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Srebrenica, disculpas, responsabilidades y olvidos

Pedir perdón no resucita los muertos. Es sólo un paso para despertar a los vivos, a una parte de la sociedad serbia que mantiene que Srebrenica es un crimen más de los muchos que hubo, y no un genocidio, y que en el caso de que fuera cierta la matanza debieron ser muchos menos de 8.000. Srebrenica fue la peor masacre de la guerra de Bosnia-Herzegovina y la mayor en suelo europeo desde el final de la II Guerra Mundial. Está documentada por la justicia internacional.

El Parlamento de Serbia aprobó en la noche del martes una declaración de condena de la matanza de Srebrenica que parece más una obra de delicado equilibrio balcánico que una resolución de condena de lo ocurrido. En ella se pide por primera vez perdón a las víctimas por no haber hecho más en prevenir la tragedia, pero no se reconocen culpas. No fue un gesto unánime: de los 250 diputados 101 se ausentaron, 127 votaron a favor, 21 en contra y uno se abstuvo. El camino de la catarsis que necesita Serbia, que en los años noventa empezó cuatro guerras balcánicas y las perdió todas, ha comenzado pero con sordina.

El texto aprobado es un ejemplo del miedo colectivo a enfrentarse con la verdad. Natasha Kandic, la principal defensora de los derechos humanos en Serbia y enemiga pública de los ultranacionalistas, dijo ayer: “Se ha perdido una ocasión histórica de admitir nuestras culpas y distanciarnos del pasado”.

Una parte significativa de la sociedad serbia quiere mirar hacia adelante, a la UE, y reconoce los errores y crímenes que Slobodan Milosevic y su mujer Mira Markovic cometieron en su nombre. Otra sigue anclada en mitos medievales, discutiendo sobre la responsabilidad de los otros en la derrota ante los turcos en la batalla de Kosovo Polje en 1389. La manipulación de los mitos y las emociones forma parte de un juego político en el que se disputa poder, es decir, acceso al dinero. Es lo único que está en liza, nunca los valores.

No sólo es Serbia. Hay también responsabilidad, y bien grande, de Holanda, un país exportador de ética y tolerancia cuyos cascos azules, que defendían el enclave protegido de Srebrenica, no cumplieron con su deber y dejaron abandonados a miles de civiles. Mientras que sus soldados bailaban en la base de Zagreb por su hazaña de sobrevivir a un no combate, las tropas del general serbobosnio Ratko Mladic asesinaban a 8.000 varones musulmanes. Este vídeo es demoledor, es la imagen de la cobardía:

Hay responsabilidad en la ONU que no envió ayuda, sólo un par de aviones de combate que lanzaron unas bombas para hacer ruido y se fueron. Es responsable el secretario general de Naciones Unidas de entonces, Butros Butros-Gali, y de sus incompetentes jefes civil (Yasushi Akashi) y militar (general Bertrand Janvier) que comunicaban en privado a Radovan Karadzdic que ni la ONU ni la OTAN actuarían contra ellos.

En julio se cumplen 15 años de aquella tragedia. Estuve allí hace cinco y escribí Un infierno llamado Srebrenica. Recomiendo este gran reportaje de la BBC Four: extraordinario, estremecedor. Cuelgo la primera toma y los que tengan interés pueden ver lo que sigue en la segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima, octava y novena. ¡Merece la pena! Después, poco a poco, emergió la verdad. El periodista del Christian Sciencie Monitor, David Rohde, ahora en The New York Times, fue el primero en descubrir las fosas comunes.

Un libro para comprender: Postales desde la tumba de Emir Suljagic (Galaxia Gutenberg).

Quince años después lo peor es que no hemos aprendido nada. El genocidio se repitió multiplicado en Congo, Darfur… y aún seguimos reunidos cumbre tras cumbre buscando los sinónimos adecuados para esquivar nuestra responsabilidad. También somos culpables y deberíamos pedir perdón.

Bijelo Dugme, la legendaria banda de rock yugoslava dio tres grandes conciertos en 2005 de los que aún se habla en los Balcanes. Tocaron en las capitales de la guerra: Zagreb, Sarajevo y Belgrado y todos los ex yugoslavos que fueron a esos eventos cantaron y disfrutaron y nadie, salvo los idiotas, se acordó de su maldita tribu, de sus odios y sus pompas.

