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¿Es esto la década de los sesenta?

Supongo que es un asunto de supervivencia, pero uno nunca es consciente de la edad que tiene. A los diez años vi a un primo de 18 en el baño con la cosa entre las manos, concentrado en la compleja tarea de introducir el chorro dentro de la taza. Me pareció un miembro descomunal. Pensé: “A los 18 se te pone así”. Había esperanza. Llegué a los 18 y lo propio no tenía nada que ver con el mito de lo ajeno. Esa edad juvenil, que desde la infancia parecía el no más de la madurez, era un timo: ni mayoría de edad ni derecho al voto; bueno, como el resto de los españoles.

Fijé una nueva meta: los 25. Cuando la alcancé me sorprendí orinando (sí, la primera parte de la vida ha sido muy fálica) sobre la vía del tren junto a un amigo. Dije: “Si es razonable pensar que vamos a vivir 75 años, me he gastado un tercio y aún no he hecho nada”. El miembro erecto se mantenía por debajo del recuerdo de mi primo. Así descubrí la normalidad, la clase media.

EL PAÍS Y LOS AÑOS DE VIAJES

La escena del tren la conté a los 50. Aunque había gastado dos tercios, el contenido del segundo era satisfactorio. Entré en El País en agosto de 1992, a los 37 años y ocho meses. Salí por mandato ajeno de aquella casa en noviembre de 2012, casi a los 58. Desde hace más de dos  navego en solitario. Soy un emprendedor gracias a la Virgen del Rocío, a Fátima Báñez y a Mariano Rajoy. Es la etapa de El País y los viajes a zonas de conflicto la que da sentido a todo. He vivido varias vidas en una y he sobrevivido a todas. Por eso estoy agradecido y no puedo ser crítico con el periódico aunque muchas veces me muerda el tuit.

Hago 60. Me gusta más el verbo hacer que cumplir, me permite una participación cabal en la construcción de mi vida. Esto se pone jodido, cuesta abajo: el último tercio teórico avanza a velocidad de crucero. Todo se empieza a joder el día que unos niños en pantalón corto te llaman señor. Suele ocurrir sobre los 30. En ese momento sitúas la decrepitud en los 40; cuando entras en ella, pospones el hundimiento a los 50. Y luego a los 60. No quiero parecer un enfermo, pero creo que el fin de mundo arranca después de los 69, la última cifra mágica, real o de ficción. Tras los 69, el abismo, la nada, solo la memoria mientras dure.

EL MANDO A DISTANCIA DE BRU

Mi amigo Bru Rovira hará los 60 en primavera, aunque se mantiene tan en forma que parece tener cinco menos. Se llama competencia desleal. Bru me dice que debemos conseguir un mando universal para el asilo. Cualquier cosa para no ver Tele Madrid, el Canal de la Iglesia y similares.

Estoy más cerca del final que nunca. He sobrevivido mentalmente, aunque en esto mis amigas y amigos albergan serias dudas. Sobreviví al asma de la infancia, a una educación militarizada, a los colegios religiosos, a los viajes guerreros, a un despido que sentí como una traición. Incluso me he sobrevivido a mi mismo, a un ego que no siempre controlo. Me resulta fácil ser humilde cuando reporteo, en el terreno, junto a las personas a las que robo sus historias. El problema viene con los halagos, con Twitter y esa falsa realidad de gurú de la nada.

LOS AMIGOS Y LAS MUJERES

La muerte no existe hasta que empiezan a morirse amigos de tu edad. Les recuerdo a todos, por nombres, fechas, lugares. Son parte de mi familia elegida, como las mujeres que me soportaron. También recuerdo a los vivos. Gracias a todos. Soy lo que ellos me dieron, los libros que leí, las voces que escuché, los sueños que soñé.

A los 60 años la muerte deja de ser una cuestión filosófica, lejana, una hipótesis de trabajo, para convertirse en un hecho real, palpable, casi cotidiano. Morirse es una opción que está cada vez más presente. Cada dolor es un recordatorio de la finitud de las piezas, sobre todo para un hipocondriaco irresponsable. Lo importante es morir con dignidad, sin perder la compostura. De eso estoy bastante seguro.

Es la ventaja de saber que la vida, cuando te toca buena como en mi caso, con comida, ducha caliente, educación y trabajo, es un privilegio. El premio gordo. Lo heroico es sobrevivir cuando te sortean hambre, enfermedad, injusticia, maltrato, cárcel, latigazos por opinar. No sé cuánto duraré, pero no descarto llegar a tener, muy al final eso sí, el pene de mi primo aunque ya no me sirva de mucho. ¿Quién dijo que la vida era justa? Feliz viernes.

One day more

¿Quién dijo que el tiempo volaba? Fuera cae un frío gélido que no sabe de fechas ni de nombres. En casa respiro una cálida monotonía de madrugada de enero. A veces parece un hogar, un refugio antiedad suspendido entre memorias y sueños. Nana sigue cada movimiento desde el duermevela. A veces bosteza, se arquea antes de cambiar de postura; otras emite un maullido corto que significa: caricias. Llevo puestos unos guantes de lana sin dedos recién estrenados. Los llamo los charlesdickens. Pensé que estaban diseñados para escribir, usar el teléfono, agarrar una taza de café, cosas de humanos. Desde esta noche sé que sirven para rascar la cabeza de una gata que se hace y se deja querer.

Bueno, ya es jueves, 22. One day more.

Canciones de vísperas

Canciones de la semana en @avivir. ¡Qué frío! Buen domingo.

 

 

Una semana hasta el abismo

Siete días, aún una eternidad. Es lo que queda para el Gran Salto, de una década a un abismo. Siempre me gustó esta canción que suena a Carlos Cano, a exhuberancia gaditana, a mares atlánticos y caribes. El autor de la letra es Antonio Burgos, a quien no tengo entre mis santos, pero hay que reconocerle que se trata de un gran texto.

No conocía esta versión maravillosa de Silvia Pérez Cruz, cantante-mujer a quien acabo descubrir. La segunda se llama Belén. Es un espectáculo de voz, de las que esparcen emociones.

Feliz fin de semana de frío

Los 500 dibujos para Charlie

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