Para Murakami sólo existe una oportunidad de ser feliz: “La luz brilla durante un limitado y brevísimo espacio de tiempo en el acto de vivir. Quizá sólo unas decenas de segundos. Una vez se ha ido, si has fracasado en el intento de alcanzar la revelación que se te ofrecía, no tienes una segunda oportunidad”, escribe en Crónica del pájaroque da cuerda al mundo. Un viejo maestro, Matías Prats padre, me dijo cuando era un joven aspirante a no sé qué: “La vida es una preparación para saber distinguir la auténtica oportunidad y no dejarla pasar”. Se refería a la profesión periodística.
No soy filósofo ni sabio ni escritor como Murakami pero he aprendido que la vida está inundada de oportunidades de ser feliz. Sólo depende de los ojos con los que uno esté dispuesto a mirar las cosas, de la decisión de no dejarse derrotar (al menos fácilmente) por los contratiempos y calamidades. Parece difícil, pero es el trabajo cotidiano de millones de seres humanos que nacieron pobres y pobres serán toda la vida. Su felicidad no depende del final de una hipoteca, de encontrar aparcamiento en el centro de la ciudad iluminada ni de hacer colas para adquirir lotería de Navidad, que es una forma un poco abusurda de comprar sueños cuando todo el mundo sabe que los mejores sueños son gratis. De todos modos, por si acaso, compraré un décimo.
Vivimos en democracia pero se multiplican los temas tabú en los que el manto de lo políticamente correcto impide la discrepancia y la ironía. La igualdad es uno de ellos. Juan José Ibarretxe, míster Spook para los amigos, es autor de una de las mayores aportaciones a la lengua castellana, lo que tiene coña dada su inclinación nacional: “Los vascos y las vascas”, frase que se ha popularizado hasta el infinito multiplicándose en variedades inimaginables hasta el genial miembros y miembras de la ministra Aido. No necesito excusarme y decir que odio el machismo en todas sus manifestaciones, incluso cuando se da entre algunas feministas, y que lo considero parte de un esquema de poder autoritario, de un orden y mando que detesto, pero este artículo de Arturo Pérez Reverte, tiene mucha gracia:
Vigo. O sea, Galicia. España. Estado moderno –dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas–. Democracia constitucional con supuestos derechos y libertades de cada cual. En mi casa mando yo, resumiendo. Y mi amigo Manolo, que es un ingenuo y se lo cree, necesita cubrir un puesto de auditor. Es una oferta seria y bien remunerada. Así que publica un anuncio en la prensa local: «Se necesita auditor para empresa solvente». Y empieza el circo.
La cosa se encarna en inspectora de Trabajo y Asuntos Sociales, con todas sus letras. Hola, buenas, dice la pava. ¿Cómo es que solicitan ustedes un auditor, y no un auditor o una auditora? Mi amigo, que es hombre culto, conoce las normas de la Real Academia en particular y de la lengua española en general, y no trinca de la corrección política ni de la gilipollez pública, como otros, argumenta que auditor es masculino genérico, y que su uso con carácter neutro engloba el masculino y el femenino desde Cervantes a Vargas Llosa, más o menos. No añade, porque es chico educado y tampoco quiere broncas, que no es asunto suyo, ni de su empresa, que una pandilla de feminazis oportunistas, crecidas por el silencio de los borregos, la ignorancia nacional y la complicidad de una clase política prevaricadora y analfabeta, necesite justificar su negocio de subvenciones e influencias elevando la estupidez a la categoría de norma, y violentando a su conveniencia la lógica natural de un idioma que, aparte de ellas, hablan cuatrocientos millones de personas en todo el mundo. Olvidando, de paso, que la norma no se impone por decreto, sino que son el uso y la sabiduría de la propia lengua hablada y escrita los que crean esa norma; y que las academias, diccionarios, gramáticas y ortografías se limitan a registrar el hecho lingüístico, a fijarlo y a limpiarlo para su común conocimiento y mayor eficacia. Porque no es que, como afirman algunos tontos, las academias sean lentas y vayan detrás de la lengua de la calle. Es que su misión es precisamente ésa: ir detrás, recogiendo la ropa tirada por el suelo, haciendo inventario de ésta y ordenando los armarios.
En una entrevista publicada en el suplemento literario Babelia, la escritora y premio Nobel polaca Wislawa Szymborska, responde a la pregunta del periodista de si la política está destrozando el lenguaje regalándonos una joya. “Siempre lo ha destrozado. El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para expresar pensamientos. Pero a algunos políticos no intentaría yo convencerlos de que fueran sinceros: podría darse el caso de que no hubiese nada que ocultar”.
El periodismo de declaraciones no sólo copia frases vacías, falsas y eslóganes publicitarios, copia también los ocultamientos. Nos convertirnos así en cómplices de lo contrario de la esencia de este oficio: luz y taquígrafos.
