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Cuestión de estilo

Cuando los fastos aún suenan en mi cabeza y las imágenes se mantienen vívidas en la retina me convenzo de que el valor de esta victoria es haberla logrado sin renunciar al estilo, a los valores. Cuando está en juego la esencia de quienes somos no vale todo. No se puede ganar de cualquier manera, no desde el estilo patibulario de Van Bommel y De Jong. Es una máxima que sirve para el campo de juego. También en Irak y Afganistán.

La victoria de La Roja es la victoria de una manera de hacer las cosas: el equipo por encima del talonario, la sencillez frente a la chulería, la humildad frente a la megalomanía. Quiero felicitar al FC Barcelona por su manera de entender este juego maravilloso desde que Johan Cruyff les dejó el manual de estilo abierto por la primera página. La Masía y Guardiola como símbolos del buen hacer.

No quiero ser ventajista (aunque soy del Real Madrid) pero este Mundial ha empequeñecido al empresario Pérez y sus ínfulas de nuevo rico. También a Cristiano Ronaldo. Prefiero medio Iniesta a mil estrellas rutilantes y maleducadas.

Ahora llega el debate del Estado de la Nación y volveremos a ver y escuchar a políticos que están muy por debajo de esta gran selección y de las decenas de miles de personas que han salido a la calle. Ya me imagino al cenizo de Mariano Rajoy embutido en la Orange dado patadas estilo kun-fu al centro del campo de Zetapeta. Después de la inyección de optimismo que se ha metido en vena este país ¿va a seguir Mariano con el mismo discurso del todo-kaka?

La última frase, para la organización de Sudáfrica 2010: África ha estado a la altura, como siempre. Felicidades.

Haití, terremoto de silencios

Haití, seis meses después. Haití, seis meses de inceficacia, corrupción, olvido y silencio. Gran trabajo de Carlos Diaz (TV3):

Por fin, una alegría colectiva

Madrid, como otras muchas ciudades, no duerme. Decenas de miles de personas navegan por las calles cargadas de banderas y camisetas. El gol de Iniesta ha enterrado muchos años de contaminación ideológica sobre algunos símbolos. Reconozco que no me siento nada cómodo con el rojo y gualda, pero ayer dejé que me colocaran una pulsera con esos colores y no tuve reacciones secundarias. Ni erupciones ni cagaleras. Era solo la señal externa de que participaba en una alegría colectiva.

Ayer después de un mes de Mundial he aprendido a tocar la vuvuzela.

No me gustó Holanda. Su partido patibulario me pareció indigno.

Ni una línea más de fútbol (hasta mañana, claro).

Felices sueños (si llegan).

El pulpo Paul y el beso a Sara Carbonero, los primeros brotes verdes. Que no se los coma Zapatero.

Srebrenica, el arte de lo posible

Srebrenica es una aldea bañada en muerte; en su recuerdo y su presencia. Cada aniversario de la matanza se produce un enterramiento masivo. Es su forma de medir el paso del tiempo. Hoy, 775 cuerpos que se suman a los casi 4.000 sepultados . Faltan muchos hasta los 8.000 varones musulmanes asesinados en julio de 1995. Los restos están repartidos en bolsas a la espera de las pruebas de ADN o en fosas comunes secretas.

Es imposible la justicia completa donde los crímenes son masivos. Sólo se puede lograr una cantidad suficiente de justicia que permita la sensación de que se ha hecho justicia. Srebrenica es, junto al cerco de Sarajevo, el símbolo máximo de la guerra de Bosnia. No hay justicia en Srebrenica porque siguen los desaparecidos y el jefe militar de aquella masacre, el general Ratko Mladic, permanece en paradero desconocido, seguramente en algún lugar de Serbia.

Los acuerdos de Dayton en diciembre de 1995, que pusieron fin a 44 meses de guerra, son la cárcel de Bosnia, un cordaje que impide reformas políticas y constitucionales que ayuden a dejar atrás a los partidos de la guerra, a los nacionalismos croata y serbio y la utilización de las víctimas por parte de dirigentes musulmanes.

El error de aquellos acuerdos está sobre todo en su simbología: premiaron a los ideólogos de los asesinos al entregar Srebrenica a la República Srpska, la entidad serbia de Bosnia. También sucedió con Foca, donde hubo violaciones de mujeres.

Más en La política de lo posible

Holanda, porros, tolerancia, ficción

No me gusta Holanda como rival. Tiene menos calidad que Alemania, pero dispone de ese punto de mala leche que a veces es necesario en este juego cuando hay igualdad y todo depende de un par de detalles. No me gusta que nos consideren favoritos ni que haya desaparecido de nuestras declaraciones la humildad de los días anteriores.

Sería un contradios, como dicen en Andalucía, que el país que generó los boers y todo lo que vino después, incluido el régimen fascista del apartheid, gane el Mundial en Sudáfrica. Decía Guillermo, un amigo, que sería una gran paradoja; otra amiga, Lola, corrigió rápida: “No; la paradoja sería que Sudáfrica ganara algo en Holanda”.

Estos días se cumplen 15 años de la matanza de más de 8.000 varones musulmanes en Srebrenica, una aldea en el este de Bosnia-Herzegovina que estaba protegida, en teoría, por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, ya saben los cinco grandes con derecho de veto y diez rotatorios.

La fuerza militar allí desplegada era holandesa, que llegado el peligro de mano de las tropas serbobosnias de Radovan Karadzic y Ratko Mladic, negoció su seguridad para salir de allí en lugar de asegurar la vida de sus habitantes. No cumplieron su misión. El Consejo, tampoco.

La mayor matanza de civiles después de la II Guerra Mundial sigue siendo una vergüenza para la comunidad internacional, para EEUU y su presidente de entonces, Bill Clinton, tan dado a las distracciones, y para Holanda, claro.

Los llamados Países Bajos son un poco más grandes que Extremadura y están habitados por gentes trabajadoras y temerosas de (su) dios que han convertido la conquista espacio al mar, el comercio justo e injusto y la exportación de moralidad (La Haya, etc) sus señas de identidad.

Siempre gustó en Holanda mostrar el barrio rojo de Amsterdam, el de las putas, y sus cafés-maría listos para el despegue cómo símbolos de una tolerancia nada real y que llegada la crisis ha desaparecido. La prueba son las últimas elecciones y el gran crecimiento electoral de la extrema derecha y su partido xenófobo.

Boers, xenófobos, Srebrenica y encima el pulpo Paul. Si existiera dios, que no es el caso, o hubiera justicia, que tampoco demasiado, Holanda no podría ganar este Mundial. Por una razón: no lo merece.

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