Las dictaduras, y más si son divinas, resultan incompetentes. Marruecos acaba de crear un símbolo de lucha para un pueblo sin tierra y sin héroes, casi sin bandera ni símbolos, despojado de todo, empujado al limbo de la llamada legalidad internacional, ésa que sirve para lo uno y lo contrario siempre y cuando la dicte el vencedor, en aras de los fosfatos y de la Gran Estrategia del Risk que no entiende de personas ni de sentimientos. No soy especialista en el Magreb pero sé que Aminatu Haidar representa algo más que una mujer privada de su pasaporte, expulsada de su país (sea Marruecos para Rabat o RASD para el Frente Polisario) y en huelga de hambre en territorio español sin que las autoridades españolas sepan qué hacer. Nunca se nos ha dado bien pleitear con la diplomacia marroquí, muy afrancesada en sus maneras, retorcimientos y éxitos.
Le toca el caso Haidar a un Gobierno desnortado que logra proyectar confusión en casi todo lo que hace, sean atunes, cooperantes catalanes, leyes insostenibles de economía sostenible o laberintos sobre los derechos de autor. No entiendo mucho de la Gran Política, pero el gesto humanitario de ofrecer a la activista saharaui la nacionalidad española supone no haber comprendido nada de su lucha. No pelea por ella, sino por una causa, y eso, a veces convierte a las personas en inmortales.
Tampoco entiende Maruecos lo que se juega, con un gobierno instalado en el cortoplacismismo, ni un rey incapaz de oler la realidad en la que vive su pueblo porque en palacio nunca huele a pueblo.
Ni entiende mucho el PP, el partido del No, del todo está mal, el partido que mintió en el mayor atentado de la historia de España y que siguió mintiendo cuatro años por estrategia electoral. Es una pena que mujeres como Haidar no se presenten a nuestras elecciones, al menos tendría alguien con altura moral a la que poder votar sin una pinza en la conciencia.
Hay fechas y calles en las que los seres humanos logramos disimular nuestra presunta inteligencia hasta hacerla desaparecer. Madrid, como otras ciudades de este Primer Mundo tan rebosante de sí mismo, se ha convertido en una pasarela en la que no se escucha la palabra crisis. Decenas de miles de consumidores (antes llamados ciudadanos) nos movemos en comandita guiados por señales luminosas situadas en los escaparates que nos atraen y repelen tras pasar por caja. Los semáforos son un excelente punto de observación sociológica. Los peatones que se dirigen a la acera de la derecha chocan en el centro de la calzada con los que desean alcanzar la de la izquierda y por una sucesión de errores inexplicables unos y otros regresan al mismo punto del que partieron. Así transcurre la tarde, en idas y venidas.
Además de las personas-peonza existen personas-ariete que penetran en tropel en los grandes almacenes practicando una ley de Arquímedes capitalista: todo enjambre que se sumerge en una tienda desplaza la misma cantidad de enjambre por otra puerta. Después están los que se emboban siguiendo los movimientos mecánicos de Cortylandia, un sucedáneo de la felicidad animada. Mientras, decenas de policías municipales abren y cierran calles y aparcamientos públicos a capricho, sólo por contribuir al bullicio y a la confusión general.
El centro de Madrid, donde vivo en condiciones de semiclandestinidad durante estas entrañables fiestas, está colapsado de coches y viandantes. Las calles, peatonales o no, están tomadas por la riada humana. Los menos entran en la plaza Mayor a comprar figuritas para el Belén, los más buscan puestos de artículos de broma en los que compran pelucas con trenzas o unos cuernos de alce, la moda de este año. Hay grupos que chillan y otros que cantan (mal) como si en esta época fuera más importante molestar que ser feliz.
San Miguel, que dejó de ser un mercado de barrio para convertirse en una atracción, se puebla de seres que fotografían y hablan en más lenguas que Babel, estorban y no compran casi nada. Esto del capitalismo tiene misterios insoldables. Los del barrio debemos pelear con la ley de Arquímedes para no ser expulsados por otra puerta antes de hacernos con verduras para la cena.
