Feed
Posts
Comentarios

Madrid, debajo de la ciudad agónica

Madrid es una ciudad sin pulso político, mustia, arruinada por el faraón Gallardón y los gobiernos privatizadores (hay sinónimos más acertados) del PP. No son sus obras en la M30 las que discuto, sino la deuda hereditaria que nos dejó. El hoy ministro-monaguillo gastó por encima de nuestras posibilidades.

Le heredó una alcaldesa a dedo sin fondos, talento e ideas, una pésima combinación. Se pinchó el globo olímpico y espero que se pinche el globo del juego. No son los Adelson los que van a resucitar la ciudad y sus alrededores. Ellos no vienen a dar, vienen a llevarse con una ley a la carta. Es su especialidad.

Si buscas en la oposición esperanzas solo encuentras melancolías y la misma escasez de ideas. Estamos bien jodidos.

Esta ciudad exige visionarios, valentía, imaginación. Nos hemos quedado atrás en casi todo; no se han construido edificios emblemáticos, a diferencia de Bilbao y Barcelona. Ni siquiera somos capaces de vender una extraordinaria oferta pictórica: Prado, Thyssen y Reina Sofía. No estamos de humor económico para convocar a los grandes arquitectos (Calatrava, no; por favor) ni para aventuras extraordinarias en el gasto.

La plaza de España con sus edificios muertos es el símbolo de esta agonía.

Los que nos tienen que rescatar son los ciudadanos, las pequeñas tiendas de barrio, los que reman contracorriente cada día; los hay a miles, pero están silenciados, invisibles.

En espera de tiempos mejores, recuperaría el espíritu de 1979, el de la ilusión democrática con nuevos retos. Es necesaria la regeneración. Me gustaría una ciudad ecológica: árboles, apoyo masivo a las bicicletas y al transporte público. Me gustaría volver a ver tranvías. Necesitamos más  espacios verdes y zonas peatonales. Proyectaría una imagen internacional moderna, de ciudad tecnológica, con wifi libre e interconectada que aproveche las nuevas tecnologías para facilitar la vida cotidiana al ciudadano, a los comerciantes y al turista. Una ciudad que rescate sus servicios públicos, su sanidad y educación. Una ciudad cultural, que potencie conciertos, la irrupción de nuevos músicos y otras formas de arte. Una ciudad que fomente la participación, la alegría. Esa ciudad está ahí, en la solidaridad con los barrenderos frente a la ineptitud supina de la la alcaldesa.

Madrid se ha convertido en una ciudad antipática con políticos antipáticos (también hay sinónimos más precisos), contaminada y ruidosa. No es solo el tráfico, los bocinazos gratuitos, los grupos vociferantes a las tres de la mañana, es también el ruido político, la mala onda.

No tenemos río de verdad, ni mar, ni canales, ni una catedral decente. Eso sí, tenemos al Real Madrid, al Atleti, al Rayo y al Getafe en Primera. También tenemos el recuerdo presente del 15M, de sus ecos, la ilusión colectiva, el sí se puede. Es lo mejor que nos ha pasado en años. ¡Recuperémoslo!

Oficinas interiores, naufragios

Aquí, en mi oficina interior. La llevo a cuestas embutida en una mochila azul que en casa me disputa Nana. No es amor de gata, son las cintas de enganche que parecen juguetes. Estoy ante un Retiro oscuro, misterioso, protegido por un ordenador-ventana al fin del mundo. Se fue la tarde con sus soles y habitantes y me pilló cabizbajo, ensimismado, trabajando en una entrevista.

Estoy sentado en una silla verde, expuesto en un saliente acristalado de mi bibloteca favorita. Parezco un escaparate, un bodegón con tripa cervecera. Tengo los auriculares calzados, como si fuera un piloto a punto de despegar. Escucho música: Lou Reed, Led Zeppelin, David Bowie, Sinéad O’Connor. Suena a nostalgia, huele a juventud desmigada, a Pulgarcito.

