Vengo de ver London River. Cuando entré solo sabía que era una buena película; ahora sé por qué lo es. Me encanta el cine a las cuatro de la tarde: una sala casi vacía y la mente vacía. Sin ruidos ni palomitas de maíz ni bebidas ruidosas ascendiendo por una pajita. He entrado sin saber nada de la trama. Ni un plano ni una frase. Cuando nada se sabe todo es descubrimiento. No voy a estropear la película a nadie, basta decir que es imprescindible.
De ella traigo una sonrisa y la música de Armand Amar. De sus notas llueven arenas de desiertos que inundan mi salón. Ahora todo yo soy dunas y calor.
Miro por la ventana y veo una estampida: una ciudad que se vacía por los desagües. Es como si todos los habitantes hubiesen recibido la orden simultánea de abandonar su cotidianidad y lanzarse a una aventura relativa. Muchos llevan a cuestas los símbolos de su existencia, embutidos en automóviles recargados en los que no cabe un canario mudo o en maletas arrostradas por aeropuertos, estaciones de tren o autobús.
Los más impertinentes comunican a voces la buena hora de sus vacaciones, a menudo un mero cambio de decorado de la monotonía existencial. Las agencias de viaje hacen su agosto en julio, o antes, ofreciendo paquetes cerrados de felicidad con tres comidas diarias y avión incluido. Atrás quedan los que deben esperar un mes y los que deben esperar a otra vida para que les toque un esbozo de sonrisa, de alegría verdadera. Los parados de larga duración no vacacionan. Ellos no se mueven, solo esperan invisibles y de pie en un hilera prieta de derrotas. .
Tampoco parten los vagabundos que han convertido una esquina ventilada en un puesto de observación ciudadana. Desde ella pueden asistir al desfile sobre la pasarela: las monjas almidonadas de Fellini sobre patines de ruedas, los políticos con sus peleas de salón de café y ventajismos, los empresarios al por menor incapaces del por mayor, los pequeños comercios que se ahogan sin créditos ni aguas milagrosas, las mujeres tristes hartas de compartirse con un zombi, los hombres estúpidos que sacan pecho a los pichones hinchados del parque, los niños gritones que no saben que ser niño es solo un aplazamiento.
Me gustan los vagabundos que se acompañan de animales. Parecen una familia, quizá la que les faltó cuando correteaban por el escenario.
Hoy, apoyado en una esquina, descansando un rato de mí mismo, vi pasar una góndola por la calle Mayor de Madrid. En lo alto iba una mujer desnuda que saludaba a los lados. Casi nadie miró. Solo el sin techo que vive en un pasadizo que conduce a la plaza y yo. Él se incorporó, corrió y dijo a voz en grito: “Venecia, te quiero”.
Hace calor. La ciudad está seca. Sin ruidos. Todo desierto. Salgo de la inmovilidad y sé que todo ha sido un sueño, incluso este post. Cruzo la calle y me acerco al vagabundo que nunca se movió de su puesto, le dejo un par de euros en un sombrero sucio y le doy los buenos días. “Gracias”, respondió cubierto de algas que huelen a ciudad sumergida.
Hay desiertos capaces de beberse diluvios y seguir siendo desiertos. Todos arrastramos sequedades excesivas compuestas de años vividos y de décadas no vividas. Cuando uno camina a través de esos Saharas inmensos no distingue los horizontes. Ni el de delante ni el de detrás, sólo una leve reverberación, un vaporeo que es el miedo a la muerte. Regar un desierto no es un acto voluntario, es más bien un premio, algo que sucede de vez en cuando. A los desiertos interiores se les riega con lágrimas de sal fabricadas de pérdidas y olvidos. Existen lágrimas rojas, amarillas y negras; nadie sabe de colores tanto como para establecer una jerarquía, lo que es bueno y lo que es mejor. Hay mujeres que lloran en azul, otras en verde. Lo importante es llorar y saber para qué y por qué se llora. Hay hombres-desierto disfrazados de hombres felices, siempre tan encorbatados y teatrales. Sonríen grietas por la comisura de los labios y se desmigan al primero de los vientos de otoño.
