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Pasó la primera presentación -la de Madrid; el 23; Barcelona- de Todos Náufragos, un viaje periodístico con herramientas de la literatura sobre mi familia, España y mi relación con el padre. Es la ocasión en la que más cerca he estado de la crónica latinoamericana, un traje que permite una gran libertad de creación. ¿Por qué no lo intenté antes? ¿Por qué no me arriesgué?

Este libro me ha servido para comprender que podía haber dado más en mi carrera periodística y que, tal vez, aún pueda remediarlo con libros. Martín Caparrós tiene razón: he estado mal acostumbrado. Me gustó algo que dijo el miércoles en unas jornadas en Málaga sobre periodismo: escribir en primera persona como mirada, no para el yo.

Agradezco las palabras de Sol Gallego Díaz, Juan Diego Botto, Bru Rovira y Javier del Pino -todos cariñosos-, y la presencia de tantas personas, amigos del barrio, mi hermana Patricia, algunos sobrinos, como las dos Isabel y Nicolás, de primas como Margarita. Fue una hermosa tarde-noche en la sede de la Asociación de la Prensa de Madrid. También una muestra de lo que soy: un periodista, nada más.

El País publica hoy un texto sobre el libro
. Ayudará a que se venda y se lea. Un buen gesto. Me gusta cómo lo ha recogido su redactora, María Sosa, pese a que lo llama novela. Le sucede lo mismo a mi editora Carmen Romero. Quizá ese sea el mayor acierto del libro: ser muchas cosas contrarias a la vez: retrato familiar, autobiografía, novela; yo lo siento como una crónica interior. He tratado de ser honesto, de mostrarme. Si no, ¿para qué diablos escribo? ¿Para multiplicarme en los ocultamientos?

Tres años de aquello

Han pasado tres años del ERE y puedo decir que me ha ido bien. Se lo debo a mis nuevos jefes: Marta, Javier y Manuel, y a los ocasionales como Mar y Nacho. Me fui despedido pero sin rencor a nada ni nadie porque no me gustan las cárceles y el rencor es una de las peores. Ni quiera tengo rencor al Gobierno que aprobó la ley ni a las personas que elaboraron la lista de los despidos. La vida es así: llena de traiciones y aprendizajes. Con el Gobierno resolveré mis cuentas el 20-D.

Me llaman a veces de otros medios -españoles y extranjeros- para que opine sobre asuntos de mi antiguo periódico, como en un caso reciente. Mi respuesta siempre es la misma: es una etapa cerrada; no hablo mal de mi ex novias, pasara lo que pasara. Es una norma.

Es fácil ser generoso porque he tenido y tengo mucha suerte: fui un privilegiado durante mis 20 años como corresponsal y enviado especial de plantilla y lo sigo siendo. Jamás me rendí. No rendirme es una de las virtudes que he heredado de mi madre.

Sé íntimamente que Todos Náufragos es un buen libro y que tiene momentos de gran altura literaria. Lo sé porque soy lector y no quiero caer en la falsa modestia. Ahora dependerá de la capacidad del libro de relacionarse con cada lector, de sedimentarse en él mezclando mis historias con las suyas. Me gustan los libros de los demás que durante la lectura cambian de bando y se hacen míos. Son los mejores, los que me han formado como persona. Este aún tiene que demostrar su capacidad de multiplicarse. Gracias.

Mujeres que construyen la paz en Colombia

En la guerra me interesan las mujeres: son las que sostienen la comunidad, las principales víctimas de la violencia física y sexual. Busco también a los niños porque en ellos está el futuro, aunque sea uno averiado que exija generaciones de reconstrucción; y a los viejos que lo vieron todo. Los únicos que no me interesan en una guerra son los hombres que la hacen.

Lula Gómez es una peleadora. Lucha por ella y por su profesión, que es la mía, siempre desde un entusiasmo contagioso. Acaba de terminar Mujeres al frente, la ley de las más nobles: un documental sobre Colombia, sus duelos y esperanzas.

Les tocó un país preñado de violencia; la muerte viaja disfrazada de guerrillero, paramilitar, narcotraficante, militar, policia, político, amigo norteamericano o de machista. La muerte exhibe demasiados nombres en Colombia, pero los muertos solo tienen uno y sus sinónimos: los nadies, los poca cosa, los de siempre.