Aquí estoy a punto de recoger, sumido en mis laberintos, destrenzando emociones e imágenes, buscando otras islas naufragadas en la infancia. Tengo que escribirlo, vomitar, terminar con esta guerra de 58 años, firmar la paz o la retirada. Feliz noche de jueves.

Ha pasado un año, toda una vida

Ha pasado un año: el tiempo vuela hacia ningún sitio. El día, vaciado súbitamente de horarios y deberes, se transforma en una negrura amenazante. Sientes puñales de ausencia, la pérdida, el mundo imperfecto que se esfumó; esa nada ocupa el todo, lo invade y zarandea. Sientes miedo. ¿Seré capaz? ¿Me llamará alguien? Hay soledades que brotan de la nada, como un géiser.

Acostumbrado a pertenecer a una tribu, de ser reconocido o señalado como parte de ella, quedas a la intemperie, expuesto en medio de un desierto, sin heraldos ni banderas. Tú, ¿de quién eres?, pregunta la voz desde el fondo del cerebro. “Soy mío”, quieres responder en un hilo de voz.

Ese vacío, la ausencia de obligaciones, horas, jefes y rejefes es una oportunidad extraordinaria que el damnificado tarda en ver. Somos animales de costumbres. La rutina genera seguridades falsas que dan mucha seguridad. Los caminos sin marcar producen angustias, la oportunidad es una amenaza. ¿Seré capaz? Siempre las dudas, la minusvaloración.

Ha pasado un año, el tiempo que exige un duelo sin muerto. Quedan emociones, claro; memorias amables, procesos aún no concluidos. Echo de menos a personas concretas, el bullicio de una redacción, esa forma de pertenencia, de lucha por un periódico mejor. Echo de menos las comidas en grupo, el chino-ruleta-rusa que cada cinco presencias te regalaba una cagalera murciana de libro. Echo de menos estar harto.

Ha sido un año apasionante, de aprenderme, de confiar. Llamaron medios y personas, construí otro salvavidas. Aprendí que ese vacío doloroso se llama libertad: la posibilidad de decidir cada día qué quieres hacer con tu tiempo. Puedo estar una semana en Barcelona sin pedir permiso, viajar a Burgos, a Granada. Eso sí, se acabaron los taxis, los hoteles, los lujos. Frecuento los trenes de cercanías, los autobuses de los aeropuertos y los hostales. ¿Acaso no he dormido en sitios peores?

Ha pasado un año y conservo algunos miedos. ¿Se mantendrá todo? ¿Podré hacer más cosas? ¿Seré capaz de escribir un libro decente? Ahora sé que tengo las bridas de mi carruaje, los remos de mi pequeño bote. También he aprendido lo esencial: tengo amigos que han sabido estar cerca.

Perder un trabajo es una forma social de morirse, una oportunidad de asistir a tu propio funeral, ese sueño tan extendido para cotillear actitudes y frases de dolor. Cuando se difumina el humo de la gran explosión y se marchan los deudos, descubres que existen otras formas de estar vivo.

Escribo este post sentado en el Café Gijón de Madrid, con una cerveza monumental encima de la mesa de mármol negro. Este es un café literario que se quedó sin escritores, pero que sigue habitado por miles de palabras, dichas y escritas. Si abres mucho la boca te preñas de ellas.

Ser libre no solo te regala tiempo, también permite decir y escribir lo que apetece, sin miedo a que nadie te tilde de loco. ¿Cómo no voy a estar loco si regresó de la muerte? Es otoño, fuera primaverean 16 grados. Es martes, ha pasado un año, soy feliz.

Lo que esconden los rostros

Me gusta observar a las personas, imaginarme qué hay detrás de los rostros, de sus disfraces. Cuando vuelo -como hoy a Granada- miro desde una ternura cómplice. Pienso en el despertador e invento un despertar para cada uno: este se levantó solo, aquel necesitó de una mujer. Las maletas, no importa su tamaño, esconden secretos: ¿quién dobló la ropa? ¿Quién la compró? Hay maletas que están llenas de silencios, vacíos y ausencias. Hay maletas melancólicas, contagiadas por su dueño.