Cuando Putin amenaza Chechenia pone la cara

Cuando el primer ministro ruso, Vladímir Putin, amenaza con “aplastar a los terroristas” y el presidente Dmitri Medvédev insiste: “La política de aplastamiento del terror en nuestro país y la lucha contra los terroristas continuará; proseguiremos las operaciones contra los terroristas sin vacilaciones y hasta el final”, se puede decir que saben de lo que hablan. Rusia lleva años pulverizando todo lo que consideran terror, sean guerrilleros independentistas que asaltan escuelas y causan matanzas (Beslán) o civiles que pasaban por ahí, sea en Grozni, Shalí, Argún o cualquier aldea del sur, este, oeste o norte.

La política practicada en Chechenia y alrededores (Ingusetia y Daguestán) sólo ha generado odio y del odio surgen las personas que nada tienen que perder porque odian también y tampoco distinguen víctimas de verdugos y son capaces de inmolarse en un vagón de metro sin diferenciar políticos con responsabilidades concretas de civiles que acuden a su trabajo.

Hay una variante en este círculo de violencia en un Cáucaso que es un polvorín desde que los zares lo incorporaran al Imperio a golpe de caballería cosaca: el islamismo radical que crece no muy lejos de esas fronteras. Desesperación, odio y fanatismo, con promesa de billete al paraíso incluida, es una combinación difícil de parar con más sangre. Existe en Afganistán, Pakistán, zonas de Indonesia y en países llamados amigos que utilizan la religión como arma de destrucción masiva.

No me gusta que nadie mate civiles en nombre de cualquier causa. Una causa que se mancha de sangre deja de ser un causa y se convierte en una bandera y se corrompe. Sustituir el odio y la destrucción por políticas audaces es la única vía segura para lograr una paz estable, sea en Chechenia o en Oriente Próximo, pero ése es un camino demasiado largo y con escasos réditos políticos a corto, que es donde pescan la mayoría de los dirigentes. La guerra aunque sea lejana o de baja intensidad es un simple y molesto ruido de fondo para los que la dirigen desde la retaguardia. La guerra esconde espléndidas oportunidades de negocio para los avispados y sus amigos. Pocos parecen comprender que es mejor construir escuelas y educar que destruir y matar.

PD He linkado antes un artículo de Anna Politkovskaya sobre Beslán publicado por The Guardian y traducido al castellano por Rebelión. En ese texto no se dice, porque fue un hecho posterior, que la gran periodista rusa, la mujer más odiada por el Kremlin, fue asesinada en 2006. Un caso aún abierto que huele a Chechenia y a venganza. Como tantos otros.

El friega sobrevivirá, que se prepare la tele

Mi friegaplatos Miele G-595 SC ha sobrevivido a la visita médica del técnico. Para los que no saben de qué diablos escribo recomiendo leer antes esto. No ha sido necesaria una operación a motor abierto ni aplicar anestesia general, ha bastado con una simple endoscopia en la parte trasera (con perdón) del aparato (más perdón). Al parecer falla el llamado sistema antiparasitario que evita interferencias con la televisión y como la televisión es, por lo general, una mierda hemos optado, el técnico y yo, por anularlo y que el friega interfiera todo lo que le dé la gana en la ya de por sí muy interferida televisión. La de Esperanza Aguirre, por ejemplo, está tan interferida que es imposible verla sin un profiláctico mental puesto.

El caso es que este sistema antiparasitario es obligatorio en Alemania donde han tenido pésimas experiencias con otro tipo de parásitos. Si todos los humanos lleváramos uno en la oreja, para que no se note demasiado, dejaríamos de interferirnos los unos a los otros con nuestras manías, odios, malas pulgas, cobardías y manipulaciones. Si pudiéramos sustituir las cabezas por cajas de televisión veríamos un montón de monitores andantes interferidos y llenos de rayas y ruidos. Si parásemos a uno para entrevistarle nos contaría sin dificultad la película que está viendo. Es tanta la interferencia ambiental que hay personas que han desarrollado la capacidad de ver una gran película sin ir al cine ni encender la televisión, al parecer les basta con la interferida que tienen dentro. Otros, los más avanzados en esta mutación de la especie, pueden leer y entender una novela en el código de barras de un paquete de jamón york.

Ahora, esta noche, cuando termine de cenar, en vez de hacer zapping por decenas de canales interferidos, me sentaré delante de mi friegaplatos y le contaré historias. Hoy empezaré por una muy divertida que al parecer viene en un bote de margarina que acabo de comprar y que trata, según explicó la cajera del supermercado, de los amoríos de una mantequilla asturiana. Y si no logro descifrar el código de barras, me inventaré el relato. No es por mentir, que mi trabajo lo prohíbe, sino por caridad. ¡Tantos años juntos! Después de todo sólo es un friegaplatos mudo que come pastillas de jabón.

