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Postales de Nueva York / La ciudad caminable

Hay ciudades por las que apetece caminar. Una fuerza extraña se apodera de los pies del visitante, sea turista, viajero o gorrón, como es mi caso, que le obliga contra toda lógica a recorrer distancias enormes sin una dirección precisa y sin un motivo sólido, sólo por el placer de caminar, ver, escuchar y oler. Nueva York es de las más peligrosas, mucho más que la apetecible Londres. El terreno plano y la numeración sencilla de sus calles resultan una combinación irresistible en la que los rascacielos se convierten en puntos de referencia engañosos. “Pero si está al lado”. En Nueva York casi nada está al lado.

Al norte de Houston Street -la que se pronuncia Haston o Jaston y que es la frontera del Soho-, la numeración de la calles sigue números correlativos. No necesita de muertos ilustres ni de ayuntamientos con patrocinadores poderosos a los que compensar con la eternidad relativa de algún ancestro. La Quinta avenida divide la Gran Manzana es dos mitades, el Este y el Oeste, información cardinal que incluyen todas las direcciones a las que se añade, por precisión, entre qué calles o avenidas se encuentra la manzana. Un ejemplo: 233 East 52 Street entre la Primera y la Segunda Avenida. Resulta difícil perderse. De nuevo la practicidad.

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Algo tienen las aceras de Nueva York, tal vez el material con el que están hechas, que resultan abrasivas. Es como si se caminara descalzo y aparecen pronto las primeras ampollas y rozaduras que dificultan el duro trabajo de turista. Hay una tienda que pone remedio rápido. Se llama Paragon y es experta en todo tipo de zapatos, sobre todo de trekking y demás variedades de cansarse con mayor o menos utilidad física. Se encuentra en el 867 Broadway, entre la 17 y la 18.

Existen cientos de recorridos. Cada barrio ofrece varias posibilidades que vienen detalladas en las guías y con las que no tengo intención alguna de competir: Chinatown, Chelsea, Soho, Noho –significa North Soho-, Tribeca -significa Triangle Below Canal (Street)-, el distrito financiero, Harlem los domingos, Central Park y sus clases de tango de los sábados, los dos Upper, sobre todo el East Side, la Quinta avenida con sus comercios de lujo…

Una entrada en la cinematográfica Tiffany’s, Quinta avenida con la 56, es obligada, al menos para ojear las novedades en joyas que después se encuentran copiadas en los comercios de Chinatown a precios asequibles aunque de calidades inciertas. Dicen mis anfitriones que al día siguiente de toda presentación de joyas en Tiffany’s se encuentra la réplica en Chinatown tras una noche de intenso trabajo en los talleres clandestinos.

Dentro de la ciudad caminable hay tiendas que parecen una ciudad en sí mismas, como el OutLet (baratillo) de Century 21 enfrente de la Zona Cero, no por tamaño sino por todo lo que se puede revolver, y los célebres almacenes Macy’s en calle 34 entre la Séptima avenida y Broadway. Son los más grandes del mundo y conservan las primeras escaleras mecánicas que entraron en funcionamiento. Su fundador Rowland Hussey Macy fue ballenero antes de abrir su primer comercio a mediados del XIX. La estrella roja del logotipo de los almacenes no es un coqueteo izquierdista (imposible en la empresa que patrocina los fuegos artificiales del 4 de julio) ni una provocación postmoderna sino que procede del tatuaje favorito de su fundador.

En esto del arte de caminar sirven también los museos. El Moma merece una buena mañana por sus obras y sus espacios que invitan al recogimiento, como en las catedrales. Y Guggenheim con su Kandinsky extraordinario.

Con esta última postal regreso a Madrid y a la normalidad en el blog. No quise copiarme con unos cuadernos de NY émulos de los de Kabul, algo que dejo para más adelante, sino describir estampas turísticas para dar ideas y provocar comentarios tan buenos como los vuestros y sentir una vez más que esto, como el periodismo, es una aventura colectiva.

Obiang ya es un tipo bendecido

Democracia es tener petróleo y poca memoria.

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El West Village merece un recorrido pausado por sus calles en las que se multiplican los edificios con historia y lugares emblemáticos como la taberna de Stonewall, en el 53 de Cristopher, donde arrancó el movimiento gay hace 50 años. Se trata de un barrio agradable de gentes educadas que recogen las cacas de sus perros y de parejas que pasean a sus hijos en bicicletas como si con ellos no fuese el frenesí de unas calles más al este.

En el número 567 de la calle Hudson, esquina con la 11, está anclado uno de esos templos que exigen una parada y nunca defraudan: la taberna del White Horse. Aquí no arrancó movimiento reivindicativo alguno sino que murió, dicho con cierta exageración, el gran poeta galés Dylan Thomas, un día en el que no escribía versos sino bebía como un escocés en la barra del White Horse, su verdadera oficina.

