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Tipos de locura en Downtown

Nueva York es el lugar con más averiados del mundo. La ciudad es un gigantesco imán que los atrae. Por eso me gusta: soy uno de ellos; aquí me siento como en casa. La locura también tiene  clases sociales, juegos de apariencia.

En Nueva York abundan los mendigos que hablan solos repartiendo bendiciones o maldiciones, según sople el viento en sus cabezas, y personas bien vestidas que llevan colgado un cable del oído y con el que simulan hablar por teléfono. Los avances tecnológicos y el dinero permiten que cientos de locos impolutos, recién lavados y alimentados vayan por la calle hablando solos sin que nadie se dé cuenta de la impostura. También existe la posibilidad de que hablen de verdad por teléfono. Hay gente pa tó.

A mediodía, la ciudad se llena de gentes que se mueven de un lugar a otro cargando bolsas de papel con comida y bebida. A veces son pizzas; otras, hamburguesas o cualquier variación de comida más o menos basura que mi estomago europeo y mal acostumbrado no logra retener más de media hora. Esta tara me genera situaciones complicadas y cómicas, carreras prietas de las que no ofreceré detalles (de momento) y que recuerdan a las películas de Charlot.

Estas u otras personas invaden parques, plazas, bancos de madera, piedras o cualquier adorno que permita sentar las posaderas, para comerse esos fritos al sol de otoño. Son los libertinos, los que osan dedicar 20 minutos a comer.

EEUU ha aportado mucho al mundo, más allá de Apple y los drones, pero en el arte del comer y degustar andan un poco justos, como los ingleses. Sé de lo que hablo mi madre es inglesa y lo suyo nunca fue la cocina.

El culto calvinista al trabajo y al esfuerzo estajanonista convive con otro contradictorio al cuerpo. EEUU es el país más fitness del mundo que tiene la mayor tasa de obesos del planeta. No es ejercicio lo que les adelgaza, es la comida lo que les engorda.

El tráfico ruidoso y bocinero se mezcla con gentes amables y casi siempre bien dispuestas. Ayer, una mujer de color me golpeó la tripa con el codo mientras esperábamos en un semáforo. Fue un accidente. Nos pedimos disculpas; ella, por la agresión y yo por el tamaño de la tripa. La mujer se rió y me dijo que estaba muy dura (la tripa). Le respondí: “Esto es así porque todo está pagado”. Ella lanzó un grito de asombro “¿Todo pagado?”.

Tener todo pagado, carecer de deudas, es un acto revolucionariamente insolente, populista, y más aún presumir de él, en el centro de un capitalismo salvaje basado en la deuda y la especulación sin límites. Feliz día.

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Dinosaurios en Central Park

Me agradan las ciudades que se dejan caminar, que invitan a descubrirlas por dentro. De todas, tal vez Nueva York (Manhattan) sea la más grande. Cada ciudad esconde otras ciudades, como Londres, que es un archipiélago. Nueva York está repleta de fronteras invisibles. No están trazadas en el suelo ni en los mapas si no en el aire. Son fronteras que se pueden respirar.

Lo que me gusta de Manhattan es su reinvención permanente, su caos creativo, que se visualiza en un tráfico denso y ruidoso capaz de evitar el atasco. Es el sonido del tipo de vida que llevamos.

Pasé casi cuatro horas en el Museo de Ciencias Naturales. Fui en Metro, por la línea 6 hasta la parada de la  calle 77; después crucé a pie Central Park de Este a Oeste. No es Vermont y sus bosques preñados de colores, pero el otoño le sienta muy bien. Hay zonas del parque en las que no sientes ni ves la ciudad, son oasis de una ciudad paralela.

Fui temprano al museo, subí directo a la cuarta planta. Así evité la mayoría del público que realiza un recorrido lógico y ascendente. La cuarta planta es la de los dinosaurios. Eché de menos la palabra de un experto, alguien que me ayudara a entender o, al menos, una audioguía. También eché de menos una mayor interacción audiovisual.

No pude entrar en el planetario porque está cerrado hasta noviembre. Del resto de las salas no salí demasiado impresionado. Lo que más me gustó fue el arte ritual de las islas de Melanesia, Micronesia y Polinesia y su extraordinario parecido con el africano. Al parecer no hubo contacto entre ambos mundos, solo que llegaron por vías diferentes a representaciones similares.

Caminé la avenida de Columbus y por Broadway hasta la 23. Comí en un sitio modeniqui y desestructurado que no estaba mal: la cafetería de la tienda de Urban Outfitters. Me senté en un taburete con vista a unas escaleras que parecían una pasarela de la levedad postmoderna. Me sentí viejo súbito y desubicado, pero la comida era comestible: vegetariana y picante.