Ficciones, películas, realidad

He vuelto a ver Up in the air, una gran película. Tiene muchas lecturas y matices. Me gusta sobre todo Ryan Bingham, el personaje de George Clooney: una máscara andante, un tipo cínico cuyo único objetivo vital es acumular millas aéreas y que no cree en el amor ni en el matrimonio ni en los hijos. Me siento próximo cuando el hombre de la mochila ligera se quita el chaleco antisentimientos y se queda desnudo. La vida sin protección emocional nunca resulta fácil, pero al parecer llena más. En ese camino cada uno debe tomar sus propias decisiones y ser valiente. La mayor decepción siempre es la cobardía, el no saber pronunciar las palabras adecuadas.

A veces uno se enreda en ficciones laborales o amorosas y las convierte en realidad y se empeña en vivirlas como lo que no son. Hay personas que tienen la capacidad de instalarse en un mundo paralelo y habitarlo hasta morirse si más consecuencias que las que produce vivir demasiados años en Babia. No soy uno de ellos, nunca lo fui, y menos ahora. Dicen que la primera vez que alguien te miente es culpa suya, la segunda es culpa tuya. La vida es un aprendizaje constante, una escalera llena de peldaños: a veces se sube, a veces se baja.

Esta ranchera de José Alfredo Jiménez en boca de Maná siempre me llenó desde que la escuché por primera vez en mis años de Fuerteventura.

Cambio de hora y olé

Las ventajas del cambio de hora están muy estudiadas y por eso se repiten año tras año en bastantes países. Los números del ahorro logrado deberían disipar las dudas de los incrédulos por naturaleza y de quienes no andan ilustrados en estas cosas de los kilovatios y se ponen a sembrar dudas entre los ciudadanos de bien tan dados a creerse lo que dicen la televisión y sus gobernantes, sobre todo si salen en ella. Todavía hay quienes, amparados en una tozudez mal entendida, esgrimen una supuesta lógica para arremeter contra los vaivenes del tiempo: de qué sirve ahorrarse luz por la mañana si la gastas después por la noche y viceversa. ¡Habladurías! Servir, sirve y negar la evidencia nos igualaría a aquellos que declararon ilegal la redondez del planeta. Y ése es un mal camino.

El caso es el cambio de hora es una molestia biorítmica que llega dos veces al año. Pese a su reiteración, no nos enteramos. “¿Esta noche ganamos una hora o la perdemos?”, escuché ayer en un centro comercial de Madrid. La publicidad y los medios de comunicación deberíamos reflexionar sobre nuestra influencia, ya que ni siquiera servimos para que los ciudadanos aprendan algo tan simple: en primavera, adelante (pierdes una hora); en otoño, hacia atrás (duermes la hora que te robaron).

Muchos cuerpos humanos pueden programarse para que sepan la hora exacta sin mirar el reloj (claro, existen excepciones que ni con reloj se enteran) y cualquier modificación sutil, un viaje o este juego que nos traemos con el minutero, produce desasosiego. Perder una hora de sueño tiene secuelas. Las tiene para la madre con tres niños que a media tarde se quedará sin gasolina en el aguante y para el juerguista que además de dilapidar unos cuantos euros a cambio de un alcohol adulterado le hurtan después parte del sueño. Para este último caso es bueno beber de mañana una Michelada (me gusta con Negra Modelo, aunque sirve Pacífico), gran bebida mexicana contra los vapores del día después.

Si uno está siguiendo una película en Antena 3 o Tele 5, por ejemplo, que de por sí son largas debido a los constantes cortes publicitarios, el cambio de horario las convierte en eternas. Duran tanto que cuando llega el final el teleespectador ya no recuerda el principio ni quién es quién. Estas demoras con el reloj en primavera pueden ser extraordinarias para aquellas parejas en las que él tiene problemas de duración.

En este mundo cada vez más tecnológico los aparatos electrónicos, sobre todo los ordenadores y similares con chip, están programados para saber la hora mejor que las personas que los compraron y la cambian solos. Es un lío sobre lío porque si recién levantado tras una noche de farra y una hora menos de sueño uno debe andar dilucidando qué aparato se sabe la hora y cuál no puede producir al final un quilombo de horas que termine el lunes en una grave impuntualidad en el trabajo, o peor, en una melancolía primaveral.

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