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Demasiados días históricos

No me gustan los días históricos ni los líderes que los invaden pomposamente para especular sobre mi vida. La trascendencia es  sospechosa. En días así pienso en la gente a la que le escasea la vida sin merecer un titular, una tertulia, un análisis. Hoy es 27-S, símbolo de nuestra incapacidad de diálogo, de saber escuchar, proponer, reconocer al otro y pactar. Todo se juega en decimales. Los números han reemplazado a las palabras. Así estamos.

Las elecciones catalanas son la primera vuelta de las generales; las generales son la segunda vuelta de las catalanas. La partida está en nuestras manos, en el voto.

Ayer estuve en Via Lliure, de RAC1 con Ramón Cotarelo y Suso del Toro. Nos llovieron elogios por el talante, por abrir el foco, por respetar. Algunos se declaraban emocionados y decían que si este fuera el tono del Gobierno todo sería diferente. Tal vez no estemos tan lejos: la España de la Generación del 27 y la Catalunya de Salvador Espriu, Josep Pla y Josep Maria de Segarra.

Nos movemos entre clichés. Hay miedo a ser expulsado de cada tribu; los periodistas, también: compramos la parte como un todo, como la verdad única. Todo resulta más complejo: el problema no es Catalunya sino España, el envoltorio que nos aprieta; también, un tardofraquismo subliminal, y no tan subliminal, que todo lo contamina. Billy el Niño como símbolo de desmemoria.

No somos una “gran nación que lleva 500 años juntos”, solo un grupo de personas sin una simbología común aceptada más allá de  la trinchera. A los mitos del nacionalismo español se contraponen los mitos de nacionalismo catalán.

Catalunya ha sido capaz de crear una sociedad civil que ha arrastrado la política; el resto, aún no. Tuvimos el 15-M y poco más.

No supimos pactar una nueva bandera, como la de la Sudáfrica de Nelson Mandela, y de cambiar de himno, componer uno nuevo  o escoger uno viejo como Suspiros de España, que se cantaba en los dos bandos. No sentamos las bases de un Estado federal, todo es un insufrible Centro (para nosotros también).

Todo es menguante: las autonomías, el sueldo, los derechos, la decencia, la democracia. Todo mengua menos la corrupción y la estupidez. Somos país con una memoria blanca que vota como vota, que habla como habla. Pese a todo, no tiro la toalla. No me rindo. Hay que pelear.

Humo blanco, humo negro

Más que unas elecciones plebiscitarias parecen un concurso de a ver quién tiene la tontería más larga. Lo aburrido de este reality show es que no echan a ningún concursante de la casa, la isla, el país o lo que sea esto. El público no pinta nada.

Los eslóganes son la muestra de que el sistema educativo no funciona, somos un país averiado. Mis favoritos son: “un vaso es un vaso y un plato en un plato” y “los catalanes independientes seguirán siendo españoles”. Continue leyendo »

Ser Yogi Berra sin parecerse a Rajoy

Hay dos tipos de humoristas: los que tienen capacidad de crear frases brillantes y ser divertidos y los que son brillantes y divertidos. Yogi Berra pertenecía accidentalmente a los segundos; Mariano Rajoy, pese a sus esfuerzos, no entra en ninguna de las dos categorías.

De sus frases me gusta esta, la más adecuada para el momento: Cuando llegues a una encrucijada, sigue recto”. Es lo que ha hecho al morirse a los 90 años.

Es el último hermano Marx después de Groucho, el padre el Oso Yogi, así llamado en su honor, y un gran mito del béisbol en EEUU, uno de los más grandes jugadores de un deporte que mes cuesta enteder. Para los Yankees representa lo mismo que Alfredo Si Stéfano para el Real Madrid .

Algunas lecturas esenciales:

Doctor Dignidad

Últimamente me encuentro mucho con el doctor Luis Montes, lo que no sé si es una buena señal dado que su especialidad son los pacientes crónicos, es decir sin remedio. El PP de Madrid, el la Gürtel, la Púnica, y el Tamayazo (que no se olvide el origen de la señora impoluta), lanzó una campaña contra él por unas presuntas sedaciones ilícitas en el Hospital Severo Ochoa de Leganés. Le llamaron el Doctor Muerte porque, según ellos, practicaba la eutanasia.

Me gustan Montes y la eutanasia activa. Soy partidario de que se legalice en España como opción vital. Debería bastar la voluntad de una persona expresada ante notario para que llegado el caso un juez y un médico, vistos los deseos de candidato a difunto, le autoricen morir con dignidad.

Quiero tener derecho a decidir sobre mi vida en caso de un accidente que me deje vegetativo o una enfermedad que me consuma por dentro. Debo ser yo quien decida hasta donde quiero luchar. Tras robarnos la vida en decretos ley, que no nos roben también la muerte.

Eutanasia significa “buena muerte”; los recortes, “mala vida”.

Tenemos un miedo atávico a la muerte. No existe en Occidente una cultura de saber morir, de saberse marcharse. Morirse es lo más natural de la vida, es lo que le da sentido a todo. Lo esencial es hacerlo sin dolor.

