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Tengo unas gafas que me cambian la voz

Estoy cansado. Tres post intensos sobre la independencia de Kosovo en Aguas internacionales, el blog estrenado el lunes en la web de El País. Sobreproducción obrera. Me gusta. Tengo a la blogosfera proserbia en pie de guerra. Algunos nostálgicos de la ficción de Milosevic. Luego vendrá la cubana y la israelí. Buena señal, todos con el hacha. Cuando estoy muy cansado me pongo unas gafas de sol de ciego. Con ellas me siento invisible. Así era mi difunto gato Claudio: si no veo no me ven. Estas gafas son herederas de otras similares que se reemplazan desde hace años. Me gustan con montura pequeña, casi quevediana. Mi amiga Maribel sostiene que me quedan fatal, pero a cierta edad uno no se fija en detalles menores cuando lo que falla es la totalidad.

Las gafas que me hacen invisible tienen un defecto, tal vez de fabricación: destiñen y me cambian la voz. Cuando hablo por teléfono tengo la voz dormida de mi otro yo, o quizá de mi otro aquel. Tengo miedo de dejar de ser lo que soy justo ahora que me acostumbraba. Busco en los espejos respuestas pero los espejos de mi casa son mudos, como Rajoy, callan en espera de que cualquier cosa le de la razón.

Hoy he escrito mucho de Kosovo. Pristina es un lugar feo y sucio, pero creo en la justicia poética de los perdedores. Ahora solo me queda esperar a que me toque algún día.

Tiovivos con (mucho) vodka

Esta noche, tras el séptimo vodka, vi la vida encaramada en un tiovivo. La feria daba vueltas y vueltas a cámara lenta. Los pasajeros podían subirse y bajarse de un salto de la plataforma sin apenas esfuerzo y una vez en ella, por alguna desviación educacional, se peleaban por encaramarse a los caballitos de ojos azules. Los afortunados, los triunfadores, saludaban al público que les vitoreaba pese a ir vestidos con un traje príncipe de Wall Street y corbata a juego. Yo, con mis siete vodkas en la mochila, deshojaba una margarita junto a un pino cortado. Un vagabundo se sentó a mi lado y dijo: “Hay gente que por mucho que se empeñe no sabrá nunca nadar en una bañera”. Hablamos de náufragos y mares repletos de acordeones que cantan canciones de fantasmas durante la noche. Los jinetes se sucedían en un tiovivo decrépito mientras que nosotros, sin movernos del banco de madera, viajábamos por mundos piratas en busca de una brizna de felicidad.

Era madrugada profunda. Se apagaron las luces, el cerebro y los vodkas que no me dejaron de subir al tiovivo. A mi lado yacía un muerto en espera del amanecer. Apenas habló, sólo murmullos. Cuando el viento escampó la letanía se hizo presente. El muerto decía: “Voy a volar hacia el cielo”. Era noche nublada con huelga de celo de los ángeles controladores. No había estrellas ni barcas de Caronte, sólo migas de Pulgarcito que nadie quería perseguir.

Me despedí del muerto que cantaba y me tumbé en la calle. Una señora repintada me preguntó desde la acera: “¿Se puede saber que diablos hace?”. Tras suspirar mucho, respondí: “Espero a los mares interiores para no ahogarme nunca más”.

Impuestos, personajes y escritores

Las normas de Hacienda son inflexibles. No entienden de vericuetos creativos y de lo rebelde y pesado que puede llegar a ser un personaje que obliga al fabulador a extenderse en la aventura creativa en dos o más años fiscales. No hay inspector que acepte un reparto proporcional de los ingresos de una novela durante los años que tardó en pensarse, escribirse y publicarse.

Comprendo a unos funcionarios embarrados en números, deducciones, ivas, venías y casillas que exigen una equis, como si las equis pudieran representar una respuesta inteligente a un problema. No he escrito muchos libros y los pocos que terminé se vendieron regular pese al esfuerzo de editores y amigos. No me hice rico en ninguno de los casos pero la Hacienda Pública, tan optimista ella, me trató con la deferencia de un best seller.

