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Gracias Labordeta

Hay gente que no se muere porque no la dejo morir.

Tren, voces y el 3G

Lo sé; es la teoría de la tostada y la mantequilla pero cada vez que viajo en Ave me toca cerca una persona maleducada. En este caso es una mujer de cuarenta y bastantes no bien llevados, con voz cazallera, moreno Uva, acento de Madrid y malas costumbres de urbanidad. La tipa se ha sentado en el asiento 3C del vagón 3 ( el mio es el 5B) y se ha puesto a hablar por el móvil en voz alta con un absoluto desprecio a los demás. Ni los auriculares lograban silenciarla. Es una falta de respeto, una invasión de la intimidad de los demás. Debería existir una portezuela para lanzarlos al mar, para que hablen con los peces. He aprovechado el paso del revisor para quejarme del incordio. La señora ha enmudecido y acaban de dar un aviso por megafonía para que los pasajeros usen el teléfono en las plataformas. Me siento doblemente triunfante. Porque se calló y porque no he tenido que saltarle a la yugular.

Voy al sur, a ver a Miguel Ríos en el último concierto en su ciudad, Granada. Solo quería sentir un poco la música, ver la puesta de sol a no sé cuantos kilómetros de velocidad y tener un poco paz pues aun estoy en proceso de recolocación. Deberían existir vagones de silencio. Ahora bajo la persiana de las palabras hasta el lunes por la mañana. Necesito buscar nuevas, recargarme, vivir. Buen fin de semana a todos.

Y también decir que me he acordado mucho de la madre de Telefónica. Cobra un servicio de 3G qua falla constantemente. Ellos lo llaman negocio, yo…

Llueve a cántaros

Llueve. Deben caer goterones porque repican como campanas contra los tejados. Acabo de terminar un texto para el periódico que cuando me levante deberé pulir bastante. Me gusta el sonido de la lluvia. Su olor. A tormenta. A tierra mojada que vuela. Me gusta cuando la vida me entra por el olfato, debe ser una querencia de mi pasado lobo por los montes de Asturias hasta que me salvó Rodríguez de la Fuente. Hoy di una charla en la Casa Encendida. Me quedé satisfecho. Cuando sucede esto es que me he mostrado y cuando muestro me revuelvo por dentro. Me pone triste revolverme, repensar, resentir. Llueve menos. Se apagan las gotas que ya son diminutas, sin energía, y los truenos se alejan tronando hacia otro lugar. Madrid se ha refrescado. Tengo ganas de invierno, de frío, de jersey gordo. Tengo ganas de edredón y de sentir su calor. La vida son sensaciones, poco más. Tengo ganas de que llegue la noche del viernes, del fin de semana, de que las distancias se hagan tan pequeñas que baste alargar la mano. Apenas llueve ya. Los truenos parecen un concierto lejano, casi un susurro. Tengo sueño y ganas de soñar que me despierto y me subo a un tren que viaja hacia un tiovivo lleno de caballos con el pelo rizado. Me gustan los tiovivos y me gusta la gente que se baja de ellos de un salto, como si ya no tuviera miedo a los abismos. Un salto nada más. Solo uno.

La lluvia se perdió en alguna señalización mal puesta porque ha regresado con fuerza: rayos, centellas y truenos. Me gusta este descontrol, este va y viene de aires y gotas. Miro por la ventana y saco la mano para mojarme. Me gusta oler, pero me encanta tocar, ser tocado, me gusta mojarme hasta emparme, sin miedo, como si fuera la última vez.

