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Propuestas contra la molicie

Un libro: Se trata de un ejemplar caro, pero merece la pena pagar por él. Sierra Leona. Guerra/Paz (Editorial Blume). Está repleto de extraordinarias fotografías de Gervasio Sánchez, de quien fui durante muchos años pareja de hecho (profesional) y ahora somos unos ex que a veces se comportan como tales. Es el tipo que más recuerda a Robert Capa con una cámara en las manos: cada foto, un puñetazo en la mesa, una declaración, una esperanza. Es difícil elegir una entre tantas imágenes de calidad, pero me quedo con las dos de Marie Koroma. La segunda, en la que da de mamar a su hija, resulta emocionante.

Una película: Recomendaría Los santos inocentes a una buena parte de los jueces del Supremo. Gran película basada en la novela de Miguel Delibes. La dirigió Mario Camús y sirvió, entre otras cosas, para descubrir que Alfredo Landa era un extraordianrio actor que había nacido en el país equivocado. No hay tantos textos de calidad escritos sobre la Guerra Civil y sobre la insoportable grisura posterior. Este de Delibes es, sin duda, de los mejores.

Una canción: Siempre tuve predilección por los que se derrotan en la cima del éxito y después saben resucitar, y este tipo, como Johnny Cash y otros muchos, es de los buenos en el arte del tobogán. I’m I Said es de las más hermosas. Neil Diamond: una de esas voces que forman parte de la memoria colectiva y de la individual, de mi primera juventud, cuando para nosotros sexo era darse un buen beso en la boca. Afortudamente hemos cambiado.

Una sonrisa: Este Forges publicado en El País me parece espectacular. Me gustan estos golpes de ingenio que se separan del rún rún cotidiano y acaban dando en más dianas de las que parece. A menudo lo periférico es el centro.

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Una frase: Es un remake: algo ya contado en este blog, pero en otro contexto y escondido. Creo que merece la pena el rescate. En Mozambique -donde viven grandes inventores cotidianos de palabras como se puede comprobar en las novelas de Mía Couto- existe una respuesta fantástica a la pregunta de ¿cómo estás?. “Menos bien”. Una buena solución entre el falso “bien” y el “mal” que augura una tortura para quien preguntó.

Una reflexión: Nos hubiera venido muy bien un Baltasar Garzón chileno, o de donde fuera, capaz de procesar a la cúpula franquista, la militar y la político-militar. Tal vez un Jack Straw cualquiera los hubiese liberado después sentados en unas teatrales sillas de ruedas por motivos humanitarios, pero al menos ahora estarían en su lugar: en la historia de la vergüenza y no juzgando a las víctimas desde primero de democracia.

Los correctores saben lo que es una cantata

Si a un joven redactor se le preguntara ¿qué es un corrector? seguramente señalaría la herramienta de Windows o la del sistema operativo de su medio.  Recuerdo que muchos niños (no sé si estadounidenses o europeos) respondieron en un estudio sobre conocimientos generales que la leche procedía del tetrabrik, no de la vaca.

En un periódico impreso (y en la web, también ¿por qué no?) el viejo corrector era un tipo que se las sabía todas, desde el lío de las esdrújulas hasta las cuestiones de concepto, como que Carmina Burana de Carl Orff no es una ópera sino una cantata, y ayudaba a que el producto colectivo fuese lo más impoluto posible, que las erratas molestan al lector y generan sensación de descuido.

En el Libro de Estilo de mi periódico se asegura que la errata es responsabilidad de quien la escribe, y es cierto, pero desde que se teclea en el ordenador existen varios controles que deberían eliminarla, y no es Windows el más fiable. El último de todos eran los correctores profesionales que poco a poco fueron fagocitados por otras tareas productivas que los distraen de su especialidad primera. Así salen muchos diarios.

Son numerosos los chascarrillos que corren sobre las erratas. Una de las mejores se refiere a un periodista que a mediados del siglo pasado se empeñó en escribir un texto titulado “En este artículo no hay erratas”, o algo parecido, y que tecleó personalmente en la linotipia tras corregir el borrador decenas de veces. No sé si por envidia, broma, mala follá o pésima suerte al día siguiente salió “En este artículo no hay irratas”. Manolo Saco, amigo y hermano mayor, columnista de Público y miles de cosas más en esta santa profesión (evité escribir oficio por razones obvias) sostiene que en un periódico “las erratas son las últimas en abandonar el barco”.

Ya lo hice en una de las viejas propuestas contra la molicie, pero os recomiendo un libro: Vituperio (y algún elogio) de la errata de José Esteban (Editorial Renacimiento). Arranca con una cita genial de Mark Twain: “Hay que tener cuidado con los libros de salud; podemos morir por culpa de una errata”.

Ayer se prejubiló Alejandro Capelo y días antes Leandro Soto, dos de los grandes correctores que he conocido en mi vida. Sólo quiero que quede constancia en este post de mi profunda admiración y respeto hacia ellos. Ha sido un inmenso honor compartir redacción; su sola presencia me ayudó a crecer.

En un trabajo de individualistas, perdón de especialistas, como el nuestro existen expertos que ayudan a coser una cultura colectiva. Sin cultura colectiva no hay periódico ni sentimiento ni nada.

En esta foto fue tomada a las 0240 de la madrugada del 09-09-09: Capelo atravesando el torno situado junto a la recepción con el último ejemplar que ayudó a crear. Muchas gracias, compañero.

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Garzón, memorias y desaparecidos

La imagen del juez Baltasar Garzón de camino al interrogatorio en el Supremo es el símbolo de que en este país no ha terminado la Guerra Civil, que son guerras que, de alguna forma, no terminan nunca. Se mantienen las causas, sólo cambian las circunstancias para la pelea: antes, guerra; ahora, crispación y mentira.

