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Navidad desde un mástil pirata

En estos días de invasiones bárbaras, con un centro de Madrid desbordado por las fiestas, me da miedo pisar la calle. Ayer asomé la cabeza en el portal y sentí el vendaval de la marabunta calle arriba. Y el ruido: parecían búfalos.

Caminar es un ir sin rumbo y en volandas. Hoy saludé a una mujer pelirroja que volaba a mi lado. Cuando quise estrechar su mano, decir algo amable, desapareció en un remolino. Si trato de cruzar la Gran Vía hacia Malasaña, el tiovivo me devuelve zarandeado al punto inicial. Hay tardes en las que vago prisionero por una acera imaginándose la vida de la contraria.

Desde mi piso veo nubes y montañas, escucho el murmullo de un ciudad que brama y bocinea, no su ruido. Mi casa es un mástil de barco pirata sobre un mar de tejados y luces de neón.

En estos días de alegría desbocada, la soledad se agiganta y me envuelve. Nadie sabemos nada de nadie. Ni nombres ni sueños. Todos deseamos un contacto que nunca se produce. Vivimos prisioneros de aceras, prejuicios y miedos. Hoy conocí a una sumiller que se llama Marian, a dos letras de la musa de Leonard Cohen. Busqué música contra las sombras y solo escuché canciones tristes. Las canciones son como las aceras: te dominan.

La mujer del remolino reapareció al atardecer, cuando el cielo de Madrid se viste de gala. Dijo: “te llamo” antes de ser engullida por otro remolino. Y aquí estoy como un idiota esperando a un sueño que no sabe cómo me llamo ni dónde vivo ni cuál es mi número de teléfono.

Nana y Morgan no celebran la Navidad porque los gatos no tienen religión; para ellos la eternidad es lo que tardo en rellenarles el cuenco de comida. Están hechos un ovillo en el sofá bajo una lámpara que da calor. Si acerco mi mano, la lavan. Es su manera de expresarme que somos un equipo.

Dudé entre Cohen y Dylan, y elegí estas dos grandes versiones. Felices días

 

El sonido del silencio

No quiero contaminar esta maravillosa versión de The Sound of Silence con un texto excesivo. Nouela dice que es una canción triste y hermosa a la vez. Es cierto: nada es blanco o negro, todo viene aderezado de sentimientos contradictorios. Se llama vida. La tristeza puede ser una brújula, la conexión que permite encontrar el lugar preciso en el que la soledad que duele inventa palabras, imágenes, sueños, notas.

Se fue el jet lag; me debió llegar el alma, por eso la habitación huele a Cortázar.

Sigue Nueva York dentro de mí: el tráfico, sus gentes, las calles y avenidas, la pobreza y el glamur en un palmo. Es una ciudad de solitarios que se cruzan y conviven sin apenas verse. Quien mejor retrató su espíritu fue E. B. White en  Here is New York, traducido al castellano por la editorial Minúscula.

Echo de menos los restaurantes de comida asiática, Central Park, los escaparates, la sala Subculture, Aida en el Metropolitan, el cumpleaños de Idoia, las palabras de Óscar; y a mi amigo Antonio y su gato Chas que ya me dejaba cogerlo en brazos (poco).

Es una ciudad difícil para sentirse solo. Caminas por ella encaramado a un alambre de funambulista con un espejo delante de los ojos, viendo lo que eres y lo que no eres, y lo que tal vez nunca serás. Pese a su dureza, me recarga de energía vital. Ahora solo tengo que encontrar la puerta de regreso a la novela.

Feliz semana.

Monumental Aida

Sigo impactado, con la música metida en las emociones. En días como hoy, el silencio acompaña. Anoche asistí a la representación de Aida, una de las grandes óperas de Verdi. El escenario del Met Opera House de Nueva York permitió cambios de escena mientras actuaban los cantantes y los coros además de la presencia de tres caballos.

Quedé impactado por el plantel. Sobresalientes la soprano Latonia Moore en el papel de Aida y el bajo-barítono Mark Delevan como Amonoastro. Sus voces tenían tanta cremosidad que parecían cantar en sí mismas, llegaban con una nitidez extraordinaria. Ekaterina Gubanova (Amneris) estuvo brillante en su última escena y Marco Berti tuvo momentos muy buenos. Me costó aceptarle tras la primera aria, Celeste Aida, la más célebre de esta obra. En mi memoria está la voz del mejor Plácido Domingo.

No es lo mismo cantar muy bien que ser Plácido o Pavarotti. Es posible que la distancia sea mínima, pero resulta inalcanzable para la mayoría de los mejores tenores. Es lo que distingue lo grande de lo sublime.

Antonio y yo repetimos los bocadillos del año pasado, devorados en el primer descanso en la balconada con los murales de Chagall a la espalda. Alguno nos miraba de reojo. La mezcla de público es una obra paralela. Vi a un tipo en falda escocesa, mucha pajarita, algún esmoquin, trajes de noche y de día, vaqueros y dos japonesas como kimono de lujo. Lo mejor es que le tocaron a Antonio al lado.

Feliz día.