Lo que resulta incomprensible es cuando las leyes, que buscan ser justas, no lo son y la maquinaria de lo injusto avanza en un proceso kafkiano que nadie puede ni sabe parar. Me enseñaron en Primero de Derecho que las leyes tenían sentido común. No recuerdo los detalles de tamaña exageración porque solo fui un trimestre, hasta que me aburrí.

Sentido común es no pagar dos veces por lo mismo.

A José Saramago se le exige judicialmente el pago de unos impuestos que pagó durante toda su vida en Portugal, su lugar de nacimiento y de residencia parcial. Según Hacienda, el Nobel dejó de pagar en España, su lugar de adopción y residencia parcial. ¿Son acaso Portugal y España miembros de la UE, un espacio común? En este caso, y me consta que hay muchos más, deberían pleitear entre los Estados para dilucidar qué parte de esos impuestos les corresponde a cada uno. ¿No debería haber sentencias marco que eviten este abuso de ley?

El/la funcionari@ que puso en marcha la inspección descubrió el engaño gracias a Los Cuadernos de Lanzarote. Eran la gran prueba: el portugués de Alentejo era en realidad un conejero disfrazado.

Lo grave de este caso no es tanto el funcionario perseguidor sino la pésima información publicada por Canarias7. Solo desde la ignorancia supina, o la mala fe, se entiende el titular de la primera página: Saramago no pagaba a Hacienda. Dentro, la misma línea imprecisa: Saramago dejó de pagar a Hacienda 717.000 euros, información que se prolonga en una segunda página.

El diario Expansión es mucho más profesional: recoge la esencia del problema y la versión de las dos partes.

Supongo que es una casualidad que esta sentencia de la Audiencia Nacional se haga pública ahora, tan cerca de la fecha de la muerte del escritor, pero no sé qué asociación diabólica de ideas me he acordado de L’Observatore Romano.

Seguridad inteligente, dígame

El domingo vi un agujero negro. Cuando me acerqué se escuchó un ronquido. Los que transitamos por desiertos sabemos que no hay que preocuparse, es solo una soledad que se queja. Me puse a ordenar cartas, nada de letras de amor, sólo restas de banco. Entre una pila de dos meses descubrí un aviso de Correos. Era de mediados de mayo. A mano se escribía un remitente de susto: juzgado número dos de instrucción. Un mar pasó por la garganta de camino a otro desfiladero. Llamé a un amigo abogado que se recarga las venas de Asturias. Para tranquilizarme dijo: “Es un asunto penal, ¿has atropellado a alguien?”.

Dormí mal. No es que me viera en la cárcel, pero no daba con un solo motivo por el que tan ilustres señores o señoras tuvieran necesidad de mi. No voy a declarar aquí la lista de sospechas para no dar ideas a otros juzgados.

En la mala noche encontré el arranque de una novela que anhelo. Estaba allí, caído en el suelo, entre dos dunas que sonreían. Me llevé la idea al ordenador y allí está palpitando en espera de que lleguen las vacaciones para ensancharse.

Esta mañana fui a la Plaza de Castilla. En la puerta, policías de distintos cuerpos y tamaños hacían corrillos de lunes. Alguno fumaba. De los uniformes sobresalían las esposas. Una me guiñó el ojo de su cerradura.

El operario de la seguridad de acceso no era policía, sino una subcontrata privada con un más que posible sueldo basura. El tipo me hizo sacar el ordenador, los cables y el MP3. Pasé la mochila por el ojo de dios tres veces. El hombre-esmerado hallaba nuevos motivos electrónicos para blandir su autoridad: unas pilas, un aparato para escuchar que no uso porque hace tiempo prefiero no oír. También saqué las gafas por si en algún manual de instrucciones eran de destrucción masiva. Hasta cinco veces pasé la mochila por la boca del ojo de dios. El experto decidió quedarse con un adaptador de un enchufe americano. No me atreví a preguntar por las razones. Tenía miedo de que fueran de peso y no entraran bien en la mochila.

Subí al juzgado de instrucción numero dos dispuesto a confesar lo que fuera. Una amable funcionaria arregló todo en un santiamén. Era solo el sobreseimiento de una denuncia que puse a primeros de mayo cuando en un presunto restaurante japonés me duplicaron la VISA para solaz de un desconocido en Johannesburgo. Espero que al menos se alegrase con el golazo de Iniesta.