Cuando las familias abandonan Cortylandia y los padres caminan como si hubieran visto desnuda a Marilyn Monroe me doy cuenta de que este país necesita más que economía sostenible, un buen psicoanalista; tras tantos años de dictadura y tanta sotana no andamos bien de la cabeza. Vamos con aires ufanos de nuevos ricos en la cabeza y cuentas de pobres en los bolsillos.
Los niños que viajan en brazos de sus padres me miran con los ojos muy abiertos. Llevo barba gris, gorro de lana negro y una indisimulable protuberancia estomacal. Observan con ojos de pillo, de esos que se deben de ponen cuando se acaba de sorprender al verdadero Papá Noel vestido de civil huyendo de una cohorte de fans-consumistas. Los niños, los más prudentes en medio de tanta imprudencia, sonríen y callan el hallazgo. Ya saben la verdad y no necesitan compartirla. ¿Con quien iban a hacerlo? ¿Con los mayores que creen que Papá Noel y los Reyes Magos son los padres? Feliz Navidad.
Hay personas que nunca se van, a las que la muerte no detiene, sólo transforma; imprescindibles que siguen en primera línea de los valores, el periodismo y la democracia, que son elementos de lo mismo, de un saber estar en la vida y en la ausencia. Hay amigos que cuando se van no dejan un vacío porque en vida desbordaron varias veces lo que se espera de un vida, que supieron dar y escuchar, ser lecciones permanentes de lo que somos y defendemos más allá de nuestras propias circunstancias personales. No hay muchos maestros de periodistas en esta profesión convulsionada por la mediocridad, pero desde ayer, Día de la Constitución española, hay un maestro presente menos, Pedro Altares, y un ejemplo a seguir más. Gracias por todo, Pedro.
Andan revueltos el mundo marino, el analógico y el cibernético con los piratas. Unos ven en unos somalíes más o menos desarrapados subidos en lanchas y armados hasta los dientes la imagen del bucanero del siglo XXI; otros, en unos barcos de pesca equipados con redes de última tecnología y muy pocos escrúpulos que han esquilmado costas y mares y ahora necesitan rebuscar los peces debajo de las piedras. Los hay que otorgarían el calificativo de piratas cum laude a los bancos que cobran comisiones de juzgado de guardia y se protegen en comandita contra las oscilaciones de los tipos de interés con suelos de su propio interés que contravienen la esencia de lo que defienden: la libertad de mercado.
Ahora el problema de quiénes son los piratas se ha trasladado a Internet. Para la ministra-guionista, los piratas son los dueños de las sitios de descargas P2P, los internautas rasos que se bajan música, películas y series de televisión, aunque sea sin ánimo de lucro (¿no había ya sentencias judiciales sobre este asunto?) y los blogueros que toman (aunque sea citando) material de otras web. Para los internautas y para muchos consumidores (y músicos) la piratería podría aplicarse a una industria que se inventó que el vinilo era mucho peor que el cedé y que ha vendido millones de copias de millones de discos en este soporte a precios inflados sobre los costes reales de producción y de pago a los artistas. La ministra-guionista, como los bancos, tampoco cree mucho en los valores que dice defender pues en sus propuestas está la suplantación de la Justicia por una comisión de independientes elegida por su ministerio. En política no existen los independientes, sólo sospechosos aún no ubicados.
Creo en los derechos de autor porque soy, de alguna manera, un presunto autor, y defiendo el derecho de los artistas a obtener ingresos por su trabajo. No creo el gratis total ni en unos medios de comunicación sin recursos ni capacidad de generar ingresos que financien los viajes de sus reporteros y sus salarios. Detesto las webs de presunta información que se lucran del saqueo del ciberespacio sin citar fuente alguna, pero tampoco creo en los periódicos de papel que tienen prácticas muy similares. Creo en el buen periodismo y en los buenos periodistas más allá del soporte, el medio y la financiación de su trabajo.
Estamos dentro de una gran revolución tecnológica y de costumbres y apoyo casi todo lo que se proclama en el manifiesto de los internautas españoles que circula por la Red y que tanta congoja ha producido en un gobierno aconjojado por una oposición que se sube a todos los carros sin pagar billete en ninguno. ¿No es también eso un tipo de piratería?