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María de Molina, infancia

Preparo un buceo literario por mi infancia, los porqués, las heridas. Al pensarme y sentir se abren los diques interiores, las compuertas olvidadas, y me inundo de lo que fui, de lo que aún soy. La libreta negra se puebla de garabatos, olores, personas,  sabores, lágrimas, risas, memoria. Me escucho y brota entre nieblas un mundo subyacente, paralelo. Recorremos muchos caminos a la vez: el real, el recordado, el soñado, el contado por otros, el vivido.

Hoy he viajado en la línea 29 desde la casa de mi juventud a la de mi infancia, en María Molina, donde vivimos ocho años tras regresar de Venezuela. Esa línea es un esqueleto, sostiene y ordena una parte de mi vida; cada parada, una vivencia: los cines Perú y Roma, los sótanos de una cafetería que me inició en una forma de sexo demasiado circular, la compra cómica del primer preservativo, mis primos Luis y Curra, la música y los libros prohibidos, la noche del 23-F…

El bolígrafo se mueve rápido sobre el cuaderno; asegura el amarre de cada recuerdo con letra ilegible. No importa porque lo escrito se duplica en la cabeza automáticamente, como una copia de seguridad; allí encuentra su sala de espera hasta que llegue el reclamo de la escritura, su turno en escena.

Al llegar a María Molina he sentido un agujero en el estómago, era el primer ayer que regresaba a borbotones. Parecía un caleidoscopio. Fue emocionante.

Hace tiempo me escribió la mujer de un amigo de aquella casa mágica. Me mandó una foto en blanco y negro. Debíamos tener seis años, no más; él moreno, yo rubio. Le recuerdo bien, éramos inseparables. Hoy me ha llegado el movimiento: las conversaciones, su madre, los juegos, nuestros secretos. Me gustaría hablar con aquella mujer que me informó de la muerte de su marido, de mi amigo de infancia, del vacío que sentía. No tengo preguntas, solo necesidad de escuchar, de estar. Feliz noche

Madrid loco

Cada año olvido el año anterior, la pesadilla. Olvido que el llamado puente de la Constitución es la orden de escapada del centro de Madrid para no volver pasada la fiesta de Reyes. Es como si toda la ciudad y las adyacentes se vaciaran en unas pocas calles: miles de personas apretujadas caminando sin rumbo ni sentido.

En esta urbe castigada por la política y la estupidez no sabemos movernos en grupo. No somos Sevilla, desde luego. Ni Río. Las columnas en intento de desplazamiento se entrecruzan y estorban creando bucles en los que no sabes si vas o si vienes. En medio de ese ejército de termitas surgen cientos de cochecillos de niño desplegados, la mayoría sin ocupante a bordo. Esos artilugios se ceban en espinillas y tobillos mientras que los infantes abobados viajan en brazos de unos padres de mirada ausente, quizá melancólica, meditabunda sobre las ventajas evidentes de la solterería y el preservativo.

Solo fue un intento de paseo por Sol, carrera del San Jerónimo, parque del Retiro, Serrano, Colón, Recoletos y regreso por Mayor. Nada de Gran Vía ni de descensos suicidas por Callao y Preciados, o por la variante de Cortilandianosequé, una especie de hipnotismo colectivo que amarajara a niños y mayores y detrás del cual está la alcadesa #reciclaBotella agitando los mandos. Todo lo que es absurdo, inútil y acultural tiene una alcaldesa diabólica detrás. La imagino tocada con el sombrero de Napoleón haciendo pedorretas a la Rue del Percebe nº 13.

La longitud de las colas en los puestos de lotería y los rostros de los impacientísimos y esperanzados clientes son otra manera de medir la crisis, su abismo. En milagros súbitos ganan los laicos, que doña Manolita y los demás vencen por goleada a las iglesias vaciadas por tanto rouquismo militante. Feliz puente.

Cuesta de Navidad

No sé cómo lo consigue, pero diciembre siempre cae siempre a plomo, sin enviar siquiera un maldito whatsapp colectivo. Una noche sales a dar un paseo y la ciudad de todos los días aparece disfrazada de luces de colores, como si ese artificio baratijero pudiera alterar la realidad cotidiana de un mundo en blanco y negro desde 2008. Llega y la humanidad occidental se empeña en ser feliz porque sí, aunque tenga que pagar a precio delictivo la ley de la oferta y la demanda, otro truco cabrón. No importa si das o tomas, si eres ofertante o demandante, gana quien está al otro lado, en el paraíso (fiscal).

Llega diciembre y el centro de la ciudad se inunda de muchedumbres impulsadas por algún automatismo averiado. Personas que se frenan sin luces de freno, que dudan y estorban, entran y salen a borbotones de los comercios como si fueran niños que vuelven del circo. Un gran almacén invade como cada año la calle de todos para vender ilusión privada. Se enseña a los niños la magia de lo que carece de magia, robándoles la magia verdadera que está en los mimos de cada día, en los sin techo que narran vidas reales que nadie desea escuchar, en los negros que nunca pueden ser Baltasar. La magia está en las historias de las personas menudas.

