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Cuba, cuando disentir es un delito que mata

No me gustan las dictaduras ni los imperios ni los países que van por el mundo como machitos con pistola. Tampoco me gustan los que explotan a otros, los que roban, esclavizan inmigrantes y practican la discriminación y la xenofobia. Hoy quiero escribir de los primeros, de un país que la izquierda democrática idealizó en los años sesenta y que tenía iconos muy atractivos como Ernesto Che Guevara. Había motivos para esa admiración en un mundo sumido en una Guerra Fría en la que se congelaron los sueños y unos cuantos valores hasta que una rebelión paulatina y global comenzó a despertarlos: los dos Kennedy y Martin Luther King en Estados Unidos; la Primavera de Praga, el Mayo francés y las guerrillas latinoamericanas que luchaban contra dictaduras, terratenientes sin escrúpulos y unas multinacionales que ponían y quitaban presidentes.

Las revoluciones son necesarias y hermosas pero duran tan poco como las burbujas del cava. Unas semanas después, pasada la euforia, se empiezan a copiar uno a uno los defectos del derrocado. Cuba es un ejemplo de lo efímero que es la lucha por la justicia y la libertad. Una vez alcanzado el poder cambian las personas y a veces el decorados, nunca las reglas. No quiero sacar esos primeros años de su contexto histórico ni juzgar a personajes mitológicos como el Che con ojos actuales. Sería injusto. Pero sí quiero juzgar por lo veo ahora y no me gusta: una dictadura exhausta, corrupta, encerrada, sin ideas e incapaz de ser valiente y generosa con los que disienten y con la población que los padece desde hace tantos años. No es síntoma de fortaleza mostrarse fuerte. Sucedió en la España de Franco con Puig Antich y Heinz Ches, primero, y con los cinco ejecutados en septiembre de 1975, después.

No conocí a Orlando Zapata. No sé qué piensa ni de qué disiente, sólo sé que la opinión no es un delito y que su muerte me afecta, me disminuye y me subleva. Tampoco conozco a Guillermo Fariñas, pero ya lo siento uno de los míos por el simple hecho de que no es de los suyos.

Enrique Meneses, gran conocedor de los hermanos Castro y de Cuba, pues estuvo con ellos en Sierra Maestra antes de tomaran el poder, escribió un texto estupendo y clarificador en su blog. Cuando un maestro como él escribe, los alumnos como yo, copian y callan:

No consigo evitar la comparación de vuestra historia inicial, la tuya, la de Raúl y la de tantos otros, con la de los que disienten en la Cuba de hoy. Un incruento golpe de Estado de Batista, en 1952, te empujó a alzarte en armas contra el dictador que violentaba la Constitución. El 26 de julio de 1953, era domingo y doscientos hombres bajo tu mando se disponían a asaltar el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba aprovechando que buen número de soldados andaban bebidos por las fiestas del apóstol, patrón de Santiago de Cuba. Hubo muertes por ambos lados y el asalto terminó en un fracaso. Los supervivientes quedaron en manos de Batista. En el juicio proclamaste que “la Historia te absolvería”.  Ahora, existen serias dudas.

El ataque a un cuartel, por parte de dos centenares de civiles,  con soldados muertos, fue un bombazo en medio del indolente Caribe. Es lo que buscabas para atraer la atención sobre la usurpación del poder y el atentado a las libertades por parte del ex-sargento, Fulgencio Batista Zaldívar. Te defendiste tu mismo como abogado y la intervención de Monseñor Pérez Serantes, Arzobispo de Santiago, que te había bautizado, te salvó la vida. Tuviste un juez imparcial, Manuel Urrutia Lleo, que nombrarías Presidente de la República en enero de 1958.

Orlando Zapata Tamayo, de 42 años, murió tras 86 días de ayuno en protesta por el trato que se da en la prisión de Kilo 8 de Camagüey a los presos de conciencia, muchos de los cuales cayeron en las redadas de 2003 y que, como en el caso de Orlando, sumaban hasta 25 años de cárcel por expresar opiniones diferentes de las del régimen. Recuerdo que en 1953, los supervivientes fuisteis encarcelados en Isla de Pinos donde no pasasteis más de 19 meses tu y unos cuantos más de tus compañeros del Moncada. Hay que recordar que produjisteis muertes entre los soldados. Vuestras condiciones de vida en el penal no fueron tan malas cuando creaste la Academia Abel Santamarí en la que, como único profesor, adiestrabas a los hombres llamados a seguirte al exilio mexicano en Mayo 1955.

Más en Fidel, la Historia no te absolverá.

Emociones, vida y música

Vivo en un mundo en el que las emociones están mal vistas. Gobierna el macho, no importa su sexo. Se nos educa en la culpabilidad, el miedo y la represión, da igual qué religión: eso no se dice, eso no se come, eso no se toca. En la religión del dinero se vitorea a los que amasan fortunas sin que nadie pregunte por su origen. Se llama empresarios a la segunda generación de mafiosos, especuladores y contrabandistas. Sucedió en España tras la Guerra Civil; ocurre ahora en Rusia y en la Serbia post Milosevic.

