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Mi casa me habla poco

La vuelta de las vacaciones, más si son largas, tiene un riesgo: que la casa en la que habitas no te hable. Las viviendas, como los animales, y más si son gatos, son muy suyas. La mía me recibió mal: tres plantas muertas, peor: fosilizadas, casi altapuerquinas; sucia pero muy sucia y el retrete con restos humanos del amigo que se encargó de regarme las plantas (sobrevivientes) y que no debió tirar de la cadena las veces que exigía su excelsa contribución orgánica. Ante la visión del water entendí a las mujeres y su queja de la maldita gotita rebelde y manchona que nos cae de la cosa sin que el dueño de la misma entienda el uso múltiple del papel higiénico. He limpiado durante dos días suelos, muebles y cristales y he puesto varias lavadoras. Estoy cansado de tanto fregar. El agua del cubo está negra pero la casa ya huele a limpieza. He cambiado la habitación. Retiré un objeto de la infancia, un niño dios que lo tenía semitapado por un pañuelo japonés y un tanga de Obama sobre el cuello; corrijo: un tanga sin usar con la esfinge de Obama impresa. Compré velas y coloqué sobre el chifonier libros. Escogí los que me hicieron crecer, los que me mejoraron como persona. Me han salido una veintena larga. Ahora es el salón el que se me ha descolocado. Miro la librería y parece un Titanic que se hunde. Corro a tapar la fuga de ideas para que no se me vacíen los otros libros. Esta noche, cuando he regresado de cenar con una gran amiga, la casa me ha dicho: “Es tarde”. Son sus primeras palabras en tres días. No me lo tomé como un reproche sino como un acto de cariño, una demostración de que la muy orgullosa me echaba de menos.

Cuando uno regresa a trozos

No me ha llegado aún todo mi yo, que sigue de vacaciones entre Roma e Islantilla. Las vacaciones que muchos presentan como un avance social del que presumir son en realidad una idea malévola, una gran putada, en la que los menos ricos (casi todos) disfrutamos de unos días a la bartola para saber más o menos cómo viven los ricos todo el año. Nosotros, el olor fugaz; ellos, el lento masticar. Lo llaman clases sociales. Me he acordado hoy de muchos amigos de RTVE prejubilados y he sentido envidia insana, un ronroneo que no se me quita. Hoy he vuelto al trabajo, al periódico, y sé que tengo suerte de trabajar donde me gusta y de hacer lo que me gusta, que soy un privilegiado. No tengo miedo a la crisis ni a Zapatero, solo un poco a Aznar cuando se me aparece de cid campeador con la tizona entre los huevos.

De momento, en espera de ese yo que quizá no necesite tanto, camino y sonrío. Huelo a mar y ciudad eterna. Camino sabedor de que la riqueza está en ese camino, en cada metro, en cada aprendizaje, en cada sorpresa, en cada nudo que desnuda… Me encanta caminar sabiendo que detrás de la montaña del norte no hay muros ni fronteras. Solo libertad.

Roma que sabe a Roma

Siento envidia por las ciudades-sabor. El peor tugurio de Roma podría darle una clase al más presumido de Madrid sobre el arte de servir un café dentro de una taza. Por increíble que parezca no es necesario para degustar un buen expreso que el camarero añada parte del cubo de frenar, un ejército de posos y toda la mala leche a cambio de un precio prohibitivo.

El tomate es otro ejemplo. Aquí saben. En el mercado de la plaza de Testaccio hay un hombre que se hace llamar Marcelo D’Agostino, 59 años, que solo vende tomates. Tiene expuestos hasta 30 tipos. Trabaja allí desde los cuatro años cuando acompañaba a sus padres. Si pides un kilo, él pregunta para qué. Cada tomate tiene un plato, un aceite, una sal y un aceto. No es lo mismo un gazpacho español que un revoltijo con verde y zanahoria. Marcelo prepara una caja a la que añade tomates grandes, pequeños y minúsculos. Me da a probar. Dos iguales por fuera son diferentes por dentro. Ya en casa me como los pequeños en dos mordiscos, sin condimentos. Buscando sabores olvidados.

Ultimo paseo. Despedida de la ciudad. Los vagabundos con más éxito se hacen acompañar de un animal que ni pide ni ladra. Los caritativos prefieren regalar un euro a un perro dormido que a un vagabundo despierto que se lo gasta en bebida. Me cruzo con curas y monjas disfrazados. Parece un casting de Fellini. Alguno lleva mochila y hace trekking por el lomo de dios en busca del milagro de los panes y los peces congelados. Otro, que parecía franciscano, resopla por el peso del agua que le cuelga de unos dedos amoratados. Los ángeles que ayudan con las bolsas debe estar también de vacaciones.

