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11-M, división y desmemoria

Pasó otro 11-M con las víctimas divididas, separadas por un abismo de rencores y desencuentros creados desde fuera que ni la muerte sirve para unir. Seis años del peor atentado de la historia de España y seis de la Gran Mentira por cuyos rescoldos aún caminan, eso sí con más disimulo y tiento, los manipuladores, los oportunistas y los idiotas, que de todo hay en periodismo y política. Cuando observo la fotografía de Mariano Rajoy, tan fuera de sitio ayer en el Congreso, me estallan en la memoria sus declaraciones y las de otros prohombres y mujeres de su partido en aquellos días y en los cuatro años que siguieron defendiendo lo indefendible hasta que dejó de ser rentable.

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Me cuesta pensar que este tipo, a quien tan bien retrata Peridis en sus viñetas del santo vago Job, pueda ganar unas elecciones sin antes pedir públicamente perdón a las víctimas y a los españoles en general por faltarles el respeto. ¿Perdón? No sucederá; en política no hay autocrítica ni pensamiento, sólo maquillaje, autobombo y utilización.

Ayer me acordé también de otros muertos y de las decenas de heridas que este país aún no sabido cerrar. Son una prueba de nuestra cobardía y escasa generosidad. Faltan líderes  valientes y valores. Falta una sociedad civil que decida recuperar la ciudadanía y ejercer el verdadero control de la política, el de cada día.

Este mes se cumplen 68 años de la muerte del poeta Miguel Hernández. He encontrado esta joya, la versión de Vientos del pueblo de Manuel Gerena:

Propuestas contra la molicie

Un libro: Tengo bastantes defectos; unos son educacionales (sobreviví a tres colegios católicos) y los más son adquiridos con gran dedicación por mi parte. Uno de ellos es que soy un lector ocasional de poesía. Hace años descubrí (inducido; ya diré por quién, que más adelante recomendaré sus libros) a Vicente Núñez. Su libro Mío Amor es una joya.

El ser no es sustancia, es relación
Soy más que el que arrastro conmigo
Conseguí perder lo que jamás tuve: cabeza
Soy quien fui cuando encontré lo que no sería

Una película: Me gustan los perdedores. Vi Avatar en 3D y en Versión Original. Me gustó. Salí entretenido de la sala de cine, que es una de las funciones de la industria cinemográfica. Era mi primera película en 3D y se me notó durante el trailer de Alicia en el país de las maravillas: aparté la cabeza creyendo que algo me iba a golpear. Lo hice con cierta elegancia, casi disimuladamente. Creo que nadie se dio cuenta de que era un paleto en ese tipo de tecnología. Avatar me gustó porque sus efectos especiales son excelentes. Es cierto que la historia es un pastelito ya contado, pero qué más da. Hay trazos de Irak, de la Amazonía, de cierta crítica política edulcorada… Nada con demasiada intención, sólo un cóctel para tener éxito, lo que es legítimo. Es una película que se ve mejor sin prejuicios pero como película es mucho mejor la de su mujer. Enhorabuena a la Academia.

Un link: Otro fotógrafo que deberíamos conocer. Se llama Carlos Abella.

Una canción: Esta version de Ghost Of Tom Joad la canta Brunce Springsteen en el salón de su casa de New Jersey. Vía El Descodificador. Me gusta este tipo en sus canciones, en su actitud ante la vida y la política.

Una sonrisa: El Roto, como casi siempre. Recuerdo un día durante una discusión con mi padre, algo frecuente, que él me espetó: “¡Cuántos muertos en el nombre de la libertad!”. Respondí: “¡Muchos menos que en el nombre de Dios!”. No sé por qué me ha venido este diálogo a la memoria al ver esta viñeta de Andrés Rábago.

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Una frase: “Sólo encontrarás lo que buscas, cuando dejes de buscar”. Budismo Zen que me llega vía Alejandra Herren y Rubén Silva.

Un inclasificable: Una amiga queridísima me envía un poema maravilloso, pero me gusta casi tanto su presentación como lo que se sigue. Es una pena que ame y viva en el anonimato porque merecería más reconocimiento del que tiene. Éste, al menos, es el mío:

Estos días de desolación, después de tanto terremoto y destrucción física y moral, minas perdidas que matan a civiles, niños que lloran, vueltas y más vueltas sobre las guerras justas, sobre las armas de destrucción masiva, iraníes, iraquíes o de dónde sean, y más y más desolación, me acordé de un poema que leí hace mucho tiempo y que me conmovió profundamente. El poema se llama Cero y lo escribió uno de nuestros mejores poetas, Pedro Salinas, sí, ése que quería vivir en los pronombres (qué hermosura… quién pudiera). Es un poema inmenso, en extensión y en profundidad, motivado por el horror de la destrucción de la bomba atómica, pero sirve para cualquier bomba de cualquier guerra.

