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Querido real Donald

Nací en Venezuela seis meses después de Hugo Chávez Frías. Me llaman y apellidan igual que el actual ministro venezolano de lo Imposible, perdón de Economía, un tal @ramonloboPSUV, con quien me confunden, tanto para pedir como para faltar. Lo llamo “el impostor”, pues soy el original: llegué antes.

Mi padre era español. Mi madre es británica. Mi abuelo nació en París pero fue luxemburgués como la mayoría de sus ancestros. Mi abuela era normanda, una forma indómita de ejercer de francesa. En mi árbol familiar hay raíces gallegas, castellanas, sajonas y, tal vez, judías. Algún rastro llega hasta San Petersburgo con una tatarabuela pianista.

He viajado por muchos países, incluidos árabes y africanos. De su lista de malos malísimos he estado en tres: Somalia, Irak (siete veces, antes y después de Sadam Husein) y Sudán (del Sur). No tengo claro cómo cotizan Afganistán, Líbano, Bosnia, Kosovo y Chechenia, pero me temo lo peor.

Aunque poseo pasaporte español no sé muy bien de dónde soy. Mi país, el que me alimenta y sostiene, lo componen barrios, casas, olores a yerba quemada, libros, películas, músicas, objetos, bares, restaurantes, islas como Ítaca y Cefalonia, personas vivas y muertas, y algunos goles memorables.

Soy del centro de Madrid por reicidencia. En ese país sin fronteras y abierto a la contaminación, que prefiero calificar de riqueza, están los monumentos de Jefferson y Lincoln en Washington, y muchas calles y plazas de Manhattan, un lugar que me fascina. Y está en río Hudson. Y el Golden Gate de San Francisco y las Montañas Rocosas. Y Vancuver. También Londres, Estambul y Roma.

En el último viaje a Nueva York, hace solo unos meses, pasé diez veces delante de la Trump Tower, pero no hay manera de que se me meta dentro, con perdón. Quizá sea la forma, el tamaño, el color o el olor. Soy más de Top of the Rock del Rockefeller. Más tradicional.

¿Me dejará volver? Un detalle en mi favor: soy blanco, aunque cuando viví en EEUU una funcionaria negra de la Seguridad Social me dijo que no lo era, que debería poner la cruz en la casilla ‘hispanic’. Le hablé de París, pero la mujer resultó inflexible: “usted no es blanco”, sentenció. Opté por el compromiso, no por la guerra de razas: “¿le parece bien que sea de origen caucásico?”. Aceptó.

Este detalle, que permanecerá durmiente en algún fichero patriótico, unido a mis dos semanas en Chechenia con la guerrilla independentista, será puntilla final.

Otro asunto a mi favor: pese a nacer en Venezuela, en Lagunillas para ser exactos, solo estuve allá cuatro años y medio. Si le interesa saber más, cómprese el libro Todos náufragos. O tuitéolo sin leer.

¡Se me olvidaba!: me encanta México. Tuve una parte de mi familia exiliada en el DF. Odio los muros, prefiero los puentes, pero como decía Julio Cortázar, los puentes no sirven de nada sino no hay personas que los puedan cruzar. ¡Siempre me quedaría Canadá! ¡Y Nueva Zelanda! Feliz semana.

Escuchadores de caracolas

La música me aísla del ruido, me sumerge en armonía. Es un billete para bucear dentro de la mente y de los recuerdos. Desde la música se llega a las infancias, a las vividas y a las soñadas. En un momento del viaje dejo de escuchar. Todo es silencio, un libro en blanco.

Saramago escribía con Bach. A veces, en la planta baja de su casa de Tías, en Lanzarote, se oían las voces de Bob Dylan y Leonard Cohen. Todos enlazan, depende de la frase, del momento.

Me gusta Mozart. Una de sus óperas, La Flauta Mágica, me transforma en pájaro. Vuelo sobre acantilados. Otras veces, el cuerpo me pide Pink Floyd. Me gustan los músicos que transmiten emociones. Necesito escuchar desde la piel.

Cuando estoy cerca del mar, recorro la playa al atardecer, ya vacía de gente. Rebusco entre restos de los naufragios, las piedras, los esqueletos de calamar y las conchas. A un lado están las olas que respiran. En mí, bullen todos los océanos, sobre todo los literarios.

Los años me han enseñado qué caracolas están preñadas de palabras. Son las responsables de esconder las que cayeron del pico de los pájaros que las transportan de un país a otro sin asustarse de las fronteras del hombre. A menudo son extranjeras. No importan los significados, solo la músicalidad.

En los mejores atardeceres, el buscador de caracolas reúne diez de las que hablan y compone una frase. En una semana de mucha suerte podría descubrir un hilo del que tirar para construir un relato. La novela saldría sola, fabricada de viento.

