Supongo que robar coches es un delito grave porque se trata de una propiedad privada. Muchos quinquis los emplean para cometer otro, por ejemplo para alunizar en un escaparate repleto de joyas o tampones, que en el hampa hay gente p’a tó. El mío se lo llevaron para drogarse y reventarme dos ruedas contra un bordillo en el pueblo de Vallecas. Fue hace unos cuantos años, 15 o más, y es posible que ese tipo de delincuentes haya aprendido a conducir.
Robar un banco también debe ser un delito serio. En este caso lo es porque lo pone en el Código Penal. Es una ley unidireccional: me prohíbe el asalto a una entidad bancaria pero no impide a esa misma entidad asaltarme con todo tipo de comisiones. Los cajeros automáticos son lo peor, un centro de delito permanente. Ya no sirve apuntarse a los de Telebanco o a los de Servired o cualquiera de sus bandas pues te meten la puntilla como des dos pasos fuera de tu sucursal. También debería ser castigable ocupar un puesto de responsabilidad política a costa del contribuyente, premiar a tus amiguitos, golfear con las cuentas, comprar trajes que te quedan como al conde Drácula y no pagar por ellos.
En el caso de los empresarios, y más si son de postín, hay doble bula, papal y satánica. Aquí y en Chile. He visto el rostro de los dueños de la mina San José en un vídeo y no necesito escuchar su voz. Tienen la mirada torva, de mala gente. No sé qué castigo podría caer sobre personas que juegan con la vida y la salud de sus trabajadores para arañar unos pesos y reforrarse el lomo, que timan a los inspectores y que tal vez untan y engrasan porque corromper es de poderosos y chulos. Son los sinvergüenzas.
Cuando salga el útimo minero, bajaría a los dos presuntos, al llamado Alejandro Bohn y a su compinche Marcelo Kemeny, al fondo de la mina y los dejaría allá otros 68 días, con luz suficiente (somos civilizados) y un par de libros. Mientras elegimos los títulos entre todos, se me ocurre un canción de vísperas. No es para ofenderlos en su rimbombancia sino para reírnos nosotros un rato. Eso sí, en el caso de que reírse no sea ya delito. (Perdón por el arrebato egocéntrico).
No me gustan los desfiles militares. Ni la música. Ni las armas que acompañan. El desfile-padre del que cruzó ayer Madrid alterando el tráfico era el de la victoria de Franco sobre la otra España. Un desfile es una escenificación del miedo a no ser suficientemente fuerte. En tiempos de crisis deberían ser suprimidos o al menos aminorados. Es mejor que desfile sola la cabra. Al menos, ella tiene ritmo. Desde que el PSOE arrebató en las urnas un gobierno que por derecho natural pertenece a la derecha y a los curas, este tipo de actos de masas especialmente predispuestas son utilizados por la ultraderecha, los exaltados y los maleducados en general para insultar al Gobierno. Como en un campo de fútbol. El PP, que en cuestiones de democracia tiene las ideas claras, sostiene que el PSOE-TVE puso ayer en marcha una operación de censura para impedir que se sepa lo que todos ya saben. ¿No sabe el PP que existe Intereconomía y demás satélites?
Los militares españoles han cambiado mucho desde que se dedican a operaciones de paz donde no hay paz. Recuerdo el primer encuentro con la Legión en Bosnia en abril de 1993, cuando la guerra en Mostar su puso muy fea. Me gustaban esos legionarios rudos. Los periodistas aprendimos a despojarnos de estereotipos. Fue un encuentro agradable y fructífero que en conflictos posteriores quedó amputado por las manías controladoras de los diversos ministerios de Defensa, más dedicados al bombo del minsitr@ de turno que a su oficio de defender. Me gustan los militares españoles nacidos en América Latina. Son la imagen de los tiempos y del escaso valor de las banderas. Mandamos a defender la nuestra en Afganistán a tipos de origen andino y a otros como ellos los detenemos en el aeropuerto.
Ayer fui al Pinar de Chamartín por razones personales. Viaje en Metro, línea 1. Me crucé con padres que llevaban a sus hijos al desfile enarbolando la bandera. No sé si eran de los que llevan los gritos de indignación bajo el brazo dispuestos para ser insultados. Me sentí extranjero dos veces. Del padre y de la bandera. Decidí que los días de la raza seré negro como el betún y en los demás aun dudo si proclamarme gallego o andaluz.
