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Ferraris en Wall Street

Hasta que no tomé en la cena una michelada, en un restaurante mexicano que no voy a recomendar, mi cuerpo no terminó de encajar las piezas de la noche de farra por Alphabet City. Los cuerpos, según hacen años, se vuelven perezosos y las resurrecciones tardan un poco más. Ya no es la falta de sueño, sino un cierto destartalamiento interior que descuadra los huesos.

A mediodía, Wall Street hervía dentro y fuera del parqué. En el interior de la Bolsa, las acciones de Ferrari subían un 8% en su presentación; en el exterior, los curiosos se arremolinaban ante una colección de cochazos de la marca dispuestos delante del templo del dinero. Un operario de la empresa italiana pasaba un trapo por los capós para eliminar cualquier mota de polvo. Un periodista de televisión, con el pinganillo colgando por la espalda, se movía pomposamente entre los vehículos con la esperanza de que le admirásemos un poco. Parecía un armario de gimnasio: cuerpo danone, cerebro petit-suisse. Es envidia, lo sé; lo del cuerpo, se entiende.

Por las calles adyacentes se movía de todo: turistas y funcionarios del casino universal. En una tienda, tres masters del universo se dejaban pulir los zapatos por otros tantos limpiabotas. Los trapos se deslizaban armónicos, como si fueran los arcos de tres violines. Acerqué el oído: ni rastro de los Stradivarius, solo sonaban los derivados y los warrants.

Los jefes de los funcionarios que comen en la calle sentados en un resol no se dejan ver entre los humanos. Ellos vuelan en helicóptero o en limusina. En un puesto ambulante de comida india había cola de trajeados. Olía bien, pero no me atreví. Entré en un McDonald’s y mi estómago mediterráneo me obligó 20 minutos después a visitar con urgencia el retrete de Starbuks. Entre multinacionales anda el juego. Veinte minutos es la media de mi resistencia a la comida basura.

Compré tres vaqueros en una tienda de Broadway: 49 dólares cada uno.

Pasé delante del Pravda, uno de los bares favoritos de Ricardo Ortega, y pensé mucho en él. Tengo que pedir a Antonio que me lleve para brindar por los ausentes.

Usé mucho el metro ayer, up town, down town, por un tic paleto: era el último día del billete semanal. Entré en una tienda de camisas inglesas llamada Pink. Compraba en ella cuando tenía trabajo fijo y un buen sueldo. Ahora miro el céntimo (sin exagerar): 165 dólares por una con descuento del 30% me pareció inaceptable: un tercio de un nuevo iPhone.

Pisé la tienda de Apple en SoHo, tuve el 6S entre las manos, pero resistí. No cantemos victoria, queda una semana de tentación.

Estar en Nueva York como si viviera en la ciudad, sin ejercer de turista, me encanta. Es un doble descanso: de la cotidianidad de Madrid y del trabajo de subirse a todo. Tengo pendiente el museo del 11-S. Me conmueven las tragedias: el Holocausto, Camboya, Ruanda, Srebrenica, España. Y la de los palestinos. Mi conmoción no se detiene en los apellidos ni en las razas.

Volvió el otoño. Pongo música, mejor que foto. Feliz día.

Parranda en Alphabet City

En Nueva York todo es grande; las resacas, sobre todo. Tras un día de trabajo en casa de Antonio, salimos desafiando al catarro, ya en remisión. Caminamos hasta el Jimmy’s Corner para tomar una cerveza, bueno: dos y sin tapas, que eso aquí no se estila. La barra estaba abarrotada. Nos quedamos de pie en un pasillo angosto. Mi tripa generó alguna que otra situación divertida al cruzarse con otra similar. Las tripas que se rozan siempre bromean entre ellas.