La victoria, sea en el campo de batalla o en los negocios, determina quién y cómo se escribe la historia.

Circula por España estos días un libro de Mario Conde, el héroe de la beautiful people y las carreteras secundarias. Es un texto de desmemorias que nadie cuestiona. El periodismo sigue renunciando a varias de sus esencias: la crítica, la hemeroteca y el control. España se ha convertido en un país de parroquianos que acuden al kiosco a refrendar sus prejuicios (Alfonso Armada dixit) y, en parte, somos culpables los periodistas.

Pero escribía sobre emociones, no sobre su ausencia. Las emociones son síntomas inteligentes de que debajo de la coraza, el personaje o la mascara existe vida. A veces sucede delante de un cuadro: las líneas y colores que dibujó el pintor, esas expresiones magistrales que sólo consiguen los genios como Caravaggio, se duplican dentro del que mira y de alguna manera le zarandean y desnudan. Me gusta sentirme así, minúsculo ante la belleza absoluta.

También ocurre en el amor, cuando entre dos personas brota la sorpresa, el descontrol y un tipo de locura cálida que es otra forma de saber que estamos vivos. Me gusta esta canción, Caruso, de Lucio Dalla. Pese a su melancolía es como si abriera una ventana y oliera el mar.

11-M, división y desmemoria

Pasó otro 11-M con las víctimas divididas, separadas por un abismo de rencores y desencuentros creados desde fuera que ni la muerte sirve para unir. Seis años del peor atentado de la historia de España y seis de la Gran Mentira por cuyos rescoldos aún caminan, eso sí con más disimulo y tiento, los manipuladores, los oportunistas y los idiotas, que de todo hay en periodismo y política. Cuando observo la fotografía de Mariano Rajoy, tan fuera de sitio ayer en el Congreso, me estallan en la memoria sus declaraciones y las de otros prohombres y mujeres de su partido en aquellos días y en los cuatro años que siguieron defendiendo lo indefendible hasta que dejó de ser rentable.

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Me cuesta pensar que este tipo, a quien tan bien retrata Peridis en sus viñetas del santo vago Job, pueda ganar unas elecciones sin antes pedir públicamente perdón a las víctimas y a los españoles en general por faltarles el respeto. ¿Perdón? No sucederá; en política no hay autocrítica ni pensamiento, sólo maquillaje, autobombo y utilización.

Ayer me acordé también de otros muertos y de las decenas de heridas que este país aún no sabido cerrar. Son una prueba de nuestra cobardía y escasa generosidad. Faltan líderes  valientes y valores. Falta una sociedad civil que decida recuperar la ciudadanía y ejercer el verdadero control de la política, el de cada día.

Este mes se cumplen 68 años de la muerte del poeta Miguel Hernández. He encontrado esta joya, la versión de Vientos del pueblo de Manuel Gerena:

Propuestas contra la molicie

Un libro: Tengo bastantes defectos; unos son educacionales (sobreviví a tres colegios católicos) y los más son adquiridos con gran dedicación por mi parte. Uno de ellos es que soy un lector ocasional de poesía. Hace años descubrí (inducido; ya diré por quién, que más adelante recomendaré sus libros) a Vicente Núñez. Su libro Mío Amor es una joya.

El ser no es sustancia, es relación
Soy más que el que arrastro conmigo
Conseguí perder lo que jamás tuve: cabeza
Soy quien fui cuando encontré lo que no sería

Una película: Me gustan los perdedores. Vi Avatar en 3D y en Versión Original. Me gustó. Salí entretenido de la sala de cine, que es una de las funciones de la industria cinemográfica. Era mi primera película en 3D y se me notó durante el trailer de Alicia en el país de las maravillas: aparté la cabeza creyendo que algo me iba a golpear. Lo hice con cierta elegancia, casi disimuladamente. Creo que nadie se dio cuenta de que era un paleto en ese tipo de tecnología. Avatar me gustó porque sus efectos especiales son excelentes. Es cierto que la historia es un pastelito ya contado, pero qué más da. Hay trazos de Irak, de la Amazonía, de cierta crítica política edulcorada… Nada con demasiada intención, sólo un cóctel para tener éxito, lo que es legítimo. Es una película que se ve mejor sin prejuicios pero como película es mucho mejor la de su mujer. Enhorabuena a la Academia.

Un link: Otro fotógrafo que deberíamos conocer. Se llama Carlos Abella.

Una canción: Esta version de Ghost Of Tom Joad la canta Brunce Springsteen en el salón de su casa de New Jersey. Vía El Descodificador. Me gusta este tipo en sus canciones, en su actitud ante la vida y la política.

