Incluso en los países que se sienten satisfechos de que sus soldados combatan en Irak y Afganistán, o donde sea, para que cada uno en la retaguardia pueda seguir con sus cosas, sean de ocio, amor, trapicheo o trabajo, molesta verle el rostro a la tragedia. Cuanto más desarrollada es una sociedad más inmortales se creen sus miembros. La muerte resulta una molestia que habitualmente afecta a los demás.
La fotografía del marine Joshua Bernard moribundo después de que una granada anticarro le volara las piernas en algún lugar de la provincia afgana de Helmand no ha gustado al Pentágono. La decisión de la agencia Associated Press y de su jefe de fotografía, Santiago Lyon, de distribuir la imagen obtenida por la fotoperiodista Julie Jacobson ha levantado ampollas en un país en el que hace pocos meses estaba prohibida la visión de los ataúdes envueltos con la bandera estadounidense. Una guerra aséptica en la que los muertos se reducen a una estadística. No sé qué resulta más hiriente.

(Foto obtenida de Tampabay.com)
No hubo imágenes de cuerpos ni de restos humanos en el 11-S, del que se han cumplido ocho años, más allá de las terribles de televisión de los primeros instantes en las que los más desesperados que se lanzaban al vacío. Tal vez no era necesaria la visión descarnada de las víctimas para comprender la dimensión de la tragedia; tal vez los vivos asustados y los restos de las torres al contraluz fueran suficientes para informar de lo ocurrido.
Muertos con derechos y muertos sin derechos
Esta posición moral de los programadores de desgracias no se aplica en el Tercer Mundo, donde son frecuentes los detalles en el rostro de los genocidios, las hambrunas y los niños rodeados de un enjambre de moscas. ¿No tienen derecho a la intimidad en su pobreza? Tampoco se aplicó a los hijos de Sadam Husein, Uday y Qusai, ni a Abu Musab al Zarqaui. A veces la imagen de un muerto es información: otras, propaganda. ¿Quién decide? ¿El más fuerte?
En las guerras son necesarias las imágenes reales, aunque sean duras, para que sepamos comprender y medir el precio y tomar las mejores decisiones. Una fotografía de un hombre con un agujero en la espalda caído sobre un pasamanos en una calle de Sarajevo, tras el segundo ataque serbobosnio al mercado en agosto de 1995, puso en marcha la respuesta de la OTAN tras tres años y medio de impunidad y vergüenza.
Si no existieran los Emilio Morenatti (en homenaje a tantos) la sociedad civil estaría ciega y muda y los consumidores disfrazados de presuntos ciudadanos podrían llegar a pensar que esos fugaces instantes de tragedia ajena, que a veces se asoman en los informativos de televisión entre anuncio y anuncio, son parte de algún Gran Hermano global.
Creo en las fotografías que respetan a la víctima, sea militar, civil, español, sueco, sierraleonense o afgano. No es necesaria la sangre para violar una intimidad. Muchos lo hacen a diario con los pobres, con los niños, con los sin voz.
El problema de las fotos duras, como la del joven marine es que recuerdan a Vietnam, la guerra que se perdió por el exceso de información. La alternativa no es el silencio, la ocultación, la mentira y la estadística. Las fotos no matan, matan los políticos irresponsables que envían a los suyos a las guerras que se venden como liberadoras cuando en realidad son un negocio privado. Para eso está el fotógrafo, el periodista, el testigo, para evitar la impunidad. Incluso entre nosotros.
Gracias Santiago Lyon.