Si España fuese China o Corea del Norte diríamos que Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido elevado a delfín, futuro líder, sustituto. Pero esto no es un régimen ni una estructura de poder tan cerrada como aquellas que convirtieron el secretismo y los mensajes cifrados en un arte. Nosotros no valemos para el histronismo extremo ni la coña marinera aunque algunos se esfuercen todos los días con tanto ahínco. Con la crisis que nos cayó encima y los recortes en los cursos de mejora, más que teatro aprendemos disimulo. Es más barato. Sirve para la política, para la prensa y para comprar en el mercado.
Zetapeta ha cambiado una parte de su Gobierno. Cogió cromos los tiró al aire y a los que cayeron en el suelo les envió en SMS: despedido. Después era cuestión de acertar con las piezas del puzzle. Lograda la igualdad entre hombres y mujeres, un éxito inesperado, el presidente ha cerrado el ministerio que se inventó de la nada, y degradado a Bibiana Aido, que se queda en secretaria de Estado. No sé si ha sido una buena ministra y no voy a aprovechar para lanzar un chiste machista, pero me gustaba su físico y más aún que le sacara de quicio al PP.
Tampoco sé si es un acierto echar a Moratinos (le visto emocionado en la televisión) y colocar en su lugar a Trinidad Jiménez. Zetapeta le debía una después de estrellarla innecesariamente en Madrid. Ha sido una buena ministra de Sanidad. Dialogante, generosa e inteligente en la selección de sus asesores. Le sustituye Laire Pajín. No me gusta. Le faltan las virtudes ante anunciadas y parece estar siempre dando el mitin a todo el mundo. Parece rígida y poco hábil. Me basta con que saque la ley antitabaco y cierre al humo los lugares cerrados.
Entra Rosa Aguilar en Medioambiente. Me cae bien Rosa pese a su traición a IU. Esta IU a la que tanto he votado no me excita (políticamente, claro). Prefiero a Llamazares que a Cayo Lara, que parece un poco plasta con sus cosas del PCE.
Entra un nuevo ministro de Trabajo cuyo no nombre no me aprenderé por si le despiden también. Parece que estuvo en la manifestación contra a ley que ahora deberá aplicar. Mal comienzo. Entra Ramón Jáuregui como ministro de la Presidencia. No sé cómo es pero recuerdo un texto soberbio firmado hace años por Maruja Torres, que lo destruyó en una frase: “Es el típico tipo que se para en semáforo en naranja”.
Si Jáuregui contagia a sus compañeros sería ya un gran avance porque hace un par de años y medio que este Gobierno se paró en un semáforo en verde mientras que sintonizaba el GPS con Wall Street.
Nada, que protesten y griten porque Calígula sigue impertérrito, encaramado a una cornisa del Elíseo con la esperanza de que arda París y el mundo; ¡ay la grandeur! La presencia de líderes visionarios que se saben al dedillo el camino que debe seguir el rebaño al tun tun de los mercados, como nuestro Zetapeta, caído del caballo del mercado laboral, son la prueba de que esta democracia no funciona. Es teatro, tramoya. Ha sido secuestrada por una trouppe de fontaneros y equilibristas que se reparten los favores, las prebendas y las listas. Por nuestro bien abaratan los despedidos y encarecen los suyos; por nuestro bien recortan las pensiones y blindan las suyas… No está nada mal para representantes de la soberanía popular. El despertar de una sociedad depende de unos medios de comunicación despiertos. Si esto es así, tenemos dos problemas. Acabo de llegar de Barcelona, estoy acatarrado, me duele todo, hasta la última neurona. Me encantaría estar más lúcido, pero esta noche es lo que hay. Abrazos.
Mi abuela Germaine era francesa; peor, de Normandía. Hay países que caen bien, como Brasil, y otros peor (callo los nombres), pero después conoces a los habitantes del lugar y no encuentras vínculos entre el prejuicio y la realidad. En España tiene mal cartel Francia. Mi abuelo, que era luxemburgués nacido en París y se sentía parisino, decía que era por Napoleón, que no habíamos digerido la invasión del XIX. Aquí hay quienes celebran la gesta de la independencia y esas cosas. A cambio nos quedamos sin civilización y con cadenas. No tengo manía a Francia, tampoco a los franceses por muy suyos que sean, que lo son. En estos días de huelgas generales y miles de personas en la calle me he sentido orgulloso de ellos y perplejo por los medios de comunicación tan preocupados por lo accesorio, por la escasez de gasolina, cuando lo que falta es inteligencia y honestidad en todos los campos. Debe ser lo del dedo, el imbécil y la luna.
Solo en un sitio así, con huevos y ovarios, pudo darse la Bastilla y el Mayo del 68. Aquí, que caemos casi tan bien como Brasil, nos hemos bajado los pantalones. Incluso los hay que llevan calzado el preservativo anal para cuando llegue el Gran Día. Si no corre sangre por las venas de una sociedad es que es una sociedad muerta y no merece la pena. No pido violencia, solo un poco de mala leche.
