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Una nadería de nada

Un ejercicio de resistencia frente a un mundo veloz: sentarse en cuclillas ante un grifo que gotea despaciosamente, dejándose la eternidad entre gota y gota. Tengo que vaciar la mente, neurona a neurona; cerrarla, ventana a ventana. Lo intento una y otra vez pero en lugar de gotas caen torrentes de letras apretujadas en tuits incomprensibles. Escucho el ruido de la velocidad de la intrascendencia golpeando el suelo de madera. Parece un fantasma llamando a la puerta del castillo.

Subo el volumen de mi camisa de fuerza. Suenan los directos de las televisiones superpuestas: miles de voces narrando en decenas de idiomas lo irrelevante, la nada. Enciendo la televisión de casa. Veo un pasillo de asfalto por el que circulan caravanas de coches que escupen líderes ante unos periodistas enjaulados. Los periodistas extienden los micrófonos, gritan; los líderes saludan, murmuran reiteraciones.

Intento un segundo ejercicio de calma frente a este mundo vacuo: una semana sin leer periódicos, sin abrir el ordenador. Un amigo me deja cada mañana en el felpudo el dibujo de El Roto y una barra de pan (integral, por favor). Desayuno sus personajes a palo seco, sin mojar, según me vienen. Los personajes de ficción son mejores que los reales: no engordan.

Prendo un fuego en la chimenea que no tengo y observo las llamas. Me gustan sus juegos de transformaciones. Cojo un puñado de tuits del grifo y los arrojo a la hoguera, como en la Inquisición. No se escuchan ayes ni protestas. Son tuits-corderos. Golpes en la puerta. ¡Abra! ¡Policía! Es el FBI; entran armados, como en las películas. Me acusan de ser un anarquista, un incendiario. Me defiendo con el argumento de que tengo un piso pagado. Responden que entonces soy un anarquista con suerte y sin principios.

Suena un gong. Es Wall Street que acaba de cerrar la sesión con pérdidas. Una voz grave lee los nombres de los que se han quedado sin ahorros. Uno de ellos es el mío. El público del plató aplaude, se desternilla. Parece un reality show, pero es solo una pesadilla que se repite.

El silencio en The Artist (y 2)

The Artist me crece, se recrea una y otra vez dentro de mis entrañas. Su mudez, su silencio, son un desafío a este tiempo ruidoso, vorágine e intrascendente: miles de luces de neón pasándonos delante de los ojos de persiana en persiana, de ciudad en ciudad. Es una película que invita a la pausa, a parar, a sentir. Una amiga sostiene que vivimos una vida en las que se nos exige reinventarnos cada día para no quedar obsoletos. Siempre a la última, siempre en el ruido, en marcha, una vida de cien metros lisos.

The Artist parece un desafío a ese estrés, a la locura de correr sin sentido hacia ninguna parte. La película me crece y dejaré que así sea, que me empape y desborde. Después, sin el efecto-bálsamo, volveré a verla en la sesión de las 1540 en un cine semivacío en una ciudad apresurada; una hora lenta, callada, para que no olvide que la existencia es un hermoso maratón.

Voces en The Artist

The Artist. En mi cabeza suenan las voces no escuchadas, los ladridos, el mundo en blanco y negro previo a la Gran Depresión, a la Gran Hecatombe. En mi cabeza suena Etta James, que no hace mucho cambió de tren para viajar en dirección opuesta a la mía. Suenan muchas cosas; me siento lleno, colmado. El cine, como la Literatura, permite vivir varias veces, apropiarse de otros para ser más tú, mejor tú.

Me gusta cuando las historias escapan al telón del The End; cuando se duplican y mezclan con lo vivido. En The Artist salen mudas de la pantalla y crecen habladas con el paso de los minutos, las horas.

Debió ser una tragedia para muchos el salto del cine mudo al sonoro. Lo es ahora el cambio de la prensa impresa a la era Internet, también en tiempos de grave turbulencia económica. Todo cambio brusco deja cadáveres en el camino: personas, ideas, olores, sueños. El cine y la Literatura son instrumentos al alcance para capturar lo que se esfuma, lo que se esfumó, y conservarlo. La memoria es un museo, nuestro patrimonio. Ver y leer es resucitar. Somos gracias a lo que dejó de ser; somos solo peldaños de una escalera.

