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Sentido del humor, censura y sexo

Quizá sea herencia inglesa, pero me gusta reírme de mí mismo, de mi tripa cervecera y la escasez de pelo. No tengo tabúes ni creo en los terrenos vedados. Odio la censura, la previa y la autoimpuesta, el miedo al qué dirán, el lenguaje políticamente correcto y la manipulación de las palabras. Por eso no me gustan los políticos, prefiero los actores porque en teoría son más profesionales. El post de ayer, que no era más que una excusa para echar unas risas, provocó alguna incomodidad y mucho debate, algo saludable y democrático.

No es necesario que todos pensemos igual. Sería aburrido. Hay una tendencia social, extendida en la izquierda, de reprimir el uso de ciertas palabras como si sólo el lenguaje fuese el problema, cuando el de fondo es la educación. Uno de los campos de minas es el machismo. La cosa llega a tanto que el típico chiste de cuál es la última botella que una mujer abre en una fiesta… se convierte en un arma de destrucción masiva responsable de todos los males. Me gustan más los chistes contrarios: ¿Qué hace un hombre en la cama después de hacer el amor?… Lo importante es saber elegir el texto adecuado para cada audiencia, invertir el orden seguro y provocar. (Los finales quedan en suspenso hasta que la autoridad competente…).

Hay chistes divertidísimos de judíos contados por judíos, un pueblo con un gran sentido del humor. Al oírlos generan una sonrisa, y si son buenos y están bien contados, una carcajada. Nadie dice: “¡Cuidado!, que eso es antisemitismo”. Sostiene una amiga de Fuerteventura que los vascos (y las vascas, no olvidemos a míster Spook) también tienen sentido del humor. Creo que ya conté la anécdota de la Venus de Velázquez. Cuando el rey vio el cuadro dijo que el desnudo era pecado. Velázquez respondió que él pintaba obras de arte y que el pecado no estaba en su cuadro sino en quienes lo miraban con los ojos equivocados.

Por provocar un poco más (leído en el blog de El zar de la noche en la excelente revista Fronterad

Es dulce, cariñosa, apasionada, inteligente, sensual, atractiva sin ser especialmente bella, curiosa. Le gusta escuchar, pero le gusta más hablar. Deja a su marido cuando le da la gana y cuando quiere vuelve con él, porque sabe que el chaval come de su mano. Él es un tío guapo, fuerte y listo, uno de esos que todas las tías y todos los maricones se querrían follar. Y el muy imbécil no mea por ella. Se le ve que arrastra una puta obsesión con esa mujer, pero ella siempre estará a años luz de él, por muy guapo que sea y mucho que estudie. Ya es una marioneta en sus manos pero acabará siendo un payaso y un desgraciado.

Estos días la he tratado más y me he dado cuenta en un tris que tiene mucho peligro. Hay mujeres a las que te puedes follar quince o veinte veces que, aún estando muy buenas, no dejan huella. Cuando sales a la calle y te cruzas con otra ya te han vuelto las ganas de meter, aunque sabes que no podrías hacerlo porque has estado follando a cuatro patas durante una hora y te tiemblan las piernas… Pero esta amiga mía no es así. A mí me recuerda a una de esas putas venezolanas que se arrecochinan a tu lado en la cama cuando acabas de correrte y ya están pidiendo más. Melosa susurrante que te mira a la cara mientras te la chupa y sus ojos parecen decir que lo que está haciendo es lo que más le gusta en el mundo. Y tú, claro, se te hincha el pecho y te sientes Dios. Y no eres más que un pobre pringado, otro gilipollas creído que muy pronto, como te despistes, acabarás siendo otra marioneta.

Más en Lagarta, lagarta .

Hombres que (aparentemente) no se deprimen

Por qué los hombres (casi) nunca están deprimidos (a través de Maribel Núñez con algún añadido de mi cosecha):

-Nunca se quedan embarazados ni tienen la regla.
-La gente no les mira los pechos cuando les están hablando.
-Mismo trabajo, mayor salario.
-Conservan su apellido toda la vida.
-La ropa sucia va sola a la lavadora sin necesidad de ayuda humana.
-Los mecánicos les cuentan la verdad.
-Les basta una parte mínima de cualquier armario.
-Cuando dicen “pásame la sal” quieren decir “pásame la sal”.
-El mundo es su orinal.
-No tienen que conducir hasta la próxima gasolinera porque en ésta los lavabos están sucios.
-Pueden comer chocolate.
-Las arrugas añaden carácter.
-La tripa es un síntoma de felicidad.
-Los zapatos no les destrozan los pies.
-Las conversaciones telefónicas duran 30 segundos.
-Para unas vacaciones de cinco días sólo necesitan una maleta.
-No saben planchar ni les importa.
-Pueden abrir todos los frascos.
-Su ropa interior cuesta 8,90 euros en pack de tres.
-Todo en su cara permanece en su color original.
-El mismo peinado les dura años, quizás décadas.
-Sólo tienen que afeitarse la cara.
-Pueden jugar con juguetes toda su vida.
-Pueden llevar pantalones cortos independientemente de cómo luzcan sus piernas.
-Pueden hacerse las uñas con una navajita de bolsillo.
-Pueden escoger si quieren dejarse bigote.
-Pueden comprar los regalos de Navidad para 25 parientes, el 24 de diciembre, en apenas 25 minutos.