Nos van a desembarcar en la playa de Omaha en el Día D y vemos a nuestros líderes políticos y empresariales con los fusiles cogidos al revés discutiendo sobre unos mapas que no entienden. Es imposible tomar esa playa con ellos al mando. Nos va a matar a todos nada más poner el pie en el agua. Quizá a los franceses les jubilen a los 150 años, en lugar de pensión tengan vara y trabajos forzados y la Sanidad sea para millonarios y ladrones de guante blanco, pero al menos tendrán dignidad.
Me rebelo contra el pesimismo, la amargura ambiental, contra esta derrota sin lucha. Hay alternativas al silencio, al miedo, al da igual, a esta insoportable dictadura de la mediocridad. ¿Cuál? Mira debajo de los adoquines si es que aún te acuerdas de que existe la playa.
Ha sido un domingo raro. Fui al cine –Come reza ama; nada del otro mundo pero se deja ver sobre todo cuando uno tiene exigencia de no añadirse dolores-, ordené mi casa, tiré cajas y peleé un buen rato con un texto que se había atrancado. Por la ventana, los tejados, las montañas y el sol. Dentro, vacío y soledad acompañada. Cuando uno mide una distancia no querida y la racionaliza para aminorarla acaba encogiendo cada kilómetro para aprender a estar cerca. Pero cuando una de las dos personas que marcan los polos se aleja un poco, por un viaje, por ejemplo, la distancia se descabalga.
A mediodía, de regreso del cine matinal (¡cómo me gusta ese horario!), crucé por una Puerta del Sol DF felizmente ocupada por mariachis y caminé por Arenal donde una excelente banda de música, tal vez rumana, recogía bártulos. Las estatuas se habían bajado de su pedestal y parecían humanas. En la plaza de Oriente me senté en un banco, busqué el sur con la ayuda de una señora muy amable que dijo “por allá” y alargué mucho la mano hasta tocar la costa. Mojé los dedos en el mar y seguí avanzando hasta el otro lado. Me quedé un buen rato en África, con la punta del dedo sexual en las puertas de la Medina de Fez. La señora amable al verme sonreír, preguntó: “¿Está ahí?” Respondí con la cabeza primero y una palabra después: “Está”. Me dio dos palmadas en la pierna izquierda, se levantó y se fue entre risitas. Mis dedos dejaron poco a poco Fez, regresaron por el Mediterráneo, subieron por Despeñaperros hasta volver a mis manos. Me duelen los huesos de tanto ir y venir. Ahora cada vez que pierdo la distancia me chupo uno cualquiera y trago mar.
El día fue largo, el post de Aguas Internacionales, laborioso y complejo, y tuve que escribir para la sección de Deportes sobre los hooligans del Estrella Roja. Creo que el texto que se publica en el papel cabreará a serbios y croatas. Si es así, perfecto. Conseguí asiento en el vagón del Metro. Enfrente iba una mujer de ojos claros que los mantenía bajos, incrustados en una libreta apaisada en la escribía palabras y números. Me fijé pero no logré información suficiente para decidir si era un cuaderno de trabajo, un diario o una bobería. A sus pies llevaba una bolsa con el dibujo de tres gatos. Estaba tan gastada como el bolso que le servía de apoyo. Cuando guardó la libreta, me miró. Los ojos eran azules, casi mar y grandes. Penetraban. Pelo moreno y abundante, botas marrones con el vaquero remetido, como si ya hiciera frío. Luego, tras observarme, cerró los párpados y se simuló dormida. Era atractiva.
Un hombre delgado de pelo cano, más guapo que yo, se sentó a mi lado. Parecía árabe. El hombre miraba a la mujer que decía dormir. Ella movía los labios, como si le bailaran las palabras por dentro. Cedí el asiento a una señora mayor y ancha que no me dio las gracias por el gesto. La mujer de los ojos caros los abrió en la parada de Rubén Darío y se quedó mirando al hombre hermoso. Apoyó los codos en sus piernas y se adelantó unos centímetros hacia él. El hombre desvió la mirada. En Alonso Martínez, la mujer se incorporó y se fue hacia la puerta. Él le midió el culo y salió tras ella. En el andén adelantó a la mujer que se bamboleaba. Luego aminoró y se dejó alcanzar. Mi convoy siguió la marcha y me quedé sin el final de la historia. Bajé en Gran Vía, descendí por Montera haciendo eslalon entre putas, chulos y turistas y desemboqué en Sol. En el mercado de San Miguel me compré la cena: lechuga y fruta. Ahora cuando escribo este post me dan ganas de ponerme música. Pienso en el hombre más guapo que yo y en la mujer. ¿Estarán ya en la cama? No les tengo envidia. Solo yo sé por qué.