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Magris y la ‘política pop’

El escritor italiano Claudio Magris habló ayer en Madrid de la política pop como podía haber hablado del periodismo pop, de la cultura pop o de la estupidez pop. Claudio Magris habló bien, como siempre, pero no estoy tan seguro de que se le entendiera entre tanto popismo.

Cuando interesan más los escarceos sexuales del primer ministro italiano que los problemas reales de la ciudadanía, y cuando los políticos conocen mejor el mundo del marketing que los conceptos que rigen a las polis, algo falla.

El pensador Claudio Magris, que acudió ayer a Madrid para ofrecer una conferencia sobre las Fronteras de la Identidad en Caixaforum, definió como “política pop” esta tendencia actual entre la clase política occidental “a que la imagen se haya convertido en un fin en sí mismo”. Y, precisándola como una especie de isla de los famosos, altertó de sus consecuencias ya que “le resta todo valor a las elecciones y ya parece que da igual que salga elegido José María Aznar que Felipe González”.

Más en Claudio Magris alerta del éxito de la “política pop” (Público)

Cuando el crimen es revelar el crimen

El periodismo no otorga a los informadores derechos suplementarios a los de cualquier ciudadano, pero la condena ayer a seis años de prisión y una multa de 7.000 euros a Florence Hartmann me parece un atropello y un despropósito judicial; una prueba de esto no funciona.

El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) ha sentenciado a la periodista francesa por violar la ley de secretos en un libro (Pais et Châtiment; Paz y Castigo) en el que según dicen se aprovechó de su anterior condición de portavoz de la fiscalía del TPIY (Carla del Ponte) y del acceso a material reservado. El magistrado que juzgó a Hartmann (que es una experta en Balcanes con un excelente libro sobre Slobodan Milosevic) asegura que “es necesario desalentar a cualquier acusado o cualquier persona contra la revelación de información confidencial en el futuro” (juez Bakone Moloto).

En Pais et Châtiment Hartmann revela también que EEUU y Rusia evitaron la captura de Radovan Karadzic y su general Ratko Mladic.

Los documentos criminales son unos suministrados por Belgrado durante el juicio de Milosevic en los que se detalla la vinculación entre el Ejército de Serbia y las milicias serbobosnias que cometieron crímenes de guerra, crímenes contra la Humanidad y genocidio en la vecina Bosnia-Herzegovina (BiH), incluido el más grave, el de Srebrenica, donde fueron asesinados cerca de 8.000 varones.

Según Hartmann esos documentos secretos debieron suministrarse al otro tribunal sito en La Haya, la Corte Internacional de Justicia (CIJ), dependiente de la ONU, que dirime conflictos entre Estados (y que muchas personas confunden). La CIJ estudió durante años una demanda del Gobierno de BiH contra Serbia. Sarajevo acusaba a su vecino de ser el responsable intelectual y material de esos crímenes, algo que según Hartmann probaban los papeles en manos de otro tribunal internacional con sede en la misma ciudad. También, las miles de crónicas y reportajes de decenas de periodistas que no se tuvieron en cuenta.

En una decisión política, cocinada con las grandes potencias y tal vez pactada con el Gobierno de Belgrado, el CIJ eximió a Serbia de toda responsabilidad por falta de pruebas. El argumento de algunos responsables europeos es que no se puede castigar a todo un pueblo por los delitos de una camarilla. Cierto. ¿No se podría aplicar también a Irak? La justicia depende de la cotización de los buenos y malos, manga ancha o mancha estrecha en nombre de la libertad, la democracia y los valores universales.

¿Quién juzga ahora a los jueces que ocultaron pruebas? ¿No es más grave que revelar su existencia?

Recomiendo este artículo de Stéphane Manier: Florence Hartmann, journalisme et châtiment

La inspiración circular

No estoy seguro de si es antes el huevo, la gallina, Charles Darwin o George W. Bush, pero sí de que la información es circular: no fluye sino que tiende a estancarse y, pasados unos días, a oler.

Me explico: los responsables informativos de las televisiones leen determinados periódicos antes de las reuniones de la mañana en las que se decide el orden de las noticias. Los jefes de área proponen temas según lo leído en el diario A o B y los más jefes reciben complacidos lo que escuchan porque ellos también han leído el mismo diario. Lo familiar siempre resulta un valor seguro. Por eso dichas reuniones parecen más un ejercicio colectivo de reafirmación religiosa que un intento serio de hacer periodismo. En las radios, al parecer, el asunto no está mejor; en algunas, siquiera leen periódicos.

Los responsables del diario A o B escuchan después los informativos de mediodía de las televisiones y cómo el célebre anuncio de la publicidad inducida (meter un fotograma de una determinada bebida en un spot de otra cosas para que la gente sienta la necesidad de beberla) quieren la misma información quizá porque a ellos también les suena y dan ordenes de aplazar algunos de los planes más o menos originales trazados para adecuarse a las noticias dadas en esta o aquella cadena de televisión.

