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Puestos de observación playera 2

Día 2. Playa. Amaina el Levante. La arena ya no traspasa las piernas, solo pincha. El mar está repleto de windsurfistas. Todos son jóvenes, guapos y no exhiben tripa. Me pregunto cómo navegaría yo encaramado en uno de sus artilugios de velas de colores llamativos. La pregunta obtiene respuesta rápida: mal.

La parte alta de la playa, donde crecen los matorrales y el césped, es donde nos concentramos los que no sabemos hacer nada cuando el mar se encrespa y las vacas que andan de picoteo. Al menos cuatro somos periodistas, una profesión que vive de contar las cosas que los demás sí saben hacer.

Los perros zascandilean de toalla en toalla como si estuvieran calculando las ventajas de cambiar de dueño. Lo llaman libre mercado. El más grande, un pastor belga, es el que más ladra porque es que el tiene más miedo. El tamaño y la fuerza aparente no garantizan la seguridad. Lo mismo sucede en la lucha antiterrorista mundial que emprendió George W. Bush y que felizmente ha enterrado Barack Obama. Ya no hay eufemismos, pero quedan las realidades: Irak, Afganistán… Los pocos niños que pululan por los matorrales parecen de otro planeta. No sé si los surferos tienen pocos hijos, éstos son mudos o nacen ya educados.

En el chiringuito que tiene categoría de bar dan de comer sardinas y un arroz de primera. El dueño que se enrolló con un pibón brasileño está en Brasil. Dicen que de negocios. La numerosa familia de la chica está aquí, en mi paraíso, comiéndose la nevera del dueño del bar. Es lo que se llama compensación humanitaria.
El mar está picado, cada ola lleva a cuestas espuma y belleza. En frente, África escondida por vientos y vapores. Gracias al aire no hay veraneantes. Ni vendedores de helados. Ni tribus con tortilla de patata a cuestas y balón azul de Nivea. Cuando sopla el Levante nadie grita. La arena se mueve de un lado a otro cargada de alfileres.

Las escapadas de la gran ciudad, aunque sean solo de fin de semana, oxigenan y dan vida. Cuando se abren los pulmones de par en par y se respira aire limpio uno se olvida de la crisis y de lo que está por venir, que si doble recesión, que si depresión, del Alemania-España, de Angela Merkel imitando a Sandro Pertini y de los maquiavélicos juegos con la deuda española.

Apuro un café rodeado de gente de apariencia normal. No veo las corbatas que inundan la prensa con sus declaraciones vacías y pomposas de los que se dicen dispuestos a salvar el mundo y de los que se embolsan millonadas sin importar si la Bolsa sube o baja, que para eso están los blindajes contra la mala pata. Aquí en la playa, los que estamos de visita en el paraíso, vamos en pelotas para dar vida al dicho aquel de “lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los humanos”.

Puestos de observación playera 1

Salirse del mundo, bajarse del tiovivo, y subirse a uno de los paraísos que aún quedan en la costa española tiene sus efectos colaterales: no hay wifi ni llegan las señales de las publicitadas redes de telefonía móvil. Este silencio tecnológico y mental tiene ventajas e inconvenientes, el principal que ayer me resultó imposible colgar un post.

En el paraíso, cuyo nombre exacto ocultaré para evitaros tentaciones, pude ver el partido de Paraguay-España rodeado de un montón de gente desconocida. A la derecha se sentó una mujer de voz roca, casi varonil, de esas que se esculpen con miles de cartones de ducados y varias destilarías Dyc sin hielo. La mujer vestía una camiseta de España, de las de 70 euros, escudo y sentimiento patriótico incluido, indumentaria que debió trastocarle la razón y el comportamiento. Al sonar el himno llamado nacional se levantó activada por un resorte con mano en el pecho y exclamó: “Todos en pie”. Respondí: “No, que da mala suerte”, idea bien acogida por un público algo vago para cosas tan mayores que le afeó el gesto en la mano: “Es que he vivido mucho en Nueva York”, replicó ella.

Quien se mostró así antes de que rodara el balón se multiplicó después con gritos de “vamos, vamos” y “España, España”, y el estribillo de ese poema que tanta fortuna ha hecho estos años: “Oe, oe, oe”. Cada vez que la cazallera se le iba la labia, España fallaba el pase. En la segunda parte, cuando se le agotó el fuelle, a ella y a los aguerridos paraguayos, y se hizo el silencio, España desplegó su mejor juego. Los expertos dirán que se debió al cambio de Cesc por Torres. ¡Qué ignorancia!

