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Quién mató al periodismo impreso

Gran parte del esfuerzo durante una crisis se dedica a encontrar un culpable exterior. Es humano, cómodo y bastante estúpido, porque resulta ineficaz. Sucede en todos los ámbitos de la vida; incluso la Iglesia católica, que tiene conexión directa con el cielo, cae en la trampa de la explicación fácil y ve en el laicismo la causa de su declive y no en su historial. En la industria periodística hemos encontrado un culpable perfecto: Internet y su pernicioso efecto colateral de quebrar la costumbre de que por las malas noticias se paga, algo que ha sostenido economicamente a decenas de miles de periódicos y financiado viajes, seguros y sueldos de periodistas a lugares en conflicto, entre ellos el mío.

Se buscan con urgencia fórmulas para reconducir a tantos jóvenes descarriados que han caído en las garras del todo gratis, pero no hay seguridad de que puedan funcionar. Grandes (por volumen negocio) como Rupert Murdoch y el The New York Times (por calidad) tratan de encontrar la varita mágica que nos permita salvar los muebles, bien en el pago por el acceso o/y en la publicidad en la web.

Los gurús más aventajados manejan fechas de la defunción del papel y los jóvenes internautas (no todos, pero muchos) sueñan con la desaparición de los grandes periódicos como si ése hueco inmenso lo pudieran ocupar de la noche a la mañana sus blogs y páginas web caseras. Llevará tiempo y está por ver que suceda. El buen periodismo es caro: exige prestigio y el prestigio necesita de años de hacer las cosas bien. No hay combate papel-digital, la guerra debería estar entre el buen  periodismo y el malo, el que nos desprestigia a todos.

Para encontrar el camino hay que reconocer errores. Por eso me ha gustado especialmente la comparecencia de David Simon, quien en una reducción incentivada de personal en su periódico de siempre, The Baltomore Sun, encontró vida fuera y de qué manera. Es uno de los creadores de la serie The Wire, una de las mejores de la historia de la televisión. Sus reflexiones del 6 de mayo de 2009 en la comparencia en el Senado de EEUU son, a mi entender, de lectura obligada. Como las de Steve Coll, ex The Washington Post, quien aboga por unos medios de comunicación sin ánimo de lucro como única salida viable para sobrevivir y ser útiles a a sociedad. Ambos testimonios son demoledores.

Periodismo, princesas, dinero y Enrique Meneses

Hay gente que hoy se hace periodista porque desea ser princesa (llegan tarde). Otros, por algún tipo de deformación quieren ser editorialistas cuando se trata de un trabajo delicado que exige mucha experiencia, conocimientos y capacidad, algo que a veces se logra con los años. También los hay que llegan para ganar dinero a espuertas y están dispuestos a vender su alma y su honorabilidad. El mundo actual parece hecho para ellos. Ejemplos de cambio éxito a cualquier precio los hay en todas las profesiones y algunos bien sonoros como el Bernard Madoff, a quien antes de delincuente se le llamaba mago de las finanzas.

Prefiero los estudiantes que entran en esta profesión empujados por la ilusión de contar historias de forma honesta. De ellos depende la recuperación de las esencias. Pero no siempre hay que mirar a los más jóvenes en espera de la redención, pues, a veces, la esperanza está en los más viejos, en los maestros, en los que jamás se rinden como Enrique Meneses, uno de los grandes en nuestro oficio. ¿Habéis leído su libro Hasta aquí hemos llegado? Obligatorio para los que empiezan, para los que siguen en la brecha pero presos de una cierta melancolía y para los que salieron a respirar fuera, como Bru Rovira y tantos otros.

El padre de Enrique Meneses era periodista (fue corresponsal del New York Herald Tribune en España en 1925, corresponsal de guerra en el frente del Este del lado alemán y creó la Agencia Prensa Mundial en París) pero se empeñó en que su hijo fuese un hombre de provecho, como se decía, y que estudiara una carrera seria: Derecho, que creía útil para llegar a diplomático. Para lograrlo prohibió comprarar reportajes de su hijo. En aquella agencia trabajaron Carlos Sentís, Álvaro de Laiglesia, Julián Cortés Cabanillas, Gregorio Marañón Moya, César González Ruano… ¡Buen plantel de becarios!