La paz no es solo dejar de disparar

El documental llega cuando parece próxima la paz definitiva entre el Gobierno de Bogotá y las FARC. Pero la paz no es solo el cese de la violencia; cuando las balas enmudecen y los fusiles se enfundan arranca un largo proceso personal y colectivo de acompañamiento hacia una paz sólida que sea sentida como la paz de todos. Se llama reconciliación.

Es necesaria la justicia y el perdón, y no a partes iguales. Primero justicia, reconocimiento del daño, compensación; después ya se verá. La necesidad de perdonar es el final de cada duelo.

La paz empieza por hablar y que te escuchen

Un tramo esencial del recorrido de la cultura de la guerra hacia la cultura de la paz es la palabra: que todas las víctimas puedan hablar, contar su historia. Escuchar sus relatos es otra forma de hacer justicia.

Gómez ha seleccionado siete mujeres-fuerza de diferentes clases sociales, edades y etnias. Todas son desafiadoras del (des)orden establecido. Unas dejaron las armas, otras no olvidaron a sus muertos, unas terceras luchan por los derechos básicos, como el la tierra. La tierra es el principio de cualquier reconstrucción.

Su valentía les ha costado amenanzas de muerte. Son las que no se callan. Por ello es urgente escucharlas. Aquí, en el blog de Mujeres de El País, algunos ejemplos y vídeos. La película final dura 50 minutos y merece la mejor de las acogidas.

Siete heroínas, siete esperanzas

Son las historias de Mayerlis Angarita, que lidera el proyecto Narrar para vivir; Patricia Guerrero, abogada, feminista y jueza, fundadora de la Ciudad de las mujeres en Turbaco; Beatriz Montoya, que desde el Oriente Antioqueño dirige una asociación de mujeres que trata de transformar la cultura patriarcal dominante; Luz Marina Bernal, madre del primer falso positivo (personas de escasos recursos a quienes los militares hicieron pasar por bajas de combatientes); Luz Marina Becerra, lideresa de la Asociación de Afrocolombianos Desplazados y experta en género; Vera Grabe, ex dirigente Movimiento 19 de Abril o M-19 (guerrilla que se desmovilizó a inicios de los 90), ahora empeñada en la paz y Nelly Velandia, que forma parte de la Asociación Nacional de Mujeres Indígenas y Campesinas de Colombia.

Cada una de sus voces son el primer paso de cualquier paz.

Lo que puede salir mal, en España sale peor

Sé que estamos ante un escenario político peligroso, tal vez el momento más delicado desde el 23-F. No hay un golpe de Estado en marcha, sino una rebelión que va mucho más allá de Artur Mas. Desde este lado todo se enfoca y relativiza en el president, como si fuera obra de un insensato. Es un error tan grave como pensar que Mariano Rajoy y compañía son España.

Cuando escucho a los actores principales -y a unos cuantos secundarios- veo irresponsables jugando con fuego en busca del beneficio personal. Unos porque creen que así ganaran las elecciones del 20-D; otros, para lanzar una cortina de humo sobre la corrupción y su incapacidad como gobernantes.

Sé que debajo del ruido bullen agravios, razones y pasiones. El partido que ha dedicado los últimos tres años a agitar todo lo agitable para que el problema fuera mayor llega ahora al galope, en precampaña electoral, con las soluciones. Así trata de marcar el paso a los demás, sumarles a su visión ciega de una España campeadora que no existe.

Jugamos con dos historiografías falsas bañadas aún por un franquismo cultural del que no terminamos de salir. Estamos jodidos. Lo último es comparar Catalunya con Kosovo; no se lo recomiendo a Catalunya: Kosovo es un desastre con una nula independencia real. Sé que lo que puede salir mal, en España sale peor.

Quiero conservar la esperanza de que al final, no sé en qué mojón del camino, el procés y su contrario se sienten a negociar, de que se celebre un referéndum en 2016. Quizá sea la gran oportunidad para sanear el todo: España, o como queramos que se llame.

Si esa es la botella medio llena, la medio vacía es una pesimista indómita: ni la derecha postfranquista ni los independentistas más duros desean el referéndum; unos por alergia a las urnas; otros porque lo perderían.

La declaración de hoy del Parlament es solo un paso dentro de un plan. Sería un error responder como si fuera el final de la partida.

