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Vida

Los aviones se caen y nos conmociona. Una persona muere cada quince segundos por problemas relacionados con el hambre y el agua insalubre y no nos afecta. Solo duele la muerte que sale por televisión y más si son como nosotros. Aún nos empeñamos en caminar por la vida como si ésto fuera eterno: cadáveres vivos que no quieren morir. Prefiero los vivos que saben cuándo van a morir; ellos me ayudan a caminar muy cerca de ellos. Una de las pocas cosas que he aprendido es que tengo mucha suerte: agua caliente, comida, trabajo, cultura y ocio, y por encima de todo, ser consciente de ese privilegio que es vivir.

Alma y la ducha

Alma fue mi interprete y guía en un Sarajevo atroz que olía a basura quemada. Era abril de 1993. Después de muchos días juntos y algún susto en la calle Vase Miskina decidimos parar en el bar Ragusa, el favorito de Juan Carlos Gumucio. Hablamos de él, de su inmensa humanidad. Hablamos de Alfonso Armada, mi antecesor en la ciudad y de quien heredé a Alma. Hablamos de ella: profesora, clase media, una hermosa casa en la zona antigua de una ciudad, de sueños y esperanzas quebrados por la metralla. Le conté que había agua caliente en el hotel y se lo conté sin pensar, como quien comenta una tarde soleada. Ella me clavó unos ojos muy abiertos. “¿Quieres decir que tienes agua caliente en la ducha?” Me contó que llevaba casi un año lavándose con un cazo y un cubo de agua fría porque no siempre tenía leña para calentarla. Le invité a venir al hotel a ducharse. Subimos a la habitación. Alma estuvo unos 45 minutos cantando, gritando, gimiendo bajo la ducha. ¿Un orgasmo? ¿Se ha vuelto loca? Cuando salió envuelta en una toalla blanca parecía una pasa al rojo vivo. No dije nada. Ella tampoco. Sólo sonrió mucho. Se vistió y nos fuimos.

En junio de 1995 viví cinco semanas en una casa en Sarajevo, en lo alto de una de las colinas. Dormía allí pero desayunaba y cenaba en la cercana Pensión Hondo (hoy Hotel Hondo) con Julio Fuentes, Yannis Behrakis,  Emma Daly y Christianne Amampour, entre otros. En mi casa de la colina no había agua corriente. Me lavaba cada mañana con un cazo y un cubo de agua que la señora solía calentar.

Al concluir mi misión viajé a la costa por la carretera que bordea el espectacular río Neretva. Me hospedé en el hotel Split donde tenía aparcado el coche alquilado en Trieste. Estaba cansado de guerra e incomodidades. Antes de subir hacia Italia por la costa (otro espectáculo visual) subí a la habitación, me desnudé y abrí la ducha. Salía caliente y a chorro, de estas que casi hacen daño al golpear el cuerpo. Estuve unos 45 minutos cantando, gritando y gimiendo como un loco. Desde ese día, cada vez que ducho, sea en Madrid o en cualquier otro sitio, sé que soy un privilegiado frente a esa gran parte de la humanidad que toda su vida gira en la búsqueda de las fuentes de agua. Un golpe de muñeca frente a horas de camino en las aldeas de África. ¿Quién tiene tiempo para la educación, la cultura y la economía cuando toda la vida se te gasta en sobrevivir?

También pienso mucho en Alma y en su regalo: enseñarme el valor de una ducha.

El jefe de la tribu

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Quedan pocos maestros de periodistas, pero quedan. He tenido la suerte de conocer unos cuantos en mi vida: Paco Cercadillo, Joaquín Vidal, Enrique Meneses (*), Sol Gallego-Díaz, Mariló Ruiz Elvira y Manu Leguineche, entre otros. Todos tienen algo en común: son referentes éticos, como el polaco Ryszard Kapuscinski. Leguineche es, además, el padre reconocido de todos los que nos dedicamos al oficio de viajar de un lado a otro para contar lo que sucede. Ha estado en mil batallas y de todas ha regresado más sabio. Ahora lucha contra varias enfermedades que mantiene a raya gracias a sus inmensas ganas de vivir. El viernes, en el homenaje que se le brindó en Segovia con ocasión de la entrega del XXV premio Cirilo Rodríguez, dijo ante una profesión que le aplaudía emocionada: “Estoy aquí para demostrar que todas las guerras se pierden”.

