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Desayunando con vacas

Llevo varios días desayunando All Bran con el 27% de fibra. Tuve que comprar unas pasas, no ya para alegrar la vista y mejorar el sabor, sino como parte de una estrategia para ahuyentar a las dos vacas que me persiguieron desde el supermercado y desde entonces viven en el salón de mi casa en espera de que llegue el momento supremo de disputarme el pienso, porque el All Bran es pienso. Lo como porque al parecer adelgaza. Es parte de mi régimen para quedarme como una sílfide en dos etapas. Tantos kilos para diciembre, otros tantos para abril. En verano se podrá fregar ropa en la tripa que se me va a quedar.

Mi dietista es una niña de diez años que tiene más cerebro que muchos de esos sacacuartos que pululan por ahí con pociones mágicas para su bolsillo. La niña me ha dicho que desayune eso con un taza de café y yo y las dos vacas obedecemos al instante. Hoy comí ligero, pollo a la plancha y un poco de ensalada, nada de alcohol, y de cena un melocotón y acelgas. La vaca madre cuyo nombre no recuerdo ha presentado una queja formal por mi dieta y en un descuido se ha comido seis paquetes de un All Bran de tente en pie con papel incluido.

Soy feliz con mis vacas en medio del salón y con mi báscula, esta sí que sabe, que me reconoce día a día una pérdida. Me miro al espejo (respirando) y veo delgado, menos tripa, rostro con tendencia (lenta) a la angulosidad. Pero ésta no es una idea muy extendida. El otro día, sin ir más lejos, mi madre después de haberla convidado a comer coquinas y emperador no tuvo mejor ocurrencia que decirme: “¡Vaya tripón que tienes!”. Las madres, siempre tan de sinceras.

La noche blanca en la ciudad ruidosa

La noche blanca llenó Madrid de gentes. Salí a dar un paseo entrada la noche después de luchar con la novela y releer un libro por trabajo. Caminé casi una hora por la plaza de Oriente, Gran Ví­a, Montera, Sol y la calle Mayor antes de regresar a casa, a la cueva, al refugio. Me crucé con cientos, quizá miles, de personas. No conocía a nadie, nadie me conocía. Fue un paseo espectral en medio del jolgorio. Era un invisible, sentí soledad, la que existe en una ciudad presumida y presuntuosa de millones de seres que no miran. Había niños que gritaban sobre un columpio y pandillas de jóvenes que vociferaban sin motivo aparente. Todos parecían de farra, menos las putas de Montera que iban de romería. La oscuridad confunde disfraces, quita máscaras.

Cansado de una noche blanca sin mucho talento escénico, evité como pude los restos de basura en dirección a mi calle. Al doblar la última esquina me encontré con una niña de ojos muy azules que me llamó. Preguntó si era amigo de Cinderella. Le respondí que sí, muy amigo, aunque hacía tiempo que no la veía. La niña movió la cabeza a los lados, como si desaprobara mi discurso. “No me dices la verdad. Sé que eres uno de ellos porque estás iluminado por dentro”. “No es una iluminación, solo una sonrisa muy grande de felicidad”, respondí. La niña me exigió detalles de mi afirmación que no le di por pudor. Desde la acera de enfrente, otra niña me lanzaba dardos y exclamaba: “Mentira, no tienes luz, solo es una cerilla que se apagará pronto; no es felicidad, es una ilusión”. No me gustó el tono ni su pesimismo, como si mi desgracia le pudiera beneficiar. Entonces me desabroché la camisa y le enseñé un ombligo del que desde hace un tiempo sale una luz naranja que no tiene fin. Pasó un grupo de chillones y el líder de la manada dijo: “Vaya tripi”. No le entendí bien. Solo sé que la noche no es blanca, ni negra, ni naranja. Se trata de un espacio de juego para la imaginación. A mí, por ejemplo me gusta imaginame lleno de luz aunque casi nadie la vea.

