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Ser un inútil desgasta

Soy un desastre en el bricolaje. No, hazme caso: un desastre faraónico. Una simple estantería de Ikea, cuatro tablas, me demanda tal esfuerzo mental que el cerebro se me queda en blanco, como el de los testigos de la Púnica.

Soy incapaz de trasladar la imagen de una pieza del papel a la realidad. Carezco de visión espacial. Me pasaba en el colegio con los supuestos test de inteligencia. Tras una sucesión de figuras geométricas tenía que averiguar la siguiente de la serie. No le dediqué un segundo. Rellenaba a boleo. En los dos test que realicé dejé al psicólogo confuso. No sabía si estaba ante un imbécil o un genio rebelde. Esa duda la vamos a resolver ahora.

Acabo de dedicar cerca de tres horas a sustituir dos cortinillas plisadas de velux que se habían roto. La del salón me ha llevado dos horas y media. Al principio los gatos corrían por la casa pensando que me había poseído Rafael Hernando. Después, se escondieron.

Hablé solo, blasfemé (no ha quedado un santo sin su porción escatológica), bramé y amenacé al velux con suicidarme ahí mismo en un rapto melancólico. Y el velux, ni caso; ni un, “oye, que no es para tanto”.

Como mis velux son antiguos no llevan incorporado el enganche de fábrica. En una bolsita había dos, uno para el lado derecho; otro para el izquierdo y una forma para colocarlo bien, con el ángulo adecuado. Disponía de los dibujos del prospecto. Todo a favor.

Pues, no. Fracasé en el primer intento, eché la culpa al vendedor, pero analicé, por si acaso, otras opciones. Miré en You Tube. Un samaritano salió a mi rescate en un inglés con acento del norte de Inglaterra. Gracias a él supe lo evidente: lo había puesto mal (fatal). Lo cambié de posición y seguía sin encajar. Probé la tercera y última posibilidad tras analizar las instrucciones y ver varias veces el vídeo. La tercera era la vencida.

Colocar las varillas laterales, que son dos y con la forma precisa para que encajen en un click, tuvo sus dificultades. La principal que en mi casa no se oyen los clics. Nana y Morgan observaban en la distancia, sin confiarse. Cada vez que se caía un tornillo al suelo ni se acercaban para jugar con él.

Tras poner las varillas hubo que encajar las cuerdecillas que sirven de rieles. Otra aventura: también había colocado mal las sujeciones. Cuando terminé, me temblaban las piernas.

Mi otro yo

“Bueno, lo has conseguido. Estarás orgulloso de ti, te has ahorrado 40 euros en un manitas”, dijo mi otro yo. Le miré de arriba abajo como se miran a los otros yo impertinentes. “No estoy contento, estoy agotado, me duele todo, he descubierto músculos y membranas en los dedos y las manos que ni sabía de su existencia, y tengo taquicardia”. El otro yo, que parece de Ciudadanos apuntándose todos los méritos, dijo, “anda que si no llego a estar”.

No me hace feliz confirmar lo que sé: soy un inútil con las manos, me falta paciencia. En esta frase de las manos he estado tentado de añadir un chiste picantón, pero tampoco estoy en edad de presumir. Esa es otra.

Pasados los espasmos, me reté, “¿ponemos el de la habitación?”. Los gatos me miraron con los ojos desorbitados. Decidí que era lo mejor para no olvidar lo aprendido. Tuve algún problema, pero lo logré en menos de veinte minutos.

Me acabo de regalar un vaso de ron Zacapa y un aplauso. Es verdad que los dedos siguen como morcillas de Burgos y la espalda parece la playa de Dunkerque, pero sentirse útil tiene su precio. Feliz fin de semana.

Tiempo de inobediencias e insumisiones

Murió Malén Aznárez, una inobediente como la definió la gran Soledad Gallego-Díaz. Es tiempo de inobediencias e insumisiones radicales hasta con los que podrían parecer los nuestros.

La edad agiganta la soledad y sus sensaciones, reduce los plurales y multiplica la rebeldía. Aquí seguimos en plena lucha en un fuerte que no se rinde.

