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La máquina del tiempo nevada

La nieve, aunque sea un nada, despierta infancias, ese territorio mítico en el que está todo lo que somos y lo que no llegaremos a ser. Se activa la máquina del tiempo: brotan sentimientos, vuelan flashes, voces, olores. En los días de nieve, aunque sea un nada como hoy, uno se levanta colgado de una sonrisa.

Sales a la calle, donde los coches ya han arruinado la noche blanca, y te cruzas con personas sonrientes. Es como si hubieran repartido optimismo en lugar de sal. Haces fotos, las cuelgas en las redes sociales y en pocos minutos responden decenas de navegantes sonrientes conectados a su propia infancia, el paraíso perdido, el infierno olvidado.

En lugares de mucha nieve la alegría matinal llega por otros medios porque la nieve más que un activador de recuerdos en un problema de movimientos.

Viví dos años en Washington DC. Allí las nevadas son enormes, te dejan varado sin poder acudir al trabajo. No importaba cuánto incordio generaban en el presente, aquellas nieves inmensas me seguían activando un trozo del pasado que he archivado en la carpeta de recuerdos amables.

Hubo un año en Madrid que entre nevadas y heladas estuvimos algunos días sin colegio. Ahora no tengo escuela ni puesto de trabajo, no tengo profesor ni jefe a quien obedecer. Esta nevada de hoy, aunque sea un nada, es mi primera nevada de libertad y sabe a gloria. Feliz día.

Laberinto de espejos

Buceo en mi infancia en busca de imágenes reales, olores, memorias, sabores, voces. No es mar abierto, ni campo, ni bosque. Buceo en un laberinto de espejos dentro de una sala de baile. No quedan bailarines ni orquesta ni fantasmas ni humo, solo quedan los espejos y la foto en blanco y negro de un tiovivo de feria. No sé qué es cierto, qué reflejado; qué me pertenece, qué fue inventado.

La infancia recordada es la vida de otro, el relato de una exstencia en tercera persona, no es la vida propia, la vivida. Buceo para saber si todo fue fantasía, una distorsión enfermiza, una guerra contra molinos de viento.

Poco a poco confirmo detalles, relatos; surgen flashes, lo propio, la prueba de que todo lo que soy no es la respuesta enloquecida a lo que nunca fue, sino la confirmación de una historia real que me construí en silencio, en una fuga interior permanente. Hay que dejar de huir. Solo son espejos en una habitación difunta. Basta con buscar la salida, abrir la puerta para sentir el sol, el viento, la lluvia, las personas amables, un poco de la vida que me perdí.

Palabras que hablan

Me duele la cabeza. Son palabras almacenadas durante días, semanas y meses, tal vez años. Las palabras se piensan, se sienten, se preñan de nosotros y se dicen; así, con naturalidad. Basta abrir la boca y dejarlas marchar. Las palabras son como los pájaros que abandonan el nido para vivir una vida adulta, dejan de pertenecernos. Hay palabras que al escucharlas parecen pensadas por otro, casi extranjeras. Somos motores de palabras. Nos copiamos e influimos; respiramos el mismo aire, los mismos aromas, las mismas ilusiones y desesperanzas. Es el mecanismo que las crea el que nos diferencia, el que las singulariza.

Las palabras creadas que no salen se conservan en compartimentos cerebrales mediante un mecanismo secreto. Hay palabras que descansan cerca de la salida para brotar la semana próxima. Hay palabras que se guardan en los sótanos para el año que viene, para un aniversario. También las hay que por motivos incomprensibles quedan perdidas, abandonadas. Estas son las que duelen. Cuando son muchas, el dolor afecta a la cabeza entera, a los ojos, a la boca. Es el momento de ponerse a escribir, a vomitarlas.

En los países gélidos las palabras pronunciadas en invierno se congelan en el aire y caen al suelo envueltas en un cristal. En esos países las personas no emiten palabras de diciembre a marzo, solo emiten chasquidos. Cuando llega el deshielo, los campos hablan con las palabras invernadas confundiendo conversaciones y habitantes, pues nadie sabe si lo que escucha es lo que dijo en ese instante o tres meses antes.

Hay palabras que vuelan y nadan, cruzan mares y fronteras empujadas por los vientos y las corrientes. Cuando ese tipo de palabras aventureras llegan a una costa se esconden raudas en las caracolas para que no se las coman los pájaros parlanchines. Tengo un personaje de una novela no terminada que pasea por la playa del psiquiátrico que he inventado para él. Mi personaje escucha caracolas, conversa con ellas. Dicen los otros personajes del pueblo que el hombre está loco, pero los locos son aquellos que no saben de la existencia maravillosa de las palabras que hablan vidas que nosotros aún no hemos vivido.

Feliz lunes.

20N y se murió con 40 años de retraso

Y se murió con 40 años de retraso. Media España celebró la marcha del dictador; la otra media España lloró al hombre providencial; y allí sigue atrancada en su ausencia, rebuscando leyes de aquí mando yo, coño.

Aquí seguimos todos, 38 años después, sin un relato común, enredados en una batalla sempiterna entre luces y sombras, cultura y barbarie, inteligencia y muerte. Aquí seguimos bien jodidos, aplastados por una casta cleptocrática y chulesca que no conoce límites. Son los hijos y nietos del franquismo político y sociológico.

Hay personas-hoguera que solo saben parir tierra quemada. En España somos especialistas no importa la sigla. Nos queda la música, una manera de resistencia, de mojarse el culo hasta mancharse, de endulzar la espera de Godot. Feliz día de la libertad.

La España barrendera

Ya están aquí las dos Españas inevitables: la que apoya o comprende a los barrenderos en defensa de sus puestos de trabajo y la que los demoniza. Los primeros presentan datos: el sueldo real, el ERE evitado (ese si que era salvaje) y las condiciones de su victoria: congelación salarial hasta 2017, un ERTE anual de 45 días y algunas pérdidas más. Los otros, vociferan, insultan, inflan pérdidas. Es la España negra, la de los Santos Inocentes, la de Rouco Varela, el cardenal menos creyente que conozco.

El TDT Party sería delictivo si la estupidez estuviera regulada por ley, algo mucho más urgente que regular la huelga, que ya está regulada. La insufrible alcaldesa de Madrid también debería ser regulada. Espero con pasión el próximo Mongolia.

Y encima de la merdé política, un anuncio de la Lotería de Navidad no apto para niños asustadizos ni enfermos coronarios. Ni la ilusión nos dejan, que también se la llevaron a Suiza. Desde que le hicieron el ERE al Calvo esto un suplicio. Si no, la prueba:

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