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Postales de Nueva York / Ostras en Gran Central

Nueva York es una ciudad que está impresa fotograma a fotograma en la memoria de millones de personas; una película constante en la que el visitante entra en ella por unos días como si fuera un extra de su propia vida: cada imagen, una escena, una película, un trozo de cultura audiovisual, que es la nuestra.

En la estación Gran Central -que merece una visita detallada: desde las taquillas al laberinto de pasillos y, llegado el caso, los andenes en los que se han rodado decenas de célebres escenas- existe un restaurante modernista diseñado por un discípulo de Antonio Gaudí: el Oyster bar. Es necesario descender al sótano para encontrarlo entre chiringuitos de comida llamada Fast food por la velocidad de desplazamiento intestinal.

El Oyster Bar es un templo de techos bajos e iluminados con bombillitas blancas de fiesta, un espacio amplio y agradable con una barra inmensa repleta de taburetes giratorios. (No perderse los toilets).

Cuenta Enric González en su libro de Historias de Nueva York que en febrero o marzo llegan los primeros soft shell crabs capturados nada más mudar de caparazón. Este manjar gusta mucho a los neoyorquinos, incluso a los que aborrecen las bárbaras costumbres europeas de chupar la cabeza de las gambas y langostinos. Diferencias de civilización insalvables.

Las mesas son la opción cuando el grupo es de cuatro o más personas. Hay que estar alerta y evitar caer en una próxima a comensales chinos, tal vez diplomáticos, que copa a copa de vino terminan por perder el pudor del silencio y las distancias razonables. Es recomendable escoger pescado, la especialidad del restaurante, y no carne, aunque puede haber gente para todo. Las ostras que dan nombre al bar son obligatorias, sobre todo de septiembre a abril.

Pese a ser exquisitas y presentarse entre hielos, abiertas y con el trozos de limón preparados, la cultura de este lado del Atlántico obliga a ciertas variaciones incomprensibles, como la de acompañar las ostras con un segundo plato repleto de salsas rojas. Contó el cocinero de Aristóteles Onassis, no recuerdo si en unas memorias o en una noche de desembuche y desesperación, que Jacqueline Kennedy añadía ketchup a cualquier plato servido sin importar su contenido ni el esmero puesto en él.

Al pagar la cuenta con tarjeta de crédito no hay problemas de cálculo con las propinas porque camareros de toda la vida como el que dice llamarse Ferruzo y ser originario de Venecia norte pese a su fuerte acento neoyorquino, incluyen por decreto el 15% del servicio. No lo tomen como un ejemplo de mala educación, un impuesto revolucionario-capitalista ni nada similar, solo es sentido práctico y comodidad.

No hay brotes verdes en la economía del Oyster bar, donde abundan las mesas vacías, y es que la salida de la crisis no está aún para homenajes, al menos para aquellos que no son brokers, intermediarios o ciudadanos díscolos con el sistema que como acto revolucionario supremo terminaron de pagar su hipoteca sin añadir más deudas a su vida. El dejar de alimentar la glotonería de los bancos, comisión escandalosa a comisión escandalosa, da para alegrías, vacaciones, ciertas dosis de sosiego y al menos un plato de ostras neoyorquinas en el Oyster Bar.

Postales de Nueva York / Los libros imprescindibles

Hay libros que logran captar el alma de una ciudad, definir sus ritmos interiores, lo que no está a la vista pero que se siente de alguna forma bajo los pies. Tal vez, el más célebre e importante sobre esta ciudad es Here is New York del escritor E. B. White, poco más que un reportaje publicado en la revista Holiday, en 1949, elevado con el tiempo y los lectores a la categoría de clásico y que se mantiene, según The New York Times, como el mejor retrato psicológico escrito jamás sobre Manhattan. White define Nueva York como una ciudad de destino, que se elige, y en la que cada uno decide si le afecta la caída de una cornisa unas calles más arriba frente a otro tipo de ciudades en las que todo afecta a todos, en las que no existe escapatoria posible. NY es para los desean la soledad y la privacidad que nada tiene que ver con sentirse solo; para los que decidieron dejar de ser tribu y no tienen miedo a la libertad y al riesgo.