The Artist tiene dos grandes interpretaciones, pero la del perro es única, un contrapunto de ternura; un sentimiento que para muchos dejó de ser, lo perdieron en algún ascenso social. The Artist emociona. Para emocionarse es necesario bajarse de la coraza, del personaje, del ego que domina. La oscuridad de una sala de cine ofrece una oportunidad única de clandestinidad. Desde hace muchos años me da igual si me ven emocionarte, sentir. He aprendido que vivir es ser uno mismo, no lo que esperan los demás.

Buen fin de semana.

Por fin, la tecla

Después de nueve encuentros jugando a bloquear de mala manera al Barcelona, Mourinho ha encontrado, quizá sin desearlo, la tecla para ser mejor: jugar al fútbol. Este partido lo mereció el Real Madrid: en la primera media hora y, sobre todo, en la segunda parte. Es la primera vez que veo al Barcelona asustado, frágil.

Esta eliminatoria la perdió su entrenador en la ida y en dejar a Benzemá, su mejor jugador, en el banquillo. El resultado es malo y bueno, muy bueno; se pierde pero se rompe el bloqueo psicológico del club ante este Barça. Los jugadores, y espero que su entrenador, ya saben que pueden ganar. No son imbatibles. Solo hay que ser mejores y tener suerte. Esto servirá para los próximos partidos, quizá en la Champion. Este partido, el modo brillante en el que se ha jugado, es gasolina para la Liga. Una dosis de confianza: es un torneo que se puede y debe ganar.

El árbitro Texeira ha estado desastroso. Erró en tres penalies: dos a favor del Madrid y uno de Barça; pitó mal varios fueras de juego perjudicando a ambos y fue muy casero en las faltas. Pudo expulsar a Lass, nunca a Sergio Ramos. Lo mejor del encuentro es que ahora solo recuerdo el juego desplegado de dos equipos de calidad entregados, con mucha lucha y buenas jugadas. Espero que el Barça se canse mucho en la siguiente eliminatoria con el Valencia. Ahora soy del Mirandés.

El puente de Baudelaire

Si tienes talento escribes debajo de un puente; eso dicen que decía Baudelaire. No tengo puente, pero si una niña cerca que canta, salta, toca la flauta, me pide que le tome la lección y vuelve a cantar. Creo que Baudelaire tendría graves problemas para redactar un post en estos momentos. En las redacciones se escribe en medio de un silencio funeral; no se escucha el teclear de una mosca ni el vuelo de una mala idea. Todos con la cabeza en las pantallas, escondidos, absortos en el más allá, incluso más lejos, algo contraproducente cuando trabajamos con y para el más acá. A veces se escucha un grito en 140 caracteres desde las mesas digitales: ¿Quién está con no sé qué? Y quién responde tímido: yo.

Hemos perdido el vértigo de Baudelaire, el bullicio, el cachondeo, la risa. No pasan carretas ni camiones sobre nuestras cabezas. Tampoco nubes ni soles de invierno encerrados como estamos en edificios inteligentes que, de momento y por fortuna, no saben redactar noticias.

Como no volverán las oscuras golondrinas de Bécquer ni las máquinas de escribir ni el humo del tabaco del puro de Rajoy ni las blasfemias, una solución podría ser poblar las redacciones de niñ@s armados con flautas para que cada periodista recupere el tino de trabajar en medio del carajal, de la marabunta, del griterío, de la urgencia y el caos, no vaya ser que la culpa de nuestros males no sea Internet o nuestra impericia demostrada sino ese maldito y puñetero silencio.

No sé si desaparecerán los periódicos impresos y todo serán webs y periodistas ciudadanos digitales a los que no habrá que pagar: miles de tuits y fotos tomadas por cámaras superinteligentes que permitirán editar después desenfoques, luces y cagadas.

Me gusta el papel, el libro, su tacto, su olor. Antes de que sea tarde busquemos salidas prácticas, de sostenibilidad económica, ideas imaginativas que colmen a empresarios, anunciantes, peatones y kioskeros, y salvemos de este modo nuestro oficio.

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