Construimos una sociedad en la que todos debemos opinar lo mismo, vestir de forma similar, ver programas de televisión que son como dos gotas de agua (sucia), ser felices los mismos días y atragantarnos juntos con las malditas uvas.
Acallamos las otras voces por miedo. Algo muy grave en una democracia: “Chsss, no digas eso, que no les va a gustar”. Es como si por encima de todos planeara un ente castigador que escucha hasta lo que no se expresa (y no es Sitel, Mariano). En esto no hay derechas ni izquierdas, el censor individual y colectivo no entiende de ideologías. Los partidos políticos son monolíticos, centros de poder en los que no corre el aire y todo el mundo piensa igual aunque algunos piensen poco. Siguen al líder como un mesías y allí donde él se enfanga se enfanga la militancia. También sucede en los periódicos donde se extiende la gripe A de la uniformidad (primeras páginas iguales, las mismas fotos, los mismos problemas). Una sociedad de pensamiento único dividida en dos bandos cosméticos: los que lo ven claro y los que lo ven oscuro. En lo esencial nadie saca el pie del tiesto.
Un ejemplo: la llamada cuestión vasca. La división drástica entre buenos y malos impide saber algo de la otra parte, de sus motivos, de sus argumentos, de sus sentimientos. No me creo que en el mundo abertzale no existan los grises. No hay reportajes en la llamada prensa nacional sobre las madres de los presos. Tampoco existen en la nacionalista reportajes sobre la gente que debe mirar cada día debajo de su coche. Creo que perdemos algo más que información. No es sólo libertad de expresión lo que está en juego, lo que verdaderamente está en juego es la pluralidad, la diversidad, el derecho fundamental a ser diferentes. Resulta más fácil defender los derechos de una especie animal o vegetal en vías de extinción que los de un pensamiento cercado por la dictadura de la uniformidad.
Nunca entendí a los nacionalismos. Ni los centrales ni los periféricos. No me gustan las banderas (la pirata, la surafricana por el color y poco más) ni los ismos, aunque unos menos que otros. Tampoco me mueve la música militar ni los himnos nacionales (La Marsellesa, pero sólo en la película Casablanca). No creo en la patria ni en las fronteras, uno de los inventos funestos de la humanidad. “Aquí una línea; allí, el otro, el diferente, el enemigo”. Tampoco creo en Dios (en mayúscula como me pide mi madre) ni en minúscula como me sugiere la razón. Creo en algo más importante: en la gente. En todas esas personas que nunca salen en la televisión ni pueblan las letras de los periódicos o suenan en las ondas de la radio, gentes que van y vienen por esta vida cargados de sus miedos y sueños sin molestar a nadie, aparentemente insignificantes pero con una biografía que dejaría boquitonto a cualquiera de los ambiciosos que corren por la vida pensando que lo importante es llegar a algún sitio, cuando el único sitio que les (nos) espera es el cementerio. Sólo es necesario pararse un poco y escuchar, con paciencia y respeto. Escuchar para después contar. Ésa es la esencia del Periodismo, todo lo demás son milongas, ismos, banderas, estupideces que nos están convirtiendo en irrelevantes.
PD Todo lo anterior era para decir que lo justo era 1-1. El Real Madrid fue mejor.
Ha nacido una revista digital de la mano de Alfonso Armada, una garantía de calidad y rareza. Los poetas, y más los gallegos, son así. Esa rareza que lo saca de la insoportable normalidad que nos rodea le ha llevado a construir grandes textos en los periódicos para los que trabajó (El País) y en el que trabaja (ABC) y en sus libros y obras de teatro. Ahora junto a un grupo de gente brillante ha creado Fronterad, un cuidado producto semanal que demandará una despaciosa lectura diaria. Cada viernes refrescarán gran parte de sus contenidos y cada día, el de sus blogs.
No tengo ni idea por dónde se moverá el negocio del periodismo, por eso sólo soy periodista y no negociante ni adivino, pero sí tengo claro que esté donde esté ese futuro el único periodismo interesante es el de calidad. Esta primera entrega está regada de joyas. Me gusta la declaración de Jorge Wagensberg: “Cualquier frontera real es difusa, cualquier frontera inventada es nítida”.
Me agradan los nombres raros de las pestañas: brújula, mientras tanto, acordeón, arpa, universo elegante, sociedad del espectáculo… Me gustan las ilustraciones de Arnal Ballester y el cómic de Keko. Me entusiasma que los textos sean largos, como siempre los peleó Armada.
Ayer recogí las propuestas de estilo de George Orwell que rigen en la revista The Economist. Las de Fronterad declaradas en su Hoja de estilo no las desmerecen.