El mundo de los famosos -gentes especializadas en no hacer nada de mérito (lo que es un arte)- alimenta las revistas del corazón cuyo negocio se basa en divulgar vaciedades. Se juega con la ilusión de lo inalcanzable para saciar los deseos de muchos. La llamada prensa seria se alimenta en cada vez más de unos políticos que viven de decir que hacen y cuya única función es inundar los periódicos y las televisiones sin importar el precio y la compostura. Pesan más los más famosos en el arte del bla bla bla, nunca los más capaces. Cada vez existe menos diferencia entre las revistas del corazón y el periodismo del dijo, afirmó y aseguró. Tachemos cada información declarativa de un diario escogido al azar y tendremos la visión exacta de la geografía de lo que sobra en un periodismo que prefiere informar de cifras en lugar de personas que sufren, sueñan, luchan y a veces vencen. No es Internet lo que nos mata, nos mata una cierta prepotencia típica de la mediocridad y de los que tienen miedo a lo desconocido, cuando en lo desconocido se esconde la aventura, que es la esencia de la vida.
Uno se pone corbata, hipoteca su vida a cambio de una casa que apenas pisa porque trabaja doce horas para pagarla, se rodea de niños que no entiende, comparte su vida con una mujer que pasados unos años no conoce y se encarama en el púlpito de lo que sea a predicar los valores de la madurez, estableciendo junto a otros como él lo que es bueno y malo. Todo lo que se mueve fuera de ese canon de normalidad gris es locura, estupidez o, peor, peligroso izquierdismo, antiglobalización. En este proceso de renuncias nos dejamos en el camino derechos fundamentales, a soñar, a ser feliz y a la individualidad. Los cambiamos por pesadillas, infiernos y la seguridad aparente del maldito rebaño.
A veces en medio de esta molicie insoportable nos topamos con historias que nos despiertan, historias de padecimiento y superación que nos llegan del Tercer Mundo, donde la pobreza no es una excusa para perder la dignidad. Seguro que el documental de Raúl Gallego Abellán y Marc Martínez Sarrado es una de ellas. Se llama The incredible story of Peng Phan y demuestra que esto del periodismo no está nada muerto, sólo en las manos equivocadas.
Hay músicas para llorar en la intimidad, músicas para duplicar la alegría, músicas para hablar con los muertos, músicas para aprender a dejar de estar inútilmente en espera de los vivos y músicas para levantarse y salir a la vida luchar. Esta es una de ellas, pertenece al musical de Los Miserables basado en la obra de Víctor Hugo. Pienso en Verdi y en Nabucco y en su importancia política en la Italia en construcción que le tocó vivir. Pienso en los cantautores españoles y latinoamericanos que inventaron palabras y notas para que nadie olvide y renuncie a soñar a cambio de una hipoteca, una corbata o un cargo, o como dijo un amigo, a cambio de un plato de lentejas recalentadas.
Cortar y pegar es más barato que contrastar. Los periodistas hemos asumido que la persona que ofrece una rueda de prensa es un tipo honesto que dice la verdad. Este tipo de escenificaciones son, por lo general, un ejercicio de ocultamiento. Los grandes medios anglosajones mandan periodistas pero rara vez informan de lo que allí se dice excepto en casos excepcionales. Las preguntas de sus enviados son casi siempre aceradas, directas y bien informadas.
En España descendimos un peldaño. De la rueda de prensa pasamos a la comparecencia: un tipo (casi siempre menor) con ínfulas sube al estrado, lee un papel preparado por sus asesores, pagados como él a cargo de los impuestos de todos, y no acepta preguntas. La declaración institucional debería ser un privilegio del Jefe de Estado (rey) que carece de poder ejecutivo y del presidente del Gobierno en casos gravísimos como el 11-M. Negarse a responder sobre sus actuaciones y sustituir esa obligación por un acto de propaganda resulta un desprecio a la ciudadanía y un desconocimiento de las bases de la democracia. Parece que responder preguntas es rebajarse, declarar es algo reservado a los grandes. Lo malo es cuando tipos como Francisco Camps se creen grandes.
Hubo un acuerdo entre los directores de los principales periódicos de no informar de comparecencias. Aún no se cumple. Los periodistas deberían levantarse y dar la espalda al impostor, a quien elegido por los ciudadanos (es un decir: fue su partido que le colocó bien alto en la lista para que deba favores) se niega a dar cuenta de sus actos. Al menos debería ser obligatorio informar de que el político o funcionario en cuestión se negó a responder, que su declaración no es espontánea sino una repetición de algo cocinado entre bastidores.
Las malas prácticas periodísticas se acumulan. La mayoría de ellas no son nuevas, siempre existieron, aunque se han extendido como un virus empujadas por la televisión de los informativos basura. La principal renuncia es a contrastar la información. Ese principio sagrado de no publicar nada mientras no se esté convencido de su certeza. La segunda renuncia es a dudar de los poderes públicos y de los privados. De ahí la norma de las dos o tres fuentes. De haber seguido estas normas, el diario ABC no hubiese condenado en primer página a un inocente adjudicándole la mirada de un asesino, un error al alcance de la inmensa mayoría de los medios de comunicación actuales, cada vez más inclinados al linchamiento en prime time que a informar de forma honesta a sus audiencias.
Estamos sustituyendo los lectores-radio-televidentes por los feligreses que sólo desean que les alimenten la ideología y los prejuicios. El problema es mutuo, de los periodistas y de los lectores actíticos.