Delante de mí, dos niños: Juan y su hermano menor Bruno. El pequeño, de no más de cinco años, animaba más que una grada de ultra sur en estado de éxtasis. Él nos dio suerte y contrarrestó los esfuerzos malévolos de la mujer bañada en Dyc.

A la derecha, una pareja en estado de ebullición. Ella, un bombón: piel barnizada y tersa; joven. Vestía una falda diminuta pero tenía aprendido el arte de los movimientos porque en ninguno de los que desplegó mostró prendas íntimas ni colores llamativos. La chica guapa estaba acompañada de un tipo sumergido en los cincuenta largos, pelo abundante y revuelto y pantalón hippy de marca último modelo.

Mi amigo Antonio y yo, muertos de envidia, le adjudicamos alguna profesión dudosa pero socialmente respetable: especulador inmobiliario, tiburón bursátil, intermediario de lo que sea o vago de familia rica. El caso es que no nos gustó.
Para ser justos debo reconocer que en el gol de Villa, el defensor paraguayo parecía estar más fuera de la televisión que dentro embriagado por las piernas de la chica y fue esa mínima distracción la que permitió el pase de Iniesta a Pedro y la carambola posterior Mientras que Dyc gritaba Oe, oe, oe, el niño Bruno pareció guiñarme el ojo y decir: “Ha sido ella”, dijo como solo saben decirlo los niños más espabilados.

Puestos de observación urbana número 2

Estación de Atocha. Madrid. Más que salida de vacaciones parece una estampida. No sé si será un efecto de la crisis pero cuando las cosas van mal no solo se descansa peor sino que se vacaciona más deprisa, como si todos temieran que el Gobierno fuese a aprobar a traición una ley de urgencia para reducir los 30 días de veraneo a un semana en aras de la productividad o porque lo dicen los santos mercados convertidos en el eje de toda democracia.

Hay dos tipos de veraneantes, los del fin de semana: maleta ligera y cara de pocos amigos, y los de largo aliento que escogen julio porque en agosto se trabaja poco y la gran ciudad, tan agresiva y dura el resto del año se vacía y humaniza. Las mujeres que acarrean demasiados niños (especie humana en la que falla la Aritmética: uno + uno nunca son dos) se empeñan en conducirlos en comandita, como si fueran ovejas. También hay familias que por algún problema de comprensión de los decorados no logran diferenciar el salón de su casa de la estación y conversan a gritos de sus cosas, siempre menores. Veo a solitarios hablándole al móvil como si éste no existiera. Todo el mundo que usa un teléfono móvil se siente en la obligación de caminar a la vez como un león enjaulado. Debe ser por eso que se llaman móviles. Hay dos o tres hombres vestidos en varios colores, como si fueran dandys ingleses. En Sevilla y, sobre todo, en Huelva se acumulan las reminiscencias de Inglaterra. La mayoría de la gente lee prensa deportiva y menos la nacional. La tienda de venta de periódicos se abarrota de maleducados que buscan revistas de moda o algún libro superventas capaz de darle un barniz cultural a la más rebelde de las hamacas. Hay vías que huelen a mar. La de Málaga, por ejemplo, combina el salitre con los vapores del pescaíto frito.

Creo que las vacaciones de verano son un invento diabólico: nos dan una ligera y brevísima idea de cómo sería la vida sin trabajar. Pienso en mis amigos de RTVE prejubilados a los 53 y pienso mal, muerto de envida. Somos semi-ricos durante 30 días y cuando empiezas a cogerle el gusto al vermut y a la siesta, ¡zas!, de vuelta a la realidad, a la Plantación. Se llama capitalismo inhumano. Pero mejor tener estos sabores escasos que su ausencia.

Cuando informan por megafonía del número de la vía de partida se generan maremotos de personas que pese a disponer de un asiento reservado se lanzan a él sin suficiente orden para bajar al andén de los primeros. La fila parece una boa constrictor después de haberse merendado medio rebaño. Una mujer que desciende delante en la cinta transportadora realiza malabarismos con sus maletas, paquetes y bolsas. Mas que unas vacaciones parece una mudanza. Le sucede a muchas mujeres, incapaces de renunciar a una prenda delante de una maleta vacía. No es un defecto, solo una realidad científica.

