Feed
Posts
Comentarios

Día mágico: de Central Park a Picasso

El mejor lunes en años, maravilloso: paseo largo, muy largo por Central Park bajo un día de sol otoñal. Me bajé en la calle 96, línea 6 del metro, una de las mejores (eviten la B, una lotería en averías y retrasos). Rodeé a pie la mitad del lago. Los ojos fotografían mejor que la cámara, pero no saben compartir lo visto. Me senté en varios bancos a observar a la gente y a escuchar a un saxofonista.

Algunos árboles ya están rojos, hermosos. En el parque palpita una vida paralela a la ciudad que no duerme ni calla. No se escuchan ruidos, todo sabe a campo. Las ardillas y los pájaros no tienen miedo, ni los perros que emiten una alegría contagiosa. Han puesto una pista de hielo y a los primeros patinadores. Huele a Navidad, a película de James Stewart.

Salí por el Upper West Side, cerca de la 69, ya decorada con elementos de Halloween, igual que la 18 con la Primera Avenida, cerca de casa de Antonio. Es una calle preciosa, de un Nueva York que desparece porque en él ya no caben más sueños. Solo hay espacio para las pesadillas de los nuevos migrantes. En el día de los difuntos pretender dar miedo con fantasmas y muertos cuando lo que da miedo de verdad son los vivos, sobre todo los muy vivos del casino.

Comí en un mexicano simpático llamado El Mitote. La michelada era muy buena. La comida la deposité 40 minutos después (es decir no era basura del todo) en el bar del restaurante Victor’s café, un cubano que tiene muy buena pinta. Tomé café expreso y dejé propina por su caritativo y urgente acogimiento.

Picasso en el Moma

Una amiga casi mexicana me recomendó una exposición de esculturas de Picasso en el Moma. Espectacular. Demasiada gente. Una familia decidió apropiarse de la contemplación de una de las piezas, copando todo el espacio contemplativo. El hombre y la mujer rivalizaban en explicaciones. Cuando ella habló del equilibrio interior, me marché.

En otra pieza, un joven mal peinado, parte de su disfraz, supongo, dedicaba más tiempo en detectar mi posición para no dejarme hacer una foto frontal que en contemplar la obra. Le dije: “¿vas a dedicar muchas horas a este punto de vista?”. Se marchó. Un imbécil, sin duda.

Volví a Victoria Secret a por otras cinco bragas. Otro apuro. No sé si tiene que ver con esto, pero a la salida tenía un dron sobre mi cabeza. Le hice una foto. Unas chicas me dijeron: “Os estáis tomando fotos mutuamente”. Nos reímos. Respondí: “Se las enseñaré en Guantánamo”.

Al lado de casa entré en una farmacia a comprar Advil, infalible cuando me duele el cuello-cabeza. Llevaba un bote pequeño de muestra. Para enseñárselo al farmacéutico, deposité la bolsa de Victoria Secret sobre el mostrador. Se hizo un silencio embarazoso. Dije: “No son para mi”.

Cenamos en un tailandés con una estrella Michelin, el Somtum Der, en el 85 de la avenida A, en Alphabet City. Muy bueno aunque quizá no para una estrella. En uno de los platos me enchilé y bebí varios vasos de agua además de pedir un extintor. Antonio presumía de su alto nivel de tolerancia al picante hasta que se metió otro chile en la boca. Aguantó sin extintor y sin agua, pero echaba humo. Mañana, si hay suerte, iremos al Metropolitan: Tannhäuser de Wagner. Feliz día.

(Posdata: el coreano barbacoa que mencioné el otro día es Miss Korea, calle 32).

IMG_9943IMG_9805

De Chinatown a Dan Rather

Un domingo perfecto: lento y pausado. Me encanta la vida sin prisas. Más aún si estoy en Nueva York donde la velocidad ambiental convierte mi actitud en rebeldía, en un desafío al mundo acelerado en el que sobrevivimos.

Me tocó recoger la cocina, lavar los platos, vasos y copas de la cena de la noche anterior. Es una tarea que me relaja. Salimos tarde de la casa, caminamos por la Primera Avenida dirección Downtown hasta llegar al barrio chino. Cuando empecé a cruzar un semáforo en rojo, detrás del último coche que pasaba, el conductor ralentizó su marcha mientras señalaba al disco y a sus ojos, como diciendo “mira la luz: no está permitido pasar”. Era blanco y grande, de los que les gusta mandar. Respondí: “Go, go”. Me pareció menos complicado que explicarle que cruzo cuando me da la gana, sobre todo si no hay tráfico ni peligro. Hay personas que llevan la obediencia inyectada bajo la piel.

