Un libro: El club de los faltos de cariño del gran Manu Leguineche. La edición es de Seix Barral. Me gusta la mía de tapa dura (aunque no sé si hay otra en tapa blanda). Se trata de una joya. Una muestra: “Esta mañana he dudado entre levantarme cabreado o contento”. ¡Otra vez las elecciones!
Una película: En los últimos post he viajado a gran altura en este apartado. Quizá El americano impasible-basado en un libro The Quiet American de Graham Greene- sea un buen remedio para aquellos periodistas que se han desencantado y para aquellos que se desesperan por arrancar. Maravilloso Caine.
Una canción: Me voy a poner clásico y melancólico. Lo necesito: While My Guitar Gently Weeps de George Harrison, el Beatle con peor suerte. La grabación es del concierto de 1971 pro Bangladesh:
Una sonrisa: para celebrar la casi segura victoria de Mahmud Ahmadineyad en Irán, esta copia de Muchachada Nui es mejor que el original. Y además se le entiende, incluso cuando se confunden de idioma. No son los únicos que no saben que en Irán no se habla árabe.
Una frase: “Chuck Norris pidió un Big Mac en un Burger King y se lo dieron”.
Una pregunta: ¿Que da mas miedo en esta sociedad opulenta, la muerte o la vida?
Cuando un militar llamado David, fotógrafo e ingeniero, me enseñaba su cámara y sus objetivos y le confesaba que lo mío era escribir pues carecía de talento para el encuadre, aterrizó un gato cerca de nosotros. Cayó como un obús sobre la grava, unas piedras de tamaño medio con las que se tratan de paliar las inundaciones. El animal que no tendría más de seis meses se quedó un instante de pie, paralizado; después, comenzó a caminar tambaleándose. A unos diez metros, cerca de una tienda de campaña, se detuvo y empezó a temblar. Los chicos se reían. Comprendí que uno de ellos lo había lanzado como gamberrada. Me acerqué. Estaba sucio y con los ojos repletos de legañas y vomitaba un líquido transparente. Miré a los jóvenes y pregunté quién lo había hecho. El asesino se adelantó sin decir nada, cogió al gato, lo acarició y lo dejó en el suelo cerca de la mesa del hule clavado. Está reventado por dentro, pensé. “Bienvenido a Irak”, dijo David, el militar fotógrafo.
Me acordé de Kerbala en 1993 y del vendedor de patos que los tenía arracimados en una caja de cartón. “¿Por qué no escapan?”, pregunté. Y me mostró las alas rotas. “¿Por qué no saltan?”. El vendedor de patos de Kerbala sonrió ante mi ignorancia, tomó uno en la mano, lo dio la vuelta y me mostró las patas quebradas. Así son las dictaduras, nadie vuela, nadie salta, todos parecen conformes. El escritor checo Ivan Klima me dijo en Praga que cuando un pueblo ha vivido 40 años bajo una dictadura ha perdido el sentido colectivo de la honestidad. El asesinato gratuito del gato de la base de Ciudad Sáder se produce en una sociedad quebrada. Cuando no importa la vida humana, la de un animal puede resultar una insignificancia. Ése es el error, la reconstrucción ética, como el periodismo, empieza por los detalles,
(Escrito en Bagdad en noviembre de 2008 en un diario que pudo ser blog)
Una parte importante del planeta no elige jamás, sólo sobrevive. Dedica toda su energía vital a esquivar un destino preñado de enfermedades, hambre, injusticias, violaciones, guerras y muerte. Pocos lo consiguen más allá de los 40 años, que es el umbral de su esperanza.
Otra parte de la humanidad, no menos numerosa y a menudo superpuesta con la anterior, permanece enclaustrada en una cárcel en la que todo está tipificado. Desde el toque de la campana del alba al canto del almuédano del atardecer. Cualquier falta se considera pecado y si es mortal se castiga con el fuego eterno. Del árbol de la superstición cuelgan las tradiciones más irracionales: ablación, infibulación y lapidación; también, la Inquisición y la pena de muerte, entre otras. El rebaño manso que no piensa, que no escoge, sigue mejor al pastor.
Son pocos los seres humanos que emplean las herramientas de la cultura para emanciparse de la tradición y construir una vida donde se puede respirar. Abandonar la tribu es un acto valiente, pero da miedo: se cambia la seguridad del grupo por la libertad individual.
Tengo una amiga en Barcelona que adoptó hace siete años a una niña etíope a quien llamaremos A. Una de las principales carencias de A es que no sabía elegir. Nunca lo había hecho. Cuando la llevaban a una pastelería y le preguntaban ¿qué bollo quieres?, la niña se echaba a llorar. Tampoco sabía de la existencia de los días y los meses y los años. ¿De qué sirven los lunes en la tierra de la muerte?
Elegir es difícil porque implica renunciar. Elegimos desde que nos levantamos de la cama: desayuno, radio, ropa, transporte… Cada minuto, una decisión. Algunos lo consideran estresante; otros, un privilegio. Elegir exige entrenamiento, libertad y abundancia para disponer de al menos dos opciones. Tenemos todo al alcance de nuestra mano occidental pero no sabemos que el verdadero lujo es poder elegir, no el lujo en sí.
Que viene el coco es un cuento que no me da miedo. Es bastante triste que los grandes partidos de la derecha y la izquierda presenten el miedo al Otro como parte destacada de su programa electoral. Sé que existen muchas diferencias entre Menor Oreja -que parece un subproducto intelectual del franquismo que no sonríe ni al evacuar un estreñimiento- y López Aguilar, el dibujante canario mimado por el sol y que habla un gran inglés. Sé que existen diferencias esenciales de concepción de la sociedad entre el PP y el PSOE y sé que no son las únicas alternativas ante las urnas. Izquierda Unida lo fue mucho tiempo pero de tanto dispararse en los pies ya huele a cabrales (los pies, se entiende).
Me gusta el resultado del Partido Pirata en Suecia, que ha pasado de 36.000 votos a 200.000 en tres años. Y me encanta el de los Verdes de Dani el Rojo y Jose Bové en Francia, con un 14,9%. Hubiera votado sin problemas a cualquiera de los dos. Sus éxitos representan un mensaje a la izquierda oficial anclada en la burocracia de las ideas. ¿Hablamos de inmigración? ¿De la jornada de 65 horas? ¿De los vuelos de la CIA? ¿Dónde están las diferencias esenciales entre los partidos socialdemócratas europeos y los conservadores? Al menos en España el tufo a la naftalina franquista permite cierta diferenciación.
Europa necesita una nueva clase de grandes visionarios, como sus fundadores Jean Monnet, Alcide de Gasperi, Konrad Adenauer, Robert Schuman y Paul Henri Spaak, entre otros, gente que sepa impulsar una nacionalidad europea, la supresión de las fronteras y la creación de un espacio político y económico unido por el interés de estar juntos, sin necesidad de un idioma común o de una única identidad. Es mejor disfrutar de nuestras muchas identidades que nos libran de la visión maniquea del nacionalismo. Decía un amigo que en democracia lo único esencial es que funcionen las instituciones.
Depende mucho de los ciudadanos que así sea, pero no creo que mi papel sea limitarme a votar (o no votar) cada cuatro años a gente distante que no escojo y que jamás habla de proyectos, sólo de vaguedades con el lenguaje pirotécnico de los vendedores de desodorante. Por eso me gusta Mandela: no necesita guión porque él es el guionista.