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62 no 26

Soy la prueba -todos lo somos aunque nos hagamos el longui- de que el orden de factores afecta al producto. Me miro (poco) al espejo y veo el galope del tiempo debajo de los ojos, en el cuello, en las manos. Cada marca, cada deterioro tiene una historia. Crecer es acumular relatos por si alguien los quisiera escuchar.

Prefiero hacer años que cumplirlos, tiene más construcción.

Al cruzar los 60 empecé a fijarme en los que no llegaron. Vivir es ir quedándose con los recuerdos hasta que aguanten. Vivir es un juego de desapariciones.

Envejecer, deteriorarse, entorpecerse es un lujo y una jodienda. Más en una sociedad que pasó de percibir a sus ancianos (aún no llegué) como fuente de sabiduría a verlos como bultos torpes que cuestan dinero al erario público y a las familias. Por eso tengo gatos, para no me afeen mi estado.

En muchas culturas africanas, el anciano está en contacto con los antepasados. Es el que puede interpretar sus deseos y escuchar sus consejos. Es quien está más próximo del espacio difuso y mágico en el que se mezclan la vida y la muerte.

Cumplir años afloja la lengua. Desaparecen las ambiciones, se simplifican los anhelos. se evaporan los cálculos, los planes, los adjetivos. Es el regreso a lo esencial, al sustantivo.

Empieza un camino de 12 meses hasta la cumbre de los 63, una edad con yuyu familiar. Al comienzo de la ruta, mi madre cumplirá 93, que tampoco es lo mismo que 39. Me conformo con los 82 de Leonard Cohen, en pleno uso de sus facultades mentales. Muchas gracias por las felicitaciones y los buenos deseos.

Me gustan estos versos de Saramago, y me gusta Bruce en su homenaje a Prince.

“¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento”.

10 canciones para sobrevivir

Llegó el día: viernes 20 de enero. Son solo diez canciones que me gustan. Empezamos con un pequeño diálogo de Joe Strummer.

Feliz cuatrienio de resistencia pacífica.

El mar, sus olores y fantasmas

A veces cierro los ojos y siento la brisa del mar, sus olores y náufragos. En los días temporal dejo que los 32 vientos de la rosa de los vientos me limpien por dentro y me habiten palabras traídas de países muy lejanos. En los días de temporal me despierto con el rostro mojado hablando idiomas desconocidos.

En Galicia percibo el poder telúrico de la tierra y el agua. En la Costa de la Muerte todo parece embrujado: piedras, árboles, gaviotas, barcos, gentes. Siempre quise ser navegante, explorador, tener un río por el que escapar. Y lo he sido de alguna manera.

Hoy visité una residencia. Quedé aplastado por la industrialización de la vejez. Me tocó asitir al turno de comida de los ancianos que necesitan asistencia. Me impacta estar con seres que extraviaron la maleta de su vida, sus recuerdos. Una mujer me miró con la boca ladeada y los ojos idos. En ellos había un hilo de luz, una última conexión que se resistía a ceder.

Caminé por la ciudad como si las aceras fuesen alcantilados. Hay un miedo concreto y próximo que me zarandea. Solo sé que no llegaré a ese estado. Antes volaré hacia el mar. Seré pájaro.

Viernes de catarro con música

Viernes, catarro y frío polar. Desempolvé algunos aperos de sentirse mal: aspirinas, termómetros que no funcionan, Vick Vaporub. Huelo a boticario.

Traje una toalla vieja de casa de mi madre para proteger el transporte de una lámpara de mis abuelos. Los gatos la han hecho suya, impregnándola de olores. Es un territorio de paz. Ni juegan ni pelean. Duermen pegados, se acicalan. No hay sitio para el gato grande que debe conformarse con escribir en el ordenador.

El miércoles estuve en Valencia: arroz caldoso y Ópera con el maestro Fabio Biondi a la batuta: Philemon und Baucis de Haydn, un ópera corta con marionetas. Una joya. Me gustó mucho la soprano Rita Marques. Tiene una voz que sobresale, de esas que identificas dentro de un coro. Feliz fin de semana.

Echo de menos Nueva York, sus habitantes amigos: Antonio, Grace, Idoia, Francesc, Rosa…

Arrancó el año con un agitado Vista Alegre II en mi estómago. Ganó el sector que exigía vomitar. Vomitar nunca ha sido mi especialidad. Pasé el 1 en cama, colgado de un hilo. Una amiga budista aportó optimismo: “Eso significa que has echado todo lo malo de 2016; empiezas limpio”.

Este domingo, superadas las asamblea estomacales y las fiestas navideñas, visité a los tres Ramón Lobo difuntos: el padre, el abuelo y el bisabuelo. Al primero le puse flores rojas, ma non troppo; al segundo le saludé sin poder alcanzar la cuarta fila de nichos donde reposa junto a mi desalmada abuela Pilar. Al tercero le coloqué un ramo. Entre sus muchos colores había zonas que parecían la bandera republicana. Su camposanto está, a diferencia del de San Isidro, lleno de gatos. Al llegar había dos sobre la lápida. Escaparon al verme.

En un gesto almodovariano eché agua sobre la piedra para quitarle la suciedad y tomé prestado un cepillo. Me sentí bien, algo lorquiano.

Me resulta más fácil tratar con algunos muertos que con la mayoría de los vivos. De los que quedan, me importa sobre todo mi madre.

Este lunes fue extraordinario. Le hice la comida como cada lunes. Hablamos mucho. Salimos a ratos de los bucles y le expliqué algunas decisiones. Me preguntó qué había dicho su padre cuando me presentó en Inglaterra y tuve la inteligencia de responder que le gusté porque era su primer nieto. Creo que me había confundido con su marido.

Desde que se rompió el fémur hace tres meses, la enfermedad avanza. Aparecieron las primeras grietas en los muros que protegen la memoria antigua. Dentro de ese muro estamos nosotros, sus hijos, los nombres, los rostros, el anclaje. Cuando se abra un boquete, nos iremos por él.

En vez de vivir este proceso con desgarro, lo siento como un regalo, algo que podré recordar. No voy quedarme con una sola palabra callada, quiero sentir que estoy, que estamos en paz. Es un estado que matiza y reequilibra los recuerdos de la infancia, y que se extiende a mi padre, con quien estuve en guerra hasta que escribí Todos náufragos, hace un año.

No tengo problemas con la muerte ni con el dolor, para eso está la morfina, la maría y lo que haga falta. Tengo problemas con el deterioro, y más en una sociedad que se simula eterna, delgada y joven, que desprecia la edad, el defecto. Quizá este sea el último regalo de mi madre: enseñarme la dignidad y los límites de lo que estoy dispuesto a aceptar.

Hay un momento en la vida en el que el físico, al que nunca dediqué demasiado tiempo, deja paso a la mente, a todas las imágenes y voces almacenadas, a esa extraordinaria capacidad que tenemos de sentir e inventar. Estoy en la ruta adecuada, explorando los caminos hacia lo esencial.

Feliz día.

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