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El fútbol, más que un juego

Como nos enseñaron la cultura en módulos estancos -en los que nunca había conexión entre Literatura y Música, por ejemplo, y en Historia jamás se llegaba al siglo XX ni se detenía en Asia-, no sabemos leer la realidad sin muros y etiquetas. Por eso cuando vemos un partido de fútbol sólo somos capaces, por lo general, de ver un partido de fútbol: una pelota que rueda con mucha gente que corre más o menos ordenada a su alrededor.

Este Mundial es un ejemplo de todo esto. Los cronistas aseguran que el juego es plano, simple y aburrido. Si observas sólo el movimiento de la pelota es así, pero hay otras lecturas más políticas y sociales.

La selección orgullo de la multiculturalidad se estrella a la primera de cambios entre motines y expulsiones. Francia ha sido el paradigma de lo que sucede cuando una crisis se instala en el grupo. Lo que en la victoria se veía como expresión de grandeur -y a la gente de color (negro) y a los hijos o nietos de Argelia como atributos de orgullo y tolerancia-, en la derrota y en la escasez se empiezan a catalogar de elementos sospechosos. Son los Otros, que no cumplen bien el papel de blancos de pata negra (con perdón).

Cuando un sistema fraudulento se encalla, las bolsas se desploman y los millones de todos (los demás) se esfuman en los bolsillos de unos pocos, empezamos a ver al inmigrante que construyó nuestras casas desde un andamio sin derechos -y, en los casos más afortunados, con un contrato basura- como un ladrón de puestos de trabajo, un diferente que atenta contra nuestra cultura superior.

Es posible que todo esto sea una exageración y el problema de la selección bleue es más simple: era mala y peor dirigida por un tipo antipático que se cree el mejor del mundo. Pasa en todos los ámbitos, siempre hay alguien que se exagera ante el espejo. Ésa es la función real de los espejos: devolver lo que queremos ver sin comentarios.

Italia perdió con italianidad. Supongo que la ley mordaza que se ha inventado Silvio Berlusconi para que nadie escriba o hable de sus tejemanejes o los de sus amiguitos sirve también para la azzurra. No sé si la calamitosa actuación de la selección es un reflejo exacto del calamitoso estado ético del país que más me gusta en su conjunto después, claro, de Sierra Leona, pero lo peor son las declaraciones de Fabio Cannavaro, que habla de un periodo negro de 25 años.

Y Sarkozy, con la que está cayendo, de charleta con Henry. ¡Otro que le enseñaron la vida por módulos! Ahora tocan dos: cortina de humo y oportunismo.

Medvéded, el iPad y la maldita tecnología

Estar a la última y presumir de ello en el cambiante y vertiginoso mundo digital tiene un problema: es imposible. No has terminado de salir de la tienda y presumir ante los amigotes de tu juguete cuando algún envidioso te informa de que has descendido de categorí­a, de que ya no eres el último grito sino el penúltimo, pues en los minutos que transcurrieron hasta tu llegada a casa o al trabajo ha salido a la venta una versión 2.0 que ridiculiza las prestaciones de la tuya, reduce su peso y recorta el precio.

Sucede con ordenadores, aparatos de televisión, teléfonos (solo los móviles), grabadoras, cámaras de fotos y vídeo y, cómo no, con las tabletas. Nunca con los productos prehistóricos, como un buen par de zapatos pasado de moda. El objetivo de la tecnología es humillar al devoto. Así es el mercado, cambiante y sin sentimientos.

Soy una víctima tecnológica, lo admito, y más aún de los brillantes productos de Steve Jobs, esos que tanto detesta mi redactora jefa rival favorita. Pero con el iPad voy a esperar todo lo que pueda porque tengo una razón de peso: no lo necesito. Es una razón de peso transitorio porque en realidad no necesito casi nada de lo que tengo. Lo esencial, llegada la emergencia y la obligación de la huida, cabe en un taxi (de los pequeños).