El bar está decorado con fotos de boxeo, influencia del Madison Square Garden, unas calles más abajo. Delante tenía una de Roberto Durán en blanco y negro en pose de combate. Le conocí hace unos meses en su restaurante en Panamá City. Es uno de mis favoritos. Eran los tiempos en los que me gustaba el boxeo, los tiempos de los grandes pesos ligeros, superwelter y welter, y de Mohamed Alí. Había una cierta poética en el heroísmo.

Es frecuente encontrar personas solas en estos bares, islas que se lanzan a la vorágine para sentirse menos solas o para entablar alguna conversación. Es la ventaja de la gran ciudad: puedes entrar en ella o salir sin apenas moverte. Millones de personas caminan individualizadas en sus soledades y dolores, en sus carencias afectivas, sin contacto alguno. A veces la puerta giratoria entre ambas ciudades se libera con “un buenas noches” o un “cheers”.

Cenamos en un coreano con una compañera de trabajo. Después, no sé por qué iniciamos una ruta sin freno por Alphabet City, una ruta de bares, se entiende. Primero, en una coctelería pija llamada Mace. Es una punta de lanza de la ciudad moderna y cara que avanza por los barrios populares, como avanza Up Town hacia Harlem, expulsando a sus habitantes de siempre.

Del Mace cambiamos al Manitoba’s donde jugamos a un juego extraño: una mesa que imita una pista de hockey hielo con un disco fluorescente y dos porterías. Creo que el dolor de cabeza mañanero procede del gin tonic que tomamos en este garito que pertenece al barrio que aún resistente el avance de la modenidad. Pese a todo, me gustó.

Terminamos en otra coctelería llamada Lovers of Today, donde no sé por qué insensata razón duplicamos la comanda. Al salir vi un mural borroso dedicado a Joe Strummer y me acordé de la versión con la que cierro esta entrada.

El camino de vuelta a la casa, a la Primera con la 22, se nos hizo muy cuesta arriba. Si hubiera erratas se pueden reclamar en el último bar. Como dijo un día Danny DeVito en televisión tras una noche de parranda con George Clooney: “Sabía que el séptimo limoncello me iba a tumbar”. Feliz día.

Cabezadas en Union Square

Estoy acatarradamente muerto. Ayer, día de sofá y manta: Nueva York desde la ventana indiscreta, la vida fluyendo por la Primera Avenida dirección Up Town. Por la tarde, algo mejor en mi estado febril sin fiebre, caminé hacia Union Square por la calle 18. Me gustan sus casas bajas de barrio con las primeras calabazas en las ventanas y en los jardines que anuncian la llegada de Halloween. Me senté en un banco de la plaza al resol y me entró sueño de cabezada. Me encanta observar a la gente, imaginarme sus vidas.

Compré unos zapatos en Parangon, el mismo modelo que llevo puesto, el mismo que adquirí por primera vez hace siete años. Soy un tipo de costumbres. Entré en una librería de Barnes & Noble, casi una reliquia tras la guerra con Amazon. Me encanta oler los libros, sentir la piel interior, sus venas de tinta.

El domingo descubrí que para las salas de cine de la ciudad soy senior, +60, con derecho a un pequeño descuento. Me hizo ilusión. Se lo hice saber a Antonio antes de pagar. La taquillera no pidió documento alguno. Debo tener escrito el paso del tiempo en las arrugas de la cara.

Nueva York no es una ciudad para viejos; todo se mueve a una velocidad excesiva. Me refiero a las personas que superan los 80 o que no se encuentran en buenas condiciones físicas. Hay una ciudad para los triunfadores, las personas con mucho futuro, las dentaduras perfectas y los cuerpos musculados y otra para los vagabundos, los pobres y los mendigos. Son ciudades que no se mezclan. Es como si hubiera un carril invisible para el éxito y otro para el fracaso.

