He pasado dos días en Málaga junto a un náufrago de mi mismo naufragio. Ha sido emocionante, reparador. Procedemos de un tsunami familiar común. Hablamos el mismo idioma, manejamos códigos de supervivencia similares, necesitamos del alejamiento de la tribu, del clan, para respirar. Él escribe su biografía y yo un no sé qué sobre mi guerra eterna con mi padre. Ramón es mi primo hermano, tiene casi 72 años y una memoria profunda y precisa. Me ha ayudado a ordenarme.
Caminamos por esta vida por sendas paralelas en dirección a Ítaca. No hemos sabido encontrar los oasis, pueblos comunes, zona de encuentro que nos permitieran coincidir más y charlar. Es un placer escucharle. Escuchar me gusta aunque no lo crean los que me escuchan con demasiada frecuencia.
Este verano me puso un mensaje que me impactó “Me hubiese gustado coincidir más contigo, conocernos más”. No era una despedida, ni una queja, solo un hecho. Los hechos no se pueden modificar, pero se les pueden añadir hechos nuevos que equilibren, que recuperen.
Regreso a Madrid con el convencimiento de que volveré a Málaga muy pronto. No puedo contar mucho del encuentro, de las conversaciones, de los silencios, porque estoy seguro que mucho de lo ocurrido pasará a mi libro. Fue una sorpresa gratísima ver de nuevo a Jesús, el Extraterrestre, una de las personas que me salvó la vida sin saberlo. Salvó la mía y casi se le olvida salvar la suya.
Ramón esculpe, pinta, escribe. Es un alma libre y ha pagado y paga su peaje por tanta libertad acumulada. Tiene la casa repleta de cuadros y esculturas. Si tuviera dinero le compraría unos cuantos. Recuerdo cuando empezó a esculpir. Yo debería tener 14 años, me fascinaban sus esculturas táctiles. Ha vivido la vida que ha escogido. Es un privilegiado, un hombre rico de camino, voces y personas, que no de dinero, esa ordinariez por la que los hombres matan y mueren.
Hay dos Iglesias: la que trabaja calladamente en ayuda de los demás sin abusar de su presunta obligación de evangelizar a todo dios, y la que engorda próxima al poder, de mamarlo. De la primera podríamos rescatar el ejemplo del obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero; en la segunda está nuestro Rouco Varela, representante de una visión franquista de las relaciones Iglesia-Estado.
Jordi Évole hizo el domingo una gran labor divulgadora y denunciadora del incumplimiento flagrante de la Constitución. ¿Dónde está la presunta aconfesionalidad si tenemos las misas, los símbolos y los obispos hasta en la sopa y en actos que son estrictamente civiles? ¿Dónde está la separación Iglesia-Estado en las tomas de posesión, en los funerales?
No voy a escribir “la Transición fue un desastre”; sería ventajista e injusto tantos años después. Se hizo lo que se pudo aunque se concedió demasiado por temor a una nueva dictadura, a otra guerra civil. Es posible que no se supieran leer las oportunidades del fracaso del 23-F, si es que las hubo, o de la victoria arrolladora del PSOE en 1982.
Lo que está claro es que aquella gran obra de ingeniería política necesita una actualización urgente, lo mismo que la Constitución. Nuestro programa operativo se ha quedado obsoleto, no sirve para mover la realidad en la que vivimos. El ordenador de la democracia va lento, se cuelga constantemente, y en esos cuelgues, en ese apagar y encender todo el rato, nos meten los virus de las preferentes, la Ley Mordaza, la retrógrada reforma del aborto, la reforma educativa y las clases de Religión Católica.
Es necesaria una revisión de la Ley Fundamental que insufle de vida y responsabilidad a la clase política, que ordene el abuso de la caja de las autonomías, que no son para colocar amiguetes sino para ser útiles al ciudadano. Necesitamos dar acomodo a la nueva realidad social de Catalunya. Necesitamos el laicismo como un motor real de la separación entre la Iglesia y el Estado aconfesional. Tengo mis rayas rojas, como todo el mundo. Estas son algunas.