Pero el joven Enrique ya manifestaba en aquella edad la misma tozudez que le ha acompañado toda su vida. Su primer texto periodístico pagado fue sobre Manolete. Cuando tuvo noticia de la grave cogida del diestro, tomó un taxi y viajó de urgencia hacia Linares. Cuando llegó la historia era más grave: la muerte del torero y el nacimiento de la leyenda. Era el 28 de agosto de 1947. Le pagaron 150 pesetas a pesar de que entrevistó a Jiménez Guinea, entonces el mejor cirujano de toreros. El taxista, por ser manoletista, le hizo un precio de amigo: 400 pesetas. Ese día de sumas y restas comprendió que esto del periodismo no es un buen negocio.

Este primer reportaje ruinoso y algunos problemas con el régimen (Arias Salgado), que le cerró su recién creada Prensa Universal por haber tenido de colaborador a Jesús Galindez exiliado vasco en Nueva York y representante del presidente Aguirre del PNV, le empujaron a viajar. Primero Egipto, antes de la guerra del canal de Suez de 1956, donde fue corresponsal de Paris Match, y después a Sierra Maestra con Fidel y Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y el Che… Bueno, mejor léanlo en su libro. Es una lección de vida, periodismo y humor.

Han pasado 62 años y allí sigue, tenaz con su blog, sin ganar un euro pero sí merecidísimos premios como el Miguel Gil en 2009, y sin entregar la bandera del fuerte. Gran ejemplo, maestro.

España self service

Deben ser los recortes -perdón, ajustes de producción-, pero han desaparecido de la mayoría de las gasolineras aquellos amables empleados que ayudaban a repostar, daban charleta sobre el estado de las carreteras, resolvían dudas en la lectura de los mapas y sugerían los mejores atajos. Ahora, las empresas suministradoras imponen al usuario el mánchese usted mismo, vaya dos veces a la caja, una pedir que le abran el surtidor y otra a pagar, y no hable con un operario sobrepasado, tal vez mal pagado, y de mala leche. Lo curioso del recorte es que usuario paga lo mismo, o más, cuando los mercados se ponen tontorrones.

En EEUU, la meca capitalista de los que sueñan con el despido libre (es decir, libre de tener que pagar un euro), las gasolineras se llenan en verano de estudiantes que obtienen un dinero para sus vacaciones. No sólo echan gasolina o diesel sin errores (¿para cuando dos mangueras con bocachas diferenciadas como pide una amiga, C.?). Por el mismo precio (más barato que en España), miran los niveles del aceite y limpian los cristales con la esperanza de un propina.

Este self service llega ahora a los aviones. Con la excusa del billete electrónico, el pasajero debe imprimir la tarjeta de embarque, sacar la etiqueta de la maleta… Pronto habrá que llevar el equipaje al avión, adentrarse en la bodega y colocarlo en fila india. Todo, claro, con la idea de crear puestos de trabajo. ¡Empresarios!

Ensayo sobre la ceguera y Periodismo

No creo que existan tiempos heroicos en los que todo era mejor (lo que hay es mala memoria), pero sí creo que existen tiempos confusos en los que muchos no saben cuál es el camino y de ello se benefician unos pocos. Son estos tiempos propicios para los echadores de cartas que cuando pasan por alguna universidad de élite se les denomina expertos o peor: gurús. Quizá por haber compartido espacio durante unos días con uno de los más grandes escritores vivos veo analogías entre su Ensayo sobre la ceguera y el Periodismo de hoy: un mundo de ciegos gobernado en muchos casos por echadores de cartas.

Pero seamos justos con nosotros mismos: la misma crítica podría aplicarse a la política, a la economía, a la empresa, a la sociedad, a la cultura… Somos sólo una parte del virus general que produce tanta ceguera: la mediocridad.

Y tenemos suerte: la mayoría de los habitantes del planeta siquiera sabe lo que es la mediocridad; no tienen tiempo, se limitan a sobrevivir lo mejor que pueden a las consecuencias de la nuestra.

U2 no se olvida de Irán

Ante las dificultades en Irán, la revolución verde sigue en el rock. La calidad no extraordinaria, pero sirve como testimonio. Bloody Sunday.

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