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Leo la prensa nacionalista (española) y escucho opiniones radiadas sobre Catalunya. Algunas no están tan lejos de los asaltantes del centro cultural Blanquerna en Madrid. Para mamporrear sirven las palabras, el odio militante.

Allá es más educado, solo se retuercen la historia, las realidades y los argumentos para que todo se acomode a la corriente independentista: una voz única, una sola idea. Aquí, en Madrid, se dicen muchas tonterías; en Catalunya, también. Se esfuman los espacios de entendimiento, de esfuerzo honesto por comprender la posición del otro.

Mientras, el Gobierno de Rajoy se hace el sueco (más quisiéramos que se lo hiciera de verdad) y aplica las recetas con las que afronta todos sus problemas, sean Bárcenas, Madrid 2020, la mafia de Valencia o la contabilidad B: la propaganda, el tancredismo. No es estrategia, sino incapacidad intelectual, política y moral.

El problema no es solo Catalunya, es esta España troglodita y necia que nos ha tocado padecer con brevísimas excepciones desde la Edad Media.

Un Gobierno inteligente -no es el caso en Madrid; tampoco en Barcelona- sería capaz de realizar una lectura acertada: un número creciente de catalanes desea ser independiente. La Diada de 2012 sirvió para escenificar un cambio colectivo de chip. Se ha perdido el miedo al vacío, a estar solos. La crisis económica, los recortes de todo tipo y el anticatalanismo militante de la derecha tardofranquista han obrado el milagro. Artur Mas se subió a un carro triunfal del que ahora no sabe ni puede bajar. ERC y una parte de la sociedad civil le han comido el terreno. Y no hablemos del patético PSC haciendo malabares en la nada.

No sé si esta excitación independentista es un suflé, como sostienen algunos. Ha pasado un año y la Diada 2013 ha sido tan rotunda como la anterior. Desde Madrid no percibo desinfle, más bien lo contrario. Algunos de mis amigos internacionalistas catalanes ya se mueven con la estelada al hombro. Además de la convicción, el entusiasmo -que es contagioso-, también hay miedo a quedarse fuera del grupo, ser señalado como antipatriota (palabra horrible, no importa el contexto). Pasó en Madrid con los Juegos Olímpicos.

Lo inteligente por parte del Estado sería aceptar el referéndum. Pactar una fecha más allá de 2014, para dar tiempo a conocer la opinión de Escocia. Consensuar una pregunta clara, directa, sin mensajes subliminales -“¿Quiere usted la independencia de Catalunya? Sí o no”- y unas reglas de juego para la consulta y para el día después. Si tiene que haber divorcio, que sea civilizado, como el que dividió Checoslovaquia.

El referéndum organizado por Mister Pesc para la independencia de Montenegro es el precedente más próximo, el que tiene más en común. Las condiciones pactadas fueron: 60% de participación y 55% de síes. Míster Pesc era Javier Solana. Ganó el sí por décimas.

Un Gobierno catalán inteligente no buscaría la confrontación. La declaración unilateral de independencia, como sugiere ERC si hubiera problemas para celebrar la consulta el próximo año, o unas elecciones plebiscitarias, como sugiere Mas, violan la esencia de la campaña en favor del derecho a decidir. ¿O no se trata del derecho a decidir porque ya está decidido? Catalunya no es Kosovo. Y jugar con esa idea es desconocer la historia propia y ajena.

Un Gobierno central capaz no atacaría la lengua, la cultura, ni los valores catalanes. Un Gobierno capaz no tendría este presidente ni muchos de sus ministros que han desempeñado el papel de pirómanos en este contencioso. Sobre todo Wert, el chico prodigio. Un Gobierno autonómico capaz no correría una cortina de humo con la esperanza de quedar impune de su corrupción e incompetencia.

El plan debería ser aceptar el referéndum y hacer campaña inteligente a favor del “no”. Explicar que el “sí” puede significar salir de la UE y tal vez del euro, perder inversiones extranjeras, aumentar la deuda, menos infraestructuras, etc. El Estado tiene derecho y el deber de defender sus intereses. La mejor forma sería ofrecer a cambio de la permanencia de Catalunya una renegociación de la Constitución, mejorar los repartos económicos y edificar un verdadero Estado federal.

Nada de eso va a ocurir antes de 2015 con este Gobierno mariano. Sería bueno empezar a trabajar en alternativas políticas capaces de solucionar problemas, no de crearlos.

Al comienzo de los años setenta le conté un chiste a mi padre, ex militar y franquista: “¿Sabes por qué España es Una, Grande y Libre?”. “No”, respondió sin intuir el sarcasmo. “Una porque si hubiera dos todos nos iríamos a la otra; Grande porque cabemos nosotros y las bases americanas y Libre porque existe libertad de prensa: cada uno puede comprar ABC en el kiosko que quiera”. No le hizo gracia, me acusó de estar en contacto con una célula comunista.

En eso estamos, esperando a la otra España, a la de Machado, Lorca, Chávez Nogales y tantos otros. Feliz semana.