Comimos en un chino de la calle Pell llamado Joe’s Shangai. Sé que Idoya Noain, la mujer que mejor conoce la ciudad, me va a matar: es uno de sus sitios secretos. Pedimos unos soup dumplings majestuosos. La sopa está dentro de los dumplings, una especie de empandilla no frita; un manjar. En la mesa vecina, una mujer oriental los devoraba como nosotros y nosotros como ella: ayudados de una cuchara y con soja. No sé quién copió primero a quién. No es fácil ingerir la sopa del interior, y menos sin mancharse.

El público era chino en su mayoría con algunos occidentales armados de libro-guías. No sé si fue casualidad o se trata de una costumbre del lugar, pero las dos mujeres extranjeras más bellas eran rubias de 185 cm o más. Parecían walkirias. No nos atrevimos a ponernos de pie hasta que se marcharon.

Tras un paseo por SoHo entramos en unos cines próximos a Union Square. Vimos Truth con Cate Blanchett (en el papel de Mary Mapes) y Robert Redford (Dan Rather) como figuras principales. Trata sobre una información emitida por el programa 60 Minutes de CBS en 2004, -antes de la elección que ganó George W. Bush a John Kerry (¡qué noche vivimos en El País!)- sobre cómo el joven Bush se enroló en la Guardia Nacional para evitar luchar en Vietnam. El contenido de la información era correcto. Falló la solidez de la prueba principal. Dan Rahter tuvo que dimitir. No desvelo nada, es historia.

Es una excelente película, obligatoria para periodistas, llena de lecciones que explican lo que está pasando, la degradación ética y profesional en muchos casos, no todos, afortunadamente. No sé pierdan el alegato final de Blanchett-Mapes ni la última palabra que pronuncia Rather en su despedida. En el primer caso está la descripción precisa de nuestros problemas; en el segundo, la esencia del periodismo.

Si renunciamos a formular preguntas incómodas, a poner en duda la versión pomposa del poder, si nos plegamos a los intereses, dejaremos de ser útiles al ciudadano y desparecemos como oficio. El infoentretenimiento y el corta y pega que tanto gustan porque ganan dinero, o no lo gastan, no sirven para descubrir la verdad, son solo instrumentos espurios de aquellos que la quieren ocultar.

Feliz lunes.

Siete periodistas y una psicóloga

Me gusta cocinar, pero se me olvida a menudo que me gusta y tiendo a la molicie de los espagueti, las ensaladas y las sopas de caldo de pollo con fideos. Antonio se deslomó en los preparativos de una cena para ocho personas; siete periodistas y una psicóloga. Siempre es bueno que los periodistas estemos vigilados por expertos del equilibrio.

Las tortillas de patata, que Antonio describe como las segundas mejores del mundo después de las de su madre, eran excelentes. A la clasificación le falta medirse con las mías. Pongo a Maruja Torres, Javier Bauluz y Patricia Simón por testigos de que son muy buenas, incluso bajo las condiciones de Beirut. Le reté a preparar una cada uno y pasar el examen. Se negó. Demasiado riesgo. La empanada estaba de campeonato, lo mismo que el pisto, un plato que no se encuentra entre mis favoritos por culpa de mi madre, que como buena inglesa no está llamada al arte de la concina.

Hice parte de la compra para la cena en un supermercado llamado Fariway de la segunda avenida con la 31. Las tiendas de alimentos proyectan el alma de un país, lo mismo que el comportamiento de sus actores dentro de ese paraíso de los sentidos. Aquí, en la ciudad de las prisas y las diferencias sociales, la gente resulta amable. Compré lo mandado más algún que otro capricho. Después completé enfrente de casa con cervezas Brooklyn lager.

Volví a bajar a otro súper a por servilletas de papel y más cervezas. Choqué ligeramente con la señora agachada. Mi disculpé señalando mi volumen bajo-torácico cuando ella aportaba también lo suyo, bastante considerable. La mujer dijo algo sobre su cartera y se echó la mano al pantalón para buscarla. Repití el gesto de la tripa y la disculpa. En su mirada había desconfianza. Luego, al pagar, dijo algo a la cajera, que me miró. Sentí rabia. El miedo alimenta la estupidez.

Cuando se lo conté a Antonio, me dijo: por eso aquí es mejor no hablar con nadie no vaya a ser que te denuncien. EEUU es el paraíso de los pleitistas. Creo que debo de adelgazar y hacer menos bromas con mi tripa.

