Madrid tiene decenas de chascarrillos, un género menor del proverbio. “No sé si tirarme al Metro o a la taquillera” es de los más afortunados aunque resucitarlo en este post corro riesgos ante el sector más hembrista y combativo. No sé si empeoraré las cosas si escribo que siempre tuve claro el orden de los factores. La crisis, la globalización y los recortes liberalizadores de Zapatero han dejado herido al chascarrillo y a las taquilleras, pues apenas quedan unas pocas tras tanta reducción de personal. En vez de mujeres más o menos malhumoradas, dependiendo de la hora y las circunstancias, me encuentro a diario a unos pistoleros sin pistola que se pasean por los tornos, los pasillos y los andenes como si te perdonaran la vida. Algunos se hacen acompañar por perros embozalados y mirada tabernaria. Ya lo escribí hace meses que al verlos digo miau por lo bajini, por si me oyen y me apalizan por anarquista, o por gato.
Ahora, en los días grises, en los que una grisura interior te deja pocas ganas de lucha, las opciones que quedan son tres: seguir viviendo, viajar en autobús o tirarse al Metro. Sin vendedoras reales, de carne y hueso, el pasajero mustio es obligado a la muerte o a la exhibición de una rareza. Raro debe ser quien intenta sexo con las máquinas expendedoras porque los Rambos que ladran están descartados.
Enfadado por estos recortes tan poco sociales y humanitarios me he subido a una caja de madera en la Puerta del Sol, como si fuera un speaker londinense de Hyde Parrk, y he empezado a reclamar a gritos el regreso de aquellas mujeres eficientíisimas y subterráneas, aunque sea para tenerlas cerca, como una opción mental y darles los buenos días. Al cabo de una hora éramos una manifestación. “Aguirre, dimisión, Zapatero dimisión”. España, camisa blanca, empieza a despertar.
Tengo problemas con los símbolos personales; tiendo a dotarlos de una importancia que no tienen y a vivir cualquiera de sus vaivenes como una catástrofe. Puede ser una jarra que utilizo para el café comprada en San Francisco en 1984 o unas sábanas a las que he entregado parte de mi futuro, como si lo que aun no está escrito pudiera reducirse a unos metros de tela. A veces con tanta zozobra me miro al espejo en busca de quién soy. No soy el único en ese empeño. Miro y veo muchas personas. No me he multiplicado, solo es gente que me acompaña. Cuando les veo apretujados alrededor de mi cama al abrir los ojos tras una pesadilla les pregunto si ya me he muerto. Los primeros, los más cercanos, mueven la cabeza a los lados. No entiendo ese empeño de no pronunciar palabras, de dejarse llevar por gemidos o gestos con lo fáciles que resultan los monosílabos. Sí; no. Sé que soy un tipo que aprende tarde y mal, pero que aprende, que se esfuerza. Solo es necesario un poco de demasiada paciencia. Salgo al mercado del barrio y pregunto de puesto en puesto: ¿Dónde puedo comprar paciencia para mis amigos que tanto la necesitan conmigo? Una vendedora de flores me habló en un susurro, como si traficáramos con algo clandestino. ¿Para cuánta gente necesitas? Para una sola. “Empieza contigo, los demás lo agradecerán”.
