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Gente que habla sola, gente que grita

Madrid es una ciudad que se llena de gente que habla sola, tal vez por que nadie escucha. Una ciudad de autómatas con tics. Las nuevas tecnologías en telefonía son estupendas, sirven de camuflaje: no se sabe si son locos o gente muy moderna con un pinganillo en el oído. Hay otras ciudades españolas donde la gente no habla, grita. Como en el AVE, pasarela de la estupidez a alta velocidad, donde debería habilitarse un vagón para las personas que no vociferan al teléfono ni tratan de compartir la gran alegría de su hijos con todos los pasajeros.

Enciendo la radio o brujuleo por las televisiones y me topo con decenas de tertulianos y políticos que pugnan por colocar su discurso sobre lo que sea, desde la gripe porcina en su variante cuartelera a la prueba nuclear de Corea del Norte. Debe ser eso que llaman cultura enciclopédica (de la ignorancia). En España no se dialoga, se duplican los monólogos. Llevamos así casi 200 años, desde la muerte de las Cortes de Cádiz y lo que aquello representaba, dejando un espacio inmenso a la España negra. Y se nota.

‘Fúrbol’ y sentimientos

¡Qué extraño es esto del fútbol! Uno puede cambiar de familia, mujer o marido -incluso de hijos-. Puede cambiar de partido político; de casa, barrio, ciudad o país; de trabajo y profesión; de ideas, sexo y religión… Uno puede darse la vuelta como un calcetín pero nunca abandonará el equipo de fútbol que por razones misteriosas se metió en sus venas durante la infancia. Y de ahí no sale aunque veas al rival jugar como los ángeles y al tuyo bobamente esperando el aterrizaje del Mesías Florentino.

Aunque tengo alma de rojiblanco, por su poética rebeldía y su papel de perdedor que pierde Ligas pero gana corazones, se me metió mi otro equipo en las venas en un partido con el Sevilla en Chamartín. Era la época de Di Stefano. No recuerdo nada. Solo que me impresionó y que dije a mi padre: “Seré del Real Madrid para siempre”.

No me da envidia la victoria del Barça frente al Manchester United, ni el triplete. Lo que me mata de envidia es el estilo. Su inalcanzable belleza.
Enhorabuena. Ya quedan menos para la Novena, como dice mi amigo Cué.

Tres necrológicas

Volé en abril de 1993 en un C-130 Hércules de la ONU de Split a Sarajevo. Iba sentado junto a Fernando Múgica, de El Mundo, y frente a Kurt Schork, de la agencia Reuters. Cuando el aparato inició el descenso sobre la capital de Bosnia-Herzegovina pensé en los tiradores serbios y murmuré a mi compañero de asiento: “Tengo miedo de que me maten el primer día. Parecería idiota. No harían ni una necrológica en el periódico”. Múgica, que presumía de Vietnam donde estuvo a los 18 años como fotógrafo, respondió: “Una buena razón para extremar las precauciones”.

Ahora pienso en Juanxtu Rodríguez, en Jordi Pujol y en todos los primeros días que fueron el último de muchos compañeros y siento vergüenza.

Primeros meses de 1994. No recuerdo la fecha exacta. Buscaba coche blindado para entrar en Sarajevo por la ruta del monte Igman, la única posible cuando se cancelaban los vuelos. Había perdido los últimos vehículos de Associated Press porque tuve que cubrir la muerte de una cooperante de Médicos del Mundo en Mostar. También me falló una periodista que prefirió no desviarse diez minutos de su ruta para llevarme en el suyo. Desesperado acabé en el coche no blindado y no todoterreno de un francés loco de Journal de Dimanche. El gran Juan González Yuste, que tenía oficina en el bar de ese hotel, me acompañó al aparcamiento y antes de arrancar formuló varias preguntas al conductor: nombre, apellidos, medio… Ya de camino, el periodista francés me preguntó: “¿Para qué tantas preguntas”. “Para la necrológica. Es que en mi periódico son muy maniáticos con los datos y la precisión”, respondí.

En enero de 1999 debido a la confusión generada por un periodista de una importante agencia de prensa, nos dieron por secuestrados a Gervasio Sánchez y a mí en Sierra Leona. El error duró un par de horas. Los verdaderos protagonistas de la aventura eran Javier Espinosa y Patrick Saint Paul. Entre una noticia y otra, algún jefe de mi diario encargó que alguien escribiera un perfil sobre mí. La novia de entonces que afortunadamente para ella (y para mí) nada tenía que ver con esta profesión, preguntó después. “¿Qué quieres decir con un perfil?” “Es el borrador de una necrológica. Si aún está en presente se llaman perfil”, contesté.

Karadzic, el psiquiatra-poeta

Siempre me ha gustado la película Monsieur Verdoux de Charlie Chaplin. Se trata de la historia de un asesino de mujeres. En su alegato final, el personaje que interpreta Chaplin dice: “La diferencia entre el asesino y el héroe es una cuestión de número: el asesino mata a cinco; el héroe, a un millón”.

Radovan Karadzic es un héroe para muchos serbios (cada vez menos). Mató, mandó matar o causó la muerte de más de 100.000 personas en Bosnia-Herzegovina. Es un héroe de bolsillo, muy lejos de los Adolf Hitler y Josif Stalin, Pol Pot y Juvenal Habyarimana, que superaron o se acercaron al millón. Esos mismos héroes para unos son asesinos para los otros, para las víctimas. Cuando un héroe se siente impune, como se sintió Radovan durante la guerra de Bosnia, tiene muchas posibilidades de cruzar la línea roja. El psiquiatra-poeta hinchaba mucho el pecho y la cresta cuando los enviados internacionales y los periodistas extranjeros le visitaban en Pale y le llaman Míster President en vez de Míster Asesino, que es lo que se merecía.