Lo extraño de esta circularidad informativa es que al día siguiente, los jefes de área de las televisiones vuelven a leer el periódico que sea y al sonarles lo que ya les sonaba la jornada anterior y la anterior proponen dar más de lo mismo y los jefes de estos jefes reciben complacidos lo que escuchan…

Es posible que llevemos unos cuantos años contando las mismas noticias.

No queremos ver el rostro de la muerte

Incluso en los países que se sienten satisfechos de que sus soldados combatan en Irak y Afganistán, o donde sea, para que cada uno en la retaguardia pueda seguir con sus cosas, sean de ocio, amor, trapicheo o trabajo, molesta verle el rostro a la tragedia. Cuanto más desarrollada es una sociedad más inmortales se creen sus miembros. La muerte resulta una molestia que habitualmente afecta a los demás.

La fotografía del marine Joshua Bernard moribundo después de que una granada anticarro le volara las piernas en algún lugar de la provincia afgana de Helmand no ha gustado al Pentágono. La decisión de la agencia Associated Press y de su jefe de fotografía, Santiago Lyon, de distribuir la imagen obtenida por la fotoperiodista Julie Jacobson ha levantado ampollas en un país en el que hace pocos meses estaba prohibida la visión de los ataúdes envueltos con la bandera estadounidense. Una guerra aséptica en la que los muertos se reducen a una estadística. No sé qué resulta más hiriente.

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(Foto obtenida de Tampabay.com)

No hubo imágenes de cuerpos ni de restos humanos en el 11-S, del que se han cumplido ocho años, más allá de las terribles de televisión de los primeros instantes en las que los más desesperados que se lanzaban al vacío. Tal vez no era necesaria la visión descarnada de las víctimas para comprender la dimensión de la tragedia; tal vez los vivos asustados y los restos de las torres al contraluz fueran suficientes para informar de lo ocurrido.

Muertos con derechos y muertos sin derechos

Esta posición moral de los programadores de desgracias no se aplica en el Tercer Mundo, donde son frecuentes los detalles en el rostro de los genocidios, las hambrunas y los niños rodeados de un enjambre de moscas. ¿No tienen derecho a la intimidad en su pobreza? Tampoco se aplicó a los hijos de Sadam Husein, Uday y Qusai, ni a Abu Musab al Zarqaui. A veces la imagen de un muerto es información: otras, propaganda. ¿Quién decide? ¿El más fuerte?

En las guerras son necesarias las imágenes reales, aunque sean duras, para que sepamos comprender y medir el precio y tomar las mejores decisiones. Una fotografía de un hombre con un agujero en la espalda caído sobre un pasamanos en una calle de Sarajevo, tras el segundo ataque serbobosnio al mercado en agosto de 1995, puso en marcha la respuesta de la OTAN tras tres años y medio de impunidad y vergüenza.

Si no existieran los Emilio Morenatti (en homenaje a tantos) la sociedad civil estaría ciega y muda y los consumidores disfrazados de presuntos ciudadanos podrían llegar a pensar que esos fugaces instantes de tragedia ajena, que a veces se asoman en los informativos de televisión entre anuncio y anuncio, son parte de algún Gran Hermano global.

Creo en las fotografías que respetan a la víctima, sea militar, civil, español, sueco, sierraleonense o afgano. No es necesaria la sangre para violar una intimidad. Muchos lo hacen a diario con los pobres, con los niños, con los sin voz.

El problema de las fotos duras, como la del joven marine es que recuerdan a Vietnam, la guerra que se perdió por el exceso de información. La alternativa no es el silencio, la ocultación, la mentira y la estadística. Las fotos no matan, matan los políticos irresponsables que envían a los suyos a las guerras que se venden como liberadoras cuando en realidad son un negocio privado. Para eso está el fotógrafo, el periodista, el testigo, para evitar la impunidad. Incluso entre nosotros.

Gracias Santiago Lyon.

Estos afganos son geniales

La ofensiva de los señores de la guerra en mi estómago ha terminado. No parece una retirada táctica, sino una derrota médica tras la utilización moderada de armas químicas. El campo de batalla alrededor del fuerte debe estar regado de cadáveres y heridos en un paisaje destruido porque aún noto el decaimiento, la debilidad, los dolores de cabeza y algún que otro mareo. Pasada la emergencia, que duró diez días, con sus noches, me he enterado de que los afganos -que son tan ingeniosos en el uso de las palabras persas como los mozambiqueños con las portuguesas- dan nombre al mal que me aqueja:  yala yala. Es mucho más digno y adecuado que el occidental “diarrea”, que además resulta una ordinariez. Yala yala significa corre, corre (también: venga, venga, date prisa, etc). Preciso, imaginativo e inteligente.

Buen sábado a todos.

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