Ferraris en Wall Street
Thursday, 22 de October de 2015 por Ramón
Hasta que no tomé en la cena una michelada, en un restaurante mexicano que no voy a recomendar, mi cuerpo no terminó de encajar las piezas de la noche de farra por Alphabet City. Los cuerpos, según hacen años, se vuelven perezosos y las resurrecciones tardan un poco más. Ya no es la falta de sueño, sino un cierto destartalamiento interior que descuadra los huesos.
A mediodía, Wall Street hervía dentro y fuera del parqué. En el interior de la Bolsa, las acciones de Ferrari subían un 8% en su presentación; en el exterior, los curiosos se arremolinaban ante una colección de cochazos de la marca dispuestos delante del templo del dinero. Un operario de la empresa italiana pasaba un trapo por los capós para eliminar cualquier mota de polvo. Un periodista de televisión, con el pinganillo colgando por la espalda, se movía pomposamente entre los vehículos con la esperanza de que le admirásemos un poco. Parecía un armario de gimnasio: cuerpo danone, cerebro petit-suisse. Es envidia, lo sé; lo del cuerpo, se entiende.
Por las calles adyacentes se movía de todo: turistas y funcionarios del casino universal. En una tienda, tres masters del universo se dejaban pulir los zapatos por otros tantos limpiabotas. Los trapos se deslizaban armónicos, como si fueran los arcos de tres violines. Acerqué el oído: ni rastro de los Stradivarius, solo sonaban los derivados y los warrants.
Los jefes de los funcionarios que comen en la calle sentados en un resol no se dejan ver entre los humanos. Ellos vuelan en helicóptero o en limusina. En un puesto ambulante de comida india había cola de trajeados. Olía bien, pero no me atreví. Entré en un McDonald’s y mi estómago mediterráneo me obligó 20 minutos después a visitar con urgencia el retrete de Starbuks. Entre multinacionales anda el juego. Veinte minutos es la media de mi resistencia a la comida basura.
Compré tres vaqueros en una tienda de Broadway: 49 dólares cada uno.
Pasé delante del Pravda, uno de los bares favoritos de Ricardo Ortega, y pensé mucho en él. Tengo que pedir a Antonio que me lleve para brindar por los ausentes.
Usé mucho el metro ayer, up town, down town, por un tic paleto: era el último día del billete semanal. Entré en una tienda de camisas inglesas llamada Pink. Compraba en ella cuando tenía trabajo fijo y un buen sueldo. Ahora miro el céntimo (sin exagerar): 165 dólares por una con descuento del 30% me pareció inaceptable: un tercio de un nuevo iPhone.
Pisé la tienda de Apple en SoHo, tuve el 6S entre las manos, pero resistí. No cantemos victoria, queda una semana de tentación.
Estar en Nueva York como si viviera en la ciudad, sin ejercer de turista, me encanta. Es un doble descanso: de la cotidianidad de Madrid y del trabajo de subirse a todo. Tengo pendiente el museo del 11-S. Me conmueven las tragedias: el Holocausto, Camboya, Ruanda, Srebrenica, España. Y la de los palestinos. Mi conmoción no se detiene en los apellidos ni en las razas.
Volvió el otoño. Pongo música, mejor que foto. Feliz día.