Te mando los primeros versos pero te recomiendo la lectura completa.

CERO

Invitación al llanto. Esto es un llanto,
ojos, sin fin, llorando,
escombrera adelante, por las ruinas
de innumerables días.
Ruinas que esparce un cero —autor de nadas,
obra del hombre—, un cero, cuando estalla.
Cayó ciega. La soltó,
la soltaron, a seis mil
metros de altura, a las cuatro.
¿Hay ojos que le distingan
a la Tierra sus primores
desde tan alto?
¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas,
que se tejen, se destejen,
mariposas, hombres, tigres,
amándose y desamándose?
No. Geometría. Abstractos
colores sin habitantes,
embuste liso de atlas.
Cientos de dedos del viento
una tras otra pasaban
las hojas
—márgenes de nubes blancas—
de las tierras de la Tierra,
vuelta cuaderno de mapas.
Y a un mapa distante, ¿quién
le tiene lástima? Lástima
de una pompa de jabón
irisada, que se quiebra;
o en la arena de la playa
un crujido, un caracol
roto
sin querer, con la pisada. (…)

Una reflexión: Todos parecemos desubicados buscando, consciente o inconsciente, lo mismo, o casi, sea en el trabajo o en el terreno personal. Esta sociedad, que se basa en la organización, está cada vez más desorganizada. Me gusta sentarme en un banco en la calle e imaginar encuentros entre personas que se cruzan sin mirar, sin saludar, sin sonreír. Detrás de cada máscara, una sorpresa que se pierde.

Saber qué contar antes de escribir

Antes de empezar a escribir el reportero debe saber lo esencial: qué desea contar. Se llama intención. Facilita la estructura que es la ordenación del ritmo narrativo: las descripciones, las personas y los datos. Sin ritmo todo es soporífero. Nadie paga por aburrirse leyendo un periódico. Me decía un fotógrafo en Puerto Príncipe que los mejores reporteros (gráficos o literarios) tienen detrás los mejores jefes, editores que saben respetar el trabajo ajeno y que saben guiar al reportero que se repite en los temas o se agota ante el dolor extremo. No son buenos directores de orquesta los que envidian al violinista.

Somos periodistas, no escritores, y debemos informar, no exhibirnos, lo que no impide escribir bien. Para mí la mejor escritura es la que está viva, la que es capaz de transmitir las emociones de los Otros, no la que acumula palabras rebuscadas. A veces la información se esconde en una estadística o en unos hechos contrastados; otras, en personas que desde su pequeño universo explican otro mucho más amplio. El periodismo anglosajón, que es el que me gusta (madre inglesa, ya se sabe), enseña que siempre debe haber personas que cuentan en toda crónica y más en el reportaje. The Wall Street Journal lo demuestra incluso en sus informaciones económicas.

Me fascinan las descripciones cuando están al servicio de otro de los objetivos: meter al lector en el centro del reportaje, permitir que se sienta testigo de lo que sucede. Larry Colins da una receta: color, olor y sabor. Sin esos ingredientes no hay periodista en la calle.

Si queremos que el lector pague por leer periódicos, sea en papel o en la web, necesitamos merecer que nos compren. Un tipo como El Roto vale más del precio que se pide por un ejemplar. Desde esta semana, en El País empezamos una aventura maravillosa en busca de esa excelencia en todos los soportes con la unificación efectiva de la redacción de siempre con la digital. Nadie tiene una receta mágica, pero tenemos lo esencial: buenos periodistas y ganas. No esperen milagros porque aún estamos aprendiendo.

A vueltas con el gran Labordeta

Soy de los que piensan mucho en la muerte y en cuál sería mi reacción ante la noticia de una enfermedad grave, de esas que tienen mala prensa y asustan. Incluso escribí una novela (Isla África) sobre este asunto que no sirvió de terapia psicológica sino para cargarme de razones sobre mi derecho a elegir. No es una manía reciente, producto de la acumulación de los años, sino que viene de lejos, de cuando tenía 18. Mi padre me regañaba culpando de mis desvaríos a la lectura de la obra de Kafka, mi escritor favorito de entonces, y a quien se han unido bastantes más.

