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Propuestas contra la molicie

Un libro: Ya escribí en esta sección sobre Italo Calvino, que está entre mis escritores favoritos. Uno de sus libros, El barón rampante (Siruela), sigue siendo de gran actualidad en este mundo terrenal tan poco dado a las aventuras. Es la historia de un niño llamado Cosimo Piovasco que un buen día se subió a un árbol y se negó a bajar de él dispuesto a vivir una vida aérea el resto de su vida. Es un texto, como la mayoría de los de Calvino, repleto de metáforas. Hay tantas que cada lector puede escoger una convencido de haber descubierto la más original.

Una película: En los Oscar triunfó En tierra hostil, un excelente visión de la guerra desde los ojos de una mujer. Hay muchos grandes filmes de guerra que se pueden recuperar, bien en una videoteca o compradas que las tiendas de alquiler de vídeos han muerto o están en ello. Hace al menos de tres años Guillermo Altares dio una lista en El País de las 16 mejores. Me gusta especialmente Senderos de Gloria, una de las películas antibélicas más demoledoras que he visto en mi vida junto a Johnny cogió su fusil.

Un link: Dentro de Fronterasd, una revista digital imprescindible, Crónicas del Imperio de Máximo Necio. Geniales.

Una canción: Escribió Carles Soler en un comentario a otro post: “Opino que escuchar el Exile On Main Street es casi pecado, que el pie de Santa Teresa en el Éxtasis de la capilla Cornaro es lo más sensual de la Historia del Arte y que en la Capilla Contarelli hay Maravillas. Lo de Caravaggio más que vida fue huracán”. Empecemos por lo más sencillo: los Rolling Stones y Loving Cup que pertenece al álbum que recomienda Carles. ¡Qué manera de meterse en el cuerpo toneladas de optimismo! Esta versión es un ensayo en estudio: errores y frescura.

Una sonrisa: No niego el derecho a la réplica de los ex presidentes, incluso de los presidentes-Pinocho. No me escandalizó el gesto de Aznar, al que suponía mejor educado tras su paso por el Colegio de El Pilar de Madrid. Me molestó casi más el coro teatralizado de los escandalizados. ¡Libertad de expresión incluso para los que no creen en ella! Parece que todo hombre lleva un censor dentro; los de izquierdas, también. Esta respuesta resulta más inteligente y divertida que rasgarse las vestiduras. No debemos olvidar que por encima de prejuicios y manías defendemos valores:

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Una frase: “La verdad, en un principio, no es nada más que lo que certifica un testigo fiable”, de Horace Engdahl. La encontré en un artículo interesante de Garton Ash titulado La polémica creatividad de Kapuscinski.

Un inclasificable: Una amiga me ha descubierto la existencia de Raúl Barbolla. Entro en su blog Y si nos quitan lo bailao? y miro una y otra vez sus viñetas y me pregunto cuál es el estúpido mecanismo que permite que tipos así, con este talento, pasen desapercibidos. Me gustan su estilo y su mala leche. Me encanta la gente capaz de tocar los huevos, de dar un puñetazo en la mesa, agitar conciencias…

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Una reflexión: La deshumanización de los lugares en los que vivimos no depende tanto de ellos como de las personas que los habitan. Hemos perdido sentido crítico, y es grave, pero lo es más el perder la imaginación. Es la única que tiene la llave para salir la monotonía. Me gusta Italo Calvino (insisto hoy) y más su libro Las ciudades invisibles (Siruela). Esta Esmeraldina es muy adecuada para reforzar la reflexión de hoy. Calvino escribe: “Cada habitante se permite cada día el placer de un nuevo itinerario para ir a los mismos lugares. En Esmeraldina las vidas más rutinarias y tranquilas transcurren sin repetirse”. Hermoso. Feliz puente o fin de semana.

Cementerios y lápidas

Un hombre llega a un pueblo y antes de entrar en él curiosea en el cementerio situado en las afueras. Recorre las lápidas y nichos en busca de la memoria colectiva. En una lee un nombre y una fecha: Fulano del tal, una semana. En la siguiente, otros apellidos y un número: tres días. Mas allá, un mes; dos, tres… Un año. En un rincón alejado, siete años. El más viejo de los muertos. El hombre, conmovido por la tragedia que allí se vivía, entró en el pueblo decidido a averiguar la razón por la que la gente moría tan joven. Pero en esa aldea no vio nada extraordinario: hombres y mujeres ancianos de paseo; otros de edad madura, en sus quehaceres y jóvenes y niños, jugando en el parque. El hombre se acercó a unos de los ancianos: “He estado en el cementerio y comprobado que aquí la esperanza de vida es breve pero después no he visto nada extraordinario, parece un pueblo como cualquier otro con personas de todas las edades. No entiendo qué es lo que sucede”. El anciano levantó la vista del periódico, sonrió y dijo: “Es que aquí sólo contamos los días felices”. (Cuento sufí)

Angel from Montgomery de Bonnie Raitt (vía K., amiga que crece en la poesía).

