y en las que a diferencia de las damas occidentales parece no haber movimiento.

Chinatown y Harlem son sólo dos expresiones de una ciudad única y extraordinaria en sus defectos y virtudes.

PD Recomiendo el comentario de Nico, que aclara algunos errores por mi parte sobre el juego de damas que no es de damas.

En la calle 56, entre la sexta y séptima avenida, se venden unas hamburguesas que podrían pasar por las mejores de la ciudad. El bar no tiene nombre ni otra publicidad que el boca oreja que lleva a decenas de personas a pugnar por una de las 11 mesas o llevarse la comida a la calle. Nueva York, la ciudad que nunca duerme, come -cuando el clima lo permite- en parques, esquinas y bancadas observándose unos a otros sin como si todos fuesen parte de una enorme representación teatral.

De las paredes del bar sin nombre cuelgan carteles que son una declaración de principios: Los Ramones, Midnight Cowboy e Indiana Jones, a la izquierda; Sexo en Nueva York y Los Sopranos, a la derecha. Es necesario guardar cola para encargar el menú. Los cocineros son eficientes y rápidos; no hay que asustarse por ser el último de una decena de aspirantes a cenar bien.

En un letrero escrito a mano y con bastante gracia se explica el sistema: primer paso: escoger entre hamburguer o cheesburguer; segundo, el punto de la carne: desde poco hecha a asesinada (carbonizada); tercero, el acompañamiento: lechuga, tomate, cebolla, etcétera. Si se desea completa se dice work para ahorrar explicaciones, evitar enredarse en palabras e impacientar a la cola. Los neoyorquinos son gente práctica.

Las patatas fritas son extraordinarias; la demostración empírica de que en otros garitos que presumen de hamburguesas sus chips son congelados. Se puede acompañar el menú con una  jarra de cerveza. Me gusta la Brooklyn Lager, inventada por un periodista en la bañera de su hotel en Arabia Saudí durante la primera guerra del Golfo porque en las guerras el agua sólo se usa para lavar. También sirven dos alternativas excelentes: Sierra Nevada de California y la Samuel Adams de Boston. Un segundo cartel reza: “No escupimos en su comida; no escupa usted en nuestras paredes”. No todos hacen caso, en lo de las paredes, pues hay numerosos graffiti.

Para encontrar el bar de las hamburguesas que no necesita nombre para conseguir público hay que buscar el hotel Le Parker Meridien en la dirección antes citada, entrar en el vestíbulo, pasar delante de la recepción que parece un anuncio de ordenadores Apple, dirigirse al fondo y torcer a la izquierda. Detrás de una cortina roja está el otro mundo, un oasis maravilloso.

Tras cenar es obligatorio entrar en el bar del hotel, situado a la derecha del vestíbulo. Es art decó y tiene una pinta magnífica aunque es posible que lo ahorrado en la cena se gaste duplicado en un mísero Bourbon con demasiado hielo que no le llegará jamás a la suela del vaso a un buen malta escocés.

PD Aunque parezca increíble, la hamburguesería sin nombre no sale en el libro de Enric González pero a veces los amigos y anfitriones que conocen Nueva York son más efectivos y cariñosos que un excelente texto.

Postales de Nueva York/ Top of the Rock

Desde el Top of the Rock (el mirador del Rockefeller Center situado en la calle 50, entre la sexta y quinta avenidas), Manhattan se muestra como una ciudad compacta, dura y fría a diferencia de Londres compuesta por decenas de pequeñas ciudades que parecen humanizar tanto asfalto y tanta estadística. Desde allá arriba apenas se distinguen las personas convertidas en insectos disfrazados y los taxis amarillos reducidos a aquellos cochecitos de hierro que coleccionaban los niños de mi generación. La visita es obligatoria, incluso para los turistas que se empeñan en hacerse pasar por viajeros, y es recomendable que sea anterior al Empire State Building, que después completa la visión de una ciudad extraordinaria.

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Al norte se extiende Central Park; más allá, Harlem, y tras Mahhattan, el Bronx, una segunda frontera del miedo que de tanto salir en las películas como barrio de alto riesgo se quedó sin curiosos. Al este del parque, el Upper Side East, donde uno puede tropezarse con la sonrisa de Merlyn Streep o cruzarse con un tipo que pasea conejos convertidos en mascotas. En el oeste, en el Upper Side West, está el Lincoln Center y el edificio Dakota, convertido en centro de culto demoníaco desde que Roman Polannski rodara allí La semilla del diablo. También es célebre porque allí mataron muchos años después a John Lennon.

En la recepción del Top of the Rock, donde se pagan 20 dólares de entrada, ofrecen por dos dólares más un mapa desplegable de los edificios simbólicos de Manhattan. Sería un imperdonable un ataque de tacañería renunciar a él y dejar de descubrir edificios soberbios como el de la General Electric, Chrysler y el ahora llamado Metlife que divide Park Avenue entre el mundo de los ricos y el mundo de los muy muy ricos.

Hacia el sur, la vista de Manhattan resulta impresionante. En primer plano, el Empire State convertido en el símbolo superviviente de la ciudad tras el 11 de septiembre de 2001, la fecha que cambió la fisonomía de sus rascacielos y su carácter. Se distinguen (con ayuda del mapa) el Village, Soho, Chelsea, Tribeca, el barrio chino que se comió al italiano y el Wall Street, otro cogollo de cristal que amenaza con comerse los ahorros y las pensiones de todos los barrios y países. Al fondo, un poco a la derecha, la Estatua de la Libertad empeñada en mantenerse como referencia incluso en tiempos oscuros como los de la anterior presidencia en la que con el todo vale olvidó principio, valores y leyes.

Cuando se desciende en el ascensor del edificio Art Decó de uno de los inventores del capitalismo moderno (no dejen de mirar el techo) y se pone el pie en tierra, la jungla de cristal, cemento y hierro de las alturas se trasforma lentamente. Hasta de Central Park parecen llegar sonidos y músicas. Si se camina por los barrios antes citados se descubren ciudades humanizadas dentro de la ciudad impersonal en las que habitan gentes muy amables (mucho más desde el 11-S), dispuestas a ayudar al extranjero.

El Top of the Rock es también un símbolo del periodismo actual, que se realiza desde las alturas, más cerca de las nubes que de la gente y las emociones, casi siempre a través de prismáticos y lentes de aumento que reducen costes y la distancia física de las noticias, que se ordenan según dictaminan las modas, las encuestas y el prime time. Un periodismo que renuncia al descenso a la calle, a los barrios, las casas, la gente, las palabras, la música y las historias no es un periodismo que trate de la vida. Desde arriba, un tipo de perspectiva; desde abajo, los detalles, el contexto. El mejor periodismo siempre fue la suma ambiciosa de visiones y puntos de vista.

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