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John Berger, cuando la muerte no mata

(Actualizado 07.40)

Murió John Berger, un referente ético en un mundo confuso. Pertenece al excelso grupo de personas para las que la muerte es un accidente, algo que no afecta a su presencia constante, una forma de inmortalidad. Es un escritor de escritores, una de las miradas más lúcidas de los últimos sesenta años.

Me gustan la despedida del The Guardian: John Berger, art critic and author, dies aged 90 y esta entrevista con la radio de la BBC, el célebre World Service.

Berger -crítico de arte, pintor, fotógrafo, ensayista, marxista, guionista y escritor- fue, sobre todo, una mirada inteligente sobre el mundo que nos rodea, desde lo cotidiano y rural hasta las ideas más complejas y los sueños; todo aquello que resulta invisible para una marabunta que galopa.

Para entender hay detenerse, ver, empaparse y pensar, permitir que lo observado nos regale una perspectiva inesperada. Vivir es sorprenderse. Vivir es comprender y compartir. Ser más que estar.

Berger fue una luz, y lo seguirá siendo; un faro en la niebla o en la costa. Alguien que acompaña. Me gustan los luchadores, los que nunca se rinden, siempre desde un compromiso ético más allá de las ideologías.

Cuando le miro veo a Beckett y, de alguna manera, a Orwell, aunque militaran en izquierdas divergentes. Los tres son escritores de movimiento, de avance y riesgo en un mundo que se mueve a lomos de la levedad, el miedo y el contagio banal.

Ya no son solo las selfies, ahora es el maquinien challenge. La sandez se expande a la velocidad de la luz.

Estos son sus cinco libros ensenciales, según El Espectador: Un pintor de hoy, G, Puerca Tierra, Mirar y Hacia la Boda. Añadiría otros dos: Para entender la Fotografía y El tamaño de una bolsa, un libro maravilloso.

Esta conversación entre Berger y Sebastião Salgado es uno de los muchos regalos que nos deja.

Esta conversación de 1983 entre Susan Sontag y Berger ayuda entender mejor la importancia de una mirada que nunca es objetiva, tampoco en periodismo. Somos seres subjetivos con una mochila a cuestas que determina lo que vemos y lo que dejamos de ver: lecturas, voces, experiencias, influencias, duelos.

O este otro vídeo: ojos, mirada, inteligencia

O el texto escrito sobre las pinturas rupestres de Chauvet.

Berger dijo que escribía porque escuchaba. Esa es la esencia del periodismo. Escuchar no consiste en repetir lo que nos dicen; escuchar es buscar dentro de lo que no se nos dice.

Gracias, maestro, seguiremos mirando, escuchando.

Personas que vuelan sobre una vida terrestre

Me he pasado la vida buscando personas que vuelan. Me gusta la música que mueve montañas, la pintura y escritura que elevan. Me fascina sentir la ligereza del aire en el rostro y en el cuerpo, ser Juan Salvador Gaviota, jugar con olas de viento, o ser Cosimo, el personaje mágico de El barón rampante de Italo Calvino, un chico que decide vivir en los árboles empeñado en tener una vida aérea.

Nací sabiendo volar. Nadie se dio cuenta. Me metieron como a los demás en una jaula y ahí quedé preso durante años aprendiendo obediencia terrestre. Me rebelé contra la prisión de las ideas y las órdenes. Cuando escapé tenía 14 años y era incapaz de levantar el vuelo. Mis alas estaban entumecidas, casi arruinadas.

La educación consiste en la amputación de la capacidad de volar. Educar sirve para cercenar la imaginación, la creatividad, la singularidad, la locura de cada uno. Educar es igualar: dos por dos son cuatro; esto es bueno, esto es malo. Lo diferente molesta, da miedo, se percibe como una amenaza a la grisura, una provocación en un mundo obediente y terrestre.

Nunca acepté una vida sin sueños aéreos. Si no podía volar, soñaba con el vuelo.

Me gustó El lado oscuro del corazón, la película de Eliseo Subiela, porque trabaja sobre un hecho: las mujeres son las únicas que nos pueden enseñar a volar.

Tuve el privilegio de tener lo esencial y poder gastar mi tiempo en alucinaciones más o menos poéticas. Hay gente aplastada por el hambre y la injusticia que sobrevive en una doble cárcel: la que impide volar y la que impide saber que podrías llegar a volar.