Un hombre trajeado con un ejemplar de Expansión bajo el brazo parece un ejecutivo de diseño, un triunfador del corto plazo, de esos que se sienten inmunes a la crisis, que hablan como empresarios. El hombre trajeado deambula delante de los demás con el móvil pegado a la oreja. Se siente sobre una pasarela de éxito. Es incapaz de ver el abismo que le crece a ambos lados.

Una pareja en edad de jubilación espera la llamada del vuelo a San Sebastián. Apenas hablan, parecen compartir un silencio cómplice, no del que nace de la falta de palabras sino de la capacidad de no tener que decirlas. Ella tiene pelo de arena y ojos claros de mar. Si acercas el oído escuchas las olas, el viento cantábrico.

Una joven lee un libro, o quizá es el libro el que la lee a ella antes de aceptarla en sus laberintos. De vez en cuando vigila de soslayo el cartel que anuncia un próximo vuelo a Lyon. No sé si es francesa porque el libro está escrito en inglés. Quizá sea una española multicultural expulsada por la incultura gobernante.

La mayoría de los pasajeros no aprovecha los asientos del aeropuerto, se mueve de un lado a otro, enjaulados de sí mismos. Un hombre exhibe el desaliño del divorciado en el cuello doblado de la camina. Me dan ganas de arreglárselo. En cada puerta, una cola, a veces incipiente, otras formada. Somos un pueblo en fila india, dispuesto al matadero.

En el avión viajo junto a una pareja que parece surgida de una exposición del MOMA o quizá sean parte de una itinerante. Cuando aterrizamos despierto de mi modorra aérea que siempre comienza antes de despegar. Él está despeinado, con la señal del asiento en la nuca. Trato de recordar si lo llevaba puesto antes de despegar, si es parte de su atuendo artístico, pero no recuerdo nada, solo un cuadro en blanco.

El ejecutivo se incorpora de su asiento dispuesto a salvar su porción del mundo. Me mira, sonrío por vergüenza, un acto reflejo por imaginármelo de una manera injusta. Cuando pisamos la pista, el hombre trajeado avanza entre sus abismos mientras los demás pasajeros esperan cerca del avión a que se vuelvan a cerrar, como las olas del Mar Rojo.

Morirse con música

Cuando la vida abandona del cuerpo se deja atrás un resto, un nada. Lo llaman cadáver. Dicen que la diferencia entre lo vivo y lo difunto son 21 gramos, el peso del alma. Hay otras almas desechadas, menos transcendentes, que pesan toneladas: ¿cómo se miden las historias jamás contadas, los secretos, las palabras no confesadas, los pensamientos censurados, las emociones, las experiencias? ¿Quién mide los recuerdos heredados de personas pasadas, extintas, los recuerdos que se pierden para siempre como se pierden las lenguas que se extinguen?

En algunas culturas se ama el cadáver, se le lava y aceitea, preparándolo para un viaje que no va a hacer. Es una forma de respeto, de agradecimiento, de despedida y duelo.

El viaje, si existe, es mental: las imágenes que recorren el cerebro en el instante previo de la exhalación, cuando las sustancias químicas de la muerte nos narcotizan. Esa breve película sobre lo único que fue importante es la verdadera esencia, saber si lo vivido ganó la partida a lo dejado de vivir.

A veces doy vueltas a la mía, ultimo detalles, cambio fotos y vivencias por estas otras. Allá permanece mi primera nieve madrileña a los siete años poco después de llegar de Venezuela. Hoy deslizo esta maravillosa versión de Stairway to Heaven de Led Zeppelin. Solo como música de fondo, de acompañamiento sutil para cuando llegue el Gran Salto: de la nada de aquí a la nada de allá.

« Newer Posts - Older Posts »