La gata de los siete nombres

La gata que llegó a llamarse Tokio, Siria, Neda, Clara, Nora y -en algunas horas de la tarde de ayer- Muffin, ha encontrado, por fin, su nombre: Nana, como la Nana de la cebolla de Miguel Hernández; Nana, como la perra de Wendy de Peter Pan; Nana, porque es un nombre africano.

Nana era la más miedosa de los nueve gatos disponibles. Dudé porque no quería un animal asustadizo, que bastante tenemos con el mundo exterior. Tardó horas en salir de la esquina más abuhardillada del salón, donde se sentía inexpugnable. El miércoles empezó a realizar incursiones, una para orinar en el sofá, pero sin dejarse acariciar. Por la noche aprendió dónde hacer sus necesidades y a comer en el cuenco. Ayer ronroneaba con hablarle despacio. Busca el contacto, que la tomes en brazos. Se ha pasado la siesta entre sueños y ronroneos sobre el brazo del sofá. Creo que este es el inicio de una gran aventura.

Por la noche vino Martes, la gata del tejado. Hice las presentaciones a través del cristal: Marte bufó, Nana ronroneó porque estaba en brazos.

Mi último gato se llamó Claudio, vivió 15 años, el ser vivo que más tiempo me ha aguantado sin decir palabra, solo miau. Trato de recordar la fecha de su muerte, pero un velo me lo impide: ¿11 años, tal vez? La conexión con Claudio era magnifica. Nos entendíamos con gestos. Sufrió mis ausencias balcánicas en las guerras de los noventa, que me las hacía pagar con un par de días de desprecio al dueño que le mudó de casa. Un día, Jesús Ceberio, director de El País, me espetó: “Te vas a Bosnia, pero necesito que salgas ya”. Respondí: “Antes debo colocar a mi gato”. Fue objeto de chanzas. Hasta me regaló un libro gatuno años después.

Los animales acompañan, copian tu carácter y tu copias el suyo. En mi caso, salgo ganando.

Una Diada 2.0 frente a una España analógica

Si tuviera la posibilidad de emanciparme de esta España cansina y abotargada también saldría a la calle a darme la mano con un desconocido, sonreír todo el día y hablar de un futuro prometedor convencido de que un cambio de palabras soluciona los males pasados, presentes y futuros.

Le tengo mucho cariño a Catalunya, me fascina Barcelona; viviría allí, y más en Girona, sea costa o interior, ciudad o pueblo.

Sé que si compartiéramos otra España, más moderna, menos facha e intolerante, más federal, si no hubiera una crisis económica que devora inteligencias y derechos, sería más fácil sentirse parte de algo común. El independentismo bebe de donde bebe mi exilio interior, nace de la misma hartura con esta forma rancia de convivir, de recordar un pasado no resuelto.

La diferencia es que yo no soy nacionalista, tampoco religioso, que a veces viene a ser lo mismo. Por ideología: creo en el internacionalismo, en la lucha por valores que deben ser universales y no me gustan las tribus ni los clanes. Y por origen: nací en Venezuela, soy un poco inglés, tengo sangre gallega, normanda y sajona. Toda mi vida ha sido viajar, abrirme, sentirme pequeño.

Supongo que Catalunya será una nación independiente en algún momento de este siglo, en 2014 o en 2046. Las fechas solo son importantes para aquellos que viven de ellas. Ya lo escribí en este blog: si una mayoría sustancial desea irse solo queda negociar el divorcio civilizado. Pero emanciparse es emanciparse, no un menú a la carta: me voy de casa, pero vengo a comer tres veces por semana y el sábado traigo la ropa sucia para lavar y planchar. No hay medias tintas ni excepciones para que un Barça independiente no pierda fuelle económico en una competición menor: liga inglesa o escocesa.

Si hubiera un referéndum en el resto de España con la pregunta: ¿desea ser usted otra cosa, de otro país? -sin introducir trucos que ayuden a reforzar: francés, suizo, británico, estadounidense, uruguayo-, saldría sí.

Madrid vivió un sueño colectivo con los JJOO de 2020. No había disidencias en la clase política ni en los medios de comunicación, solo pensamiento y sentimiento único; cualquier duda resultaba antipatriótica (palabra odiosa). La base social no es la misma, pero la apariencia no cambia. La emoción, emociona, pero nunca piensa. Las grandes decisiones las toma la cabeza, no el corazón.

Rubalcaba2020

A Alfredo Pérez Rubalcaba le ha atropellado el olimpizado, aunque es posible que lo suyo también venga de antes. Siempre me pareció un buen orador, un excelente parlamentario y un mejor muñidor, entre bambalinas. Los buenos números dos suelen ser pésimos número uno. Los focos queman, desnudan. Al que da la cara, a la cabeza del grupo, se le pide oratoria, intuición, compostura y visión. A Rubalcaba le fallan los tres últimos.

La profundidad de la crisis económica y social, las torpezas del Gobierno actual, los papeles de Bárcenas, la mudez antidemocrática de Mariano Rajoy y la hartura ciudadana han modificado el guión de la obra. Rubalcaba fue elegido para impedir el paso de Carmen Chacón, sobrellevar la travesía en el desierto y, tal vez, inmolarse en las elecciones de 2015, que se daban por perdidas. Pero ahora el PSOE puede ganar, aunque aún no lo sabe, aunque no lo merezca. En Ferraz siguen desnortados, sin fuelle ni ideas.