Arranca el tren y un número significativo de sus habitantes siente la llamada interior de la inteligencia y desenfundan sus teléfonos (in)móviles (esta vez están sentados) para decirle a mamá, a la mujer, al marido o a quien sea: “Ya estoy en el AVE”, cuando la noticia sería más bien la contraria. Sentado en el 3A veo pasar España como si fuera una película y me acuerdo del principio Zen que dice que “el observador siempre modifica lo observado” y así pensando en la manera que cambian las cosas vistas desde la subjetividad de cada individuo cierro esta entrada (post) y me quedo escuchando una versión magistral de Amazing Grace de Tori Amos. Aquí una muestra de la cantante. Sólo es música y una foto fija pero envuelve, transforma, salva vidas.

Margaret Esperanza Aguirre Thatcher

España tiene una lideresa muy libérrima (por ultraliberal, no por revueltilla) que campea casi a sus anchas por Madrid y extrarradio, tanto sobre el suelo como en el subsuelo (léase Metro). Tiene madera y bemoles para llegar a ser Margaret Thatcher bis, la mujer que se cargó la selección inglesa de fútbol, según Enric González. Este vídeo es una prueba de que está en la línea adecuada para ser Dama de Hierro. Así, en otro idioma, parece hasta entreñable.

Tras escuchar este segundo vídeo se me evapora la imagen thacheriana, que la la señora está más próxima al calvinismo de la maravillosa película El festin de Babete, que a la chulería de Cine de Barrio que gasta la lideresa. ¿Votar a Gallardón? ¡Qué insulto más grave! También se demuestra que la libérrima enchufa a los escritores para se salten la lista de espera. Eso es sensibilidad cultural. Y eso lo suyo es la pintura (Sara-Mago) o el cine extranjero (Airbag).

Esta mujer es una heroí­na de cuento de hadas. En el siguiente vídeo se demuestra lo importante que puede ser el cómic para reformar el mensaje informativo:

Esperanza Aguirre tiene una memoria histórica única. Aquí dice que “Franco era bastante socialista” y se sale por peteneras de una forma curiosa.

En TV3 tienen un programa genial llamado Polònia, en el que la libérrima lideresa tiene un papel estelar. Ahora con el Estatut coleando. este sketch es de actualidad:

Un himno tocado triste es más himno

En tiempos de Mundial se despiertan las pasiones y gente que no se siente representada por una bandera, algo que sucede bastante en España, se pinta con sus colores manos, cara y zonas erógenas por si en medio del jolgorio cae una canita del aire (o dos si se está en edad juvenil).

Acabo de escuchar a Javier Marías en el programa de Iñaki Gabilondo en CNN+ y me ha gustado. Dice que si el himno español se tocara despacio, con un aire de tristeza, de derrota, parecería más bonito de lo que en realidad es.

Este país vive sumergido en el debate permanente de sus no-símbolos. Para tener tan pocos en común no paramos de agitarlos y conducirlos de un Parlamento a otro, y de ahí, siempre por voluntad popular (del pepé, se entiende), a lo que queda del Constitucional, lugar santísimo en el que quien no está recusado o bajo sospecha de alguien ya se le ha pasado el arroz.

Mientras que La Roja (¡cómo me gusta!) se la juega en nombre de todos en Sudáfrica sintiéndose un equipo, aquí ha comenzado la carrera por lograr la máxima indignación. Cada partido catalán lanza un adjetivo mayor como si fuera un juego de mus (envido, envido más) y desde aquí, el eje de todo centralismo, se juega al “yo no he sido” o al “yo he ganado”. Estos gestos son un reflejo de los cálculos electorales o de los intereses económicos porque la ciudadanía lo vive con otra intensidad, más sosegada, con más seny, sino menos teatral.

Me gustan Catalunya y los catalanes, y más aún Barcelona y no digamos Girona; respeto su lengua y sus costumbres. Me gusta España, hablo más o menos su lengua y me gustan sus manías y defectos. Lo único que no soporto es a los profesionales de la crispación y los ventajistas y más si son victimistas.

Todo esto era para decir que estoy hasta el gorro de la huelga del Metro y de que la libérrima lideresa culpe a Zetapeta y se vaya de rositas. En un país serio este tipo de políticos estarían en a cola del paro.

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