La cena fue un éxito: gracias Antonio por el homenaje,

Esta mañana he fregado y recogido la cocina. Me encanta limpiar. Es una rémora de mis tiempos de camarero en Londres, en un The Penn Club -una residencia de cuáqueros-, del que tengo un gran recuerdo. Fueron nueve meses de 1981, todos éramos jóvenes e insensatos. La vida te da lecciones en cada peldaño de la escalera, en cada vivencia, solo es necesario aprender a escucharla. Feliz domingo.

El cementerio del 11-S

Sábado. Cena en casa de Antonio. Soy pinche-aprendiz. Ya sé cómo se prepara una empanada. Ayer comí una barbacoa en un coreano al lado del Empire con una amiga de toda la vida. Nos conocimos en Bosnia durante la guerra, hace 23 años. Las amistades que nace en una guerra, o en una desgracia, son eternas. No es necesario verse mucho ni hablar cada mes ni escribirse correos electrónicos. La conversación es continua, todo fluye debajo de las palabras.

Estuve en WTC. No entré en el museo porque las colas eran kilométricas y no quería demorarme en regresar a casa. Sabía que Antonio iba a empezar a cocinar el viernes. Las empanadas con un día de vida saben mejor. Paseé entre el vacío de las torres. Volví a emocionarme con las flores colocadas en los nombres. Siento ese espacio como un gran cementerio de muertos ausentes. Hay algo en la presencia masiva de turistas que es incompatible con el silencio y el respeto. Pese a esto, en muchas de las caras estaba dibujada una expresión de duelo.

Caminé hasta la mitad del puente de Brooklyn. Solo quería admirar el edificio Woolworth, el más hermoso después del monumental Chrysler. En medio del caos arquitectónico de la ciudad, de estructuras abandonadas en espera de que la especulación haga rentable su sustitución, de edificios poco afortunados, existen grandes maravillas. Para un arquitecto prematuramente frustrado como yo, debido a mi nulidad con las Matemáticas desde Primaria, Nueva York es un museo, un espectáculo de formas y atrevimientos.

Me gusta el caos cuando funciona.

Tengo ganas de Chinatown. Por dar envidia a Paula y María. Feliz día.

FullSizeRender

Decibelios hasta el último piso

Todo parece tener un volumen exagerado en Nueva York: los pandilleros con radiocasete-cd gigante, los cláxones, las ambulancias, los coches de bomberos. Es como si los decibelios necesitaran escalar hasta la última planta de cada edificio. Ignoro cómo sobreviven cuerdos los pacientes hasta su llegada a las urgencias del hospital, o si les cambian de destino sobre la marcha, de uno generalista les conducen directamente al manicomio.

En los semáforos escucho a la persona de al lado hablarme y cuando me giro para responder a no sé bien qué resulta que conversa por teléfono. Hay gentes que tienen la costumbre de gritar tanto que desconozco por qué usan el aparato: su interlocutor les estará escuchando, no importa la distancia. Ayer me habló una mujer blanca de mediana edad, es decir, más joven que yo. Me hice el sordo, o el neoyorquino, y resulta que en este caso se dirigía a mi en busca de una dirección. Llevo ocho días y aún no interpreto bien los códigos de buena vecindad.

Entré a comprar unas bragas de encargo en Victoria Secret. Una dependienta risueña, casi socarrona, me ayudó a elegir cinco. Había tantos tipos de bragas que no sabía por donde empezar. Era el único varón sin compañía. Me sentí un depravado. Salí abrumado. Volveré.

Macy´s sigue presumiendo de ser la tienda más grande del mundo, algo que no sé si es verdad. En EEUU no les preocupan estos detalles nimos porque el mundo son ellos. En la segunda planta choqué sin querer con un tipo encorbatado y altivo (no siempre está relacionado). Le pedí disculpas cuando el error era de los dos. Me miró desde un desprecio de clase. Se me fue la flema inglesa de mi madre por la pernera y le solté en castellano: gilipollas. Luego, más tarde antes de bajar por la escaleras mecánicas, añadí: “merluzo”. Odio tanto la mala educación que cuando la sufro pierdo la mía (la buena educación). Un contradiós.

Conocí por la noche a un amigo de Antonio que me habló de la teoría del apego. Si le llego a descubrir antes lo meto en el libro que estoy a punto de publicar. Era un torrente. Me encantó. Hay personas con las que sabes que podrías mantener una conservación inteligente durante semanas (por ellos) y con otras te das cuenta desde el primer instante de que ahí no hay mucho que rascar. No es la capacidad ni la experiencia, es la emoción; hay personas vivas y personas muertas. Los vivos tienen coraje, entusiasmo, luchan, contagian.

Nueva York es una ciudad viva y apasionante. Feliz día.

« Newer Posts - Older Posts »