El Metro es un gran puesto de observación. La gente lee, dormita o bobea; yo me atolondro y me entretengo a imaginarme las vidas ajenas. Ayer entró una pareja, parecían andinos. Él, alto, atractivo pero con acné, camiseta blanca y pantalón vaquero; ella, guapa, ojos rasgados, piel tersa y tostada, menuda y cazadora azul claro. Él se lanzó sobre el único asiento libre de un grupo de cuatro. Después le invitó a sentarse enfrente, algo ladeada en otro que había quedado libre. Ella encontró dos plazas al fondo. Se acomodó en una y le llamó con los ojos. El chico optó por enrocarse y no abandonar su conquista más reciente. ¡Idiota! Debió de pensar que una concesión en asunto tan grave y transcendente era una muestra de debilidad que no se podía permitir. Ella lo miró con dureza, decepcionada, y cerró los ojos, para no discutir sin palabras. En la cabeza del chico había bullicio. Un debate. La buscó varias veces con la mirada pero sin ceder en su pose pese a que el asiento seguía libre. Ella, abismada debía de estar buscando en su memoria alguna pareja ideal que fuese capaz de comportarse como un hombre. No sé nada de ellos. Ni sus nombres ni su historia pero sí que a ella no le conviene un tipo que descarrila en matices tan nimios. Si uno hace un mundo de una simple concesión bajotierra, qué será capaz a plena luz o, peor, entre cuatro paredes con la autoridad intacta del machoman y una vaga idea de que la impunidad sigue entre nosotros.
Un país que hace semihuelga cuando le pisan las pelotas, y más que le pisarán, es una sociedad que está preparada para cualquier cobardía, para mirar al otro lado ante todo atropello. Ya lo hicieron otros en Alemania, Italia, Chile, Argentina y esta misma España desmemoriada repleta de nuevos ricos.
Cada vez me tienta más la idea de ser extranjero, como proponía Italo Calvino; un estado perfecto: extranjero de mente. Ya he dado algunos pasos. Ahora solo espero ofertas, una buena nacionalidad que me cautive.
Tengo un amigo a quien están despidiendo en incómodos plazos después de 10 años de entrega y buen trabajo. Se queda sin empleo porque el Casino de la Bolsa vació la caja de resistencia de su jefe y le dejó pocas ganas de pelea y riesgo. Cuando un negocio prescinde de sus empleados sin importarle la valía, solo por lo que se ahorra en nóminas, es un negocio suicida. Hay muchos. Cada vez más. A mi amigo le han enviado a un tipo de recursos humanos emperifollado, un máster del universo, un despedidor profesional con las uñas bien recortadas, que le ha presentado las cuentas del trilero y cuando él ha pedido el desglose, el Manostijeras ha saltado sobre la presa: “¿Me estás amenazando?”. Hay tipos que no tienen ni idea de lo que significan las palabras.
El Gobierno socialista (momento de carcajada batiente) ha anunciado tras la jornada de semihuelga general su disposición a negociar parte de la ley que abarata el despido. No entiendo la respuesta timorata de muchos en la jornada de protesta, como si la lucha fuera cosa de otros, de los raros. Será el miedo. El miedo a perder la nada en rebajas. ¿Qué necesita la gente? ¿Que les escupan en la cara? Nema problema, que dicen en los Balcanes, todo llegará.
Habría que aprovechar el impulso del Gobierno negociador para hablar claro y dejarse de meapileces. Propongo un cambio de calado psicológico, una mudanza de nombres, y que el departamento de marras pase a llamarse de Recursos Inhumanos (menos en las excepciones que hacen la regla). Así, cuando un tipo como mi amigo entre en el despacho del verdugo sabrá a qué atenerse, evitará las esperanzas y llegará muy desglosado y manso para no molestar al fusilador, ocupadísimo creando empleo con la ley Zetapeta de despido barato en la mano.