Hay personas-agua que se reproducen en cada esperanza, en cada sonrisa, en cada dedo que escribe y toca.
La vida esta fabricada de muros, puertas y ventanas que no siempre se abren, unas por miedo, otras por atranque. Muchos se acostumbran a vivir así, sin apenas aire. Son las personas-pez que respiran como un pez con la boca chiquita para ahorrar energía.
A veces, cuando te haces pequeño como en el cuento de Lewis Carroll, encuentras una llave en el suelo. La mayoría no puede verla tan ocupada en respirar como un pez sin agua. Hay llaves que cierran; otras, que abren puertas, ventanas y pulmones. También las hay que descubren pasadizos secretos hacia lo vivido, las emociones, las ideas de las novelas nunca contadas y como si fueran varitas mágicas van despertando a los durmientes. Cuando ese despertar paulatino se apodera de cada célula, la persona que tiene la llave puede salir a mundo y escuchar de qué hablan las piedras, los árboles, los muertos y los sentimientos.
El post titulado Holanda, porros, tolerancia, ficción no gustó a tenor de varios comentarios. Uno me acusa de mezclar churras con merinas. Otro crítico me dijo de viva voz: “¿Qué tiene que ver el tocino con la velocidad?”. Respuesta lógica: “Mucho: a más tocino, menos velocidad”. Un blog no es un espacio en el que es obligatorio estar de acuerdo. La discrepancia es buena.
Holanda -país que admiro en muchas cosas (su pintura, el fútbol, no el patibulario del domingo, su tolerancia social, ahora en retirada…); tambien me gustan muchas de sus gentes (conservo familia lejana)- tuvo una grave responsabilidad, aunque sus tribunales lo nieguen, en la matanza de Srebrenica. Ya sé que es una culpa compartida y menor si se compara con la de los jefes de la ONU y su doble llave de cobardías (el secretario general Butros Butros Ghali y su enviado especial Yasusi Akashi, más el general francés Bernard Janvier, tres personajes que merecerían un juicio en La Haya).
Y sobre ellos, los cinco países del Consejo de Seguridad que tienen derecho de veto y ocupan los cinco primeros puestos en el tráfico mundial de armas (perdón, comercio; tráfico es cuando lo hacen los otros). La culpa es también de la OTAN, que no envió aviones ni amenazó a las tropas invasoras serbias.
Pero los cascos azules holandeses que en teoría defendían el enclave podrían haber hecho mucho más, no digo combatir, morir, bastaba con no retirarse, con permanecer en sus puestos en Poticari para ser testigos y forzar una intervención real de la OTAN. Mladic no se hubiera atrevido.
Esta es la novena parte de un excelente documental de la BBC (las otras están también en YouTube). En ella sale la fiesta de Zagreb de los soldados holandeses, cuyo riesgo mayor fue retirarse de forma vergonzante dejando atrás a miles de civiles. Esa imagen nunca se me ha borrado de la retina. Hace cinco años entrevisté en La Haya a Joris Voorhoeve, que era ministro de Defensa holandés en 1995. Me gustó, pero siempre me gustan los ex políticos cuando pueden expresarse. También hablé con el sociólogo Paul Sheffer, que me gustó más. Pero sigo sin digerir aquello.
Recomiendo el excelente libro Postales desde la tumbade Emir Suljagic y el de Hasan Nuhanovic, ambos intérpretes de los cascos azules holandeses y a quienes trataron de dejar atrás para complacer a Mladic. Salvaron la vida gracias a un contacto, un coronel francés que alertó la ONU. Los mandos holandeses de aquella misión, Thom Karremans (arriba en su célebre foto brindando con el jefe de los asesinos) y su segundo, el comandante Franken, están en la historia de la infamia. Y son holandeses. (Otro día hablamos de España, de la Inquisición y Franco, lo digo por no mezclar churras con merinas y tocino con velocidad).