Un segundo libro es Historias de Nueva York, de Enric González. En él, describe a NY como “una ciudad liberal, sincera hasta la brutalidad, con los ideales justos para ir tirando y un egoísmo que algunos estiman y otros no” y recuerda una cita extraordinaria de Groucho Marx, que sirve para identificar la gravedad de los periodos de crisis: “No entiendo de economía, pero sé que cuando los neoyorquinos alimentan a las palomas en Central Park las cosas van bien y cuando las palomas alimentan a los neoyorquinos, las cosas van mal”.

De Historias de Nueva York irán surgiendo estos días numerosos lugares, algunos míticos, como el White Horse. Si el viajero se hospeda en casa de amigos que llevan cierto tiempo en la ciudad -más del que estuvo el autor-, creen conocerla razonablemente, reivindican la paternidad de algunos descubrimientos y han leído el libro, no conviene efectuar demasiados comentarios del tipo: “El libro de Enric recomienda…”, pues provocan reacciones airadas, sobre todo entre los íntimos, hartos de visitar una y otra vez los templos mencionados en Historias.

Tras varios días en Nueva York se descubre que existen dos ciudades paralelas y separadas: la que sale en el libro de Enric y la que espera impaciente una oportunidad para aparecer en el siguiente.

Postales de Nueva York/ Wall Street

Aquí empezó todo, en las partes pudendas de un toro que en Wall Street simboliza la Bolsa alegre, la que sube sin parar, las acciones desbocadas, los bonus, los ejecutivos que se sienten los reyes del universo, existan o no motivos ambientales para ello. Un día el toro desaparece y surge el oso, que simboliza lo contrario: el batacazo, el lunes o lo que sea negro, existan o no motivos ambientales, porque a veces toca recoger beneficios con las dos manos, o alguien dijo algo que asustó, o una empresa ganó menos de lo previsto. Si la caída es muy grande se le denomina crash y todo por una nimiedad, porque a un gran banco de inversiones le descubren el truco, perdón la ingeniería financiera, como al pobre Hamid Karzai se le descubrió el fraude, perdón el trasvase excesivo de votos.

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Ha pasado un año desde que apareció el oso, se acabó la fiesta y el denostado Papá Estado tuvo que regar con miles de millones a los bancos, empresas aseguradoras y demás especuladores globales que hicieron mal su trabajo para salvarlos de la quiebra y que su caída no arrastrara a todos en un sistema que se basa en la confianza, es decir, en que nadie pregunte dónde está el dinero.

Los ejecutivos volvieron a cobrar sus bonus porque así lo dictaminaban los contratos a prueba de pérdidas que ellos mismos se habían regalado, y algunos se fueron a las Bahamas a celebrarlo. Y motivos tienen para repetir la juerga: muy pocos han acabado en la cárcel, los pasados bonus están a buen recaudo y los nuevos tienen el aroma de las ayudas estatales, que para un buen capitalista siempre es una excitación añadida.

Un año después, los turistas, muchos procedentes de países del euro ascendente, se arremolinan alrededor del toro –la escultura de 3.200 kilogramos de peso de Arturo di Modica-, posan al lado de los cuernos, le acarician el morro; los más atrevidos, sin duda franceses, se hacen la foto cerca del trasero y un par de anarquistas pasan la mano por los huevos.

El Wall Street real, el de la calle, está en obras, como Madrid. Obreros hispanos y negros trabajan en las aceras sin atender mucho a las cintas electrónicas que escupen las cotizaciones del Casino. No hace calor. El día está gris, agradable, con una luz espléndida fotográfica para aquellos que sepan tomar fotos. Los turistas hacen lo que hace todos los turistas. Varios carromatos de vendedores de comida rápida preparan perritos calientes con y sin mostaza y kechup ante una hilera de distinguidos clientes encorbatados. Debe ser que tanto bonus no sirve para aprender a comer mejor. En Nueva York, como en gran parte de EEUU, la comida es un molesto accidente que se produce a mediodía e impide trabajar más horas, una herencia de la Madre Inglaterra que jamás se le dio bien cocinar.

