Willy Deville
Friday, 7 de August de 2009 por Ramón
Gracias
Friday, 7 de August de 2009 por Ramón
Gracias
Thursday, 6 de August de 2009 por Ramón
Un libro: Lo leí en los años de la universidad. No sé quién me lo recomendó, pero me hizo un inmenso favor. No he vuelto a él en profundidad, sólo algunas lecturas sueltas. No sé si ha sufrido el síndrome Fassbinder (desvarío que me afectó en la juventud cuando me tragaba con devoción y éxtasis sus películas y ahora -salvo algunas escenas de Las amargas lágrimas de Petra von Kant– me parecen un tostonazo). El libro del que escribo es La rama dorada, del antropólogo James Frazer. Se trata de un recorrido extraordinario por los mitos, creencias y leyendas que han confirmando nuestra cultura. Me resultó fascinante, pero no es para leerlo a continuación de Stieg Larsson, quizás le falte un poco de acción. Es más bien de lectura muy lenta que se puede combinar con una novela. Mi edición es de Fondo de Cultura Económica, que no sé si existe.
Una película: Compruebo en la lista de Metrópoli que en el top de las más taquilleras está Asalto al tren Pelham 1 2 3. Bien: os la podéis saltar. Es un remake de una buena película de los 70 y que cuenta en la nueva versión con actores tan buenos como Denzel Washington, John Turturro, John Travolta y James Gandolfini (Los Soprano) pero algo falla. Creo que falla todo, incluida la moralina constante y la final. Si estáis muy desesperados, el montaje es excelente.
Una canción: “No importa quién seas, no importa dónde vayas, en la vida siempre necesitarás a alguien que esté a tu lado”. Bella canción Stand By Me compuesta por Ben E. King, Jerry Leiber, Mike Stoller. Me gusta el formato de artistas callejeros en varios países. Es una buena manera de empezar el día.
Una sonrisa: Me gusta mucho este Forges, que publica a diario en El País: una foto precisa de las vacaciones de muchos. Espero que no sean así las vuestras.
Una frase: “Where is the front?”. Esta sencilla construcción que podía salvar una vida era la favorita de Gervasio Sánchez en las guerras balcánicas de los años noventa; siempre con un mapa desplegado, a veces sobre el capó del coche, para que el interlocutor pudiera señalar con exactitud dónde estaba la noticia y dónde el peligro, elementos que a menudo se mueven de la mano.
Una pregunta-reflexión: ¿Cómo se distingue un imbécil? Es decir, cuando un imbécil obvio entra en un recinto cerrado: bar, restaurante, vagón de metro o tren o en un trabajo cualquiera, ¿cómo logra distinguir la presencia silenciosa y emboscada de otro imbécil con quien formar una rápida coalición? Porque nuestra sociedad de presunto progreso está cada vez más gobernada por coaliciones de idiotas. No son los catalanes, los de Madrid, los gays o los de Asturias los que hacen piña y se protegen como dice algunos, son los idiotas. Es la única explicación científica.
Segunda duda: ¿soy víctima o contaminador de idiotez? Aunque supongo que tendré días (y meses, incluso años dirán algunas amigas) creo (espero) que lo mío no es constante ni lineal.
Buen fin de semana.
Wednesday, 5 de August de 2009 por Ramón
Renfe (perdón por la obsesión) como imagen de la eficiencia y modernidad de un país se supera en cada uno de mis viajes ferroviarios, que son muchos desde hace unos años. Son las nueve de la mañana y no hay aire acondicionado en la estación de Atocha. La gente, ajetreada con maletas en las que deben llevar la casa a cuestas porque si no es imposible de explicar tanto volumen, suda como si viviéramos en Nigeria (un lugar violento donde se suda mucho, sobre todo en Lagos). Según una chica empleada en una de las tiendas de regalos “lo ponen y lo quitan”. ¿Para ahorrar? ¿Para reducir el paro o el peso de las pensiones con la esperanza de liquidarnos como El Cordobés mataba a sus toros (es decir, de pulmonía; pasándolo de sol a sombra)?
Los publicistas de los trenes AVE presumen de puntualidad y para confirmarlo lo publicitado, la empresa devuelve el dinero al cliente si el retraso es superior a los diez minutos. Para facilitar el acceso a los convoyes, Renfe o quien sea que gestiona esto, abre las puertas media hora antes. Bueno, pues esa es una costumbre que se va perdiendo. Un día las abren cuando faltan 25 minutos; otras, con 20, y así, venga a remolonear. Esta vez, cuando viajo hacia Tarragona para reencontrarme con una amiga que hace 27 años que no veo, las han abierto con sólo 15 minutos.