Las batallas que nunca se libran

Hay canciones que son un himno a la derrota, no a cualquier derrota. A menudo pierden los que más arriesgan; otras, los que huyen y se esconden, los que no se atreven. No me gusta la guerra, pero hay algo en la plasticidad del heroísmo loco, casi inconsciente, que atrajo a los intelectuales europeos (Ludwig Wittgenstein entre otros) en la Gran Guerra, que me conmueve. La vida es, después de todo, una colección de batallas perdidas, de amores, esperanzas y ambiciones esfumadas. No me importan las derrotas, su tamaño, número y gravedad de las heridas sino la valentía con la que la persona evita cada renuncia. Ya he escrito de esto: no atreverse es una forma de morir prematuramente. Respiramos miedo, comemos miedo y soñamos miedo. Lo que más miedo me da es no saber perder el miedo al miedo. Me gusta este Love in Vain de los Rolling Stones. No sabe a sal, pero no todo va ser ventana abierta y paisaje de mar para conseguir que las ilusiones naveguen muy lejos.

Un pésimo periodismo deportivo

No hay periodismo deportivo en España sino hooliganismo. Existen excepciones, y muy buenas. La sección de Deportes de El País, por ejemplo, es una de las mejor escritas del periódico desde su fundación. Ese gusto por el idioma nace en Julián García Candau y le sigue toda una pléyade de excelentes redactores jefes y redactores. Tambien me gustan los comentaristas de Canal Plus, incluso Robinson aunque a veces sea tan guiri.

Necesito que el tipo que retransmite relate de forma más o menos imparcial lo que ve (también en los partidos de la selección, que los vítores los pone el espectador) y que sus analistas desmiguen con inteligencia lo que no se ve o expliquen lo que se ve. La retransmisión de la primera carrera de Fórmula Uno en la Sexta por parte del inefable Lobato, afortunadamente no es de la misma camada que la mía, fue un nuevo ejemplo de desinformación, vulgaridad y estupidez. Él no retransmite Formula Uno, su trabajo es ser palmero de “Magic Alonso”, un piloto excepcional que debería quitarse de encima este tipo de personajes que provocan manía a todo lo que alaban. En las motos es peor: TVE sólo informa de los pilotos españoles en un peloteo constante. Nadie parecer saber de neumáticos ni de mecánicas ni se informa de las velocidades de paso en curva o por sectores. Todo es mamoneo de unos comentaristas que parecen un árbol de navidad repleto de anuncios. ¿No les paga suficiente TVE? Es una idea, la del hombre-anuncio, que podría extenderse a los tertulianos.

En el fútbol no mejora la cosa. El objetivo de los diarios de Madrid y Barcelona es vender ilusión y, por lo tanto, periódicos. No buscan la verdad sino la agitación permanente. Echo de menos un periódico nacional serio, ecuánime y responsable. Es el sueño de Enric González. Sus Historias del calcio son un ejemplo de que se puede. Soy del Real Madrid (ahora en la semi cladestinidad por razones obvias) y no me gustan las crónicas que mienten, manipulan o endulzan. Me gusta que me cuenten lo que no veo o lo que no sé. Por eso me agradan las crónicas de Santi Segurola aunque escriba en Marca. Hay periodistas a los que no los puede estropear ni un mal periódico. ¿Qué hace su director opinando de todo cuando apenas sabe de nada? ¿Es el mismo de la claqué entusiasta de la piscina de Pedro Jota en Mallorca? Hay gente que sólo sirve para dar palmas cerca de su dueño, eso sí, sin ritmo que es el compás de la inteligencia.

Calles con trenes que pasan

Hay tardes que no dan para calentar a todos. Unos caminan sonrientes, agarrados de la mano, besándose o con la sonrisa ladeada; otros, cabizbajos y la mirada perdida entre los baldosines. Es fácil saber a quién le luce el sol y a quién le llueve. Me gusta la calle Arenal porque los domingos se puebla de estatuas humanas y músicos. Tiene aire de museo libre. Pese a las apariencias y las notas de Mozart en el ambiente flota una ligera tristeza turinesa, la ciudad de los suicidas. La mayoría de los peatones no se da cuenta, para ellos una calle es una vía de escape. Se mueven deprisa como si llegar antes a alguna parte fuese importante en un día de fiesta. Los derrotados en alguna batalla, laboral o amorosa, los que tratan de olvidar, son los más valientes, los que se acercan a la estatua y entregan unas monedas para ser testigos de un instante mágico de vida.

La gente de domingo sale de paseo con sus chaquetas y pantalones llamativos y desfilan contorneándose como si estuvieran en una pasarela. Son los soleados; los otros, los que llevan nube gris sobre la cabeza carecen de color, son personas en blanco y negro, extras de otro siglo. La calle Arenal es un escaparate del estado de ánimo de Madrid.

Cerca de la iglesia de San Ginés toca un violinista. Junto a él, un hombre representa la estatua de un minero con candil, pico y pala. Los turistas toman fotos pero no depositan dinero en el bote salvavidas. Escucho al violinista e imagino una estación de ferrocarril de pueblo. En ella hay un hombre en un banco de madera y una maleta llena de esperanzas entre las piernas. Parece otro actor que representa el papel de la ilusión. Se escucha el pitido del tren y el ruido del traqueteo de las ruedas sobre las traviesas. El hombre se levanta para subirse al vagón asignado pero el tren pasa de largo. El hombre lo sigue con la mirada y regresa al asiento para esperar el siguiente. Nadie se atreve a decirle que era el último. No se esperan más trenes en esa vieja estación de pueblo. Es el progreso y llega el lunes.

The Jayhawks: Waiting for the Sun

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