Quiero dar las gracias a personas como Montes, por su fe en la vida. Ahora solo necesitamos políticos valientes, un oxímoron. Nunca entendí cuándo se separó el debate del aborto del de la eutanasia; por qué el primero nos parece un derecho y el segundo un anatema.

Recomiendo este majestuoso reportaje de Jorge M. Reverte: “Una muerte digna”.

27-S: ficción contra miedo

Es un asunto minado, se exige militancia. Yo no la tengo, solo soy un periodista más o menos experto en algunos asuntos internacionales.

El 27-S está en plena erupción emocional; ambas partes -digámoslo así- juegan con cartas marcadas y una alta dosis de manipulación informativa. Los periodistas deberíamos representar un papel clarificador con informaciones y reportajes leales hacia los ciudadanos que contradigan los dos discursos dominantes, que ayuden a entender. Los periodistas, salvo ilustrísimas excepciones, nos hemos contaminado del ambiente tóxico que respiramos. Es muy difícil permanecer inmune.

Desde “Madrid” no se entiende bien lo que pasa en Catalunya porque muchos creen que todo es la culpa de Artur Mas, cuando el president es solo un oportunista inteligente que se ha subido a una ola con la esperanza de sobrevivir. El problema es la ola, que la no hemos visto y aún no la vemos venir. Hay alerta de tsunami.

Desde “Barcelona” no se entiende bien a España porque muchos creen que España son Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre y Cine de Barrio, por un poner. España somos Picasso, García  Lorca, la Generación del 27, sabios como Emilio Lledó y José Luis Sampedro, Joaquín Sabina y Carlos Cano, Eduardo Mendoza y Enrique Vila-Matas. España somos la misma ciudadanía harta de una clase política que, salvo rarezas, es poco eficaz. Aquí tenemos a Bárcenas; allá a la familia Pujol. Somos hijos del mismo franquismo mal resuelto.

Juego de la gallina

Nos manejamos entre una catalonofobia y una españofobia. Así es difícil encontrar puntos de encuentro, si es que ya no es tarde para todo. En este momento procesal, que diría un abogado, nadie quiere negociar; todos buscan posiciones maximalistas para mantener prietas las filas y acojonar al contrario. No es una partida de póker, parece más vien un juego de la gallina: dos coches a gran velocidad en dirección a un precipicio. Gana el último en frenar. Tengo la sensación de que caeremos los dos.

Un poco de Historia mal resuelta

En “Madrid” partimos de una falacia histórica; España es una gran nación con 500 años de historia (Mariano dixit). Recomiendo la lectura de estas cuatro entrevistas; son clarificadoras, sobre todo la de José Enrique Ruiz-Domènec: “No podemos ser un país unitario, porque en realidad no lo hemos sido nunca”.

También las de Santos Juliá: “Antes, cuando se iba a Barcelona sabías que formabas parte de una tradición común. No sé si eso se ha perdido para siempre”; José Álvarez Junco: “Los nacionalistas son grandes inventores de la historia. Pero, cuidado, los otros nacionalistas también” y Josep Fontana: “Prohibir es estúpido porque lo único que hace es aumentar la irritación”.

Ruiz-Domènec ofrece varias claves. Un país mesetario solo puede estar unido si la Meseta es imperial. Solo hubo dos intentos de crear un país unitario, el de los Omeyas y el de Franco, y ambos fracasaron. En 1640, Catalunya se marchó con Francia y regresó, y en esas mismas fechas había fuertes tensiones independentistas en Andalucía. Lo de la vieja nación es un cuento: siguen los reinos medievales: Aragón (ahora Catalunya); Navarra (País Vasco); Castilla, Andalucía y Portugal. Solo el último es independiente.

Todo es religión

En “Barcelona” no se corrige la historia mitificada del Centro, sino que se añade una nueva, también mítica. Esto va a parecer el Partenón 2.0. Algunos de los defensores de esta nueva historia catalana rivalizan sin pudor en disparates con Esperanza Aguirre. Estamos en una situación en la que solo se escuchan las tonterías de los dos lados. Desaparecieron casi las voces mesuradas e inteligentes. Todo es religión.

Incluso un tipo tan inteligente como Mas-Colell asegura que si Catalunya se independizara, España debería seguir pagando las pensiones. El cartel electoral es atractivo; la independencia es gratuita: sin gastos, sin salir del euro, sin dejar la Liga, sin deuda pública, sin bancos mangones. La realidad es que el nuevo Estado asumiría todas las obligaciones y funciones del anterior, las de cobro y las de pago, incluidas las pensiones. Lo de la deuda acabaría en un arbitrio de la Corte Internacional de Justicia en La Haya.

Mientras que una parte recurre a la ficción, la otra esgrime el miedo. Si faltan líderes, se necesitan ciudadanos para encontrar entre todos un acomodo inteligente a tantos siglos de mala historia.

Esto es solo al comienzo de una partida larga y peligrosa. No hay demasiadas propuestas alternativas al sí o el no sobre la mesa, más allá de un vago federalismo con un Senado en Barcelona. ¿Por qué no una capitalidad compartida? La mejor opción siempre es el diálogo, para ello algo debe cambiar en diciembre. Feliz semana.

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