Mi teléfono presuntamente inteligente me advierte de los cumpleaños de personas que ya no están entre los vivos. En un instante, la memoria se desboca, me siento incapaz de manejar tantas emociones. También conservo los teléfonos de los muertos con los que tuve algún tipo de relación. No me atrevo a borrarlos. Sería borrarles y borrar una parte de mi memoria. Lucho contra los olvidos.

Crecer, envejecer es acumular victorias y derrotas, vivos y muertos que nos han conformado como personas. No renuncio a ninguno. La vida que avanza se llena de libros y músicas. Son las otras presencias que me salvan de cada abismo real o imaginario.

Cuando muere alguien cercano nos reunimos en un duelo colectivo. Cada vez que muere alguien que me rozó con su ala siento que más que dolernos de su ausencia celebramos su vida, su ejemplo.

El duelo es un camino solitario en el que las ausencias que arañan se convierten en presencias que acompañan. Hablo con esas presencia todos los días. En los días de crisis, mi casa parece una asamblea de difuntos.

Labordeta es una presencia rescatadora constante. Buena semana.

Debajo de la hojarasca hay una novela

Existe un punto de tristeza que remueve y empuja a escribir. A un lado del abismo, los sentimientos; al otro, los fantasmas. La novela entra en sus últimos tres capítulos. Después quedará desbrozar, retirar la hojarasca, rescatar el texto que puede haber debajo. Me gusta editar. La sustitución de una sola palabra ilumina una página, logra que todo crezca un centímetro. El pulimiento exigirá tiempo, tino y paciencia. No tengo prisa ni contrato.

Este es el primer verano en 42 años que no tengo con quién irme de vacaciones. Hoy repasé lugares y personas. Pertenecen a otra vida, a los ríos que dejé de navegar. El martes cené con un amigo que había transitado el año pasado por soledades parecidas. Fue de poca ayuda, dijo, “es muy jodido; este año estoy igual pero como me he comprado una casa hay muchas cosas que hacer”. No tengo una casa nueva, pero acabo de reorganizar la cocina. Y están los personajes de la novela con los que hablo y discuto porque no siempre obedecen.

Resulta apasionante poner los dedos sobre el teclado y dejarse ir, ver cómo brotan las imágenes. Escribir es caminar hacia uno mismo con la esperanza de encontrar algo más que un cascarón vacío. Escribo con los pies en el suelo, no me sueño Italo Calvino. Conozco mis fronteras, mis invisibles.

Acaba julio y arranca agosto. Además de los personajes inventados están los gatos, y mi madre que se evapora en los recuerdos. No va a ser un buen mes, lo presiento. Llevo dos cines y un teatro en solitario, otra novedad. Luego discuto lo visto con Nana y Morgan, que ha decidido seguirme a todas las partes. Parece un vigilante.

Al atardecer paseo por una ciudad invadida por los turistas. En vez de sentirme perdido, me imagino uno de ellos buscando una dirección en Google Maps. “¿Marte?”, pregunto por fastidiar. “La primera a la derecha, después siga recto 60 millones de kilómetros”. Y en eso estoy, despegando con la escafandra puesta. Feliz fin de semana.

Me gustan las películas de guerra

Sé que queda mal decirlo: me gustan las películas de guerra. Sufro en ellas, me dejan un poso de tristeza. El sábado vi Dunkerque (Dunkirk) desde la segunda fila del cine Princesa de Madrid y ahí sigo, varado en espera de un rescate, de un boca a boca. Hay películas que no se deben ver solo.

Es muy buena, emocionante. Centra su mirada en los pequeños héroes, evita regodearse en las imágenes de los muertos y los heridos cuando Dunkerque fue una carnicería. La guerra siempre lo es, una carnicería física y ética de la no se puede volver sano.

Está a la altura de las mejores del género. No es la primera media hora trepidante de Salvar al soldado Ryan, lo que hubiera filmado Robert Capa aquel Día D en Omaha si hubiera tenido una cámara de vídeo. Tampoco la sagrienta e inmensa Black Hawk Derribado de la que no me puedo sacar la música de la cabeza, también de Hans Zimmer.

