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Madrid, la guerra de los dos mundos

He leído que la ciudad de Madrid fue ayer un caos y que todo indica de que lo volverá a ser hoy. Me sorprende porque muchas grandes ciudades son un caos todos los días. Lo de ayer, es cierto, tuvo un plus. Muchos afirman que la culpa la tienen los trabajadores del Metro, pero me parece que ésta debería ser compartida por el Gobierno autónomo de la libérrima lideresa Aguirre tras la imposición de unos servicios mínimos abusivos. Un 50% es una chulería (im)propia de una mujer tan flexible e inteligente. Los sindicatos, que en estos tiempos de paro masivo carecen de sentido del humor, se han puesto farrucos y han terminado por romper una baraja que ya les venía rota.

Los medios de comunicación de la derecha han jaleado a la gracil jefa que colecciona asesores con un sueldo fuera de la crisis. A esos medios les gusta que el poder tenga huevos y los enseñe, y más si la propietaria de las partes protuberantes es una mujer. Herencias del imaginario thatcherista.

Los de la izquierda se han quedado muditos pues aún andan buscándole las vueltas al PP con lo del Estatut y un poco incómodos con el ejercicio de libertinaje sindical, un mero entrenamiento de lo que vendrá después del verano. A los gobiernos, sean centrales, autonómicos, municipales, mirando al Este o al Oeste, no les gusta la contestación y menos si ésta carece de reglas definidas por los contestados. Lo llaman reglas del juego, de su juego.

Mientras fluye la filosofía tertuliana de los que se mueven siempre sobre ruedas y a cubierto, los demás -es decir, la mayoría- han vivido el problema con paciencia: aumento de la densidad del tráfico; mareas humanas en las paradas de autobuses y que éstos pasaran repletos de sardinas importadas de Tokio embutidas en un vehículo con las siglas EMT; bofetadas por subirse al abordaje a cada taxi…  Y peor: la visión de cientos de madrileños suicidas encaramados en sus bicicletas sumados al tumulto y andarines varios con evidente sobrepeso caminando kilómetros en dirección a sus trabajos solo para vigilar que nadie les quite la silla.

Lo esencial, en lo que nadie parece reparar, es que el asunto es mucho más complejo: los avances nos han dividido en dos mundos antagónicos, los del suelo y los del subsuelo, y cuando se nos junta surgen los desajustes, el disenso, la incomodidad, el temido caos. Para colmo, la libérrima lideresa, azote del PSOE y más de su partido, quiere contratar para hoy decenas de autobuses para complicar más el tráfico y que la gente del mundo oscuro se vuelva loca con tanto árbol (es un decir, claro).

Puestos de observación urbana

El Metro es un excelente puesto de observación urbana, salvo en las jornadas de huelga o avería, claro. Sentado o de pie apoyado contra la pared de un vagón se puede seguir el desfile de la vida real, de la que no hablan los políticos ni los medios de comunicación, más ocupados en los ecos de la simulación que se escuchan arriba, allí donde ruedan los coches oficiales y caminan los peatones. La geografí­a humana del Metro varía por horas. Sin moverse del puesto de observación se recorre mundo. Por allí desfilan las Españas y las aún no Españas bien ordenaditas. A veces son inmigrantes, la mayoría latinoamericanos, y trabajadores de mono y caja de herramientas; otras, por la tarde, tribus urbanas disfrazadas de tribus (de ahí el nombre).

Ayer vi una pareja de chinos junto a su hija, no más de seis años. La niña cantaba “tengo una vaca lechera” con sorprendentes variaciones en la letra en un castellano perfecto. Otro día me senté enfrente de un hombre y una mujer cogidos de la mano. Parecían náufragos de algún abordaje laboral o vital, pero esas manos prietas destilaban cariño y paciencia. También entran jóvenes que escuchan música en sus auriculares. Cuanto peor es la canción, más alto es el volumen. Debe ser una ley social universal de la estupidez. Los hombres leen prensa gratuita o miran a las mujeres de reojo, más en estos calores que por fin han llegado; las mujeres leen libros, muchos de autores livianos que en el vaivén del traqueteo deben de transformarse en interesantes.

Somos actores tratando de escapar de personajes no elegidos.