Cuenta Enric González en Historias de Nueva York que allí liquidó 18 whiskys antes de caer desmayado al suelo y que tras recuperarse y reclamar el récord del lugar tuvo tiempo de beberse dos cervezas antes de volver a desmayarse y morir después en el hospital el 9 de noviembre de 1953.

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En el White Horse conviven hoy dos mundos paralelos, el de los clientes de toda la vida que comen sus perritos calientes y hamburguesas y beben cualquiera de las grandes cervezas estadounidenses, y los seguidores más o menos fieles de Thomas, bien por sus poemas, bien por sus hazañas alcohólicas. La taberna data de 1880, tiene 18 mesas de madera en la zona de la barra y dos aparatos enormes de televisión que emiten partidos diferentes de béisbol.

Las sillas y los tapizados de las bancadas son rojos y parecen antiguos, como el reloj de péndulo que parece ralentizar el tiempo más que dar las horas. Las lámparas son blancas y están decoradas de caballitos de hierro. El gran espejo que recorre la barra y que ha debido reflejar todo tipo de borracheras, incluidas las del poeta galés, está coronado también por figuras de caballos, el emblema de la casa. Cerca de la caja registradora se exhibe una advertencia: “No se sirve a personas intoxicadas”. Cerca del reloj del péndulo hay otro letrero más mundano que recuerda que no se admiten las tarjetas de crédito. En cuestiones de alcohol, las deudas, al contado.

El White Horse tiene dos salas más que parecen comedores separados. El primero es un homenaje a su cliente emérito y principal atractivo, Dylan Thomas. Son varias las fotografías y retratos del poeta de quien se dice tenía una voz maravillosa capaz de envolver más que sus poemas e historias de marineros.

Tras unos cuantos whiskys es posible que el cliente logre escuchar alguno de los ecos de aquella portentosa voz pero es poco recomendable intentar batir el récord de las 18 copas dadas las funestas consecuencias que tuvo y porque a buen seguro sólo se trata de una leyenda urbana, aunque bien hermosa.

Postales de Nueva York/ Brooklyn

Manhattan y Brooklyn parecen España y Portugal, dos países que se dan la espalda, algo que es más cierto en el caso del español que en el portugués. Los neoyorquinos de la isla -que unos holandeses avispados compraron a unos indios con escasa visión comercial- miran a Brooklyn como un lugar extraño al que cuesta ir incluso para comer en Peter Lugar, el restaurante en el que se sirven las mejores carnes de toda la ciudad. Una amiga que tenía un loft en Brooklyn preguntaba a sus íntimos si se habían sacado ya el pasaporte para poder visitarla. Ahora que vive en el Bronx, donde asegura que crecen los árboles y la gente es tranquila, tiene aún más dificultades para convencer a sus visitas.

Para un viajero-turista sería imperdonable no cruzar el East River (en metro o sobre el agua en un taxi-barco) y adentrarse en Brooklyn, aunque sea con la excusa de ver mejor los rascacielos de Manhattan. Para los lectores de Paul Auster, entre los que me encuentro, pasear por Brooklyn Hights resulta una delicia. Cada vivienda es una tentación, una excusa para soñar con una buena lotería. Las calles Willow y Cranberry están llenas de sabor literario: en ellas se escribieron grandes obras como A sangre fría de Truman Capote.

Desde el Promenade, el paseo que discurre junto al río, la vista resulta hermosa y familiar. En los bancos de hierro se siente el aliento de Woody Allen en Manhattan, una de sus mejores películas. La visión del cogollo financiero, desde donde se decide la suerte de acciones, fortunas privadas y publicas y vidas de millones de personas, impresiona sin la visión de las Torres Gemelas, cuya ausencia es una presencia constante. En la orilla de Brooklyn del East River están desapareciendo los almacenes abandonados en diversas crisis y surge poco a poco un proyecto de jardines (y supongo que algo más en lo que sea necesario pagar) ralentizado por la pereza de los brotes verdes que todos los dirigentes políticos dicen ver empujados sin duda por su visión única de las cosas. Es un lugar espléndido para sentarse y pensar, o comprarle un dibujo a M, el pintor ruso que copia la realidad que ven sus ojos en unos grabados en tinta china.

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Si se deja atrás el River Café, un lugar al que solo se entra si hay mucho dinero en el bolsillo o en el banco, se sube por calle donde está el Eagle Warehouse y se gira por Front Street se encuentra una perpendicular con una visión del puente de Manhattan. Debe ser la sección de puente más filmada de la historia. Merece la pena el rodeo antes de cruzar el Brooklyn Bridge, un monumento arquitectónico y un placer para la visión y el olfato.