He caminado desde la glorieta de Bilbao hasta mi casa, cerca de Ópera. No es mucho y desde luego no computa como gimnasia. Solo se trata de un paseo agradable por una zona de Madrid ganada al tráfico. Miré a la gente en busca de calor pero solo me topé con personas apresuradas entre soledades, malas uvas y descofianzas. Escuché ruido, quizá palabras, pero no conversaciones. Para conversar es necesario saber y querer escuchar. A mi me cuesta y cuando creo que escucho me sorprendo imaginando mi respuesta. El arte de escuchar debería ser obligatorio en la escuela. Somos una sociedad muda y sorda, sin matices. Ante la incomunicación con mis semejantes me fijé en las paredes. Pensé en Eduardo Galeano y en su libro de Las palabras andantes, ¿o era el de los abrazos?, en el que recoge pintadas callejeras tan geniales como una de Medellín: “Proletarios del mundo, uníos (último aviso)”. Buscaba algo así, una frase-zarandeante, de las que te sacan el humo de dentro por los ojos, una frase-come-pesadillas o come-malos-rollos, pero no la encontré. Casi en la esquina con la Gran Vía me detuve frente a una pared gris y escribí ayudado del índice de la mano derecha: “No porque sí”. Cuando me retiré un par de metros para admirar mi obra no vi nada impreso por falta de materiales. Un tipo se paró a mi lado y dijo, casi al oído: “Me gusta. Tiene fuerza”. Le escruté de arriba a abajo, como a un raro. No supe si estaba de broma, si era un visitante habitual de las exposiciones de arte moderno, de esas en las que no se distingue bien una piedra de una joya, o un genio. Hinché el pecho, asentí con la cabeza sin dejar de mirar la no pintada y dije: “Gracias. Es usted mi listo”. Él, sonrió: “Lo soy, pero debería mejorar la letra porque no se entiende una mierda”.
Los cambios de estación confunden al cuerpo. A los primeros fríos uno responde desempolvando las ropas de abrigo y sacando el edredón de plumas. La primera noche es un lío. Endredón que se quita por exceso de calor, edredón que se pone porque bueno, en realidad, fresco hace un poco. Los que saben de árboles aseguran que a ellos les sucede lo mismo. A la primera ventolera o a los primeros calores se ponen mustios hasta que se acostumbran. Los cambios siempre se digieren mal. Somos animales, y vegetales, de costumbres. Nos quejamos del cubículo en el que vivimos asfixiados, soñamos con el mar, con respirar aire salado y cuando hay mar y sal sentimos miedo a lo desconocido y echamos de menos el cubículo. Es un problema de saber ascender poco a poco, con descansos, habituándose al oxígeno. Así lo hacen los escaladores al ascender, igual que los submarinistas. La pausa es la vida. Aun me ocurre con los viajes. Me cautiva el movimiento pero me siguen poniendo nervioso porque también me gusta la quietud, la rutina que no tengo. Lo desconocido como aventura y amenaza simultánea. Los valientes, los que se atreven, superan los miedos y vencen hasta que llegan otros nuevos a los que domar. Domar y caminar. Es el camino. Un amigo especial sostiene que el origen del conocimiento es la paciencia, saber esperar a que el conocimiento se muestre. Yo espero y aprendo a dominar mis temores. Es cuestión de memorizar la secuencia, frío-calor-frío-calor y de encontrar el compás. Buena semana.
No me gustan los espectáculos de masas. En realidad no me gustan las masas. Me siento preso, cordero, nada. Me desagrada ser número, estadística, nadie. Lo soy pero simulo no saberlo. Hay excepciones lúdicas por las que merece la pena respirar fuerte, meter tripa y compartir humanidad. Estuve en Sevilla en el gran concierto de U2. Dos horas magníficas repletas de guiños solidarios: a Amnistía Internacional, a la oposición iraní y su revolución verde desteñida, a la líder de la dignidad birmana, Aung San Suu Kyi, al combate contra el Sida en África. Fueron dos horas repletas de música ante un público entregado. Salté, grité, canté. Yo que canto muy mal necesito mucho ruido alrededor para no desentonar. A veces sentirse parte de algo ayuda a despejar soledades. Me siento bien cuando tarareo letras que no he escrito junto a decenas de miles de personas que tuvimos la ocurrencia de estar a la vez en el mismo lugar del planeta. Sevilla es una ciudad que se mueve bien en la bulla, es decir en los movimientos ordenados de miles de personas a las que nadie ha explicado lo que deben hacer. La gente iba contenta al concierto. Los que acudían al estadio llevaban expresión de Bloody Sunday. La gente regresaba feliz, tarareando estribillos. Me gustó el escenario redondo, sin telón, a la vista de todos. Me gustó el sonido. Me gustó que U2 se comportarse como una banda. Todos iguales, sin estrellas visibles. Entraron y salieron como un grupo de amigos que disfruta cantando. Cada generación tiene su música, sus símbolos. Me gustó sobre todo mi sonrisa y la de la gente que estaba conmigo.