Tomé café expreso en un Starbucks  con asientos y aproveché para seguir leyendo durante una hora Voces de Chernóbil de Svetlana Alexievich. Es conmovedor: un libro que abraza.

Antonio me llevó por la noche a Momofuku, al de la Primera avenida entre las calles 10 y 11. Es el más barato de la cadena. El de mayor gama, el  Momofuku Ko, tiene dos estrellas Michelin y las alabanzas de Ferrán Adriá con su consiguiente efecto en los precios. Me tomé un ramen de carne de cabra (para compensar el vegetariano) que estaba excelente. Hay que hacer cola, pero merece la pena si la noche es otoñal. Feliz viernes.

(Corrección: el que le gusta a Adriá en el baratillo; mejor).

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Paseo junto al East River

Paseo por el East River al atardecer junto a Antonio, amigo de muchos años. Nos adelantan decenas de ciclistas y corredores sudorosos. Un tipo se dispone a tomar fotos ayudado de un gran aparataje de objetivos, filtros y trípode. Saco mi iPhone y bromeo: “Le voy a copiar la foto”. No se inmutó. Puede que fuera sordo, más extranjero que yo, que mi inglés sea deplorable o que se tratara de un imbécil. Todo indica que estamos ante la última opción.

A la derecha hay varios campos de fútbol iluminados. Un jugador de color lanza faltas sin barrera. Dos goles en dos minutos. El portero hace la estatua, pero el chico tiene estilo en el golpeo. Antonio, que vive en Nueva York desde hace años, me dice: “Si a esto le llaman río, ¿cómo llamamos al Manzanares?”. Al terminar el verano en el East River aterrizan hidroaviones que traen de vuelta aa los muy ricos que regresan de su veraneo o de sus fines se semana en los Hamptons. Aquí todo es grande, sobre todo los ricos.

Cenamos en un filipino, favorito de Antonio y cuyo nombre y dirección mantendré en secreto. Está en la zona donde las calles tienen nombre. Como no sirven alcohol nos compramos unas cervezas en la calle y las llevamos al restaurante. Los americanos siempre son prácticos y flexibles. Se llama inteligencia. La cerveza era una Brooklyn Lager, inventada por un periodista harto de las limitaciones alcohólicas de Oriente Próximo. Eso es ser un periodista con éxito.

Leo a Svetalana Alexiévich en la tableta: Voces de Chernóbil. No pude esperar aunque prometo comprarlo también en papel. Es maravilloso, de una enorme profundidad, emotivo: periodismo con personas, desde las personas.

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Arranca el viaje

Si el cuerpo me saliera vago, solo colgaré fotos de Nueva York; si me saliera contarín, escribiré entradas en este blog. De momento, el cuerpo me amaneció madrugador. No llevaré la Canon D50, solo un iPhone.

Como no tengo idea de fotografía da igual la cámara que use. He seguido unos vídeos en Internet que me deben mejorar un poco. Pero estoy a kilómetros de Luis de Vega, que hace maravillas con su teléfono. O de Gervasio Sánchez con quien me despierto cada día pues tengo sus libros de fotos a la derecha de mi cama, como si fuera un altar.

Lo mío son las palabras, y tengo días. Lo peor de viajar es separarse de la gata Nana, que volvió a ronronear tras la visita del intruso. Es una presencia incondicional. No es la única presencia en mi vida; soy muy afortunado.

Tengo ganas de Nueva York, de su otoño. Feliz día.

Madam Bufi

Nana sigue revuelta, con morro de mala leche y el ronroneo atascado. Ayer le presenté un gato, tan castrado como ella. Primero puse el transportín de Nuba, que así se llama, en medio del salón para se fueran acostumbrando. Nana bufaba erizada y emitía maullidos de combate muy agudos.

Sintiéndose seguro dentro de la caja, Nuba observaba la danza de la guerra con presunta tranquilidad. Después situé a Nuba detrás de los cristales de la ducha y repartí una lata entre ambos. El asunto empeoró. Nana bufaba al gato invasor y me bufaba si la tocaba el lomo. Todos los gatos nos habíamos convertido en enemigos. Era a guerra mundial gatuna.

Coloqué a Nana en una habitación y dejé merodear al invasor. Se oían los bufidos detrás de la puerta. Metí a Nuba en el dormitorio y dejé en libertad a Nana. Mi gata se apostó ante la puerta para seguir bufando. A media tarde, Nuba emprendió camino de su casa.

Por la noche, en una de sus carreras nocturnas habituales, Nana bufó sola. Ahora, además de Nana, la voy a llamar Mandam Bufi. ¡Qué carácter!

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