Cenamos en un japonés delicioso y caro: Kano Uama, en el 175 de la Segunda Avenida. Sé que Antonio me va a matar por revelar sus secretos culinarios. Me agrada la comida japonesa, degustarla en el orden preciso para que cada bocado estalle en la boca y llene el paladar durante unos segundos. Disfrutar de la vida es un privilegio de la vida lenta, de la pausa que llega con los años. Algunos lo llaman experiencia; otros, suerte, Feliz día.

Frío de otoño

Me gusta que las estaciones se marquen en el calendario. Me recuerdan a una infancia que tenía otoño, invierno, primavera y verano, y no el lío climático actual agravado por los negacionistas y sus patrocinadores. Una infancia con sabores, en la que los tomates sabían a tomate y no a especulación alimentaria.

El otoño tiene sus altibajos, como la primavera. Son estaciones que nos llegan habitadas por la siguiente que pugna por adelantarse y tener un poco más de vida. A veces, el otoño deja escapar días invernales como ha sucedido este fin de semana en Nueva York. Hoy amaneció a 3 grados y una sensación térmica de 1. Ya sé que esto es un veranillo de San Miguel comparado con los -7 de máxima de enero y febrero, pero ni el cuerpo ni el fondo de mi maleta estaban preparados para estos rigores. El sobrepeso no protege de los vientos racheados.

Comí con unos amigos de toda la vida que huelen a Bosnia-Herzegovina, a Sarajevo sitiado: allí nos conocimos, en la guerra de 1992-1995. Santi se curó haciendo mucha bicicleta, casi como un profesional; Emma está como yo: con la emoción en carne viva. Es bueno sentir tanto, aunque a veces duela.

La hamburguesa del Blue Smoke me supo a gloria pese a que andaba inquieto. El restaurante está en el 255 de Vesey Street, junto a la sede de Goldman Sachs, ya saben, esos pulcros e inocentes inversores que creen en la democracia, en los principios éticos y en la importancia de las personas.

Después de pasear junto al Hudson con Santi, Antonio, Raquel (una amistad nacida en Sierra Leona en 2005) y yo fuimos al cine en Union Square a ver Sicario con Benicio del Toro. Buena, pero no excelente. Él, genial. Al salir tomé esta foto. Me encanta el blanco y negro; tiene fuerza.

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Ya llevo dos fiestas y un catarro

Acabo de aterrizar y ya llevo dos fiestas, bueno cenas-reunión, que tampoco hay que exagerar. No traje maleta de glamur (que no tengo: ni glamur ni ropa de postín) para alternar ni siquiera con periodistas, que somos un desastre para estas cosas; solo tengo ropa de batalla, de patear la calle.

Ayer fuimos al cine a ver Bridge of Spies de Steven Spielberg. Muy bien actuada por Tom Hanks y Mark Rylance. Tiene diálogos divertidos y agudos, como los de la coletilla “¿serviría de algo?”. No quiero estropear el argumento a nadie; solo diré solo que se basa en una historia de la Guerra Fría a la que le falta algo para ser una película excelente. Quizá le sobre la redondez proestadounidense, que queda mejor cuando es menos explícita.

Hay mensaje, claro, sobre la ventaja de una libertad amparada por la Constitución (de EEUU) frente al mal indefinido. Sirvió entonces, en este caso de finales de los 50, pero no sirve hoy cuando el mal nos contamina desde que orillamos las leyes, los convenios internacionales contra la tortura, las constituciones. Hemos perdido elegancia y compostura, y principios.

Salgo a comer con amigos, un valor que gana peso con los años y la experiencia, cuando se descubre lo importante de la vida. Brilla el sol, se percibe el frío en la ropa y en los andares de los peatones. El catarro sigue agarrado a la garganta, pero ya me va soltando el cuerpo. Al parecer toda la ciudad está acatarrada. Inlcuso lo estaban Tom Hanks y Mark Rylance en la película. Una empidemia que tampoco respeta a la ficción.

Esta tarde, más cine. Me encanta que los espectadores aplaudan al final si les ha gustado. Feliz domingo.

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