El caso es conocido. La cadena de televisión estadounidense CNN despidió el 7 de julio a una de sus corresponsales en Oriente Próximo, Octavia Nasr, cristiana maronita, por un tweet en el que escribía sus respetos hacia el Gran Ayatolá Mohammed Hussein Fadlalla, recientemente fallecido. Fadlalla fue líder espiritual de Hezbolá aunque desde hace años estaba distanciado del grupo. Para EEUU e Israel se trataba de un terrorista, no de una figura religiosa. En un lugar tan complejo como Oriente Próximo los adjetivos son armas de destrucción masiva.
Este caso le sirve a Thomas Friedman, ex corresponsal en Jerusalén y columnista del The New York Times, para preguntarse Can We Talk? ¿Podemos hablar?
Guillermo Altares, amigo y compañero de periódico, colgó esta frase en su muro feisbukniano:
“What signal are we sending young people? Trim your sails, be politically correct, don’t say anything that will get you flamed by one constituency or another. And if you ever want a job in government, national journalism or as president of Harvard, play it safe and don’t take any intellectual chances that might offend someone. In the age of Google, when everything you say is forever searchable, the future belongs to those who leave no footprints”.
Siempre ha sido así: estructuras en las que se progresa si el aspirante no opina u opina conforme a lo que desea la estructura. A los mandos les gusta la obediencia democrática, que es un sí más suave que el “sí, señor, señor” cualtelero. Ahora, con la llegada del mundo digital, las huellas de un pensamiento erróneo pueden colarse por rendijas twitteras, feisbukienses, youtúbicas o vaya usted a saber y quedar googleadas para siempre.
Un suspiro a destiempo en tu casa puede ser grabado por el chip de la televisión LED de última tecnología y enviado al Centro Nacional de Suspiros para que evalúe de inmediato el grado de amenaza. Aun no existe el Gran Hermano advertido por Orwell pero por si llega nos estamos preparando y en la preparación, creándolo. Es la reación tipica: ante cualquier duda hay que adelantarse a los deseos de la estructura conforme a los deseos conocidos. Esto genera inmovilidad. Al jefe inteligente termina por gustarle este tipo de adulación anticipatoria. Debería ser la señal de que ha dejado de ser inteligente.
Nadie opina diferente, nadie piensa diferente, nadie siente diferente. Así, de la estructura solo brota mediocridad y de la mediocridad no se pueden esperar decisiones audaces, imaginativas. Sucede en Afganistán, donde el pensamiento único no funciona contra la realidad y no hay generales con ideas frescas; sucede en la crisis económica en la que lo audaz sería meter en la cárcel a los sinvergüenzas, no entregarles más dinero para delinquir, y sucede en el Periodismo, inmerso en un cambio de modelo de negocio.
También es es un texto conocido, que ha circulado por La Red, pero recomiendo la lectura y relectura de esta entrevista de Pedro de Alzaga con David Simon, creador de The Wire y ex periodista del The Baltimore Sun. La titula con unas comillas: “La gente que lleva los periódicos ya no respeta su propio producto”. Se podrían sacar miles de frases, ideas, perlas. Me gusta esta para situarnos un poco:
Yo dejé The Baltimore Sun con otros reporteros en la tercera ronda de recortes de este periódico, en 1995, antes de que la Red supusiera una amenaza. A alguien en Wall Street se le ocurrió que podía hacerse más dinero publicando periódicos malos que publicando periódicos buenos, así que recortaron costes, redujeron la redacción y cubrieron menos asuntos para tener más beneficios. E hicieron esto en casi todos los periódicos del país, salvo tal vez en The New York Times y en The Washington Post. Cuando llegó la Red, los periódicos estaban tan destripados que no pudieron ni protestar y empezaron a regalar su producto, lo que supuso un error terrible.