1) La educación debe ser pública, obligatoria, gratuita y de calidad. La educación y la investigación deberían centrar el esfuerzo inversor del Estado. No estoy seguro de si debe existir educación privada, pero si la hubiera no puede ser doctrinaria. La asignatura de Religión Católica no se debería enseñar en los colegios porque no es una ciencia ni una disciplina, solo es una creencia sin comprobación empírica. Se debería enseñar en todo caso y como asignatura obligatoria la Historia de las Religiones desde un punto de vista laico.
2) Un Estado decente protege a sus enfermos y ancianos. Les ofrece medios, no se los arrebata.
3) Un Estado decente lucha contra la corrupción, porque el robo de un euro público es un delito grave contra todos. No puede haber amnistía ni indulto para quien ha defraudado la confianza colectiva. Un condenado por corrupción no debería obtener ningún cargo remunerado con dinero público. Y sin es empresario, ningún contrato.
4) La Iglesia, al menos una parte de ella, realiza un trabajo social importante. Ayudemos a esa parte, pero no al todo. El Estado no puede seguir manteniendo un credo privado que actúa como ariete contra el bien de todos. Podemos llegar directamente a las monjas que trabajan en hospitales, a los curas que se desviven por los pobres sin necesidad de pagar el sueldo de los Roucos, a financiar las campañas contra Gobiernos elegidos en las urnas o las cadenas de televisión y radio que insultan a diario. Un nuevo Concordato, y que se cumpla.
5) Recuperación de la Memoria Histórica. Que cada familia encuentre a su muerto, sea quien sea: republicanos o de la división azul. Es un deber del Estado, una urgencia. Esa actualización del programa operativo debería incluir la creación de un relato común. No podemos criticar a Artur Mas por su ridícula manipulación del 1714 si el resto de la Historia está plagada de insensateces.
6) Otra ley laboral es posible. Y una empresarial, que castigue los daños sociales causados por actos irresponsables.
7) Una televisión pública como la PBS estadounidense o la BBC británica.
8) Que la Real Academia de la Lengua incorpore dos palabras inglesas desconocidas en nuestra cultura: dimission y accountability.
El jueves se me apareció Francisco Franco dentro de la taza del váter. Fue un flash, una llamarada de azufre desde el infierno. Me asusté y tiré de la cadena sin pensar en las consecuencias medioambientales ni en las penales. ¿Será un delito contra la autoridad o contra España perseguido en la nueva Ley Mordaza? Mi Franco se fue dando giros sobre sí mismo y prometiendo venganza y glugluglu no se cuantas cosas más.
Llamé al psicoanalista, le expliqué lo ocurrido y tras someterme a un test de preguntas sencillas, si bebí, fumé o hice de vientre en los últimos cinco días, determinó que no fue más que una calentura provocada por el estrés.
-¿Qué estrés?, respondí a la gallega.
-¿No lee acaso las noticias? ¿No ve la televisión? ¿No está enterado del tipo de país en el que vive?, gritó algo alterado para ser experto en el sosiego ajeno.
Sin dejarme replicar empezó con una retahíla de agravios cometidos por este Gobierno mentiroso (sic), una enumeración de las leyes retrógradas aprobadas o por aprobar y de no sé cuantas barbaridades políticas cometidas por Mariano y los suyos, además de corrupciones, Blesas, correos y mamoneos varios.
-Lo que usted tiene es estrés provocado por el tufo franquista. Se trata de un mal común en estos días, una epidemia, exclamó el médico.
-¿Es grave?, pregunté asustado.
-Si no es franquista puede llegar a ser mortal. Cuídese mucho y beba agua, dos litros diarios.
-¿En botella?
-¡En Botella, no! No sea usted loco. La Botella es uno de los agentes que transmite el tufo.
El psicoanalista me recetó apagar el ordenador, hacerme una gayola imperial y dormir ocho horas seguidas. Cumplí a rajatabla, pero esta mañana al levantar la taza del váter se me aparecieron las caras de Gallardón, Rouco y Rajoy partidos de risa. Esta vez, sabedor de que todo es estrés y de los graves riesgos penales a los que me enfrento no he tirado de la cadena, me he limitado a darles educadamente los buenos días y a echarles encima una larga, cálida y espumosa meada mañanera. Feliz sábado.