Tuve rescatadores: Bernardo Arrizabalaga me enseñó a los 14 años dos cosas capitales: tenía alas de nacimiento y el aprendizaje del vuelo está en los libros importantes. Me enseñó también a leerlos por dentro, más allá de las palabras escritas, ahí donde se halla el mecanismo que decide su ubicación exacta, su significado en relación con las demás. Es lo que decía Paul Eluard: solo yo conozco las 99 palabras que deseché para que se pueda leer la que está escrita.

Y tuve rescatadoras. Algunas ni siquiera se dieron cuenta de que me rescataban de la vida terrestre. A veces fueron encuentros fugaces, o de meses. Con Celina volé un año entero, en 1981 y, de alguna manera, no dejé jamás de volar.

Volar genera inseguridad en los demás. Dicen que la madurez consiste en dejar de pensar que uno es capaz de elevarse, levitar, viajar entre las nubes. Existen mujeres voladoras que se siente amenazadas por el vuelo de sus amantes, y las que por alguna razón se dejaron atar por una cuerda de miedos que ellas mismas alimentan y miman para que no se rompa.

Ya nunca tendré una vida terrestre ni entraré en una jaula de oro, y cuando muera seré ceniza con alas. Es mi destino. Feliz Nochevieja.

LA MUJER QUE VUELA

Me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
pero eso sí -y en esto soy irreductible- no les perdono
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.

(Oliverio Girondo, poeta).

La ruta mágica del autobús 29

La ciudad está mapeada de recuerdos. Es como si durante años hubiera pasado por ella marcando esquinas y portales. Cuando estoy melancólico huelo esas señales, oigo las voces que conservan, veo rostros y escenas.

Regresé a casa en el autobús 29, desde Manoteras a Goya. Después caminé hasta Ópera. Quizá sea la navidad que me entristece, pero hoy mi cerebro era una algarabía. Pasé delante de la farmacia de Arturo Soria en la que compré mi primer preservativo a los 17 años. Estuve rondándola como un idiota más de una hora. Eran tiempos de demora sexual, zarandeados por el tardofranquismo y la represión moral. La compra fue un arrebato de optimismo: caducó.

Al girar hacia la cuesta de los Sagrados Corazones oí disparos. Eran de cuando corríamos como posesos calle abajo. Fue en la campaña de las primeras elecciones. Pegábamos carteles en la parada del autobús 70 cuando escuchamos los tiros. Pensé: nos ataca un comando de la extrema derecha. En el sprint, un compañero exclamó: “¡rápido, la policía!”. Me sentí salvado, di media vuelta y fui hacia ellos. Tuve suerte; en EEUU me hubieran baleado sin preguntar. Los polis perseguían un coche de ladrones y al vernos correr se confundieron de presa.

Pasada la plaza del Perú me acordé de Isabel Arias. Era bellísima: ojos azules y una boca grande de labios carnosos que siempre sonreía. Salimos durante unos meses. Pasamos juntos la noche en la que una parte de la ciudad, y sus padres, guardaban cola (por si acaso) ante el cadáver expuesto del dictador. Recuerdo su portal, la primera vez que la acompañé. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Cómo podría localizarla?

Hace unos días encontré por casualidad en FB a Cristina. Coincidimos en el curso 1972-1973 en Izarra . Hemos quedado en tomar un café. Me produce emoción. Es pensar en ella y escucho la voz del director adjunto del internado, a quien llamábamos El Chefo, pararme en el patio: “Lobo, ¿no sabe que está prohibido tener relaciones con chicas del colegio?”. Negué todo, claro. El Chefo sentenció: “Usted no es un lobillo, es un zorrillo”. Era un colegio mixto con las instalaciones separadas. Coincidíamos los fines de semana en los campos de juego y en las excursiones al lago.

Me acordé de Maite, de Bermeo. También fuimos novios en Izarra. No recuerdo el apellido. Me encantaría verla, hablar. Cuando siento ganas de regresar a las personas que transitaron por mi vida, aparece un temor, algo literario, nacido de un texto de Gabriel García Márquez sobre la muerte de Jaime Bateman, fundador del M-19 colombiano. En él describía cómo el guerrillero se fue despidiendo de todo sin saber que se despedía antes del accidente que lo mató.

En la esquina de María Molina vi nuestra primera casa, conté los pisos. Busqué mi balcón. Aparecieron José Ramón, Jesús Pascual, Ángel Luis Bienvenida y las dos hijas de Ordóñez en la piscina de la azotea. Me acordé de mi primer beso en la boca. Se llamaba Mari Carmen. No dormí en toda la noche. Debíamos tener 10 u 11 años.