En tiempos de crisis no deberían darse los premios Nobel de Economía. Más que desiertos tendrían que declararse insultantes. Tras el batacazo de hace dos años y lo que queda, los economistas más sabios están mudos. Un buen golpe hubiera sido otorgárselo al croupier del año, al más mangui, al más capaz de embaucar a los incautos y sacarles los cuartos. Si el toreo lo practicas en un banco te llaman banquero. Si es en la calle, trilero. Debe de ser una cuestión urbana. En Doña Manolita, la lotera más célebre de Madrid, se acumulan los inversiones en sueños. Gentes que esperan para adquirir un décimo a cambio de una esperanza, de un pagaremos esas deudas, o lo que sea. La Gran Vía estaba hoy repleta de gentes disfrazadas de alegría. Voces impostadas, temblorosas, de puente y resaca. En la esquina de Bordadores con Arenal había un tipo que doblaba globos, los retorcía logrando las formas más inverosímiles. Y lo sorprendente es que lo hace con las manos. Pese a esa limitación erótica tenía público expectante. En la puerta de la iglesia de San Ginés un hombre con barba afirmaba ser Dios y ni dios le hacía caso. Pero ¿hablábamos de economía? Pues eso, que la vida está cara, el crédito inexistente, el jefe de los empresarios no paga a sus empleados y despedidos pero opina sobre todo como un ente moral y aun hay gente que sostiene que de esta crisis no salimos ni en 2011. Son los optimistas porque esta crisis no es de dinero sino de valores democráticos. Cambiamos soberanía popular por mercaderes.
En la crisis no hay puentes, solo socavones. Muchos de los que se toman el festivo y huyen de la ciudad lo hacen por si acaso, por si fuera la última vez. Otros reducen la escapada a dos días como si cuatro fuesen una afrenta, un tocarle las pelotas al tipo que maneja el reparto de la suerte. La mayoría no se van lejos aterrados de que en su ausencia Zetapeta apruebe algún decreto sorpresa. El viernes me crucé en la calle con un amigo que me deseó feliz Navidad. Extrañado, dije: “Pero si aun quedan dos meses y medio”. Mi amigo que trabaja en prensa, respondió: “Es por si no llegamos”. Con la cantidad de periodistas despedidos en estos dos años es un acto de racionalidad anticiparse a las alegrías. Yo, por ejemplo, hoy celebro mi cumpleaños. En homenaje a los recortes y a este ambiente de que todo lo bueno se suprime porque ya no es moderno y lo manda el mercado, he decidido quitarme cinco años de golpe. Por la cara. Es solo una primera medida. Si veo que no crea empleo, me quietaré 10. O tal vez lo inteligente sea ponérselos, jubilarse de una vez e irse al campo con las vacas y los cerdos y contarles batallitas con la seguridad de que sabrán escuchar con mucha paciencia. Al menos hasta la matanza.
Se nos murió un Nobel en Lanzarote y nos han dado otro que vive en Madrid, cerca de mi casa. España, que lo único que hizo fue abrir los brazos, se siente afortunada, parte, premiada de nuevo. Es lo bueno del movimiento de personas, casi siempre vienen los mejores. Porque hay que ser muy valiente para dejar tu casa, tu aldea, y emprender un viaje a lo desconocido. Al miedo y a la esperanza. No hablo ahora de escritores, sino de inmigrantes que cruzan un desierto y un mar para alcanzar un derecho fundamental: tener posibilidad de una vida mejor.
Escucho la radio. La conductora del programa ya ha dicho tres veces que es un lujo abrir el informativo con la concesión de un gran premio a un gran escritor. Es un lujo que se podría permitir todos los días, ella y todos los periodistas que estamos encelados con la política minúscula. Mañana podría arrancar el programa con cualquier héroe anónimo, gentes extraordinarias que modifican su entorno con una actitud vital compormetida, honesta y digna.
Los periodistas y los políticos hemos creado un mundo de ficción en el que solo hablamos de nuestras cosas, no de lo que le preocupa a la gente. Ellos se esfuerzan en la frase cocinada que les garantiza el titular y nosotros se la compramos aunque sea una impostura, porque es la misma de la semana pasada y de la anterior. Vamos de camino de ser unas revistas del corazón bis. Tratan de las andanzas de personas que no hacen nada, que no necesitan trabajar porque ya salen en las revistas y cobran por ello y las revistas cobran por mostrar las vidas falsas de personas inexistenres. El nuestro no es mucho mejor.
Me gusta Mario Vargas Llosa. Me gusta como escribe y lo que dice que piensa. No comulgo, pero me encanta su valentía, su ir en contra de una izquierda sectaria y blandita que al final es una derecha reconvertida. Me gusta la gente como él y como Saramago. Es el papel de los intelectuales, caminar con el candil encendido para que nos perdamos. Empecé a leerle pronto, con Los jefes y Los cachorros y le he seguido en cada libro. Me gusta como periodista, su capacidad de reportear literariamente y hacernos un poco mejores a todos los reporteros. Si tuviera que elegir entre Vargas Llosa y sus enemigos y críticos no tendría una sola duda. Siempre escogeré el talento. Muchas gracias, don Mario.