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Nuevayorkendo como se puede

Quería escribir notas de viaje, postales de Nueva York 4, pero no me salen. La culpa se reparte entre los pavos -el de Acción de Gracias y el del día siguiente-, las hormonas ingeridas y la muerte de Fidel Castro, que me situó en una excepcionalidad inesperada. Tuve que escribir y hablar a destajo. Es lo que tiene mi situación de freelance: trabajo cuando vacaciono y vacaciono cuando trabajo.

Hasta el lunes no me sentí en Nueva York. Ese día paseé por Central Park. Apenas quedaban colores. Me gustan los parques en los que puedo desaparecer, dejar de escuchar el tráfico, el vocerío. Son respiraderos de soledad y naturaleza.

Después fui al Planetario del Museo de Ciencia Natural. La proyección versaba sobre la materia oscura. No era espectacular. Los españoles tenemos la tendencia a degradarnos, a situar a los demás en una superioridad tecnológica que no siempre se expresa. Un planetario en EEUU debería ser como pasear en calzoncillos por la estación espacial. Estamos preñados de estereotipos.

A mediodía entré en el MoMa. Quería ver la exposición de Francis Picabia, uno de los grandes dadá. Me presentó hace años Enrique Vila Matas, cuando leí Historia abreviada de la Literatura portátil. Ver los cuadros resultó un viaje apasionante. Lo hice sin audio, a solas con mi silencio y mi incultura. Emocionan, inquietan. Volveré antes del regreso.

Ayer vendí mi cámara, una Canon 5D Mark II que usaba muy poco. Invertiré lo recibido en un ordenador que necesito porque este se queja de exceso de uso . Fue un despedida difícil. Frente a los sentimientos están los hechos: no sé hacer fotos, no sé encuadrar, no sé pensar con una cámara en las manos. Todo me llega tarde, cuando la foto se marchó. Para un uso aficionado, el iPhone y la pequeña Lumix que consevo hacen la función. Venderla fue un reconocimiento.

Por la noche asistí con unos amigos a un concierto privado en un sótano en Alphabet District. Un tipo con un pandeiro y otro con un violín estuvieron más de una hora transitando por varios estados musicales, desde lo armónico al ruido. Fue interesante, no más. Hoy tendré que subirme a algo muy alto para que me den los vientos y me limpien la cabeza pues esta noche voy a ver y escuchar Aida en el Metropolitan Opera House. Es lo bueno de esta ciudad, puedo rozar dos extremos vestido con los mismos pantalones vaqueros.

Thanksgiving in Trumpland

Lo que medio mundo llama Black Friday es un día gris, fresco y hermoso en la ciudad de Nueva York, la capital de un mundo que se desvanece. También es el día en el que millones de personas tratan de ubicar los restos del pavo en algún lugar del organismo tras hacer la digestión. Hay quien propone llamar Turkey Day a la festividad de Acción de Gracias, cuando lo preciso sería llamarle Killing Turkey Day porque es una masacre.

El día de Thanksgiving se despierta como el de Navidad en España, bajo un aroma extraño, de excepcionalidad suspendida. Parece una tregua. Está en los andares de la gente, en el intercambio de sonrisas en la calle, como si nos conociéramos todos. A mediodía cae el silencio sobre la ciudad del ruido.

La tradición es acoger a amigos y extraños. Es una fiesta familiar en la que manda la generosidad. Fui con Antonio, a quien vuelvo a gorronear vivienda y cápsulas de Nespresso, a casa de Magdalena y Óscar, dos linternas en la oscuridad. Nos juntamos cerca de veinte, la mayoría hispanoparlantes. Solo había un norteamericano. No se habló de política, ni de la de aquí ni la de España. No me atreví a proponer un minuto de silencio por el pavo.

La cena fue excelente, el pavo en su punto. En mi último Thanksgiving en EEUU, allá por 1985, el pavo escapó por la ventana, chamuscado por fuera, crudo por dentro, harto de que la cocinera le introdujera una y otra vez en el horno. Es broma: no escapó, nos lo comimos medio crudo. Una pena que la huida imaginada no hubiese sido real.

Los tres niños de la cena jugaron sobre mi espalda y mis piernas. Siempre atraigo a los niños y a los animales. La conexión funciona desde el lenguaje corporal. Me gustan mucho los niños de los demás, los que incluyen devolución. Me tocó fregar. Me encanta fregar, una rémora de mi año de camarero en Londres, allá por 1981.

Conocí a Lorenzo. Trabaja con ratas y con el miedo patológico. Les induce los temores para ver cómo reaccionan y buscar la forma de quitárselos. Se llama biopsicología, o algo así. Le provoqué desde el animalismo. Es un tema apasionante: el miedo, cómo se fabrica y se distribuye en una sociedad indefensa a través de los medios de comunicación y del cine que sirven, a veces sin saberlo, de correas de transmisión de estereotipos.

En cuanto se fue el norteamericano empezamos a hablar de Trump y de España. Fui prudente.

Esta mañana paseré por Central Park para ver árboles, los últimos de color antes del frío del invierno. Después quizá caiga en la tentación del Black Friday. Esta noche más pavo con más españoles. Ya tengo sitio para el siguiente.

Mi dieta se tambalea. Para defenderme ayer caminé casi nueve kilómetros.

Feliz día.

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