Un chico con tatuajes y pelos crespos causa una mala impresión, pero es el primero en ceder el asiento a una mujer encorvada. Hay ciegos que se orientan con la memoria y el oído ayudados de un bastón o de un labrador de mirada triste. Los lunes son días de silencio; los viernes, de bullicio. Entran extranjeros de edad madura con el mapa de Madrid doblado y una cámara de fotos sobre la tripa. Suelen bajarse el Chueca o Gran Vía si es la línea cinco. Cuando los foráneos son jóvenes y están becados por Erasmus (orgasmus) van en grupo, toman batidos de Starbucks, hablan a gritos para restregarnos su perfecto inglés y no necesitan mapas ni futuro, parecen colmados. La juventud tiene esas ventajas: un polvo parece Ítaca, cuando sólo es una parte del camino.

Lo que menos me gusta del Metro son los vigilantes jurados (jurados ¿a quién?). Se colocan junto a los tornos como si fueran pistoleros del oeste. Su postura es a menudo intimidatoria, chulesca. Visten mirada altiva, esposas y porra y no parecen muy duchos en el arte de la diplomacia. Se hacen acompañar de perros con bozal (debe de ser para que no hablen). A veces, cuando esos perros policías de serie B me miran mal, en venganza les digo por lo bajo: miau. Solo por fastidiar.

Necesito un poco de Stendhal para respirar

Me gusta la frase regalada de Stendhal: “He puesto toda mi felicidad en estar triste”. La melancolía es el estado de ánimo perfecto para escribir porque desde ella se siente más y mejor. Uno no elige estar triste, lo está de repente. A veces por motivos fugaces e incomprensibles que después no recuerda. Admiro a las personas, y conozco una que compite con Margarita Xirgu, capaces de cerrar los ojos y abrirlos unos segundos después bañados en lágrimas y el rostro desencajado. Para ellas es fácil porque actúan hacia fuera, lo peligroso es despeñarse hacia dentro.

No sé actuar, no sé elegir mis estados de ánimo. Es un defecto grave. Éstos se mueven en su tobogán ajenos a la lógica y a mis necesidades afectivas y creativas. Por eso dejo que se barajen secretamente dentro de mí mientras que sobrevivo protegido por una sonrisa y unas inmensas ganas de vivir y disfrutar cada instante. Soy un optimista que arrastra una bola de tristeza que nadie ve. Sonreír no es una buena política en una sociedad amuermada en la que la alegría resulta extravagante, una afrenta al poder, sea cual sea su manifestación y cantidad, que lo interpreta como un ataque a la autoridad. ¡Ja!

También funciona al revés y por mecanismos tan poco razonables como los de la tristeza. Una canción, cualquiera del gran músico sudafricano Vusi Mahlasela, uno de mis preferidos, puede arrancarte del letargo. La alegría interior es un estado fantástico que también permite crear palabras, y supongo que trazos, notas y jugar con volúmenes. Ese sentimiento o el contrario te conducen a una especie de euforia interior en la que los dedos comienzan a componer palabras y frases que se transforman en una navegación personal.

Me gusta también la frase de Scott Fitzgerald: “Hablo desde la autoridad moral que confiere el fracaso”. O esta otra de Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

No sé en qué instante de la infancia uno elige su equipo de fútbol para el resto de la vida, pero debe ser la misma época en la que uno toma una de las decisiones más transcendentales de toda su existencia, una que determina la actitud del individuo en la sociedad: decidir si le gustan los triunfadores o los perdedores.

Si marca la primera casilla buscará el éxito social a cualquier precio, vaciará su maleta de peros morales, y es muy posible que dado como están las cosas le vaya razonablemente bien y no pise jamás la cárcel por mucho que se desmane.

Si opta por la segunda se le abre un menú amplio y mucho más interesante: suspensos, castigos paternos, fracasos emocionales, suicidio, drogas, alcohol (mejor vodka polaco), vida bohemia y más o menos disipada (siempre es menos de lo que parece), psiquiatras, hacerse del Atlético de Madrid (dicho con el máximo cariño), ser de izquierdas por no dar una derechas, que se te cuele todo el mundo en el mercado, asilo y soledad.

Elegir los triunfadores no garantiza el triunfo, que la mayoría son espectadores del de los demás que viven como suyo por razones incomprensible. Elegir el segundo garantiza la derrota. En eso es mejor: no engaña.

