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Muchos estudiantes y jóvenes periodistas acuden a los veteranos de la profesión en busca de esperanza, de aliento. Necesitan convencerse de que sus estudios y su vocación no son un error. Están hartos de pesimismo ambiental, de profesores fracasados que les auguran fracaso, que de todo hay.

Se acercan más a los viejos descabalgados en algún rodeo porque tenemos más tiempo y porque les debemos parecer colegas en la desgracia. Somos, de alguna manera, sobrevivientes, que no zombis. Sobrevivir da mucho prestigio. Ahora es posible gracias a Internet.

Trato de infundirles ilusión, porque la tengo. Creo que lo bueno está por llegar. El negocio de contar lo que sucede de una manera honesta y veraz, independiente, con rigor y pasión, vuelve a esta poco a poco en manos de los periodistas debido a las nuevas tecnologías.

Estoy convencido de que esos jóvenes tienen que viajar, crear webs, medios, ser inventores. Es mejor trabajar gratis para uno que para los medios vampiros que pueblan el firmamento digital. Es mejor fracasar en lo propio que enfrentarse a 12 horas de cortar y pegar a cambio de un sueldo de mierda.

El otro día, una joven me dijo: “Tengo dos carreras, he vivido en Canadá y México y hablo tres idiomas”. Respondí con algo de cinismo: “Demasiados defectos”. A muchos medios no les importa el currículo, sino la obediencia sin límites, el stajanovismo silencioso. Muchos lectores no diferencian un refrito de un reportaje.

Me ha impactado esta conferencia de Angela Lee Duckworth en TED: da en la diana. Me lo he preguntado a menudo: ¿quiénes tienen más posibilidades de alcanzar sus sueños, de sentirse colmados, exitosos? Las buenas notas no son una garantía; tampoco la inteligencia superdotada ni un padre rico con enchufes, aunque esto último debe ayudar bastante si es que el beneficiario es capaz de soñar entre tanta abundancia ajena.

Lo que resulta esencial es el coraje, como dice Lee Duckworth, la capacidad de vivir la vida como un maratón, de no rendirse, de perseguir de una manera tozuda lo que deseamos conseguir hasta lograrlo. A las personas con ese coraje innato se las distingue fácil: están vivas, no viajan amarradas a un tiovivo. Estar vivo, sentirse vivo, es un privilegio que se alcanza desde la rebeldía.

Feliz semana.

¿Es España una democracia o somos idiotas?

Llevaba años cultivándose como verso suelto, un liberal en las filas cada vez más ultramontanas de su partido, un tipo simpático y afable, capaz de favorecer el bien de los ciudadanos sobre los intereses, a menudo sucios, de la política. Podría ser Alberto Ruiz Gallardón si España fuese EEUU, pero aquí no existe desastre político ni judicial posible para el club de los intocables. El sistema protege a los impostores, a los mentirosos, a los malos gestores, a los corruptos.

Hablamos de Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey y presidenciable en 2016. Es un caso largo de explicar. Les recomendaría leer este texto de El Mundo, para situarnos: El favorito republicano Chris Christie, hundido por un puente.

Los hechos ocurrieron en septiembre. Christie siempre negó que hubiera intención malévola alguna en el cierre de dos carriles en unos de puentes más transitados del mundo. También negó que nadie de su equipo tuviera que ver con esa medida innecesaria y absurda. Llegó a bromear, según avanzaba el escándalo, que él mismo había colocado los conos naranjas para cortar el tráfico.

The New York Times publicó esta semana unos correos que desmentían la inocencia del equipo del gobernador. El cierre de los carriles fue para castigar al alcalde demócrata de Fort Lee que no le había apoyado en su reelección. Christie ha entregado la cabeza de uno de sus principales asesores, a quien culpa de todo. Busca un muro de contención, ganar tiempo. También ha tenido que ofrecer una rueda de prensa de dos horas de duración con preguntas directas, dinamita pura, que exigían respuestas claras. Hay cosas con las que no se juega en EEUU. Si te escondes, estás políticamente muerto.

La investigación parlamentaria ya está en marcha y su carrera política en serias dificultades, como recoge el editorial del diario The New York Times. ¿Puede gobernar un Estado o un país alguien que no controla su equipo? Y queda la vía judicial: millones de afectados y los familiares de una mujer nonagenaria que murió en el atasco.

No habrá tribunales que corran a declarar “irrelevantes judicialmente” los correos del equipo de Christie ni fiscales que propongan perseguir a los medios que los publicaron. EEUU, con sus muchos defectos, es un país serio. Ya sé: Guantánamo, los drones, la CIA, Snowden… Pero hablamos de políticos, de maluso de la cosa pública, del bien común, del dinero del contribuyente. En EEUU, ser juez es una carrera de méritos, no un pago de favores.

Aquí no tenemos esos estándares. Aquí no hay exigencia de transparencia y honestidad en los servidores públicos. Compárese este caso con Bárcenas y a Christie con Mariano Rajoy y sus explicaciones. Compárese las dos horas de bombardeo periodístico con la televisión de plasma de la rue del Percebe-Génova número 13.