Coloco las caracolas sobre la mesa de trabajo y espero a que mis dedos se muevan sobre el teclado del ordenador, como si no me pertenecieran. Escribir es un hermoso oficio de escuchadores. Feliz semana.

Despedidas que duelen

La vida es una sucesión de despedidas. A veces son familiares, amigos; otras, animales, objetos, casas. Al final uno se despide de sí mismo, de su identidad como persona. Caminamos arrastrando una maleta llena de lo que fuimos capaces de ser. La esencia, la individualidad, está en ella.

No tengo la necesidad emocional de los espacios físicos concretos, de habitarlos. Poseo la capacidad de recrear esos espacios dentro de mi, vivirlos en un mundo paralelo que resulta más rico que el original. Quizá por eso escribo.

Esta semana vendimos la casa de mi madre. Fue una decisión difícil, dura. Se cierra una etapa con miles de recuerdos. La noche anterior no dormí. Sentía una gran presión en el pecho. Me imaginé muerto de un infarto. ¿Cómo vender la casa si me he puesto difunto justo antes de la firma? ¿Cómo y quién descubriría el cuerpo? Son pensamientos que me acompañan más de lo habitual desde soy consciente de la pronta finitud de mi madre.

A veces veo muertos en la calle, personas que transitan por esta brevedad convencidos de que tienen la estancia asegurada por mucho tiempo. El miércoles jugué con el calendario del teléfono para calcular los días que nos quedan de estar con Trump. Un simple deslizar del dedo se come media vida. Todo es tan fugaz.

Despedirse de la casa del Pinar es despedirse de mi madre. Esa es la dificultad. El espacio físico no cambia, ya se me metió dentro junto a otros espacios mágicos: la casa de María de Molina, la de mis abuelos en el sur de Inglaterra. La dificultad está en perder el ultimo vinculo, quedar desnudo e irremediablemente solo.

Cuando siento la tentación de conservar el espacio real, sé que me mueve el ansia de sostener una parte de mi vida, de negar el paso del tiempo. No hay dinero que compre un pause vital. El tiempo vuela, envejecemos. Seguimos viviendo dentro de un juego de compensaciones: pierde el cuerpo, gana el punto de vista, algo más pausado y colmado de experiencias.

No sé cuánto me queda pero sé que será la mejor parte de mi vida, la etapa de subir nota, de disfrutar de las pequeñas cosas, de convertir la nostalgia de lo vivido en alegría de seguir vivo.

Ya tengo lo más difícil: el compás. Buen fin de semana.

Populistas y simuladores en 1977

¿Han cambiado Felipe González y el PSOE? ¿Engañaron a un país? ¿Son los males del Partido Socialista Pbrero Español culpa de los perroflautas del 15M o de los populistas antisistema de Podemos? ¿Se deben a la gestión de Pedro Sánchez?

Este vídeo electoral de 1977 es una joya, una lección para los Vara, Díaz y demás simuladores. En él están las respuestas y el motivo de una decepción histórica. Se lo recomiendo entero, pero no dejen de ver desde el minuto 08,40 hasta el final. No tiene desperdicio.

Aún siento rescoldos en la garganta

Aún siento rescoldos en la garganta. Los bomberos del paracetamol acuden cada siete horas al monte quemado para vigilar que no reaparezcan las llamas, retirar la hojarasca seca, trazar cortafuegos con las partes sanas del cuerpo. El paisaje es desolador. Me duelen las costillas de toser. Me salieron tabletillas-Cristiano en el estómago, pero por dentro. Me esculpo tos a tos sin disimular la tripa, con humildad, para que después digan que soy egocéntrico.

Los trumpismos siguen arrasando el paisaje ético. Firmar una orden ejecutiva xenófoba el día del Holocausto, en el que se conmemora la liberación de Auschwitz, es un símbolo. El personaje tiene tanto “yo” y tanto odio que no le caben los matices. Llevamos nueve días. Quedan cuatro años.

La novela sigue dormida. Sé que no está muerta porque la escucho roncar por las noches. Solo está fuera de mi. Desde hace un par de días noto que empieza a moverse, como si se desperezara pese a que aún inverna dentro y fuera de la cueva. Tal vez fue la fiebre, un espejismo.

El jueves cerraré físicamente una parte de mi infancia y juventud. Necesito dejarme vivir ese acontecimiento, empaparme de sensaciones y emociones sobre las que algún escribiré más Náufragos. Necesito centrarme en lo esencial sin que me perturben otras voces del mismo hundimiento. El lunes se cumple un año sin Blanca, la voz que fue y que tanto echamos de menos.

Feliz fin de semana.

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