En la película de Chistopher Nolan, la guerra no es el centro. Su tesis es la supervivencia, la vida. Se mueve en tres planos: tierra, mar y aire durante tres tiempos diferentes.

Dunkerque fue un desastre militar británico. Lo heroico estuvo en la implicación de miles de civiles en el salvamento de más de sus más de 300.000 soldados. Estaba en juego el resto de la guerra.

Mi madre es británica, tiene 93 años y una memoria en avería. Esta es una de sus historias circulares. Cada vez que la cuenta se emociona.

 

Nunca había cantado en un coro conjunto de las juventudes de las derechas de este país. Anoche estuve en el piano bar Toni 2. Me presenté como amigo de Hermann para saltarme la cola. Al bajar las escaleras descendí a un mundo sin paro, desigualdad, feminicidios o agujeros negros en la cuenta bancaria. Era Pocholandia, el universo de Bosco, el protagonista de Selfie. Como él hice lo que pude para camuflarme. Fue un éxito: nadie me descubrió, casi parecía uno de ellos. Solo faltó el personaje de la ciega.

En el centro de la sala, tres artistas se turnaban al piano. A veces salían espontáneos a cantar, alguno muy bien. No sé por qué estas juventudes pocholas tienen tanta querencia por Nino Bravo, quizá sea por Valencia, la tierra prometida de Rita. Parecíamos anclados en los años ochenta, en el prefelipismo.

Uno de camisa blanca y pelo con fijador me dijo, “los de derechas cantamos muy bien”. Le respondí, “yo soy de centro”. Es a lo más que me atreví. Una pelotoca, de esas que se pasan el pelo de un lado a otro como si tuvieran dos cabezas, una en España y otra en Panamá, estuvo toda la noche dando la vara a los pianistas que la soportaron con distintos grados de paciencia.

Uno grupo de mexicanas alegraron la noche con rancherras, corridos y mucha voz. Fueron lo mejor. A los quince minutos, un lerdo en B se quejó, “basta ya de tanta canción mexicana”. Tenía cara de estreñido, o peor, de esos que llevan calzoncillos con la bandera nacional con el pico del águila hacia atrás, y luego pasa lo que pasa. Tiene madera de portavoz parlamentario.

Llevé puesta una de mis camisas estampadas que me ayudó a pasar por miembro del sector hawaiano de Ciudadanos. Algunos me sobaron la espalda. Más que amor era falta de sitio. Pedí perdón varias veces por el volumen de la tripa. Nadie se rió. En Pocholandia no están para bromas.

Un pulpo besaba a una rubia que parecía rígida entre tanto arrumaco. Estuve a punto de llamarle la atención, pero me fijé que ella a veces le acariciaba el pelo. Delante de mi volaban los Puertos de Indias con tónica. Pensé: esta es la España real, la que vota a Mariano, a Cospe y a Miss Paripé.

Traté de escuchar a los pianistas con el máximo respeto. Uno de ellos lo percibió, dijo “sois una isla en este sitio”. El plural iba por mi cuarta copa.

A las seis nos indicaron el camino de salida. Quedábamos los espartanos, o quizá menos. El pocholo de la camisa blanca salía abrazado a la pelotoca. El pulpo pasó a mi lado todo desplegado. Me gustó la rubia, pero ni me miró. Había descendido al sector invisible del PP, al de “ese señor del que usted me habla”.

La ciudad estaba vacía, hermosa. Caminé sin eses después de cinco gin tonic más lo puesto en la cena. Amanecía.

Me acosté a las siete menos cuarto. Es la primera juerga pochola en treinta años. Me sentí joven, pero por poco tiempo. El despertador tembló como un terremoto 9.6 de la escala de Richter a las 10.00 de la madrugada. Venía N. a limpiar y planchar; quería estar despierto para no molestar.

No tengo resaca, solo me pasé con Nino Bravo que aún andan de oído sordo en oído sordo. Un amigo de París, más joven, estuvo una semana con hipo tras una juerga francesa. De momento no tengo síntomas. Solo ganas de llamar a Hermann e ir otra vez.

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