En el exterior de la Bolsa se ha sustituido la patriótica bandera estadounidense, que ocupaba todo el frontal, por un anuncio de cerveza Budweiser símbolo del cambio de rumbo político de la nueva Administración, alejado del patriotismo barato y de las alertas de seguridad que tanto gustaban a George W. Bush para mantener el miedo colectivo como estado político. Algo hemos mejorado.

Postales de Nueva York

El yala yala afgano y yo empezamos unas merecidas vacaciones en Nueva York y es mi intención escribir cada día un cuaderno o una estampa de esa ciudad extraodinaria. Espero ser capaz.

Mientras, un regalo: Invito al viaggio de Franco Battiato:

Internet no huele a calle

Internet ha creado en muchos periodistas y jefes una cierta confusión: creer que el ordenador es una ventana abierta al mundo desde la que se puede oler la realidad y ahorrar dinero. Escribimos sobre los peligros de Facebook y otras redes sociales en el carácter de los jóvenes -decimos que están perdiendo el contacto humano-, pero somos nosotros, los periodistas, los que estamos perdiendo el contacto con la realidad sentados todo el día ante nuestro ordenador buscando noticias de otros, sean de la BBC o de la Voz del Tajo (dicho con todo el respeto), y declaraciones de políticos que han aprendido el juego y tampoco necesitan pisar la calle para hablar con los presuntos ciudadanos, sino que se montan un audio ante el espejito mágico y lo cuelgan en su página web o en la del partido para que los periodistas rastreadores descubran un buen titular que llevarse a la boca.

Los nuevos periodistas, los jóvenes que no son inmigrantes digitales como nosotros sino nativos de pata negra (la frase es de Rupert Murdoch, quien la debió copiar de otro lado), montan productos digitales desde los que auguran la muerte del papel (que a buen seguro vivirá más que muchos auguradores), exigen que corra el escalafón periodístico como si esto fuese un asunto de edades y no de capacidad y méritos y critican con fervor la pereza de los medios tradicionales, eso sí, sin moverse de la ventana del ordenador que afuera hace mucho frío.

Hay grandes excepciones en España entre esos jóvenes, y otras más que aún desconozco: Mikel Ayestaran, Mayte Carrasco, David Berain, Sergio Caro, Unai Aranzadi… Periodistas freelance que salen a la calle, se manchan los zapatos de polvo y saben que Internet no es una ventana abierta ni cerrada, sólo una maravillosa herramienta que permite difundir y recibir de una forma económica, completa y directa (¿democrática?) información y que pone un mando a distancia en las manos del lector-espectador, que con el tiempo aprenderá a crearse nuevas jerarquías de confianza, a descubrir lo bueno, a separar la basura de lo excepcional, como hacemos cada día en los quioscos y librerías.

Los medios tradicionales, verdaderos portaaviones rodeados de canoas, tenemos varias ventajas: potencia de fuego, unas cabeceras históricas que llevan impresa la confianza de muchos años, tanto en el buen hacer de grandes compañeros que nos precedieron como en las decenas de periodistas capacitados en activo. Sólo tenemos un problema: el rumbo es el equivocado, y como el relato del rey nadie se atreve a decir que está desnudo.

No sé si hay que pagar o no por la información que circula por Internet, pero sí por algunos servicios premium, como la hemeroteca y el acceso a ciertos contenidos de calidad del diario a los que también se podría acceder en el papel. Por lo diferente y extraordinario, se paga. Por lo que tienen todos por bien contado que esté, no.

Liberation ha inaugurado un servicio de pago que permite seguir la elaboración del diario. Es una gran idea meter al lector dentro del proceso, porque él es la parte final y esencial. Cada firma, sea de información u opinión, debería estar acompañada de una dirección de correo electrónico. Los comentarios, como los de este blog, siempre son magníficos y te ayudan a mejorar. No hay que tener miedo a las criticas; es la esencia de este oficio y a menudo nos las merecemos.

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