¡Genial! Pero antes de perder la guerra hay que pelear cada batalla porque en eso consiste la vida.

Os recomiendo la visión pausada del vídeo Guadalajara tiene quien le escriba y la entrevista que le sigue. Son de 2008.

(En la foto de Juan Martín publicada en la web de la FAPE Manu Leguineche se encuentra rodeado de 23 de los 25 ganadores del premio. No pudieron asistir por razones laborales Pilar Bonet y Fran Sevilla, que mandaron carta)

(*) Enrique Meneses ganó el Premio Miguel Gil de Periodismo 2009. No sólo por sus extraordinarias fotografías en Sierra Maestra, sino por su ejercicio de la profesión a través de cualquier medio, incluido el blog. Otro gran ejemplo de Periodismo, ética y humanidad.

Manifiesto de Segovia (Cirilo Rodríguez)

Manifiesto de Segovia leído (*) antes de la entrega del XXV premio Cirilo Rodríguez a Joaquín Ibarz, el viernes en Segovia. Este aniversario, que contó con la presencia de casi todos los premiados (23 y dos por carta), se convirtió en un homenaje de la profesión a Manu Leguineche.

En estos tiempos de crisis económica, publicitaria y de ventas –y por qué ocultarlo, de ética, también– en los que el lector parece mudarse del papel a la web, de las televisiones y radios tradicionales a Internet, y donde las viejas agencias de prensa se enfrentan al periodismo ratonero (de ratón del ordenador, que decía Pepe Comas), corremos un grave riesgo: confundir el negocio con Periodismo.


Nuestro trabajo no es ajustar balances sino contar historias, y éste no está en crisis. Todos seguimos teniendo la necesidad de escucharlas sin importar el formato y la herramienta de transmisión. Lo esencial es inalterable: salir allá fuera, donde suceden las noticias, buscar testigos, comprobar y volver a comprobar los datos protegidos y alentados por una redacción central que exige los más altos estándares de calidad. Esta bella definición de Periodismo pertenece a Bill Keller, director del The New York Times.


Cada año desde hace 25, Segovia acoge los premios más prestigiosos de periodismo internacional hecho en España. Son nuestros Pulitzer. Cirilo Rodríguez fue uno de los grandes pioneros en el arte de contar lo que pasa, como Manu Leguineche, el primer premio Cirilo Rodríguez de una larga lista, y gran maestro de todos nosotros.


En estos premios se reconoce una forma de entender este hermoso oficio, una forma de estar en él. Nuestra responsabilidad como periodistas es mayúscula. No consiste en cortar y pegar para ahorrar gastos, sino en estar donde hay silencio, como dice Amy Goodman. Sin periodistas no hay noticias. Sin información, aumenta la impunidad.


El periodismo de calle –sea parlamentario o en una trinchera, que de todo hay– consiste en descubrir las gotas de Ryszard Kapuscinski, ésas que explican un universo. Sólo desde las pequeñas cosas, desde la gente a la que la vida niega incluso ser protagonista de su propia vida, se puede relatar nuestro mundo injusto, desigual y cambiante. La historia de un inmigrante recién llegado a España explicará más sobre el valor y la esperanza que cualquier estadística.


Resulta sencillo: sólo es necesario salir a la calle y escuchar.


El gran Periodismo, el imprescindible, nació para incomodar. Primero a los jefes del mismo periodista, pero sobre todo a los poderes públicos y económicos, tan dados a la desmesura. Nuestro trabajo es fiscalizar, investigar, descubrir lo que se quiere ocultar, servir a la ciudadanía más allá de lectores, televidentes, clientes o como se la quiera llamar.


El periodismo es un servicio público, además de un negocio. Sin ese servicio, pierden los medios de comunicación, pierde el público y pierde el país que renuncia a uno de los fundamentos de la democracia: la prensa libre. Y sólo son libres los que pueden acceder a las fuentes por sus propios medios, los que pueden enviar testigos formados para ver, entender y contar sin depender de las versiones de las fuentes contaminadas. Será caro, pero es buen periodismo.