Escenas de Metro de vuelta

El Metro es una pasarela de vida. Si uno tiene paciencia y se fija en los rostros de la gente, en sus expresiones, en el tipo de libros que lee (mujeres) y de periódicos gratuitos (hombres) podría reconstruir un trozo de su vida. Hoy un tipo dio una cabezada de pie, aferrado a la barra. Le despertó el doblamiento de su rodilla izquierda, que es la primera que se durmió. Nos intercambiamos una sonrisa. Fue una conversión sin palabras. Delante de mi asiento viajaba una mujer vestida de negro. Parecía mayor, quizá por la ropa y el tinte negrísimo de su pelo, pero su rostro no tenía arrugas. El cutis era terso y blanco aunque con la comisura de los labios agrietada. Me crucé miradas con una segunda mujer, quizá boliviana. Ya hemos coincidido un par de veces. Es muy guapa y alta. Me llama la atención esa altura tan poco andina. Tiene los ojos rasgados, la nariz aguileña y unos labios de negra, como si el constructor de caras se hubiera equivocado de caja a la hora de crearla. La mujer no habla. Ni con la mirada. Escucha música en su MP3. Cuando cruzamos la vista solo hay silencio y el run run de un punto de tristeza. Entraron dos europeos, quizá holandeses. Ella llevaba una malla sobre una camiseta escotada. Con el lío del movimiento de las maletas se le asomó el principio de un pecho. Un hombre con el pelo recogido en una coleta hablaba por teléfono. Sus ojos saltaban del novio de la holandesa al pecho, con una gran querencia a la protuberancia. En Ventas entró en el vagón un hombre de diseño, unos 50 años. Parecía escupido por una revista de famosos:  pelo blanco acaracolado en la nuca, como los los muy pijos de Sevilla o de Jerez, que de todo hay en la viña.

Esta vez no aparecieron músicos, que cuando son pobres resultan madrugadores. Ni pandillas de jóvenes con los pelos tiesos o vestidos como las hijas de Zapatero. Pese a la presencia del pecho holandés que se hacía grande con el traqueteo, como en La última noche de Boris Groushenko, opté por observar a la mujer alta con labios de negra. En el cristal de enfrente de mi asiento me vi reflejado. Tuve la impresión de que la cara se me devolvía angulosa. En la lejanía me vi joven y apuesto.

Al salir en la estación de Gran Vía, mientras esperaba que las puertas se abriesen, me vi de cerca. Creo que debo esperar antes de sacar conclusiones precipitadas. Al subir las escaleras mecánicas me adelantó una pareja juvenil. Dos escalones más arriba se comieron la boca. Debían estar sabrosas porque repitieron varios bocados. Cuando se separaron escuché el sonido de una botella de champán. No era el corcho, solo sus labios. Me miraron sonrientes. En un instante vi dos caras simpáticas llenas de piercings. Me quedé pensando cómo es posible besarse a tornillo con tanto pincho sin lastimarse. Habrá que probar. Mañana miraré en el catálogo del Jovencito Frankenstein.

Hay músicas que levantan el vuelo

Cuando no estoy adelgazando escribo una presunta novela, trabajo en un periódico o escucho música. Cuando escribo presuntas cosas evito leer maravillas de otros. Me bloquean, me reducen, me silencian. El estado de ánimo, aunque alto estas semanas, está acostumbrado al tobogán, a deslizarse en pendientes que acaban de desánimos súbitos y en melancolías más o menos pasajeras.

Encender la televisión, algo que no frecuento por falta de tiempo y de pilas en el mando a distancia, no me hace bien. Siempre salen todos esos tipos y tipas vestidos de gente salvadora dado recetas de casi todo menos del bacalao al pil-pil, que es lo que importa. Es increíble la cantidad de personas que caben en una caja tonta. Me gusta Al Jazeera en inglés, la otra no la entiendo, porque es parte de mi trabajo; me gusta el Canal 24 horas de TVE porque repiten tanto las noticias que me las aprendo de memoria y me encanta Cuatro cuando sale el domador de perros. Yo ya le daría la oportunidad con los leones, se la merece.

Ayer cuando pedaleaba en la elíptica en el gimnasio estaba puesta la CNN+. Me tragué entre sudores un debate sobre la crueldad animal en las fiestas de muchos pueblos de España. Sentí asco. Vergüenza por las imágenes y por el salvajismo, la violencia innecesaria. Quien mata a un animal es capaz de matar a una persona. Voto por que se prohiba cualquier manifestación que incluya crueldad para el animal y si los mozos del pueblo de rigor protestan y se acaloran pues que les quemen a ellos la cornamenta o les metan uno de esos palos por donde la espalda cambia de nombre hasta dejen con los ojos manca a Marujita Díaz.

Decía que escuchaba música. Me gustan las canciones-acuarela, las que te pintan de arriba abajo, como esta de Pedro Guerra.

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