En verano sucede como con los coches en domingo: los viajes se llenan de gentes poco acostumbradas al movimiento (también se puede decir de torpes) que ralentizan cualquier proceso. En la puerta número 1 de la caldeada estación de Atocha sólo había dos personas para proceder a la revisión de los billetes (gestión a la que aún no ha llegado la tecnología punta), que encima han tenido que aguantar el improperio de algún macarra. Para completar el show, la escalera mecánica no funcionaba lo que ha creado una situación sureal y considerables atascos con los carritos rebosantes de maletas con la casa a cuestas. El caso es cuando hemos logrado sentarnos en los asientos he visto que todo el mundo estaba como yo: exhausto de tanta eficacia.
PD ¿Para cuando conexión wifi en los AVE? Así los ejecutivos harían negocios por correo y no vociferando a un teléfono.
Tuesday, 4 de August de 2009 por Ramón
Me encanta descubrir palabras que me son desconocidas; también, las que aparecen en un contexto no previsto dando una riqueza inesperada a una expresión. Me sucede a menudo con las voces procedentes de algún país latinoamericano. Las retransmisiones futbolísticas argentinas, por ejemplo, son una delicia idiomática. Un escritor podría seguirlas con papel y lápiz para copiar ocurrencias. No hace mucho escuché a un locutor decir cuando un jugador abusó tanto de la posesión de la pelota que la perdió: “Se engolosinó de balón”. En España decimos, ”se emborrachó de balón”. Prefiero la versión suramericana.
En una charla de José Saramago pronunciada en el Casino de Madrid, hace algunos años, el presentador empezó por felicitarle los años, ya que “cumplía” (creo) 80. El escritor portugués dijo que le resultaba extraño escuchar la expresión “cumplió años”. “Es como si fuera una penitencia, una pena de cárcel. En portugués decimos hacer años, que es más participativo”. Me quedé pensando. En castellano también la he escuchado, pero en los pueblos. Es una expresión en desuso, pero mucho más hermosa y precisa que la actual y urbana.
Hace unos días, una persona me regalo una palabra hermosa: “basurearte”. Prometo utilizarla en alguna crónica.
El idioma es algo vivo en la boca de la gente, crece, se multiplica, se enriquece y transforma; también se estropea, sobre todo en la labios de políticos y periodistas, a veces dos focos de incultura. ¿Ejemplos? Solo dos muestras típicas en mi profesión: decir “testigos presenciales” (si no estaban presentes son una porquería de testigos) y “valoración positiva” (todo lo que tiene valor ya es positivo).
Pues eso: más lectura y menos televisión (excepto las retransmisiones de partidos latinoamericanos).
Monday, 3 de August de 2009 por Ramón
Me parece uno de los tipos más honestos del panorama del rock español. Le conocí hace muchos años en el Pinar de Chamartín, de Madrid, donde vivió unos meses. Recuerdo a los padres de la pandilla murmurando entre ellos, preocupados por la presencia de un tipo tan peligroso para la salud de la moral de sus hijos y de cómo su “música satánica” podía llevarnos a las drogas y la perdición. Solía desayunar en el bar que nosotros conocíamos como Jeremías de abajo. Siempre huevos fritos, o al menos, eso es lo que recuerdo. Tenía un amigo en el barrio, psiquiatra de profesión. Fueron compañeros de colegio y esa amistad me abrió las puertas al círculo íntimo que tenía derecho de primera fila en el espectáculo de verle engullir los huevos.
Un día, Miguel habló de una crema milagrosa que permitía mantener la erección durante horas y de cómo la había utilizado en Argentina en un polvo que, según él, duró 24 horas (supongo que con cabezadas entre medias). El caso es que el amigo psiquiatra tenía un líquido chino con el que se lograba resultados parecidos. Yo, que estaba en la edad de las relaciones individuales (en mi generación se empezaba a los 18 y yo debía tener 16 o 17) pedí las gotas chinas, no recuerdo con qué intención. En el baño de casa de mis padres tuve que aplicarme durante una media hora larga abundante agua en el asunto ante el incendio provocado por Pekín y lanzar por la ventana el calzoncillo desteñido en una sustancia negra. Durante la comida no dejé de resoplar y recolocar la cosa ante la mirada atónita de mi padre que no preguntó el motivo de tanto saltito.
No caí en las drogas ni en la perdición (aunque me hice periodista y no sé si eso cuenta), pero entendí, gracias a Miguel Ríos y mi amigo psiquiatra, que en cuestiones de sexo y amor el dopaje es un asunto arriesgado.
Me encanta esta versión de Santa Lucía. Feliz gira, don Miguel.