1. Siempre piensa en el lector.
2. Antes de escribir, piensa.
3. Engancha al lector.
4. No le sueltes.
5. Termina de forma brillante.
6. Cuida la técnica.
7. Cuida la revisión.
8. Estos siete puntos vuelven al inicio: piensa siempre en el lector.
Hay redactores (y algunos jefes) que escriben “El Gobierno ha dado luz verde a la economía sostenible” y se quedan tan panchos. No suenan alarmas ni entran los Geos en tropel para repartir mamporros. Nada de eso sucede. Incluso hay gente que felicita al autor del latiguillo, una de las lacras de la profesión y una muestra de falta de talento (otra lacra). Creo que fue Salvador Dalí quien dijo algo así: “El primero que comparó los pétalos de una rosa con los pechos de una mujer era un poeta, el segundo un plagiador y el tercero un idiota”.
George Orwell, que en el arte de escribir dejó algunas joyas, tiene seis normas que la revista The Economist asume como herramienta de trabajo:
1. Nunca utilice una metáfora, símil u otra figura retórica que esté acostumbrado a leerla impresa.
2. Nunca utilice una palabra larga cuando sirve una corta.
3. Si es posible suprimir una palabra, suprimala.
4. Nunca use el pasivo donde pueda usar la voz activa.
5. Nunca emplee una palabra extranjera, científica o de jerga si puede encontrar una equivalente en su idioma (licencia del traductor; Orwell dice “en inglés”).
6. Rompa cualquiera de estas normas antes de blasfemar contra ellas (otra licencia del traductor).
Después están los clichés, esas palabras que empleamos para todo y que terminan por no decir nada: “Fuentes oficiales aseguran…”. Existe una página web que se llama Kill the Cliche en la que se establece una clasificación diaria de clichés y otra de periodistas autores de clichés. Supongo que alguien con tiempo libre haría maravillas en el periodismo español.
PD A veces también uso cliclés, pero casi nunca latiguillos (espero).
Un libro: Ahora estoy con El Libro de las palabras andantes de Eduardo Galeano, también en editorial siglo XXI. ¡Qué bueno es este hombre! Conocía textos sueltos, pero no había entrado en su obra. Tras El libro de los abrazos, que recomendé la semana pasada, vivo sumergido en este que le sigue. Esta Ventana sobre la llegada es una excelente muestra del tono:
El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado. Recibió una caracola: “Para que aprendas amar el agua”. Abrieron la jaula de un pájaro preso: “Para que aprendas a amar el aire”. Le dieron una flor de malvón: “Para que aprendas a amar la tierra”. Y también le dieron una botellita cerrada. “No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio”.
Una película: Fifty Dead Man Walking, que algún idiota tradujo en España por 50 hombres muertos cuando significa exactamente lo contrario: 50 hombres salvados. Este es un ejemplo más del resultado de decenas de años de doblajes (herencia de la dictadura) y cursos por correo que han generado generaciones de zotes idiomáticos. Quien no ha escuchado las voces originales de actores como Lawrence Oliver o Clark Gable no puede presumir de cine ni de nada. El caso es que la película no me llenó. Se deja ver por la actuación de Jim Sturgess y la extraña de un actor que siempre es excelente: Ben Kingsley. Si no la podéis conseguir en VO no merece la pena. Es de esas películas que se desinflan cuando sales del cine y comienzas a caminar.
Una canción: Me encanta este tipo sobre el escenario. Se llama Jason Mraz y la canción, I’m Yours. Es un recién llegado: en 2005 fue telonero de Alanis Morissette y pasó por el equivalente estadounidense a Operación Triunfo. Grande esta versión, creo que en Corea. Supongo que del Sur, que el norte no está para bromas ni gorgoritos. Es un tipo que destila buen rollo. En Spotify hay unas cuantas canciones para saber más de él.
Una sonrisa: Visto en Público hace unos días. Con todos los ERES, prejubilaciones a los treinta años y despidos la cosa se está poniendo difícil. Los ricos ya no pueden ni salir a la calle. Entre pobres y obras de Gallardón (solo en Madrid; las otras tienen otros culpables). ¡Qué tiempos les ha tocado vivir!
Un inclasificable: “Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos. Por eso, aquel que desprecia al ambiente no es el mismo que por él se alegra o padece. En la vasta colonia de nuestro ser hay gente de muchas especies, pensando y sintiendo de manera diferente”. (Libro del desasosiego. Pessoa) (Enviado por Ana Lorite. Me gustaría nutrir este apartado de vuestras contribuciones).
Una frase: “Tenemos un espléndido pasado por delante”. Galeano.
Una meditación: Callmecat. Este es el sobrenombre de la nueva Alta Representante de la Política Exterior de la UE, la baronesa Catherine Ashton, Lady Ashton. Aunque el título es un regalo más o menos reciente de su partido y no uno heredado de algún antepasado ilustre se dirige a los plebeyos de Bruselas con un cordial: “Call me Cat”. De ahí el mote. No se la conocen grandes méritos para el cargo aunque ser mujer ha ayudado mucho. ¿Debe la paridad o como se llame fomentar este tipo de nombramientos? ¿No había otras mujeres talentosas y con experiencia en diplomacia y relaciones internacionales disponibles? Debe ser que las tres condiciones reducían mucho el especto de la selección: mujer, británica y manejable. Buen fin de semana.