El origen del terror al dentista

Si la infancia es el baúl donde se agazapan los fantasmas, las neurosis, los miedos y las deficiencias emocionales, en el mío está, además, el terror al dentista. Todo empezó a los 11 o 12 años cuando mi padre me llevó a uno que pasaba consulta y cobro en la Clínica de la Concepción de Madrid. Era hijo de un médico amigo de mi abuelo médico. No sé si había cuentas familiares o políticas pendientes (mi abuelo era republicano, como su padre y hermanas) porque el tipo me torturó con la excusa de tres caries. Desde entonces cuando me tumbo en el sillón y veo al dentista avanzar hacia mí armado con el espejo odontológico me pongo rígido como un cadáver, los ojos en blanco y tengo convulsiones (sólo perceptibles para mí). Parezco un cohete a punto de despegar. Y si no despego es por el qué dirán.

Una tarde en el Pinar de Chamartín, el barrio de mi juventud, acudí a un dentista junto a Jesús Álvarez, amigo desde aquellos años. Entramos juntos a la sala de disecciones para darnos ánimos y acabamos transmitiéndonos los temores. Tales fueron mis gritos, la mayoría reales y alguno exagerado, que al terminar no había nadie en la sala de espera. El hombre dijo: “Me has echado a la clientela”. No recuerdo si fue Jesús o si fui yo pero uno respondió: “Pues insonorice la sala”.

No volví. De hecho casi nunca vuelvo. En cuestión de dentistas soy como era mi abuela española, que cambiaba de confesor hasta hallar uno que le diera la razón. Era beata y con poco sentido del humor en las cosas del más allá.

En los últimos ocho años conseguí un dentista extraordinario lejos de Madrid que por razones que no vienen al cuento se ha quedado fuera de mi radio vital y ahora, un tanto huérfano, debo buscar otro que no espante. En Washington, donde viví en 1985 y 1986, tuve uno de nombre largo que me veía cada seis meses. Él me dio una buena razón para ir a la consulta que al regreso a España olvidé: los que tienen miedo deben venir más para que nunca haya que hacer demasiado. Hubo otro en Madrid que me explicaba sobre una pizarra todo lo que me iba a hacer ese día. Le miré aterrado y le dije que ése era el mejor camino para lograr que saliera por pies y sin pagar.

En otoño de 2004 tuve un regreso terrible por carretera desde Bagdad a Ammán. Llevaba días con dolores en una muela pero me pareció una temeridad  ir al dentista en medio de una guerra en un país que carecía de todo. Pasé las nueve horas de viaje bebiéndome cápsulas de Nolotil sin mejoría alguna. En la capital jordana busqué ayuda de la embajada española que terminaron por darme un nombre que recomendaba uno de los empleados locales. El dentista resultó ser rumano con estudios médicos en Cuba. Le dije tras los saludos y explicaciones de rigor: “Me da igual que se haya entrenado en la Securitate (policía secreta de Ceaucescu), pero quíteme este dolor, por favor”. Me puso una inyección en la consulta y otra horas después en el hotel. Se me quitaron el dolor y unos cuantos prejuicios.

Una gitana llamada María me echó la maldición el otro día. Y me salió bien barata: seis euros. Estaba en el (ex) mercado de San Miguel, transformado desde la remodelación en una pasarela para turistas que fotografían y gente guapa en el que apenas hay espacio para la gente del barrio, cuando María atacó baldiendo una ristra de décimos de lotería. Cometí el error de taparme los ojos, jugando a no ver el número. Ella, una superviviente, se acercó veloz a la presa cantándolo para engatusarme y yo que no creo en la suerte en estas cosas, ya bastante he tenido en la vida, compré por si acaso uno de seis euros que María vendía a ocho sin derecho a devolución en los dos que sobraban del billete de diez. María que vio en mí rasgos de guiri, que los tengo, agarró mi mano y empezó a adivinarme el futuro con una cantinela bien aprendida en la que se mezclaban envidias, males de amores y de ojo y santos milagrosos.