Estos premios Cirilo Rodríguez, su larga lista de galardonados y finalistas son una muestra de otra esperanza, la nuestra, de que este maravilloso oficio que comenzó con Heródoto, sigue muy vivo a pesar de las múltiples crisis, el mileurismo, los recortes de plantillas, la invasión del espectáculo en lugar de la información honesta y equilibrada en la que se da voz a todas las partes, no sólo a la que conviene.


En nuestra mano está mimar ése Periodismo para que los ciudadanos sigan siendo ciudadanos, y no meros consumidores, y para que los poderes sea cual sea su naturaleza, se sientan vigilados.


Sólo aquellos medios de comunicación que permanezcan fieles a su misión de informar sobrevivirán. El mayor peligro para el futuro de los periódicos, las radios y televisiones, no es una administración hostil, ni las crisis económicas ni un modelo de negocio al que las nuevas tecnologías han puesto del revés.


El verdadero peligro es la pérdida de la fe en nuestro oficio, la renuncia a sus fundamentos éticos, a su labor esencial en la sociedad democrática. Se podrá ejercer ese periodismo en los medios clásicos y en los nuevos, en el papel y en las webs y blogs, pero lo que nunca cambiará es la esencia de nuestro trabajo. Don Hewitt, uno de los grandes en EEUU, y creador del programa 60 minutos de la CBS, lo resumía tres palabras: “Cuéntame una historia”.


Muchas gracias: por otros 25 años de Cirilos, historias y Periodismo.

(*) Se encargó de su lectura Javier Arenas, secretario general de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, quien inventó un nuevo género: el manifiesto comentado. Añadió tanto de su cosecha que ya no se sabía qué era manifiesto y qué sana improvisación.

Propuestas contra la molicie

Un libro: Mozambique es un país extraordinario, de enorme vitalidad y optimismo. Los mozambiqueños son grandes inventores de palabras. Cuándo nos encontramos a alguien en España y pregunta ¿qué tal todo? sólo hay dos respuestas: bien o mal. En Mozambique hay un tercera, que es la mejor: “Menos bien”. Mia Couto es un exuberante escritor mozambiqueño que recoge toda esta riqueza. Os recomiendo empezar por Tierra Sonámbula (Alfaguara). “En aquel territorio, tan desnudo de brillo, tener razón es algo de lo que no se tiene ganas”. Couto es hombre y blanco. Lo digo para que no os pase como a una asociación de mujeres en EEUU que le invitaron a dar una conferencia y se llevaron una gran decepción al recibirle en el aeropuerto. Ellas esperaban a una mujer y negra.

Una película: Después de recomendar Casablanca la semana pasada resulta complicado. Pero creo que en este momento de gran Obamamanía que vive la izquierda española, sería conveniente volver a Berlanga y a su estupenda Bienvenido Míster Marshall. No lo digo por fastidiar ni por pesimismo patológico, lo digo sólo por si acaso, por si no paran.

Una canción: La senda del tiempo del grupo Celtas Cortos. En un directo en su tierra, en su cuna, en Valladolid. “A veces llega un momento que te haces viejo de repente”… En mi caso se trata de un proceso lento, degenerativo y cada vez más evidente. La vejez nos cae a plomo el día en que renunciamos a seguir soñando.

Una sonrisa: Voy a seguir con Muchacha Nui. No los conocía hasta que me hablaron de ellos en la librería Méndez de la calle Mayor de Madrid, mi librería de cabecera. Antonio y Alberto no sólo saben de libros y orientan a los clientes y amigos entre los buenos y menos buenos, sino que están a la última en todo. Iré colgando más vídeos de esta gente.  Genial: Manu Chao:

Una frase: debido al éxito de Chuck Norris, por su pensamiento culto y profundo (su parecido al Fari y a Pablo Motos), he encontrado ésta entre otras muchas muy divertidas: ” Chuck Norris no reza a Dios para ir al cielo. Dios reza para que no vaya”.

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