No pretendo que después de 70 años se juzgue a nadie por aquellos delitos -nadie de derechas, nadie de izquierdas-, sólo deseo que se rescate a los muertos de las cunetas y de las fosas comunes, que se les devuelva el nombre, los apellidos y la dignidad mancillada y se les permita descansar. Negar este derecho iguala aquellas muertes lejanas en el tiempo judicial a los desaparecidos en Latinoamérica: el crimen sería continuo, presente y denunciable ante los tribunales de justicia. ¿Tribunales de justicia? ¿No es parte todo del mismo sucio juego de poder? Hasta los prelados y las oraciones tienen dobleces humanas. Al menos nos queda la gente común, la que no sale en televisión. Muchos de ellos podrían llamarse reconciliación.

Liberado Farrell; muerto Munadi, su intérprete

Un comando de la OTAN ha liberado al periodista británico del The New York Times, Stephen Farrell, secuestrado por elementos insurgentes en Kunduz, al norte de Afganistán. Su intérprete afgano Sultan Munadi resultó muerto. “Farrell explicó que él pudo meterse en una zanja, pero que Munadi murió víctima de las balas y que no sabía si los disparos que le mataron fueron de los soldados o de los talibán”, informaron desde su diario. Durante la operación perdió la vida un soldado inglés y tres afganos, además de Munadi: un talibán, el propietario de la casa y una mujer. Es este tipo de asaltos los SAS británicos no hacen prisioneros.

Se puede seguir la última hora en la BBC en UK reporter freed in Afghan raid, aunque la información de Al Yazeera en inglés es excelente.

Nunca valoraremos suficientemente el trabajo de estos intérpretes, ojos, oídos y voz de su país, y que se le juegan más que los periodistas extranjeros con los que trabajan porque ellos siempre se quedan.

Para reflexionar sobre esta noticia necesitaré más tiempo y datos, pero siempre existen víctimas mediáticas de primera y los demás.


Cuadernos de Kabul: ¿Papel o web?

No sé cómo será el periodista del futuro, si multimedia o desempleado, pero es evidente que todo pasa por Internet, en saber aplicar sus inmensas posibilidades y en acompañar una muy buena edición digital con una excelente edición en papel, sea diaria o no, de mucha tirada o reducida.

En el mundo digital aún estamos deslumbrados con el brillo de la última hora; imaginamos al lector como un adicto enganchado permanentemente al gota a gota de Internet en vez de explotar la profundidad audiovisual, enriquecer la documentación y los links, exprimir la herramienta siempre sin perder los rasgos que hacen reconocible una cabecera, que es la mano que da de comer.

Agosto ha sido un mes apasionante: tuve la oportunidad de viajar a Afganistán para cubrir las elecciones falsas del 20 de agosto. En esta cobertura hemos aprovechado, creo que bien, las posibilidades que ofrece la fusión papel-Internet puesta en marcha en mi periódico. El resultado fueron los Cuadernos de Kabul, una idea inicial de Rosa Jiménez Cano que, sin duda, mejoraremos en el futuro con fotos propias (me tengo que disciplinar) y vídeos.

Es la primera vez que he realizado dos coberturas paralelas para el periódico. La clásica en papel, con los hechos y noticias que están al alcance de todos los enviados especiales y corresponsales, cuyas crónicas se diferencian unas de otras en el enfoque, en la capacidad de cada uno de descubrir ángulos narrativos y personas capaces de aportar voces y conocimientos específicos que ayudan a no equivocarse, a facilitar la transmisión de una información veraz y dar con el contexto del conflicto o del país, que es lo esencial según decía Ryszard Kapuscinski.

La segunda cobertura ha sido a través de los Cuadernos de Kabul publicados sólo en la edición digital de El País, el periódico en el que trabajo desde hace 18 años, y podrían ser muchos más si me hubieran acogido cuando me presenté unos días antes de su salida en mayo de 1976 como candidato a lo que fuera.

Duplicación pero con más libertad

La duplicación ha representado un esfuerzo considerable que redujo mis horas de sueño a una media de cinco diarias. Nunca me arrepentí. Ha sido un placer. He sentido por primera vez en mi carrera profesional una libertad maravillosa al no depender del espacio disponible en el papel, que es uno de los grandes dramas cotidianos de muchos jefes que, hagan lo que hagan con él, siempre se equivocan en opinión de la mayoría de los corresponsales y enviados especiales. Ese espacio limitado genera criterios conservadores en la selección de los temas que terminan por convertir los periódicos en algo aburrido. Sé de lo que hablo: fui (un mal) redactor jefe en El Sol.

Estoy convencido de que el papel sobrevivirá muchos años si recorre el camino inverso al actual que pretente competir con la televisión, entregada en demasiados casos al espectáculo. Nuestro negocio son las palabras y las fotografías, el placer de leer y de contemplar imágenes que informan.

El periódico que sobrevivirá será un producto con un contenido de calidad por el que merezca la pena correr al quiosco y pagar: exclusivas, entrevistas a fondo, grandes reportajes, un El Roto, que siempre ayuda la inteligencia, mucho análisis y opinión informada, no la tertuliana… En ése periódico imaginario textos como Los Cuadernos de Kabul deberían haberse publicado sólo en el papel y el resto de la cobertura diaria, exceptuando los grandes reportajes, sólo en Internet. Dar gratis lo que tienen todos; cobrar por lo singular.

El debate es intenso desde hace tiempo en el mundo anglosajón, donde los problemas son también mayúsculos pese a hacerlo mejor, y bastante menor en España donde aún se confía casi todo en la declaración política, aunque sea institucional. Siempre es más barato publicar un deseo (“La economía empieza a mejorar”) que una información que desmonte una campaña publicitaria.

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