Las loteras se alinean en la Puerta del Sol dificultando aún más el movimiento. Venden números, suerte, otro tipo de ficción. Doña Manolita es por estas fechas un centro de peregrinación religiosa capaz de competir con cualquier santo o santa. Antes de la crisis, la gente soñaba con millones para mandar a la mierda a su jefe; ahora sueñan con comprarse el chiringuito y echar a su exjefe, que los precios de las empresas están de ganga.

Pronto aparecerán los carteros y los pajes, y los reyes magos mismos si pueden, si nadie los detiene en la aduana acusándoles de ilegales, de traficantes de oro, mirra e incienso; si no se quedan colgados de alguna valla prendidos de cuchillas de afeitar, invisibles para los que mandan, para los que mienten. Feliz mes de locura.

Otra vez el cuento de los brotes verdes

El Gobierno vende la salida de la crisis; otra vez brotes verdes. Cada aparición, una consigna ante un público atónito, mudo, hundido en el fango. Cospedal, siempre tan pizpireta, va más lejos que nadie y anuncia una subida de dos puntos en el PIB. No aporta datos, solo imaginaciones, pero da igual, la ocurrencia se convierte en titular. Este Gobierno es experto: sabe decir cosas que se transforman en realidad mediática aunque no exista realidad que lo justifique. Así funcionan una parte de los medios de comunicación que dejaron de ser útiles a los ciudadanos. Se sostienen porque son útiles al Gobierno (y a los bancos, claro).

Venden salida de la crisis para ponerse medallas: “Este es el Gobierno que ha traído más progreso a la humanidad”. Eso dijo Ana Botella. Más que la Grecia de Pericles, Platón, Aristóteles y Sócrates, más que la Roma de las artes, más que la China de la seda, más que el islam refinado de Córdoba, más que las revoluciones industriales, francesa y estadounidense, más que Fleming, Einstein y Gutenberg y todos los sabios e inventores juntos. Hay boberías que deberían estar penadas, al menos con la dimisión.

Tener líderes así nos reduce; de alguna forma no somos mejores que ellos, nacen de la sociedad en la que vivimos, son consecuencia de los defectos generales.

Nos hablan de salida de la crisis porque Bill Gates ha invertido en una importante constructora y no se cuántos fondos de inversión, muchos de ellos buitres, han posado sus ojos sobre las gangas españolas. Esas gangas surgen en su gran mayoría del hundimiento salarial, de los ERE, del miedo.

El PIB ha crecido un 0.1% y el paro parece detener su alza. Hay sensaciones de que la caída en el abismo se ha detenido. Las sensaciones no son todavía hechos, son sensaciones que sirven para la economía especulativa, que nunca dejó de estar despierta, pero no para la productiva.

Dejar de caer no es igual que salir del agujero. Para salir de verdad, para que lo notemos, serán necesarios varios años de buena marcha. Y después habrá que mirarse los bolsillos, comprobar el precio que hemos pagado para que todo siga igual: los mangantes, mangando; los demás, obedeciendo.

El Gobierno no habla de los inmigrantes que volvieron a casa, que prefrieron las crisis de los países de los que escaparon a la crisis del de acogida (explotación). Son los que ayudan a maquillar las estadísticas del INEM. No se habla tampoco de la calidad del empleo, los contratos basura, la brutal caída de los salarios de los trabajadores, que no de los directivos, que para ellos nunca hubo crisis. No se habla de la pérdida de las privatizaciones salvajes, de los mejunjes.

Tampoco de la corrupción generalizada y su impunidad añadida, verdaderos lastres para la economía que devoran miles de millones de euros al año.

España no es un país para jóvenes emprendedores, ni para cuarentones y cincuentones que perdieron el empleo, ni para pensionistas. Solo es un país para amiguitos del alma, para aprovechados. Mi esperanza es que debajo de esta losa bulle una energía descomunal, ganas de hacer cosas, alegría. Se llama sociedad civil. A ver si despierta de una vez cuando llegue la primavera. Feliz semana.

Muere Canal Nou, larga vida a los compañeros

La muerte de cualquier medio me afecta personalmente, como periodista y ciudadano. El asesinato de Canal Nou me afecta más porque es la consecuencia del desvarío político de este país, donde los partidos entienden que las televisiones públicas son instrumentos privados de incienso y propaganda. Es un caso de corrupción en directo: el empleo de fondos públicos en beneficio privado. ¿Qué hace el fiscal general? ¡Obedecer!, que para eso le pagan.

Canal Nou ha servido durante años de palio a los Camps, Barberá, Costa, Fabra, a la casta podrida que produce firmantes de peticiones de indulto para un colega corrupto condenado por los tribunales. Siento mucho lo que están pasando tantos compañeros, pero también siento su silencio y complicidad durante demasiado tiempo. Son años para rebelarse, para decir no, ¡basta! Toda mi solidaridad y cariño. Otro Canal Nou es posible. Otra política es necesaria.

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