Los sábados y domingos hay que compartir el espacio con decenas de atléticas personas convencidas de que correr con el rostro desencajado y enrojecido es bueno para la salud y decenas de ciclistas que intentan los mismo pero desde una posición más cómoda. En el tramo final de puente, cuando emergen los automóviles del piso inferior, es como si el caminante estuviera moviendo un dial imaginario pues se suceden las músicas y las radios que escapan por las ventanillas abiertas de los coches. Es Nueva York.

Postales de Nueva York/ El Metro

El metro de Nueva York es posiblemente el único del mundo en el que uno puede toparse con Caroline Kennedy acompañada de un conocido actor o cualquier otra celebridad vestida de fiesta. “Es el medio más rápido norte-sur o sur-norte y el más rápido este-oeste u oeste-este son los pies”, dicen mis anfitriones. No es pues una cuestión de dinero (a falta de chófer) sino de inteligencia aplicada a los atascos. Como he dicho en otros post, los neoyorquinos son gente práctica.

Para los primerizos en la utilización del sistema suburbano de Nueva York -que en el caso de esta ciudad no debe haber tantos, bien porque la visitaron; bien porque la conocen a través de la televisión y el cine- es necesario tener en cuenta dos palabras para orientarse: uptown y downtown. Diferencia los convoyes que suben en dirección norte de los que bajan hacia el sur a través de la isla de Manhattan. No importa los esfuerzos que uno haga ni la atención que ponga habrá errores de dirección, pues las trampas son muchas. No ayudan demasiado las bocas de metro -pequeñas, estrechas y casi clandestinas-, que no están situadas siguiendo la lógica europea. En realidad siguiendo ninguna lógica.

Se expiden billetes de una semana por 27 dólares que ahorran tiempo y dinero. Una de las manifestaciones exteriores de que se ha producido una inmersión satisfactoria en la Gran Manzana es ser capaz de pasar a la primera la barra magnética del billete. No diré cuál es el truco, porque en esto de la inmersión cada uno debe sufrir sus vergüenzas.

Hay líneas Express y otras Locales, más lentas porque se detienen en todas las estaciones del recorrido. Las paradas y las opciones de transbordo se anuncian mediante un cartel luminoso dentro de los vagones y por megafonía. A diferencia del metro madrileño, los locutores no se comen los artículos de las frases al decir aquello de “¡Atención ! Estación en curva… No meter el pie entre tren y andén”. Son voces agradables y con una entonación amable de un hombre y una mujer, no como la imperativa de Madrid, una émula de la señorita Rotenmeyer. En la mayoría de los vagones hay un mapa eléctrico del recorrido en el que se puede seguir con facilidad el avance del tren y anticiparse a las paradas. Sólo le falta un detalle: indicar si las puertas se abrirán por la derecha o la izquierda, que varía según las estaciones.

Nunca entendí por qué en Madrid es casi imposible viajar en un tren que tenga una pegatina (de electricidad ni hablamos) de la línea en la que se viaja. Es frecuente toparse con la información de las líneas 1 y 4 en los vagones de la 5 y así sucesivamente. Afirman que se debe a que los trenes no realizan el mismo recorrido todos los días. Nunca se piensa en la ayuda al usuario, sea nacional o turista. ¡Para qué! ¡Si ya han pagado! Carteles electrónicos serían la solución.

Las estaciones neoyorquinas son espaciosa y los convoyes largos. Bajo tierra debe ser uno de los mejores metros del mundo en eficacia junto al de Londres. Sobre las seis de la tarde, que es cuando cierran muchos chiringuitos financieros, perdón quise decir bancos de inversiones y cosas así, la estación de Wall Street dirección uptown es un espectáculo. La mayoría se quita el disfraz en el andén. Sin corbata resultan humano.

El metro parece seguro, tanto de día como al caer la tarde, al menos entre Brooklyn y la calle 125, las fronteras entre las que me he movido. A veces entre las vías se ven ratas enormes saltar las traviesas. Al parecer también tienen problemas con el downtown y uptown.

En el metro de NY nadie pide limosna ni nadie canta ni toca instrumentos musicales en los vagones aunque sí en los pasillos como en la gran película The Visitor. No es extraño que en las líneas Express, aprovechando los recorridos más largos entre una estación y otra, se suban un par de negros musculosos con un enorme casete al hombro y se dediquen a dar saltos mortales y realizar complejos movimientos raperos de un lado a otro del vagón. Estos neoyorquinos serán gente práctica, amable y extraordinaria, pero hay que reconocer que ya no saben qué hacer para sentirse únicos.

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