Sé que esto se acaba, que la vida es finita. Lo sé desde antes de verlo en mucha gente que murió prematuramente en Bosnia-Herzegovina y en tantos otros sitios. Me emocionan las personas valientes, las que dan ejemplo cuando todo va viento en popa y cuando la travesía se torna dura y difícil. Por eso me gusta tanto José Antonio Labordeta. Ayer colgué en Facebook una entrevista publicada en El Mundo que me llenó de energía y ganas de pelear cada detalle insignificante. Os la recomiendo. Pero este post busca ir más lejos, quiere enseñaros algo más para sepáis de quién estamos hablando.

Labordeta es, para los que por edad o lejanía geográfica no le conozcan, una institución para la izquierda española. Fue uno de los principales cantautores durante el franquismo y en los primeros años de la transición, cuando todo estaba en el aire aunque muchos de los que hoy señalan con el dedo no se acuerden de cuáles eran sus posiciones ni qué cosas defendían. De sus canciones voy a elegir la más emblemática y si os gusta podéis googlear y bajaros otras en iTunes. Hay gente por la que merece la pena pagar:

Labordeta fue elegido diputado en las Cortes en 2000 y desde su inmensa minoría (era el único diputado de la Chunta Aragonesista) dejó numerosas pinceladas de dignidad y coraje, algo infrecuente en una clase política poco ocurrente y muy dada a la obediencia debida, que estar en la lista da para vivir sin pensar. Esta réplica fue de las célebres. Las risas son de los que comían caliente cuando se torturaba en este país. Creen que lo que dice Labordeta es una gracieta o una exageración. La memoria histórica sirve, al menos, para que se dejen de reír porque gran parte de la historia de España no tiene ninguna gracia.

Su despedida del escaño de diputado ante los periodistas parlamentarios fue grande, como lo es la entrevista que le sigue de Mara Torres.

8 de marzo, la lucha continúa

Detesto los códigos machistas de mando, el esto se hace así porque lo digo yo, porque me sale de ahí o de allá, o porque soy tu padre, hermano o jefe. Me inquietan las profesiones que se disfrazan para reforzar la podestas porque carecen de auctóritas. Esta es una sociedad patriarcal esculpida en dictaduras, infiernos y miedos al que dirán en la que muchos hombres se creen propietarios de mujeres que adquirieron en matrimonio y por ello no aceptan el cambio de roles. Somos una sociedad de prietas las filas, de quien se mueve no sale en la foto y obediencias debidas que teme a la libertad y al individuo. Todos esos miedos sólo producen una insoportable mediocridad ambiental.

No sé si la gran revolución pasa por perseguir el lenguaje (juezas, médicas, las vascas y los vascos de Míster Spook; de esto ya hemos discutido antes) y promover leyes de cuotas del 50% que terminan por producir personajes irrelevantes como la británica Catherine Asthron al frente de la política exterior de la UE; eso sí, nombrada por hombres no menos irrelevantes que arrastran siglos de inutilidad. ¿Por qué no una cuota de capacidad? Me conformaría con el 10%.

Las cuotas son gestos cosméticos que ganan votos pero pierden batallas pues además de esas medidas son imprescindibles profundos cambios estructurales en la educación de los niños y los adultos. Desde el nido, desde el rosa y azul que nos divide en tribus de colores con derecho a tal y cual sentimiento.

Me gustan los hombres que lloran, que sienten y lo manifiestan porque la gente real que se muestra me resulta fiable. Detesto a los hombres (y las mujeres) objeto que buscan otro objeto para la colección y también a los machos que exhiben arrogancia cuando es sólo cobardía.

Creo en las parejas libres en las que ella o él están allí porque desean estar aunque tarden en decidir y tienen la libertad para entrar, comprometerse y salir. Huyo de las parejas-cárcel porque no tengo tiempo ni ganas de ser carcelero. Odio a los maltratadores físicos, emocionales o psicológicos. Me asquean el abuso de poder y la injusticia. Y la violencia en cualquiera de sus formas; por eso, quizá, mi trabajo es viajar hacia ella para escribirla en una crónica o en un reportaje e impedir que sea invisible, es decir, impune.

Hoy es 8 de marzo y no hay razones para el optimismo. No son sólo las estadísticas que se acumulan, son las miles de historias individuales de mujeres que padecen en México, Guatemala, Haití, Reino Unido, Suecia o España. Hoy pienso en las mujeres africanas condenadas a una lucha diaria y desigual en la que su jornada de trabajo no remunerado gira entorno a la búsqueda de un agua lejana y poco salubre. Lo que a ellas les roba horas de vida, a mí me cuesta apenas unos segundos. Esta es la diferencia inmoral que nos separa. A ellas las condena a la supervivencia; a nosotros, mujeres y hombres del Primer Mundo, nos regala tiempo para el ocio, la educación y los sueños.

Para vosotras, por nosotros:

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