Regresó Toñi, la persona que desde hace más de 10 años me socorre en mi casa. Es un trabajo desigual en equipo: yo ensucio, ella limpia; yo arrugo, ella plancha. La ausencia de Toñi es uno de los símbolos externos de mi verano, de mi provisionalidad, del desorden en el que a veces me hundo. Llega Toñi de su veraneo y todas las piezas de mi vida encajan. Hasta la cabeza me funciona como si fuera normal y me desparecen los baches de tristeza a los tengo querencia. La casa huele a limpio, a campo, a infancia inglesa. Afuera, otoñea. Incluso hace frío. Hay personas-ancla y personas-llave. Toñi es de las primeras.
Me encontré esta noche mi casa en estado de excitación. Sospeché un exceso en las mezclas. ¿Demasiado Ajax Pino? Mi casa, la muy tonta, cantaba canciones con las letras equivocadas. A Calle Melancolía de Joaquín Sabina le puso letra de Vuelvo a Granada de Miguel Ríos. Tengo varias máscaras africanas en la pared y en el suelo. Una que compré en Zimbabue parece la de un difunto con barba: ojos cerrados, sonrisa sardónica. Yo digo que no, que está vivo, disimulando, pensando o sesteando. No es una opinión compartida. Esta noche cuando la casa hacía tantas tonterías por la sobredosis de Ajax, la máscara del muerto se bajó de su pedestal y se puso a declamar poemas Zen en japonés. Después se murió de verdad. Como San Felipe de Neri, que se murió por etapas.
Cuando he visto a Mariano Rajoy abrazado a una estatua que dicen que representa al Apóstol Santiago he comprendido a Lutero y toda la Reforma protestante. Mucho peor ha sido cuando el líder de la oposición y candidato a gobernar este país se ha puesto a hablarle al santo policromado en voz alta y a ofrecerle cosas estrambóticas. Ente nosotros, prefiero a la gente que charla sola por la calle, la que cree en la reencarnación, como el personaje de la madre en la última película de Woody Allen, la que se masturba delante de un cojín al que llama cariño o la que está convencida de que el mundo se acaba en 2012 porque lo dijeron los mayas que no supieron predecir su propio fin como imperio.
Rajoy tiene una ventaja sobre Zapatero: es sincero. Su cuerpo no engaña. Cada vez que miente o dice chorradas se le abren los ojos como platos o parpadea como un madelman electrocutado. En la foto del Apóstol era una mezcla de ambos. Zetapeta en cambio te lia con esos ojos de no haber roto un plato, dice esto o lo contrario, te sube la pensión y te la baja con ese tono de majete que deja pocas ganas de aguarle la fiesta. No sé quien gobernará tras las elecciones, pero yo ya me he sacado un billete a la Luna.
Los libros esenciales no pueden ser nombrados en voz alta. Hay intimidades que se desvelan sin palabras, solo con una mirada. Un libro no es el título que el escritor o una editorial persuasiva escogió, un libro es una historia compartida que empieza en el día que de su compra. Los libros que modifican a los lectores no se eligen, te eligen. Entras en una librería (solo sucede en las buenas; yo soy fiel a Méndez, en la calle Mayor) y el libro te chista si hay mucha gente o te guiña una vocal si el silencio es comprometedor. Ya en casa, abro el libro, lo huelo, y al leerlo lo subrayo. Un libro subrayado deja de pertenecer a quien lo inventó o escribió y pasa a ser un poco del lector que lo llena de su propia vida. Las obras maestras son aquellos textos capaces de multiplicarse en miles de lectores durante un tiempo indefinido, más allá de la moda y las promociones.
Este fin de semana, mientras dormía, llegó un hada y se puso a ordenar mis libros esenciales trasladados estab semana al dormitorio. La vi en sueños. Dije: “¿Qué haces, no te gusta mi orden?”. El hada me explicó que mi desorden era impropio de alquien que se cree inteligente. “Esto es un desastre”. Dijo que cierto libro cargado de difuntos no podía estar tumbado ni soportar encima el peso de otros porque enterraría a los muertos. Tampoco uno de un cubano magistral podía estar junto al de mi italiano favorito. Le dejé hacer porque incluso en sueños el soñador más estúpido sabe que las hadas no se aparecen a cualquiera. Antes de despertar quedé con el hada para ordenar otro día unas fotos que tengo en un pasillo y los otros libros, los del salón, que están pie de guerra ante la afrenta de no ser los esenciales. Toda la casa, menos el dormitorio con los libros ordenados, parece amotinada. Antes no me hablaba, ahora no se calla.