No me dio tiempo colgar esta entrada antes de que al bueno de Dimitri Medvédev le colocaran, por este orden, un iPod4 y una hamburguesa all american, ambos con microchip de seguimiento, en uno de los restaurantes de moda en Washington (y ahora más de moda). En venganza, el ruso debería llevar a Obama a comer un steak tartar en Moscú, pero con mucho picante como los célebres del hotel Moskwa de Belgrado. ¡Qué tiempos!

El creador de esta delicia (The Oatmeal) tiene un precedente genial con el iPhone.

McChryslal por Jon Stewart

Este segmento de The Daily Show de Jon Stewart sobre la caída del general McChrystal es muy ocurrente y da en la diana de esta profesión a menudo tan autocomplaciente:

The Daily Show With Jon Stewart Mon – Thurs 11p / 10c
McChrystal’s Balls – Honorable Discharge
www.thedailyshow.com
Daily Show Full Episodes Political Humor Tea Party

Cambio de generales, no de política

En las guerras actuales contra enemigos que no se disfrazan de enemigos, como Irak y Afganistán, la victoria depende sobre todo de la percepción de la gente que las padece. Si esas personas creen que la estás perdiendo lo más probable es que las pierdas del todo.

El principal éxito del general David Petraeus en Irak fue atreverse a pensar a contracorriente, algo insólito, más en estructuras tan rígidas como la castrense. A los jefes, y sobre todo si son presidentes de EEUU, les gusta escuchar lo que desean oír. A nadie, con galones o sin ellos, le agrada recibir malas noticias. Eso genera un ambiente de ficción peligroso, que es en el que estamos, sea en Asia Central o en la crisis económica.

Petraeus entendió que en Irak había dos insurgencias. Supo aprovecharse de sus diferencias. Había muchos grises detrás de la campaña internacional contra el terrorismo. Una de esas insurgencias era nacional y estaba compuesta por baazistas y militares del régimen de Sadam Husein que luchaban contra la invasión con los medios a su alcance. La segunda, más peligrosa, era extranjera. Su cabeza visible, Abu Musab al Zarqaui, murió en Baquba en junio de 2006 en un ataque estadounidense dirigido por el hoy defenestrado McChrystal.

Petraeus se aprovechó de la hartura de las tribus suníes de la provincia de Al Anbar. Criticaban a  los radicales los atentados indiscriminados en los que morían civiles. También hubo asuntos de honor cuando algunos de los yihadistas exigían casarse con las hijas de los jefes tribales.

El general se apoyó en un incipiente movimiento llamado El despertar (luego transformado en los Hijos de Irak); armó y pagó a las tribus y a los insurgentes suníes para que lucharan contra el movimiento de Al Qaeda en Irak. Muchos de esos milicianos habían matado soldados estadounidenses. Prevaleció la inteligencia al corazón.

Al ser nombrado máximo jefe militar en Irak, en enero de 2007, el experto en contrainsurgencia llamado Petraeus logró un significativo aumento de tropas (George Bush le envió 30.000) para  concentrarlos en Bagdad, donde quería dar la batalla. Su plan era asegurar la capital, evitar los grandes atentados, vencer la guerra mediática y de propaganda y ganar así la percepción del pueblo iraquí. La gente le creyó y la situación dio un giro.

No se puede proclamar todavía el célebre misión cumplida de Bush, siete años prematuro cuando lo dijo en mayo de 2003, porque, pese a las mejoras evidentes, el partido aún no ha terminado. Afirmar que Petraeus ganó la guerra de Irak es un error porque el ganador es Irán, el gran beneficiado estratégico de las torpezas estadounidenses en la zona. Petraeus solo evitó que EEUU la perdiera. Otra vez las percepciones: qué es victoria qué derrota.

La salida del general Stanley McChrystal del cargo de máximo jefe militar en Afganistán no representará grandes cambios porque la estrategia esencial en Afganistán es la de Petraeus, que a finales de 2009 compró Barack Obama. Petraeus era el jefe de McChrystal y ahora se ve obligado a dejar su puesto de jefe del Comando Central, con más lustre jerárquico pero menos gloria militar, y volver al campo de batalla.

