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Todos náufragos, así se llama el libro

Publico Todos náufragos (Ediciones B), que en teoría llega este miércoles a las librerías. Es mi mejor libro, lo cual no significa mucho: puede que los demás fuesen malos. Estoy contento del resultado, de su efecto balsámico en mí. Me preocupa que no se venda; también, la reacción de mi familia que aún no lo ha visto ni leído. Hablo de ellos, de nuestros antepasados. He procurado ser generoso hasta donde me lo permite la conciencia. También siento pudor: me desnudé emocionalmente.

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Es la historia de la destrucción de una familia brillante, republicana y progresista, la de mi bisabuelo y abuelo, de cómo la Guerra Civil y la dictadura nos dejó rotos y averiados. Es la historia de este país, de los efectos del franquismo aplastante en mi generación, la que intentó la Transición. Si he conseguido esa vinculación, de la familia a España y viceversa, será un buen libro. Si no, un fracaso.

Me ha costado tres años. Si exagero podría decir 60. Se formó primero en el limbo emocional donde se cultivan las historias; después realicé una investigación: papeles que interpretar y decenas de conversaciones y viajes para ver a primos. Me puse a escribir hace un año, con todo abierto.

Cada descubrimiento me obligaba a un ajuste y, a veces, a un ligero cambio de enfoque. Resultó un viaje apasionante. Me gusta escribir libre, dejarme ir, buscar la sorpresa. Como periodista necesito lo inesperado; cuando buceo dentro de mí aún más, porque solo así me siento vivo.

Cuando terminé supe que solo había conseguido un libro debajo de la hojarasca. Empezaba la limpieza: cortar, editar, equilibrar y renunciar a frases y párrafos de los que me he enamorado pero que entorpecen la lectura. He sido drástico, sin piedad en la poda. He contado con ayudas de personas muy cercanas. Creo hemos conseguido un libro que merece tener suerte.

Chesterton decía que al escritor vivo hay que comprarle los libros y al muerto, leérselos. Me conformo con que empecéis por lo primero, aunque sea Amazon.

Habrá una presentación en Madrid el 12 de este mes a las 19.30 y otra en Barcelona, quizá el 23, de las que informaré en las redes sociales. Tal vez haya más, pero no depende de mí.

Besos y abrazos. Muchas gracias.

Que se jodan los chupasangre

Noviembre: primeras grisuras sobre Madrid. El frío entró sin llamar en mi casa, desventajas de los últimos pisos, pero aún no se ha metido en mi cuerpo. Me abrigo para retrasar el arranque de la calefacción. Que se jodan los chupasangre. Vivimos en medio de estafadores, eso sí todo legal, que los chupasangres de ida y vuelta hacen las leyes.

Pongo la radio y habla de Catalunya; enciendo la televisión y sale un presidente tic-ojiplático reuniéndose con medio mundo; intenta proyectar una imagen de bombero serio cuando es el pirómano en jefe que ha contribuido al incendio.

Mientras hablemos de Catalunya no hablamos de las Gürtel, del esquilmamiento, de la precariedad vital, del saqueo, que hasta se robaron el sol. Y allá no se habla del 3%, del mangoneo y la ineficacia, de los recortes. Todo es un juego peligroso y malintencionado en el que los ciudadanos somos zarandeamos emocionalmente.

Sé que no es una cuestión de líderes, pero refrescaríamos el paisaje si la CUP cumpliera su promesa y dejara a Mas varado, si los demás descabalgáramos a Rajoy el 20-D. No es un problema de nombres, lo sé, pero estoy harto de esta cansina e insufrible mediocridad.

Nana por Halloween

Me llegó el alma siempre tan perezosa y lenta para los viajes; se acabó el jet lag. Llevo cuatro días en España y sigo inmune a la desazón de cierta política. Sé que se trata de un espejismo porque nos esperan días de droga dura hasta el 20-D.

Recuperé a Nana tras dos semanas sin verla. Le gustan tanto las cosquillas antes de dormir que renunció a castigarme con su indiferencia. Madrid bien vale una rascada por la cabeza, el cuello y la espalda. Me agrada cuando ronronea. Sé que lo hace para ella, porque es relajante. Las gatas que van a parir suelen ronronear, igual que los gatos que van a morir. Ese motor interior genera paz.

Cuando entro en la cocina (ayer hice un risoto con setas) me sigue como una flecha. Es por su cuidadora, una vieja amiga, que la malcría en mis ausencias. Anoche informé a Nana de las novedades del OMS y de que se acabó el jamón york, o lo que sea eso que viene en paquetes. Nana me miró y dijo: “Bien, pero también me gusta el salmón ahumado”.

Con esto del alma y el jet lag no busqué jarana por Halloween. Me crucé con decenas de niños y jóvenes disfrazados de muertos, de dráculas y de vampiras, y con gentes que no necesitan mucho disfraz para dar miedo. Nadie se disfrazó de Gobierno, lo que sería, sin duda, un exceso. Es increíble con qué facilidad asumimos las modas comerciales. Es la globalización.

Nos vemos en un rato en A vivir (o después en podcast para los no madrugadores), el mejor programa de la radio española según el jurado del premio Ondas. Cuando lo anunciaron la pasada semana, la redacción de la SER se puso en pie y aplaudió. Ese es el premio mayor. Feliz domingo.

Nueva York-Puerta del Sol sin escalas

Ha sido el viaje de los sentidos, casi italocalvinista. Tal vez sea el otoño que me ralentiza, que sacude el despertar del tacto, el olfato, el gusto, la vista y el oído, de esa membrana interior que todo lo absorbe y procesa.