Me bajé junto a la casa de Blanca. En unas semanas hará un año que murió. Hace poco limpié el buzón de voz del móvil, pero conservé su último mensaje. La voz sigue aquí para cuando necesite escucharla. Me sucede con los números: jamás borro a los muertos, sería como tacharles de mi vida. Ahí están todos, hasta Kapuscinski. Será por si un día deciden llamarme desde el más allá. No quisiera ser descortés y preguntar, ¿quién eres? Feliz semana.

Fiestas de naufragios y memoria

La familia es una convención, una idea, un refugio generador de compañía. Ofrece referencias: fija de dónde venimos y estamos, que el hacia dónde vamos es algo personal. Siempre envidié las familias amplias que se llevan razonablemente bien, que disfrutan de unos lazos reales, fruto de años de esmero y generosidad.

Nunca me ha llamado la sangre. Es cierto que el parentesco, aunque sea lejano y descuidado, acerca a la persona. Es una ventaja emocional. Pero si no hay plus de amistad queda el vacío. Evito las tribus, las banderas, los muros, el nosotros y los demás. Me gustan las fronteras abiertas, la mezcla.

En la construcción del libro Todos náufragos (que aún se puede comprar) descubrí primos y reencontré otros a los que no trataba por descuido mutuo. Aprendí que mi familia esencial son madre de casi 93 años y la gente que elegí en el camino: novias, amigos, fantasmas. Y está la memoria de la infancia: los olores del sur de Sussex, mis primos de allá pese a que apenas sé cómo piensan y sienten. Y los muertos. ¡Qué bien me llevo con algunos de mis muertos! Ya no me pueden fallar.

Ahora trato de construir lazos con los vivos, pero no es sencillo.

Hoy comí en casa junto a Nana y Morgan, la unidad constante. Estrené mantel azul añil comprado en Nueva York, me serví vino cosechero y un filete de Kobe, patatas al horno y unos langostinos a los que eché picante. Un crimen, lo sé. A los gatos les di jamón serrano. A Morgan le encantó. Nana es adicta.

Caída la tarde, encendí luces indirectas y un varilla de olor a bosque. Esto es mi Hogar, la cueva. Están los objetos, los libros, las voces, la memoria. Todo en equilibro. Por la ventana, desde la que se escucha la ciudad murmurante, veo luces y sombras. Más allá del telón de la noche, las montañas nevadas. En algún lugar del norte, el este, el oeste y el sur, están el mar y los barcos piratas. Hubo una época en la que fui navegante. Hoy soy marinero en tierra en busca de poesía. Feliz Navidad.

Navidad desde un mástil pirata

En estos días de invasiones bárbaras, con un centro de Madrid desbordado por las fiestas, me da miedo pisar la calle. Ayer asomé la cabeza en el portal y sentí el vendaval de la marabunta calle arriba. Y el ruido: parecían búfalos.

Caminar es un ir sin rumbo y en volandas. Hoy saludé a una mujer pelirroja que volaba a mi lado. Cuando quise estrechar su mano, decir algo amable, desapareció en un remolino. Si trato de cruzar la Gran Vía hacia Malasaña, el tiovivo me devuelve zarandeado al punto inicial. Hay tardes en las que vago prisionero por una acera imaginándose la vida de la contraria.

Desde mi piso veo nubes y montañas, escucho el murmullo de un ciudad que brama y bocinea, no su ruido. Mi casa es un mástil de barco pirata sobre un mar de tejados y luces de neón.

En estos días de alegría desbocada, la soledad se agiganta y me envuelve. Nadie sabemos nada de nadie. Ni nombres ni sueños. Todos deseamos un contacto que nunca se produce. Vivimos prisioneros de aceras, prejuicios y miedos. Hoy conocí a una sumiller que se llama Marian, a dos letras de la musa de Leonard Cohen. Busqué música contra las sombras y solo escuché canciones tristes. Las canciones son como las aceras: te dominan.

La mujer del remolino reapareció al atardecer, cuando el cielo de Madrid se viste de gala. Dijo: “te llamo” antes de ser engullida por otro remolino. Y aquí estoy como un idiota esperando a un sueño que no sabe cómo me llamo ni dónde vivo ni cuál es mi número de teléfono.

Nana y Morgan no celebran la Navidad porque los gatos no tienen religión; para ellos la eternidad es lo que tardo en rellenarles el cuenco de comida. Están hechos un ovillo en el sofá bajo una lámpara que da calor. Si acerco mi mano, la lavan. Es su manera de expresarme que somos un equipo.

Dudé entre Cohen y Dylan, y elegí estas dos grandes versiones. Felices días

 

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