En el juicio que se sigue en Tribunal Penal Internacional de la antigua Yugoslavia (TPIY), con sede en La Haya, Karadzic ha organizado su defensa alrededor de una teoría: el entonces enviado especial de Estados Unidos a los Balcanes, Richard Holbrooke, le ofreció inmunidad a cambio de dimitir y desaparecer. Es una teoría que siempre ha estado dando vueltas. Es muy probable que sea cierta aunque no haya pruebas escritas. Si fuera así, Raradzic tiene un problema de matiz: ni EEUU ni Holbrooke tienen autoridad para otorgarle inmunidad universal, más allá, en todo caso, de los tribunales estadounidenses.

Kadovan Karadizic y el general Ratko Mladic, los directores de escena de una obra diseñada por Slobodan Milosevic y el croata Franjo Tudjman (a quienes la justicia celestial se llevó a su seno), ya no tienen tanta importancia política. Serbia camina nueve años tarde por la senda democrática, pero camina. Su peso es simbólico y cada vez más escaso. Un juez que trabaja en derechos humanos me explicó los límites: “No existe la justicia absoluta. Sólo en Bosnia-Herzegovina hay 10.000 criminales de guerra, muchos de ellos violadores. Es necesario alcanzar una cantidad suficiente de justicia para que la gente sienta que se ha hecho justicia. Karadzic y Mladic representan la frontera. Ellos permiten que exista la sensación de que se ha hecho justicia”.

Cuando vi al abogado de Karadzic presentar ayer las pruebas de ese supuesto pacto con Holbrooke, he pensado en la cobardía de los asesinos en serie. No creo en la pena de muerte, pero creo que el psiquiatra Radovan tendría una buena sentencia si se le condenara a escuchar sus poemas por el resto de sus días. Muchos me denunciarían por tortura; yo respondería, que no se preocupen tanto porque otros (cada vez menos) lo llaman literatura.

Somalia again and again

En Somalia se libra estos días una batalla más importante de lo que muestran la mayoría de los medios de comunicación. La milicia Al Shabab conquistó hace una semana dos tercios de Mogadiscio y en un movimiento envolvente la cercana ciudad de Jowar, un poco más al norte: decena de muertos sin nombre y miles de desplazados sin noticia. Para EEUU, Al Shabab (que significa Juventud) tiene vínculos con Al Qaeda. No sé si es cierto, pero sí que son muy radicales y están protegidos por el régimen de Eritrea, la Corea del Norte del continente. La Unión Africana en decisión inédita va a expulsar a este país de la organización.

La Unión de Cortes Islámicas (UCI) -que gobernaron y dieron paz a la capital desde junio hasta diciembre de 2006, cuando fueron expulsadas por el Ejército etíope- están divididas en dos bloques. El sector UCI-Asmara (capital eritrea) es el más intransigente. Occidente sustenta a los llamados moderados de la facción UCI-Yibuti, que reciben el nombre de ese enclave somalí inventado por los franceses como país para poder fondear su Marina de guerra y que es donde se aprobaron unos acuerdos de paz. El líder es el actual presidente de Somalia, el jeque Sharif jeque Ahmed, a quien EEUU apoya discretamente para no quemarlo.

Las fuerzas de la UCI-Yibuti lanzaron el viernes una gran ofensiva sobre las posiciones de Al Shabab en Mogadiscio. Uno de los señores de la guerra que estaban vinculados a los radicales, el jeque Yusuf Mohamed Siad, alias Inda’ade, cambió de bando apoyado por cientos de milicianos. El dinero ayuda a comprar voluntades, ablandar intransigencias y aumentar la visión de futuro (personal) de los líderes. Estas piruetas son habituales en un país sin Estado desde 1991 en el que sobrevivir es un arte.

Para entender más, os recomiendo el reportaje de Jeffrey Genttleman, del The New York Times, que lo firma en Dusa Marreb, cerca de la frontera etíope. Es muy interesante el enfoque religioso  Cuenta como los sufís, muy numerosos en Somalia, están creando una alianza anti-Shabab.

From men of peace, the Sufi clerics suddenly became men of war.Their shrines were being destroyed. Their imams were being murdered. Their tolerant beliefs were under withering attack.

So the moderate Sufi scholars recently did what so many other men have chosen to do in anarchic Somalia: they picked up guns and entered the killing business, in this case to fight back against the Shabab, one of the most fearsome extremist Muslim groups in Africa.

“Clan wars, political wars, we were always careful to stay out of those,” said Sheik Omar Mohamed Farah, a Sufi leader. “But this time, it was religious.”

In the past few months, a new axis of conflict has opened up in Somalia, an essentially governmentless nation ripped apart by rival clans since 1991. Now, in a definitive shift, fighters from different clans are forming alliances and battling one another along religious lines, with deeply devout men on both sides charging into firefights with checkered head scarves, assault rifles and dusty Korans.

Para seguir leyendo pinchad aquí

Genttleman es además, un periodista del futuro: multimedia y joven. Este vídeo es esencial. Cómo no sé colgarlo ni tengo claro de que pueda hacerlo sin que la ministra Sindescargas se presente en mi casa armada de Teddy Bautista, os facilito la dirección: http://video.nytimes.com/video/2009/05/23/world/1194840299556/somalias-sufis-fight-the-shabab.html

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