PD Hoy me ha nacido un segundo blog. Vive en las tripas del  El País y se llama Aguas Internacionales. Espero que os guste.

Pensamiento único, mediocridad asegurada

El caso es conocido. La cadena de televisión estadounidense CNN despidió el 7 de julio a una de sus corresponsales en Oriente Próximo, Octavia Nasr, cristiana maronita, por un tweet en el que escribía sus respetos hacia el Gran Ayatolá Mohammed Hussein Fadlalla, recientemente fallecido. Fadlalla fue líder espiritual de Hezbolá aunque desde hace años estaba distanciado del grupo. Para EEUU e Israel se trataba de un terrorista, no de una figura religiosa. En un lugar tan complejo como Oriente Próximo los adjetivos son armas de destrucción masiva.

Este caso le sirve a Thomas Friedman, ex corresponsal en Jerusalén y columnista del The New York Times, para preguntarse Can We Talk? ¿Podemos hablar?

Guillermo Altares, amigo y compañero de periódico, colgó esta frase en su muro feisbukniano:

“What signal are we sending young people? Trim your sails, be politically correct, don’t say anything that will get you flamed by one constituency or another. And if you ever want a job in government, national journalism or as president of Harvard, play it safe and don’t take any intellectual chances that might offend someone. In the age of Google, when everything you say is forever searchable, the future belongs to those who leave no footprints”.

Siempre ha sido así: estructuras en las que se progresa si el aspirante no opina u opina conforme a lo que desea la estructura. A los mandos les gusta la obediencia democrática, que es un sí más suave que el “sí, señor, señor” cualtelero. Ahora, con la llegada del mundo digital, las huellas de un pensamiento erróneo pueden colarse por rendijas twitteras, feisbukienses, youtúbicas o vaya usted a saber y quedar googleadas para siempre.

Un suspiro a destiempo en tu casa puede ser grabado por el chip de la televisión LED de última tecnología y enviado al Centro Nacional de Suspiros para que evalúe de inmediato el grado de amenaza. Aun no existe el Gran Hermano advertido por Orwell pero por si llega nos estamos preparando y en la preparación, creándolo. Es la reación tipica: ante cualquier duda hay que adelantarse a los deseos de la estructura conforme a los deseos conocidos. Esto genera inmovilidad. Al jefe inteligente termina por gustarle este tipo de adulación anticipatoria. Debería ser la señal de que ha dejado de ser inteligente.

Nadie opina diferente, nadie piensa diferente, nadie siente diferente. Así, de la estructura solo brota mediocridad y de la mediocridad no se pueden esperar decisiones audaces, imaginativas. Sucede en Afganistán, donde el pensamiento único no funciona contra la realidad y no hay generales con ideas frescas; sucede en la crisis económica en la que lo audaz sería meter en la cárcel a los sinvergüenzas, no entregarles más dinero para delinquir, y sucede en el Periodismo, inmerso en un cambio de modelo de negocio.

También es es un texto conocido, que ha circulado por La Red, pero recomiendo la lectura y relectura de esta entrevista de Pedro de Alzaga con David Simon, creador de The Wire y ex periodista del The Baltimore Sun. La titula con unas comillas: “La gente que lleva los periódicos ya no respeta su propio producto”. Se podrían sacar miles de frases, ideas, perlas. Me gusta esta para situarnos un poco:

Yo dejé The Baltimore Sun con otros reporteros en la tercera ronda de recortes de este periódico, en 1995, antes de que la Red supusiera una amenaza. A alguien en Wall Street se le ocurrió que podía hacerse más dinero publicando periódicos malos que publicando periódicos buenos, así que recortaron costes, redujeron la redacción y cubrieron menos asuntos para tener más beneficios. E hicieron esto en casi todos los periódicos del país, salvo tal vez en The New York Times y en The Washington Post. Cuando llegó la Red, los periódicos estaban tan destripados que no pudieron ni protestar y empezaron a regalar su producto, lo que supuso un error terrible.

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