Muchas de las personas que oigo quejarse de sus contratos, de sus sueldos, de la desigualdad laboral, fueron a trabajar en el día de la huelga. Han perdido una doble oportunidad, la de pelear por su futuro, no el mío, y de ser honestos. En esta sociedad desmovilizada, abúlica, sin sangre en las venas, ganarán los depredadores y los que hoy se creen a salvo por simularse pacíficos, casi moribundos, serán también víctimas. Quizá las principales víctimas.
Los periodistas de periódicos que deciden hacer huelga paramos el día antes para no salir impresos en la jornada de protesta. Con las nuevas tecnologías los periódicos se pueden sacar entre dos personas capaces de volcar muchos teletipos en las páginas. Lo mismo sucede con los informativos de televisión. En días como estos importa el gesto, no la calidad. Los medios digitales con empresa de papel asociada paran hoy. Yo también. Los medios digitales que son solo web paran el miércoles por eso esta boca permanecerá cerrada el 29.
No sé si la huelga está bien planteada. Pero me parece una excelente idea hacerle huelgas a cualquier gobierno aunque te cueste un Congo en descuentos. No sé si servirá de mucho, si cambiará la ley o suavizará algunos artículos infames, pero sí sé que duermo cada noche con mi conciencia y que para seguir hablando debo ser honesto con mis ideas, defenderlas aunque coticen poco en este circo. No creo en la reforma del mercado laboral porque lo que hace Zetapeta no representa una mejora en la competitividad y no va a garantizar la creación de empleo. ¿No nos vendieron ya esta moto con los contratos basura? Resultado: más de cuatro millones de desempleados y millones de jóvenes con un sueldo cloaca a cambio de silencio y sumisión. El plan es abaratar el despido y aumentar la precariedad. Están en juego todos los avances logrados desde la Gran Depresión. Luego vendrán a por las vacaciones, después a por el seguro médico universal. No voté por la selva, sino por el derecho y los valores. Yo no me he movido.
Y sigo creyendo en este trabajo y en la gente que lo dignifica:
Hay personas que tienen la capacidad de comerse las pesadillas de los demás. Abren la boca, esperan a que les digas lo que te da miedo, mascan despacio esos temores y los escupen en el suelo convertidos en polvo. Muchos comedores de pesadillas son altos porque no todas las pesadillas son chatas y fáciles de digerir. Las que hay que exigen pasarlas de la cabeza a los pies para se suavicen en el tránsito. En estos casos, la altura del comedor de pesadillas es una ventaja. Muchas de estas personas singulares tienen dificultades para comerse sus propias pesadillas. Puedes ser muy bueno desmigando los temores del otro y regular con los tuyos. No es fácil transitar los fantasmas de la cabeza a la boca. Hay comedores de pesadillas que pronuncian el miedo y antes de que este caiga al suelo corren detrás de las sílabas suspendidas en el aire para tragárselas como si fueran ajenas. No soy comedor de pesadillas, no nací con ese don, pero he descubierto que si uno se empeña y tiene voluntad y motivación, es capaz de comerse los miedos de cualquiera, incluso de los de un comedor de pesadillas.
Ahora estoy sentado en un tren con el vientre repleto de pesadillas ajenas que no me han dado tiempo digerir porque de tanto rumiarlas se me olvidó escupirlas. Y así ando, o mejor, viajo, traqueteo, masticando con la mandíbula batiente, mecido como los barcos en un puerto cuando se aproxima la tormenta. He mirado pero no hay comedores de pesadillas en el vagón. Busqué en la Red en busca de músicas-acuarela, que en caso de emergencia sirven para sonreír. De todas, prefiero las canciones-balsa. No hay muchas y cambian según se muda el ánimo. Me subo a ellas y navego con la boca muy abierta por si me cruzo con un hada comedora de pesadillas. No ha pasado ni la mitad de la canción y ya me siento bien, escupiendo polvo y felicidad.