Rubalcaba no es original: aferrarse al poder, ganar tiempo, eliminar contrincantes, seguir en la pomada cuente lo que cueste. En este panorama posolímpico que padecemos, su actitud demuestra falta de sentido político, algo que le inhabilita como alternativa. Si fuera realmente de izquierdas buscaría lo mejor para frenar el desmonte del Estado del bienestar y conseguir un cambio en este país. Él no puede liderarlo porque es parte de lo que debe ser cambiado.

La política está secuestrada por una casta cuatripartita, o más, que comparte muchos relaxing café con leche subvencionados en el Congreso, prebendas, compadreos y un mismo fin: no bajarse jamás del escenario que les da de comer y les baña de supuesta transcendencia.

Viaje en el tiempo: de Madrid 2020 a Madrid 2013

Mi yo emocional se siente decepcionado, no tanto por el fracaso de la candidatura de Madrid 2020 sino por haber caído en la trampa de la ilusión colectiva, por dejarse manipular por los medios de comunicación y por el Gobierno. Se fabricó un clima de euforia sin discrepancias. Nos creímos el cuento de que íbamos a ganar, de que éramos los mejores. Muy pocos escribieron a contracorriente. Nadie gritó con voz clara y potente: el rey está desnudo. La fanfarria anticipada ocupaba todo el discurso.

El Gobierno había orquestado una campaña de autobombo e imagen más pensada en las elecciones de 2015 que en los Juegos Olímpicos. El nuevo cuento es que nos tienen manía, que el COI es corrupto, dice la sartén al cazo. Es el ADN de Mariano Rajoy y los suyos: ser avestruz con la cabeza escondida en un agujero.

Cuando se vive en la mentira permanente, la realidad atropella. La última, la recientísima, es vendernos que la crisis ha terminado porque en agosto bajó el paro (en 31 personas). Fue tan eficaz el despliegue preolímpico que ellos mismos cayeron en su propia trampa: dieron por seguro lo que era probable. Solo era necesario un poco de información y reflexión para saber que era imposible. Sucede en el caso Bárcenas: creen que lo peor ya ha pasado. La encuesta que hoy publica El País les desmiente: lo peor está por llegar.

Mi yo racional está en jarras: ya lo advertí pero nadie quería escuchar. ¿Cómo iban a dar unos JJOO a un país en recesión, con una tasa de paro superior al 26%, sin otro motor económico que la especulación urbanística, el pelotazo, el amiguismo y la corrupción? ¿Cómo se lo iba a dar a una país con un Gobierno en el que nadie dimite? ¿Cómo se lo iba a dar a un país en el que el principal partido se repartía (presuntamente, claro) s0bresueldos y que descubierto el pastel nadie se pregunta por el origen de ese dinero que coincide en el tiempo con millonarias concesiones en obras públicas y demás negocios? ¿Cómo se lo iban a dar a un Gobierno que piensa que si no se nombran las cosas, las personas o las crisis dejan de existir automáticamente?: Bárcenas, Catalunya, Camps & Barberá, Nóos. ¿Cómo nos iban a dar los JJOO si no tenemos ni quiera la esperanza de una alternancia porque la oposición socialista también está bañada en mierda y con problemas de memoria, una oposición que sufre del mismo mal de no nombrar lo que molesta?: ERE

La política del avestruz es peligrosa: los leones terminan dándote por el culo antes de comerte.

El Gobierno pasa, no da la cara, no habla. El PP, tampoco. Ni Bárcenas, ni Siria, ni Parlamento. En España nos tragamos todo porque estamos acostumbrados, porque tenemos una insoportable tolerancia con la corrupción, una insufrible mansedumbre cívica, porque nos falta un sentido colectivo de la honestidad, algo habitual después de una dictadura. Nosotros la tuvimos, y aún hay quien la celebra en público y en secreto. Tuvimos un siglo XIX lamentable que empieza en el error de la Guerra de la Independencia: debimos ir con los franceses. Hoy seríamos laicos, cartesanos y ciudadanos exigentes.

Llega la hora de elegir entre la autocrítica o el españolísimo “nos tenían manía”, “son unos hijos de puta”, etc. Los medios de comunicación, sobre todos los más próximos al Gobierno, hoy optan por el segundo. Después de todo, el problema no son los políticos sino la sociedad que los alumbra. Son la proyección de nuestros defectos. Toca mirarse al espejo, reconocer lo que somos, cómo nos ven fuera. Si no nos gusta la imagen que devuelve ese espejo, cambiémosla. En Barcelona 1992 éramos un país moderno, dinámico, simpático, con sol y una excelente gastronomía. Poco queda de aquello: hoy somos un país mustio repleto de corruptos no que no van a la cárcel y no devuelven el dinero.

Esta bofetada debería servir de acicate, de movilización, de motor de arranque. Si fuera así, si la sociedad civil tomara el mando, Madrid 2020 sería el mayor éxito. Feliz revolución, aunque sea así, en minúscula.

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