Liberar

Todos tenemos una estaca grande, dentro, fuera, al lado, en frente…

Buen fin de semana

Thanks God it’s Friday

Hay semanas que se empinan y hay semanas dobles que se empinan doblemente. Cuando cuesta caminar por las horas y los días la vida parece una bola de preso agrilleteada en los tobillos. Incluso se escucha el sonido del arrastre. La gente se aparta al verme pasar. No es la bola, ni el temor a que les desgracie un pie con el bamboleo de las cadenas, sino la cara de loco sin calendario, que se me pone. Cuando uno está melodramático lo está sin boberías. Pero no conviene dejarse llevar por tales excesos porque es fácil terminar melancólico, ido sin regreso o votando a cualquier mequetrefe que promete bajar la luna con contrato basura y despido barato. Si en Google tecleas: “manual para sobrellevar las semanas que se empinan” te sale la revista Parabrisas con una leyenda inoportuna: “paso de agua negra”. No es bueno buscar manuales de la vida en La Red porque la vida, cuando se vive con la piel, carece de instrucciones de uso, de pautas, plazos y consejos. La vida es así, como un guadiana, y así hay que vivirla, a veces en la superficie, a veces en el interior de tierra, pero siempre en dirección al mar. Deprisa y despacio. Agua que busca agua. Dulce que necesita sal.

La primera semana doble ya es simple, hoy corono el primer puerto; ahora me queda el segundo. Sigo con la bicicleta estática y he añadido al menú otro aparato en el gimnasio del periódico, la elíptica. Pedaleo y mi tripa se desinfla (o eso parece) y pide árnica. Llevo cinco años sin fumar. Si tuve fuerza de voluntad para dejar ese veneno, la tendré para quedarme como una tabla. Solo me molesta una cosa: que me puedan comparar con el hombrecillo del bigote, ya saben: ese. Por eso nunca haré 2.000 abdominales, me quedaré en unos pocos menos. Hoy he empezado por 10. Es que no quiero que se me asuste el líder universal.

PD Como sabéis tengo otro blog en El País. Se llama Aguas Internacionales. Es un trabajo agotador mantener los dos cada día, escribir una novela y tratar de vivir. No quiero cerrar esta boca del lobo porque es la mía y no lo haré. Pero necesito descansar los fines de semana. El plan es no escribir el sábado ni el domingo, solo colgaré música. Espero tener así menos presión. También podría hacerlo al revés: escribir solo el fin de semana. ¿Opiniones, consejos?

Buen fin de semana

Hay días que no me soporto

Hay días que no me soporto. Es algo que le sucede desde hace años a muchos de mis jefes, incluso a bastantes de mis amigos. Pero para mí, que me estoy bajando del egocentrismo en cómodos plazos, es una novedad sorprendente. Esta mañana, por ejemplo, me he levantado de un humor de perros, que en mi caso debería ser de lobos. Una mezcla explosiva de melancolía pasiva y mal humor activo. Desayuné en un gruñido. Me pesé en dos gruñidos y me puse a pedalear en una bicicleta estática que compré hace un año y medio. Sabía que estaba más o menos al fondo del dormitorio, pero no fue fácil dar con ella debajo de una pila de camisas, chaquetas y sombreros que no me pongo por vergüenza. Me lié con los programas y al final hice más ejercicio con el dedo índice izquierdo que tuvo que modificar la distancia cada 600 metros. Estuve sobre el sillín 20 minutos, quemé casi 200 calorías. Bajé del artefacto en un estado lamentable. Andaba como un pato con apuros intestinales irreversibles. Realicé un intento de estiramiento en el salón y me quedé tumbado, eso sí bien estirado, en el suelo. Cuando logré recomponer los músculos básicos para impulsarme hacia la ducha me vi reflejado en el espejo con esa cara de mala leche y la tripa aun cervecera y rebelde. Me observé desde la unión de la barbilla con el hombro y me dije: “Tu, que miras”. Mi otro yo, sonriente y sin amilanarse, respondió:  “A ti, figura”.

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