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Principios del grupo

  • Todo grupo se comporta de manera estúpida y el nivel de su estupidez lo marca el más tonto.
  • Todo grupo tiende a hablar a gritos, quien mas grita es la persona que tiene la voz más desagradable y quien dice más chorradas.
  • Todo grupo se cree que el local es suyo, incluidos los camareros.

(Principios visibles a cualquiera que tenga ojos y oídos, y muuuuuucha paciencia)

Empresarios que te fuman los pulmones

He escuchado en RNE a un tipo que dice ser representante del sector hostelero y sostiene que una nueva ley antitabaco, que prohiba fumar en los lugares cerrados, costaría muchos puestos de trabajo. El genio en cuestión argumenta: “El 70% de los clientes fuman”. Bien. ¿Y si el 70% rompieran las botellas del bar en la crisma del que dice ser representante del sector habría que legalizar este sano pero inadecuado deporte? Deberían existir multas a la estupidez.

El sector hostelero tendría que preocuparse más por la salud de sus trabajadores y la de sus clientes que en ganar dinero sobre cadáveres.

Si se prohibiera fumar en todo recinto cerrado, como en Italia y en tantos otros países, ¿dónde cree que tomarán el café con churros el presunto 70% de los fumadores contabilizados por el tipo que dice ser representante del sector hostelero? ¿En la calle? ¿En las farmacias de guardia? ¿En la casa de su suegra? ¿En la del obispo (mira; esto es una idea)?

En el mismo informativo de RNE ha hablado un segundo tipo que se quejaba por adelantado de las “inversiones” que han tenido que acometer muchos establecimientos para una separacion entre fumadores y no fumadores que, por otra parte, no veo por casi ningún lado. ¿Ya estamos pidiendo compensaciones con una mano para agitar con la otra los principios del libre mercado y el Estado inexistente? Deberían existir multas a la sinvergonzoneria.

Me gustaría que este Gobierno tuviera agallas y tomara decisiones que benefician a la salud pública, también a los fumadores. Si no basta este argumento de medicina preventiva, dadas las relaciones que Zetapeta mantiene con la CEOE, añadamos otra: fastidiar un poco.

Además de desayunar pan con tomate y un buen café, como sugerí hace un par de semanas, los sábados sabadetes sin camisa limpia… sirven para darse un buen paseo matinal por una ciudad que se despereza de la farra nocturna. Las ciudades semidormidas son diferentes a las crispadas y aceleradas que bullen de lunes a viernes. Hasta se esfuman los malos rollos, los bocinazos e insultos. Incluso los taxistas parecen perder interés por la Cope o por esa variante incomprensible que es la radio de los taxistas. Es como si dentro de un solo envoltorio arquitectónico convivieran mundos opuestos; y paralelos: basta con cambiar de calle para mudarse de urbe, país, cultura o religión, como en el Raval (Barcelona) o en Lavapiés (Madrid). Me gusta.

Pero pasear por mi ciudad -que no es apta para resacosos, ancianos, niños de diverso tamaño y gente en silla de ruedas o con muletas- puede resultar una operación de alto riesgo porque todos son obras: vallas no siempre bien colocadas y agujeros casi nunca bien señalizados… Son cosas de Gallardón el Constructor.

Para esos paseos matinales en un Madrid que se despereza me gusta la plaza de Oriente. Los días con una ligera brisa se escucha el eco distante de la voz del dictador Franco asomado al balcón del Palacio Real y la de sus súbditos coreando su apellido. Qué sencillo les resulta a muchos ver dictadores en Irak y en países lejanos y cuánto les cuesta verlos en casa. Lo llaman desmemoria histórica. Y lo es. Nos pasa por educarnos en mitos, no en hechos científicamente probados.