Tras el asunto McChrystak el presidente de EEUU necesitaba un As en la manga para no perder la percepción de sus aliados y de los afganos, incluidos los talibanes. El As parece ser Petraeus que ahora se halla en una situación óptima para sacarle a Obama más concesiones. Pero hay una cuestión de fondo que conviene tener presente: Petraeus no es el As milagroso que todos proclaman, es solo la última carta en una guerra perdida desde 2007.

Veremos si sigue siendo capaz de pensar a contracorriente, de cambiar la estrategia y rumbo de la guerra. El problema es que Afganistán no es Irak, no hay tribus suníes que comprar, sólo hay talibanes, señores de la guerra y un gobierno impopular, incapaz y corrupto.  

No me gustan los generales que se creen más listos que el poder civil, al que en democracia se deben. Hay bastantes casos de militares brillantes con la boca demasiado grande: George Patton, Douglas McArthur. Lo que más me ha gustado de McChrystal en estas horas ha sido su compostura en la caída: no disparó contra el mensajero ni negó lo publicado en la revista Rolling Stone. Es algo muy calvinista y anglosajón: admitir cuando uno se equivoca y pagar las consecuencias.

Aquí, en España, somos de otra manera: la culpa es siempre del otro.

Un país de burkas y pasamontañas

No sé con cuántas personas cubiertas con un burka se han cruzado en la calle. De repente, la defensa del derecho de estas mujeres, que al parecer están invadiendo España, se ha convertido en un debate nacional. Surgen cada día ayuntamientos deseos de un buen titular o una entradilla en el telediario que aprueban normas  express que, solo por disimular, meten en el mismo saco a los pasamontañas y motoristas con casco (sólo integral, supongo), a los que también niegan la entrada en las dependencias municipales.

No sé con cuántos terroristas disfrazados de terroristas o motoristas con complejo de feos se han cruzado en las escaleras de sus ayuntamientos como para que personas presuntamente estudiadas y pagadas con los impuestos de todos se dediquen a agitar sentimientos que una vez removidos pueden resultar peligrosos. Más aún en tiempos de crisis económica.

No tengo noticia de ningún legislador que le haya dado por rescatar a las monjas de sus hábitos discriminatorios o si estas mujeres, vocacionales en muchos casos, entran en alguna categoría delictiva, pero todo de andará en este descreimiento general (por culpa de Zetapeta, off course). Me sorprende tanto empeño de sus excelencias, vuecencias y todo esa parafernalia de tratamientos un poco subidos que se dan los que solo deberían ser delegados de la soberanía popular.

Me sorprende el eco que encuentra todo esto en unos medios de comunicación que confunden burka (en la foto de wocentsworth), niqab, chador, abaya e hiyab. El burka es una prenda que sólo se da en Afganistán y algunas zonas de Pakistán. Muchas se lo colocan voluntariamente. Lo mandan la tradición y las costumbres. Democracia es tener opciones, poder elegir. Pero allá estamos metidos en una guerra por la liberación de unas mujeres a las que solo prestamos atención cuando toca rodar un anuncio de democracia para el informativo de máxima audiencia.

El burka es una consecuencia, no la causa. El problema son la pobreza y la ignorania, que la tradición prime sobre la ley. Pero esto es demasiado complejo y no rinde votos.

He visto niqabs en Londres. Muchos pertenecen a mujeres saudíes o de los países del golfo Pérsico, nuestros amigotes que nos venden petróleo y compran armas. Buena gente. En Madrid me he cruzado con variantes del niqab, pero contaría sus apariciones con los dedos de una mano. Supongo que en los ayuntamientos que han empezado a ocuparse del asunto, el niqab es un problema masivo: miles de mujeres paseando con él al atardecer.

Tengo dudas en este debate. Me gustaría leer más opiniones.

No me gustan el burka ni el niqab. Ya he escrito que en aquí no hay invisibles ni mujeres sin rostro. Por otro lado está la libertad individual. Creo que debería desarrollarse un debate sereno y no politizado, sin oportunismos ni verborreas fascistoides. Es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los populistas. La UE debería buscar una posición común.

Si fuésemos un verdadero Estado laico, como Francia, prohibiría todos los signos religiosos, discriminatorios y excluyentes en los colegios. La educación es lo único que tiene una mujer, sea cual sea su raza, cultura o religión, para aprender a elegir.

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