Uno de los dos PSOE ha de helarte el corazón

Sé que ante unas elecciones legislativas uno es capaz de cualquier cosa, sobre todo si pertenece a un partido habituado a pisar moquetas. Al parecer son adictivas, como los coches con chófer, los guardaespaldas, los reservados en los restaurantes y los aviones privados. Sobre todo resulta adictivo gastarse a espuertas el dinero de los demás. Hay pánico a un ERE político masivo.

El PP anda liándola todo lo que puede con el lío de Catalunya. Para ellos es solo una cortina de humo que da votos. Espera que nos olvidemos de todo lo demás, de las promesas incumplidas, de las mentiras. Fracasado el truco de la recuperación económica, toca el prodigio de salvar a la patria. En frente, Mas, Forcadell y compañía parecen apostar por el PP. Vaya plan.

Me sorprende el PSOE; en realidad no me sorprende nada.

¿Cómo puede prometer sacar la Religión (católica) de las escuelas y el denucniar el Concordato (otra vez) y votar en Zaragoza contra una reforma del protocolo del Ayuntamiento que libere a sus miembros de la obligación de ir a actos de contenido religioso en representación de una institución de todos? Una medida que no impide acudir a quien lo desee a título individual.

Son tiempos de trilerismo al por mayor.

¿No tiene el PSOE un coordinador de ocurrencias? ¿Un tasador de sandeces? ¿Un nivelador de incongruencias? Los necesita. Y con urgencia. También deberían contratar un refrescador de historia para dar a Fernández Ordónez el bueno lo que es de Fernández Ordóñez el bueno.

Y después está C’s y sus líos con las medallas y la memoria histórica. Franco, no; Pujol, sí. ¿Vientos nuevos? Prefiero decir Franco, no y los ladrones e impostores tampoco. Sin juegos.

Nos queda la música.

Buen día contra la violencia machista, la ejerza quien la ejerza.

En busca de banco con las manos en alto

No me gustan los bancos: la esencia de su negocio se basa en el perjuicio de sus clientes. Los más hábiles lo hacen de manera sutil, no abusiva; los más estúpidos, sablean cargándose la credibilidad. Son tiempos en los que la credibilidad no cotiza al alza. Pesa más la gula del corto plato, el bono del directivo, la pasta gansa, el robo y la estafa.

Tenía mi dinero en el Barclays por aquello de que mi madre es inglesa. También compré un coche Rover, ya difunto. No puedo hacer más por el imperio de su (a veces) graciosa majestad. El Barclays, pese al asunto del Libor y sus oscuras raíces en África, era de los inteligentes. Me perjudicaba con una enorme elegancia y simpatía, sobre todos en los primeros años. Abrí cuenta en 1986 y me la cerraron en mayo porque el señor Jenkins, uno de esos listos-listillos de la City, decidió vender el banco a la Caixa. Le dedico mi desprecio eterno.

También tengo algo en ING. Nunca he padecido errores ni letras pequeñas. Me gusta que la matriz  devolviera los 10.000 millones del euros que el Gobierno de Holanda le prestó tras el hundimiento de Lehman Brothers en 2008. En noviembre del año pasado, con unos meses de anticipación, terminaron de devolver el dinero al contribuyente y con intereses. Eso es un país serio.

En España hemos prestado de nuestros impuestos y derechos 94.753 millones, de los que el Estado -es decir nosotros- ha recuperado 3.589 millones, el 3,8%. No esperen mucho más.

Ya sé que no se deben tener más de 100.000 euros en el mismo banco. Ese es mi problema. Si sobrepaso (¡por poco!) esa cantidad es gracias al ERE de El País (se cumplem tres años el domingo; lo celebraré en la intimidad), no a mi habilidad.

No me gusta la Caixa, por lo menos la oficina que me tocado ni la de al lado. He investigado Triodos; me echa para atrás el rollo de la Antroposofía. También he mirado EVO Bank, pero se dispone a despedir más trabajadores y cerrar sucursales. Destarto BBVA, que ya tuve con ellos la hipoteca y fue suficiente, y Santander. El Deutsche Bank puede emitir en cualquier momento toxicidad como VW y la sucursal más próxima a mi casa parece sacada del túnel del tiempo. Está la opción de Bankinter aunque me echa atrás que fuera presidente Jaime Botín. Es decir, un lío.

Tengo dos tentaciones: seguir como estoy en la Caixa y ponerme una pinza en la nariz o llevarme todo a ING sin importarme el tope de los 100.000. También hay una tercera, la buena: gastar el exceso. Se admiten consejos. Feliz día.

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