He conseguido un encargo del Principito. Compré flores para la dueña de la casa. Mañana me vuelvo a España, al café-basura, a los tomates insípidos y los peperos racistas que se mofan de lo acentos del sur. Hay gente que no puede cobrar de los impuestos de todos. Por una ley contra la imbecilidad. Dicen que a cada cerdo le llega su Sanmartín y que cada hijo de puta camuflado termina por salir a flote. No a las segundas oportunidades. Como con los maltratadores.

Con este post me tomo vacaciones hasta primeros de septiembre.

PD. La báscula ha sido detenida y enviada a Guantánamo, la gaviota resultó ser un ángel con problemas de identidad y me acabo de comprar un spray que me hace invisible ante espejos y demás reflectantes de tripa desmesurada. ¿La novela?. ¡130 páginas!, quizá un 40% del total. Mejor y más de lo soñado. Ahora toca sonreír y vaguear (más). Buona sera y hasta la próxima cita en el cielo o en el infierno.

Roma y el sexo de los Allende

Leí hace años un libro de Isabel Allende llamado Afrodita. La segunda parte está dedicada a recetas culinarias que fomentan las ganas de dormir la siesta bien acompañado. Son útiles, incluso con el recurso solitario de la imaginación. La primera parte, que es la que devoré (con perdón), está centrada en la memoria y los sentidos, de cómo el aroma de un vino que se abre en Amsterdam puede transportar a los brazos de otra persona en Santiago. Vino, amor, desamor.

No recuerdo con exactitud pero en algún momento cuenta que sus padres, o sus tíos, o alguien de la generación anterior, hacían el amor, una forma educada de hablar del sexo sin soliviantar a los dioses, con un camisón largo que disponía de una ranurita bordada en forma de cruz en la que el padre casto y puro debía introducir, supongo que en la oscuridad y acelerado por las calenturas, el colgajo tieso y firme más impuro solo por el deber de procrear, no para gritar ni gemir ni sonreír ni gozar, que eso son cosas del demonio, sino como un penoso trabajo por el bien de la especie. Isabel Allende decía que solo a la Iglesia se le podía ocurrir algo tan pornográfico. No sé porqué, cuando me encontré está tienda de tabaco cerca del Colegio Español he pensado en el sexo malabar de la familia de Allende. Buona sera.

Roma miedo como negocio

Crucé la frontera blanca de Gregory Peck (el padre Hugh O’Flaherty) en la película Escarlata y negro y me adentré en los territorios terrenales de dios. Sentí la brisa, el olor a una santidad que no era la mía. Me acomodé bajo la sombra de una columna-escalera hacia el paraíso mientras que la mayoría de los que quedamos en Roma guardaba una cola mayúscula para entrar a la basílica de San Pedro. Pasé un buen rato allí, repantingado y meditando, pero el dios que está en todas las partes no vino a verme. Un listillo que vende trucos para saltarse la fila me informó de que dios está de vacaciones. Alcé la vista y observé la belleza embriagadora de la cúpula y el espacio abierto, el abrazo de las columnas de Bernini. Todo lo relacionado con la divinidad está diseñado para que el observador se sienta observado y minúsculo. En mi caso, me vino bien.

Pensé en los muchos negocios del miedo. El de las religiones, que viene el coco, el del comunismo (ahora, islamismo radical), el de los negociantes de la diferencia y de las armas que nos someten, el de los fascistas de bolsillo que aprovechan cualquier chispa para propagar un incendio vestidos de niño pijo sin valores ni complejos. El miedo es la cárcel inaceptable: miedo a perder el empleo, miedo a no poder pagar una hipoteca de usura, miedo a que no se levante, miedo a ser libres, miedo a fastidiarla, miedo a ser feliz, miedo a fracasar, miedo a un cabrón que se cree propietario de las mujeres. El miedo no tiene tiempo de rebajas, como las del Corte Inglés en las que se pueden comprar cosas innecesarias a precio de ganga. El miedo te lo venden completito y sin derecho a protesta.

Pues no señor, ese miedo no lo compro. No lo voto. Ese miedo lo tiro a la basura. ¿Valiente? ¿Suicida? ¿Inconsciente? No; es solo la edad que te suelta la lengua aunque debo reconocer que me cago de miedo desde que no siento (casi) miedo. Buona sera.

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