El tiempo pasa demasiado deprisa

Vengo de una fiesta de un amigo muy querido que ha cumplido 50 años. ¿Seguro que no son más? Su mujer le ha regalado un vídeo en el que participamos varios y en el que hemos seguido más o menos fielmente, con más o menos acierto, un divertido guión. Dos cosas han quedado científicamente probadas: no servimos como actores y el tiempo no pasa, vuela.

En el montaje final han salido un par de fotos mías de la etapa de Washington, hace 24 años: delgadísimo, casado, bigote, pelo y el eterno cigarrillo entre los dedos. Tendría que ser muy estúpido para no darme cuenta de las 500 diferencias con la versión deteriorada que llevo a cuestas. Los años son una parte esencial de la construcción de uno mismo, de la historia individual y colectiva que se recorre de la mano de miles de personas, desde los padres al desconocido que hoy he abrazado en la fiesta.

La riqueza deja de estar fuera, en el escaparate y a la vista de todos, y se empieza a guardar en compartimentos secretos sólo a la visión de muy pocos. Al pisar de madrugada la plaza del Callao, de regreso a casa, me he cruzado con decenas de jóvenes comiéndose cada segundo de lo que ellos creen que es la única vida.

Sé que sobrevivir sano y con una relativa lucidez es un triunfo, pero esta noche me ha dado por mirar la botella medio vacía: los años que se fueron, las historias no vividas, y peor, las aplazadas por diversos miedos o destiempos. Ese vídeo maravilloso de una vida recorrida foto a foto entre músicas que son memoria, como este Lucio Dalla que cuelgo al final, me ha dejado un punto de melancolía interior, de tristeza por todo lo que no supe mantener cerca. Han pasado por mi mente, como si fuera una cinta de mi propia vida, un ensayo de muerte, años, amigos, mujeres esenciales, fantasmas del otro mundo, penas y acontecimientos extraordinarios. Y pese a haber cumplido muchos de mis sueños, más de los merecidos, siento ahora un absurdo y estúpido vacío alrededor, un cierto olor de derrota que no se justifica con los hechos ni las esperanzas aún vivas. Pero las botellas medio vacías son así de caprichosas, pueden emborrachar tanto como las medio llenas.

España, Bielsa y Mourinho

España, que pasó primera de su grupo sin despejar las dudas de su prensa, tan inclinada al cainismo nacional, mostró ayer ante Chile el carácter que le faltó contra Honduras y Suiza. Me gustó. Las dos Españas que andan a la greña por cualquier nimiedad, como una reforma laboral de la derecha que hace la izquierda para que la pueda criticarla Rajoy, el hombre que sabe quién es Sara Carbonero. Ponderamos el tiki-taka como esencia, pero un Mundial no es un concurso de belleza, ni de pases. La belleza máxima es ganarlo. La victoria es lo que produce el enamoramiento. Paso en la Eurocopa: ya se ha olvidado la primera fase. Hoy jugamos 20 minutos finales con la variante del tiki-kaka-tongo sin pasar ninguno de los equipos del centro del campo a ver si por una tontería nos marcamos un gol y nos quedamos sin Mundial.

De los 16 equipos que quedan, me ha gustado Argentina aunque detesto la imagen de pandillero maleducado de uno de los mejores jugadores que he visto en mi vida. Me ha gustado Holanda aunque siempre ha pecado de fragilidad mental. El país del que procede la selección está en otra crisis, la de identidad. Siempre se vieron como exportadores de moral. Desde la matanza de Srebrenica, ahora 15 años, donde los cascos azules holandeses desempeñaron un papel lamentable en el posterior asesinato de cerca de 8.000 varones musulmanes, Holanda se quedó sin escaparate.

Japón parece un escuadrón de kamikazes que han logrado domar el jabulani y Brasil se mueve en un engañoso ralentí, pero el gran partido de octavos es Alemania-Inglaterra, del que ya saltan chispas históricas. El segundo, Ghana-Estados Unidos. Creo que la tentación de expandir el fútbol en un país tan importante pesará el silbato del árbitro.

PD: Bielsa que militariza el campo como Mourinho es un genio para mi admirado y ex compañero Santi Segurola y otros muchos que despachan elogios. El imitado, en cambio, es un burdo capelista. Veremos. Creo que Mourinho es, ante todo, un camaleón y se sabrá adaptar.

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