Una sonrisa: El Roto, como casi siempre. Recuerdo un día durante una discusión con mi padre, algo frecuente, que él me espetó: “¡Cuántos muertos en el nombre de la libertad!”. Respondí: “¡Muchos menos que en el nombre de Dios!”. No sé por qué me ha venido este diálogo a la memoria al ver esta viñeta de Andrés Rábago.

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Una frase: “Sólo encontrarás lo que buscas, cuando dejes de buscar”. Budismo Zen que me llega vía Alejandra Herren y Rubén Silva.

Un inclasificable: Una amiga queridísima me envía un poema maravilloso, pero me gusta casi tanto su presentación como lo que se sigue. Es una pena que ame y viva en el anonimato porque merecería más reconocimiento del que tiene. Éste, al menos, es el mío:

Estos días de desolación, después de tanto terremoto y destrucción física y moral, minas perdidas que matan a civiles, niños que lloran, vueltas y más vueltas sobre las guerras justas, sobre las armas de destrucción masiva, iraníes, iraquíes o de dónde sean, y más y más desolación, me acordé de un poema que leí hace mucho tiempo y que me conmovió profundamente. El poema se llama Cero y lo escribió uno de nuestros mejores poetas, Pedro Salinas, sí, ése que quería vivir en los pronombres (qué hermosura… quién pudiera). Es un poema inmenso, en extensión y en profundidad, motivado por el horror de la destrucción de la bomba atómica, pero sirve para cualquier bomba de cualquier guerra.

Te mando los primeros versos pero te recomiendo la lectura completa.

CERO

Invitación al llanto. Esto es un llanto,
ojos, sin fin, llorando,
escombrera adelante, por las ruinas
de innumerables días.
Ruinas que esparce un cero —autor de nadas,
obra del hombre—, un cero, cuando estalla.
Cayó ciega. La soltó,
la soltaron, a seis mil
metros de altura, a las cuatro.
¿Hay ojos que le distingan
a la Tierra sus primores
desde tan alto?
¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas,
que se tejen, se destejen,
mariposas, hombres, tigres,
amándose y desamándose?
No. Geometría. Abstractos
colores sin habitantes,
embuste liso de atlas.
Cientos de dedos del viento
una tras otra pasaban
las hojas
—márgenes de nubes blancas—
de las tierras de la Tierra,
vuelta cuaderno de mapas.
Y a un mapa distante, ¿quién
le tiene lástima? Lástima
de una pompa de jabón
irisada, que se quiebra;
o en la arena de la playa
un crujido, un caracol
roto
sin querer, con la pisada. (…)

Una reflexión: Todos parecemos desubicados buscando, consciente o inconsciente, lo mismo, o casi, sea en el trabajo o en el terreno personal. Esta sociedad, que se basa en la organización, está cada vez más desorganizada. Me gusta sentarme en un banco en la calle e imaginar encuentros entre personas que se cruzan sin mirar, sin saludar, sin sonreír. Detrás de cada máscara, una sorpresa que se pierde.

Saber qué contar antes de escribir

Antes de empezar a escribir el reportero debe saber lo esencial: qué desea contar. Se llama intención. Facilita la estructura que es la ordenación del ritmo narrativo: las descripciones, las personas y los datos. Sin ritmo todo es soporífero. Nadie paga por aburrirse leyendo un periódico. Me decía un fotógrafo en Puerto Príncipe que los mejores reporteros (gráficos o literarios) tienen detrás los mejores jefes, editores que saben respetar el trabajo ajeno y que saben guiar al reportero que se repite en los temas o se agota ante el dolor extremo. No son buenos directores de orquesta los que envidian al violinista.

Somos periodistas, no escritores, y debemos informar, no exhibirnos, lo que no impide escribir bien. Para mí la mejor escritura es la que está viva, la que es capaz de transmitir las emociones de los Otros, no la que acumula palabras rebuscadas. A veces la información se esconde en una estadística o en unos hechos contrastados; otras, en personas que desde su pequeño universo explican otro mucho más amplio. El periodismo anglosajón, que es el que me gusta (madre inglesa, ya se sabe), enseña que siempre debe haber personas que cuentan en toda crónica y más en el reportaje. The Wall Street Journal lo demuestra incluso en sus informaciones económicas.

Me fascinan las descripciones cuando están al servicio de otro de los objetivos: meter al lector en el centro del reportaje, permitir que se sienta testigo de lo que sucede. Larry Colins da una receta: color, olor y sabor. Sin esos ingredientes no hay periodista en la calle.

Si queremos que el lector pague por leer periódicos, sea en papel o en la web, necesitamos merecer que nos compren. Un tipo como El Roto vale más del precio que se pide por un ejemplar. Desde esta semana, en El País empezamos una aventura maravillosa en busca de esa excelencia en todos los soportes con la unificación efectiva de la redacción de siempre con la digital. Nadie tiene una receta mágica, pero tenemos lo esencial: buenos periodistas y ganas. No esperen milagros porque aún estamos aprendiendo.

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