El verdadero viaje de Nelson Mandela es permanecer entre nosotros; perdurarse de generación en generación. Andamos huérfanos de héroes mayúsculos, ciegos e incapaces de ver los héroes cotidianos que nos rodean y mejoran. Estamos huérfanos de ética. La esperanza está en las pequeñas cosas, como dice Eduardo Galeano, otro gigante.
Este post no exige palabras, solo deseo proponer músicas, recomendar canciones que huelen y saben a las Áfricas y a Tata Madiba.
Empiezo con esta sorpresa del Soweto Gospel Choir vestidos de dependientes de un centro comercial. Es una especie de flashmob en homenaje a Mandela.
La canción Free Nelson Mandela cantada por The Specials AKA es de 1984. La versión original es extraordinaria, pero también esta de Amy Winehouse con un ejército de músicos detrás.
Rodríguez Zapatero sostiene que las preguntas del futuro referéndum catalán son absurdas, sobre todo la segunda: ¿cuál es la alternativa a un Estado independiente, otro dependiente? No le faltan argumentos. Cuando las emociones reemplazan a la razón, llegan los errores y, a veces, el ridículo. Cuando desaparecen las ideas, aterrizan las soflamas, el runrún único, la unanimidad búlgara, o la que sea.
Organizar un simposio sobre las afrentas y la guerra soterrada entre España contra Catalunya parece incompatible con votar simultaneamente en el Congreso de los Diputados del Estado del que te quieres separar a favor de una ley de Seguridad Privada que va a dejar a los Mossos d’esquadra en cuerpo ejemplar. Quizá, en eso consiste: reescribir el historial de la policía autonómica. No es coherente.
Ya he escrito sobre este asunto en anteriores post, después de la Diada de 2012 y tras la cadena humana de 2013. Entiendo la desafección, la hartura, las ganas de irse, de dar un portazo. Me pasa a mí que no soy catalán. Entiendo también que muchos catalanes se sientan agraviados por la prensa más rancia del Estado, el nacional-catolicismo y la TDTParty, y que lo eleven a categoría. Ese no es el clima general. Hay más comprensión de la que parece. Ante esto no es la réplica más inteligente responder con las mismas armas: esgrimir una descalificación general de toda España, y además tricentenaria.
Ya no hay puentes ni historia compartida, siquiera un enemigo común, que es evidente. Debería convocarse con simposio de Catalunya contra Catalunya, quizá de él salgan ideas frescas.
Pretender un referéndum sin pactar con el Estado es entrar en un callejón sin salida. David Cameron y el escocés Alex Salmond lo han hecho mejor. Las elecciones plebiscitarias no existen en democracia. Las elecciones son elecciones y los plebiscitos, plebiscitos. La alternativa es modificar la Constitución, iniciar una segunda transición con las virtudes del consenso de la primera, crear un Estado federal y avanzar juntos. Pero esto es una quimera; el PP no está en ese escenario y el PSOE acaba de llegar.
Catalunya ha hecho clic, está en otra cosa desde septiembre de 2012. El Estado federal sería ahora un paso atrás para los impulsores del independentismo. Podría darse si fracasa el camino elegido del referéndum a la fuerza. La única manera cabal de acabar con este juego, entre el victimismo permanente y la patochada españolista, es la celebración de una consulta con reglas claras, preguntas directas -quiere que Catalunya sea independiente, sí o no- y un plan para el día después.
El Estado debería tener derecho a colocar su mensaje, hacer campaña, explicar que este paso equivale a salir de la Unión Europea, y tal vez del euro, y que muchas empresas dejarán Catalunya. Será un sentimiento caro, por encima de nuestras posibilidades.
Estoy seguro que ERC va en serio, y de que una parte de CIU, también. Pero para otros, incluido el president Mas, esto es puro escapismo, un navegar sin mapas a ver qué se nos va ocurriendo, una cortina de humo para tapar su incapacidad, la corrupción que afecta a su partido y los recortes que laminan a los ciudadanos.
Me gusta Catalunya y me gustan los catalanes, mucho más que Rajoy y los suyos, pero no me gusta el nacionalismo, ningún nacionalismo. Soy internacionalista, defiendo valores, derechos humanos, personas, no identidades, banderas o lenguas.