Supongo que con variaciones de género y edad es el papel que representa desde siempre. María pasó de la mano derecha a la izquierda, prometió aceites, velas y rezos especiales para ayudarme a superar los peligros y dijo que el precio por salir vivo de la tormenta perfecta era 40 euros. Le di dos que sumados a los cuatro de antes no hacían mala suma, pero le pareció un insulto. Me lanzó una maldición y yo le mandé a freír espárragos. Quedamos empatados.

No sé qué fue lo que me molestó más de la impostura, que tratara de sacarme los cuartos cuando ya le había dado con generosidad o que entre tanta monserga sobre el futuro que no existe fuera incapaz de decir nada sobre la evolución a corto plazo de mi dolor de muela. Con los dentistas de confianza de vacaciones de Semana Santa estoy más penitente que nunca pese a la combinación de Nolotil, Advil made in USA y un antibiótico demasiado lento.

Esa noche, despechado con la gitana de San Miguel, fui a cenar a mi restaurante ruso favorito, en la calle Independencia, tomé unos blinis y un steak tartar de lujo regado con cuatro vodkas polacos que durmieron mi muela durante un buen rato. De madrugada, pasada la anestesia local, me desperté sobresaltado en medio de una pesadilla en la que estaba María disfrazada de dentista riéndose a carcajadas con la dentadura postiza en la mano. Sólo recuerdo que acerté a decir: “¿Es la tuya o la mía?”.

Propuestas contra la molicie

Un libro: Ya recomendé Seguiremos informando (Catarata), un libro que recoge textos de los 25 premios Cirilo Rodríguez, pero hay otros de periodismo que son esenciales: Mi vieja guerra cuánto os echo de menos de Anthony Lloyd; El club del Bang bang de Greg Marinovich y Joao Silva y Los ojos de la guerra coordinado por Manu Leguineche y Gervasio Sánchez. Cualquiera de ellos es un buen ejercicio para aquellos que desean dedicarse al periodismo.

Un link: Me gusta esta entrevista que colgó Nacho Escolar. Es a Thomas Frank: “Los políticos de izquierda ya no entienden la furia de la gente común”.

Una película: Vi An education de Lone Sherfig. No sé si me gustó, aún lo estoy pensando. Tiene cosas, como personaje de Miss Stubbs, una profesora encerrada en una escuela católica. La escena de la casa, en la que se desvela qué hay detrás de las gafas y de su imagen de señorita Rotenmeyer, es interesante. Un ejemplo de lo mal que funcionan los prejuicios. El argumento de An education no es nuevo y además resulta previsible. Me gusta la parte de crítica social cuando se cuenta de dónde sale el dinero que permite llevar un gran tren de vida por que éste no crece en el árbol del jardín, como dice el padre de Jenny, interpretado por Alfred Molina, lo menor del filme. Se deja ver sobre todo si ya se ha cumplido con las esenciales: Up in the air y En tierra hostil.

Una canción: Me gustan los guitarristas y Buddy Guy es de los más grandes. Eric Clapton le considera el mejor entre los vivos. En esta actuación comparte escenario con Quinn Sullivan, un genio del blues que ese momento, 2007, tenía ocho años. Buddy le provoca para el niño toque y le siga. Mágica la complicidad.

Una sonrisa: A través de Merry Montpellier y sin maldad, pero están los tiempos como para ir a confesar los pecados:

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Un inclasificable: Estas maravillosas improvisaciones de la orquesta de Goran Bregovic con Ogi Radivojevic. Y pensar que se han hecho unas cuantas guerras en nombre de la diferencia cuando la música demuestra que todos estamos revueltos.

Una frase: “Hay que despejar este frente. Quiten todas esas montañas de cadáveres”. (The Pacific, vía Cecilia Ballesteros). Y esto es mío: todo se andará.

Tengo manía a los dicen o escriben “el selectivo Ibex” para referirse al índice de los 35 valores principales de la Bolsa de Madrid como si fuera un nombre propio ampliado y no un adjetivo ampuloso. Hay algunos que incluso lo elevan a sinónimo: “El selectivo” y se quedan tan panch@s. ¿Para quién hablamos y escribimos los periodistas? Recuerdo un jefe en Radio 80 que nos decía: “Pensad en doña María de Alicante. Ella también tiene que entender”.

Una reflexión: Si todo el mundo se está separando o tiene líos ¿por que hay tanta gente descolocada que se siente sola? Como dijo una amiga de Feisbuk al inicio del año: “Si nos organizamos bien este año follamos todos”.

Feliz fin de semana.

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