Pero hablaba de la plaza cuyo diseño actual data de 1844 y aunque su última remodelación pasó por las manos del nefasto Álvarez del Manzano, ésta sobrevivió a los gustos horteras del regidor. Nunca he entrado en el Palacio de Oriente, pese a vivir al lado, pero tiene sin duda una visita ineludible para aquella gente que le gusta visitar palacios. Entrar en la catedral de la Almudena también es obligatorio. Me gusta mucho el suelo. Las pinturas del techo diseñadas por el devoto Kiko Argüello, el amigo del cardenal Rouco Varela, son un desafío de mal gusto al dios que dice alabar. Hay incluso en la catedral una capilla dedicada al señor Balaguer, el fundador del Opus Dei, supongo que sufragada por la organización. No hay ninguna dedicada al arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero. Espero que no por falta de méritos terrenales sino por una cuestión de protocolo celestial.

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Merece la pena los jardines de Sabatini, al norte del palacio, y en frente de una de las mejores heladerías de la ciudad. De la plaza sobresale la magnífica estatua ecuestre del rey Felipe IV. Se trata de una escultura hermosa de gran dificultad técnica pues el caballo reposa sobre las patas traseras.

El Teatro Real no me parece especialmente bonito pero dentro se oye bien y parecer en asuntos de música lo que se trata es de escuchar. Los días de estreno de alguna ópera la plaza se transforma en un teatro de vanidades: decenas de coches oficiales de políticos, banqueros, empresarios y conseguidores varios tienen licencia para matar y para aparcar donde les place en una zona peatonal sin que nadie les multe pese a existir un aparcamiento subterráneo. En esas noches de gran postín, la plaza se puebla de gentes disfrazadas de rico que no van a escuchar si no a que les vean. El café de Oriente tiene un bollería de primera y la terraza resulta agradable aunque cara. Se llena de guiris decorados de guiris que en son otro espectáculo y buen espejo de lo que somos nosotros cuando salimos por ahí fuera.

Los domingos aparecen chinos masajistas que se ganan unos euros deshaciendo nudos y de jóvenes con monopatín que creen ligar mejor desde las acrobacias más torpes. Después, para el aperitivo, El anciano rey de los vinos, frente a la catedral, resulta una buena opción para empezar la borrachera del día con un vermut de grifo.

También puede uno regresar a su casa tras realizar una compra de soltero (ya sa sabe: llena de cosas innecesarias y con sobreprecio) en el remozado mercado de San Miguel, relajarse en el sofá, cerrar los ojos y escuchar una buena tormenta tropical capaz de transportarte a Uganda o a Venezuela. Podría ser un aguacero real, de los de empaparse hasta la ropa interior, pero es sólo talento y entrenamiento, como todo en la vida. Feliz día.

Propuestas contra la molicie

Un libro: Nápoles 1944 de Norman Lewis. Lo tengo editado en castellano por Muchnik Editores. Es la historia del joven Lewis, miembro del servicio del espionaje militar británico, a su llegada a Nápoles con los ejércitos aliados en la II Guerra Mundial. Allí permaneció destinado un año. El texto es la radiografía de una lenta transformación: del rechazo inicial al otro -que lo ve sucio, primitivo e incapaz- a la aceptación y el disfrute de sus costumbres. Un libro maravilloso de uno de los grandes viajeros del siglo XX.

Una película: Ayer vi Un novio para mi mujer de Juan Taratuto. Sigue todos los códigos, para bien y para mal, del cine argentino. No me entusiasmó, pero tiene bastantes diálogos interesantes y me encanta el modo que tienen de decir el idioma común que a veces nos separa. Me llamó la atención la actuación de Valeria Bertucelli, aunque con los actores latinoamericanos, como con muchos de los españoles, tengo la sospecha de que se interpretan demasiado a sí mismos. Quizá esto es una exageración, pero pensaba en Antonio Resines.