Dejo atrás a Antonio y a Nueva York. Siento la pérdida de la pequeña cotidianidad construida en estas dos semanas, una extraordinariedad mágica. Estamos hechos de ella, aunque sea a sobresaltos. Y también de memoria.

Vuelvo a Madrid, a mi vida y costumbres, a Nana, a la mujer que empezó a bajar al Sur, a mis amigos, al libro alumbrado a punto de llegar a las librerías. Vuelvo con el cuerpo volteado por un retraso de cuatro horas debido a la tormenta sobre el JFK, y sin alma, es decir, con jet lag,

Quedan los fogonazos de una ciudad que se devanece poco a poco separándose de mis ojos y oídos: el ruido, los edificios que escalan las nubes, la risa en casa de Antonio al hablar de nuestras cosas sin censura alguna, los coros de Tannhäuser, los fantasmas de la calle 69 Upper West Side o las calabazas de la 18 cerca de la Primera Avenida, la tormenta a mares sobre el aeropuerto. Todo es inmenso, apabullante, imperial.

Y me quedan los chinos pedaleando.

Ahora entiendo que Santi Lyon me regañara por la compra de una bicicleta eléctrica; en NY las bicis con motor son cohetes en los que apenas se pedalea. Las usan los repartidores chinos y algunos hispanos. El motor divide el gremio de los esclavos: la clase jodida y la clase rejodida.

La ciudad y los sueños

Nueva York fue construida con los sueños de miles de personas. Ese es su ADN, su impronta y fuerza. Hoy no queda espacio para las esperanzas de los nuevos soñadores. Todo está soñado y patentado. Se colgó el cartel de reservado el derecho de ensoñación. A los inmigrantes del siglo XXI, aunque trabajan duro, solo les caen las pesadillas circulares.

La ciudad vive narcotizada por el recuerdo woodiliano de los que fue, en una representación constante de sí misma, en una imitación. De todos los riesgos que la amenazan, el más serio es que las pesadillas reemplacen a los sueños y que los edificios y las calles sean el reflejo de esta muda dramática, que termine por ser un escaparate sin alma, una Gotham.

Madrid no es NY, carece de su glamur. Parece un pueblo y lo es, pero un pueblo que aún permite soñar con las pequeñas cosas, en cambiar el mundo. Al salir de la estación de Sol no sentí rechazo, del gigantismo hermosamente caótico a una plaza repleta de voces del hoy, el ayer y el antesdeayer. Sol huele a libertad.

Me gusta saber disfrutar de las idas y las venidas, empaparme de cada regalo vital sin importar la etiqueta, sin ahogarme en melancolías. Vivir no tiene fronteras ni razas ni colores ni lenguas, solo alegrias y dolores. Feliz día.

Tannhäuser, qué final de viaje

Pisé por primera vez el Metropolitan Opera House de Nueva York. También fue mi primera ópera de Richard Wagner: Tannhäuser, impactante, emociona, sublimes los coros y la obertura. Ir a la Ópera era uno de mis sueños antes de este viaje (y de otros anteriores). Se cumplió por casualidad, un regalo de Judith, un encanto de mujer. Fui con Antonio y una ringlera de prejuicios: Wagner, los nazis, cuatro horas. Al final quedó lo que debe quedar: el arte en su expresión más sublime.

Dirige la orquesta James Levine, que regresa con esta obra al Met después de diez años. Muy aplaudido al inicio, en los comienzos de cada acto y en el apoteósico final. Los brazos y manos de Levine parecían volar desde su silla de ruedas, todo armonía, ensamblaban cada nota de una obra compleja. Ese es el trabajo: dirigir el talento de los demás desde su propio talento, desde la capacidad de ver y sentir el conjunto.

El bajo Günther Groissböck en el personaje de Hermann fue lo mejor de la representación junto al barítono Peter Mattei. Me gustó mucho Eva-Maria-Westbroek, en el papel de Elisabeth. Lo más flojo, el tenor y personaje principal: Johan Botha, que no lograba imponer su voz en ningún dueto y menos aún en los coros. Mejora en el tercer acto en el que canta solo en muchos momentos.

Compraré una versión de Tannhäuser (sin Botha); queda incorporado a mi mundo personal de sonidos y emociones. ¿Alguna recomendación?

Fue una experiencia mágica; un final fantástico a un viaje reparador y preñador, de los que colman. Antonio y yo hemos hecho muchas cosas juntos en estas dos semanas, además de compartir conversaciones profundas y superficiales, que todo es necesario, y algunos amigos. Ha sido terapéutico. Habrá que repetir.

El Met es un escenario es sí mismo; una parte del público interpreta su personaje vital dentro de una escala social muy visible en una ciudad-pasarela repleta de contrastastes. ¿Cuál será el mío visto desde fuera? En la representación paralela se mezclan los esmoquin y los vaqueros con la misma naturalidad que se mezclan los edificios en Nueva York sin importar aspecto ni precio.

La etiqueta está en la capacidad de sentir, de estar vivo, algo que no compra el dinero, aunque ayuda una barbaridad.

Echaré de menos a Antonio y a este NY otoñal.

Tengo ganas de que llegue mi cumpleaños en enero: antes de venir me regalé dos entradas para ver-escuchar en Madrid La flauta mágica de Mozart, una de mis  favoritas. Tardé en admirar la ópera, el teatro total. Otra vez los maltitos prejuicios castradores, la estupidez.

Mañana comienza el regreso contra el meridiano, es decir con jet lag garantizado. Feliz día.

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