Si comparamos todo, sin añadir el caso Matas ni la corrupción de Valencia ni las preferentes, Nóos y Hacienda, surgen dos conclusiones automáticas: España no es una democracia, solo un envoltorio, o en España somos idiotas. Dos conclusiones no necesariamente excluyentes.

Promontorio sobre un año largo

Es jueves noche cerrada de una semana corta de un año que se presenta eterno y empinado, larguísimo. Me he sentado sobre un promontorio mental para ver la vida pasar. Ante mi corren las noticias, la basura, los Matas, los Marhuenda, la prensa sumisa y cortesana, la España troglodita. No espero nada de la izquierda oficial. Allí anda mamoneando con los decimales y los milagros para ver si se les aparece El Votante en las europeas. Es una izquierda que tiene más precandidatos que ideas. El año empieza con los mismos dueños de 2013, sin esperanza.

Ante mi promontorio pasan las mentiras, las estadísticas y el timo de la estampita del final de la crisis. Escucho a Pink Floyd en su reunificación por un día y una buena causa en 2005.  Suenan bien, están viejos. Y fue hace casi nueve años. En unos días cumplo 59 y siento vértigo. Se fue la vida, queda vida. Feliz lo que sea.

Eusebio, el futbolista, mi primer gato

Eusebio fue mi primer gran futbolista. Su carrera acompaña mi infancia y primera juventud. Me gustaba aquel Benfica de Eusebio y Coluna, otro grande. Me gustó aquel Portugal de Londres 1966. Eusebio era mi favorito en el intercambio de cromos en el patio del colegio Chamberí. Aunque me debí hacer del Real Madrid a los siete años tras ver un partido en el Bernabéu, nunca fui un sectario. Entonces no sabía qué era África más allá de las películas de Tarzán con los ba-tutsi, ni que África sería para mí un territorio profesional y emocional.

A los diez años tuve un gato negro, mi primer gato. Tampoco soy supersticioso. Me preocupa más la negrura ambiental que la de la piel o la del pelo. Apenas tenía días, maullaba de dolor, de ausencia. Mi madre lo rescató de una casa abandonada. Algún desalmado había matado la suya a pedradas. Le dimos biberones y calor, mucho calor. El gato salió adelante y pedí bautizarle Eusebio. Meses después descubrimos que era gata. Nunca fui un dogmático con los nombres. Aquel gato es una parte esencial de mi infancia, un flotador emocional en medio de la tempestad. Feliz viaje, futbolista.

El traje de Panamá

Aquí estamos: 2014. ¡Y sin crisis! Se nota en el ambiente: miles de personas en el centro de la ciudad mirando escaparates. Los atrevidos entran en las tiendas, preguntan precios, manosean objetos, lanzan admiraciones y salen por la puerta. Mis amigos con tienda dicen que la cosa está tiesa. El Gobierno maneja estadísticas e ilusiones. Con lo segundo basta para ganar elecciones. Es cierto que los datos indican que hemos tocado fondo y que la Física sugiere que tras el fondo solo se puede subir. Dejar de bajar no equivale a estar arriba. Pasarán varios años antes de que lleguemos a un lugar que podamos llamar fin de la crisis. Y lo haremos desplumados de derechos y dinero. Nadie nos va a devolver un euro: ni el Estado, ni los bancos rescatados, ni las constructoras irresponsables.

El asunto de Sacyr en Panamá suena familiar. Le Carré le sacaría punta. Aquí, en España, se hace así: oferta a la baja para llevarse la obra (casi siempre de acuerdo con el licitador) y después se encarece milagrosamente hasta resultar la más cara. Ese desfase presupuestario no suele tener queja porque el 10% calla muchas bocas.

En España no tenemos capitalismo, tenemos vampirismo: un número elevadísimo de listos que creen que esto es Jauja. El capitalismo español no crea ni inventa como el estadounidense, no arriesga, no aporta. Aquí solo se lleva la caja a casa para contar las monedas. Nos movemos entre empresarios-parásito y empresarios-vampiro. Las excepciones se pueden contar con los dedos de la mano de un manco.

No sé cómo acabará el contencioso con Panamá, pero intuyo que el desafase, el que sea, lo vamos a pagar los ciudadanos españoles y los malhechores saldrán de rositas en barco de recreo. La cárcel no es solo para etarras y quinquis de poca monta, la cárcel es para los violadores de la ley, sean quienes sean. Cuando un intocable tiene problemas en España se declaran nulos los correos incómodos y ya está, sin pruebas no hay caso, a seguir de caza mayor. En los países serios este tipo de gente está en la trena. Nos falta mucho para ser un Estado de Derecho. España es un queso gruyere.

Pese a todo, soy optimista. Estamos nosotros, los apaciguados, los dormidos, los cagados, los jodidos. Algún día todo esto que nos rodea tocará un límite y surgirá un basta ya. Feliz Noche de Magos. Les he pedido un poco de rebeldía colectiva.

De Le Raul y su excelente blog.

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