Una canción: Este tipo que me cayó del cielo no hace mucho me encanta. Se llama Ben Sidran y toca jazz. Entre sus muchas y excelentes canciones me llama la atención esta: You Can’t Judge A Book by Looking At The Cover. La letra en este mundo de apariencias es genial: “No puedes juzgar a una manzana mirando al árbol…”:

Una sonrisa: Quiero seguir fiel a El Roto, uno de los dibujantes con más talento, y que publica en el diario El País. Esta semana ha tenido varias viñetas sobresalientes relacionadas con la crisis y los incendios. Escojo esta que explica bastante bien la situación de muchos ciudadanos:

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Una frase: No sé si sucede en todas las ciudades, pero Madrid está en obras. Ya lo estuvo antes de las elecciones. En realidad sólo hay paz cuando hay elecciones. ¿No deberían ser cada tres meses? La frase es vieja y la dijo Danny de Vito en uno de sus viajes a Madrid. Algún periodista le preguntó qué le parecía la ciudad y el respondió: “Será muy bonita cuando encuentren el tesoro”.

Una meditación: la columna de Manolo Saco titulada La cercanía del puesto de trabajo. Soberbia.

Larra viaja en Renfe

Renfe está que lo tira de modernidad: tiene un servicio telefónico que permite al usuario obtener el billete de AVE, pagar con tarjeta de crédito e imprimir el cartón en las máquinas de la estación. El servicio es tan completo que mientras que charlas con el amable operari@ llega la confirmación por SMS o vía e-mail, si se prefiere, con el número de referencia. ¿Dónde está el truco? Que a la empresa estatal de los ferrocarriles españoles no prevé que los clientes puedan cambiar de fecha el billete emitido. A Renfe le gusta la gente de orden (¿se decía así?) y de ideas firmes.

Si a un pasajero desea alterar la fecha de regreso prevista y piensa hacerlo a través del moderno sistema telefónico que le permitió pagar con tarjeta y sacar el billete con un número de referencia y emitir el billete en la estación, se equivoca. El servicio no lo permite. ¿Por qué? “Por que no está previsto”. ¿No está previsto que la gente cambie de fecha de viajes? “No está aún previsto que se pueda hacer por teléfono?”. ¿Cuál es la lógica? “No sé; no tiene lógica, pero aún no esta previsto”. ¿Por qué no despiden al previsor que organiza? Silencio. Vuelva usted mañana de Mariano José de Larra en versión de alta imbecilidad.

Después de codearse por unos minutos con los ciudadanos de los países nórdicos y sentirse sueco, noruego o lo que sea el cliente regresa de golpe al sur de Europa, al que pertenece, y debe acudir para resolver el problema a cualquiera de las abarrotadas ventanillas de Renfe. Esto también tiene truco porque en Sevilla, que yo sepa, hay dos: Santa Justa y la calle Zaragoza. Excepto en Barcelona no abundan las máquinas para gestionar los billetes de AVE fuera de Renfe. ¿Es tan difícil colocarlas en algunas estaciones de metro importantes como Sol, etc.? El usuario que acude a la ventanilla de Santa Justa o donde sea debe sacarse un numerito y guardar media hora o más de paciente cola para cambiar el maldito billete. Lo llaman progreso.

La web de Renfe es aún peor aunque sostienen que la están mejorando. Cuando un informático asegura que está mejorando algo es como cuando un jefe de personal habla de modernizar: es para echarse a temblar.

A una amiga de Sevilla que creyó en la web y sacó su billete mediante este sistema se encontró después con el inconveniente de que la página digital de Renfe no le permitía realizar un cambio 24 horas antes de la partida. ¿Tampoco está previsto? ¿Otra vez la manía de las ideas fijas?

En la ventanilla le decían que los billetes sacados a través de Internet sólo se pueden cambiar en Internet. “Es que no me deja 24 horas antes”. Respuesta: “Vaya en el mismo día a la estación y los cambia sin problemas”. “Ya, pero es que lo quiero adelantar”. “¿Adelantar? Pues ahora sí que no sé. Creo que no podemos hacer nada”. Mi amiga, aconsejada por el servicio al cliente de Renfe, se sacó un nuevo billete y reclamó por carta la devolución del otro. Eso fue hace ocho meses. Renfe ni se ha dignado a responder. No somos clientes ni usuarios, ni tenemos derechos. Sólo somos un mercado cautivo en manos de irresponsables poco previsores.

¡Por un día de huelga en el que todos los usuarios cambien de fecha el billete! Aunque sea sólo por jugar.

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