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Intenciones, proyectos y músicas

Si entregué la novela, ya no tengo excusa para asomarme a este blog. Veremos si arranca o no, sin autopresión. Las ventanas sin barrotes son espacios de libertad, como los cuadros de Edward Hopper.

Empiezo el siguiente protecto, que verá la luz a finales de 2019. Preparo también las vacaciones que no tuve este verano. Si Trump no lo impide serán en Nueva York, una ciudad que me fascina. Es la capital occidental de los averiados, por eso me siento como en casa.

El gimnasio es un ejercicio mental, una lucha contra una cabeza que exige pausa, que inventa excusas para las piernas. Me gusta no caer en sus trampas. Son pequeñas victorias que me recuerdan que sigo en control de mí mismo.

Estas son las músicas que pusimos hoy en el espacio que comparto con Javier del Pino en A Vivir. Feliz semana:

Músicas del domingo en A Vivir

Ellas son Y.A.S., un dúo compuesto por las cantantes Mirwais Ahmadzaï y Yasmine Hamdan.

Mi asunto con Sharon Stone

Tengo todo planeado: volaré a EEUU, a NY o LA, donde diga mi amiga Rocío, y haré una entrevista a Sharon Stone. Nada pretencioso, solo palabras. Se me ocurren varios temas: edad, machismo, la tranquilidad de haber vivido, Trump, esta sociedad posdemocrática… Ella es inteligente. Dará juego.

Después nos haremos fotos, la prueba frente a los quisquillosos. Y por seguir con la coña que mantengo desde antes de la DUI. Entonces tuiteé: “es más fácil que yo tenga una relación con Sharon Stone que Cataluña se independice” (o algo así). La cosa catalana terminó en gatillazo, de momento. Nadie en el procés quiso darse cuenta de la fuerza de contención de M Punto Rajoy y su célebre DIU 155. Y ahí estamos, en el posinterruptus, buscando excusa para aplazar el segundo.

Con Sharon no hay gatillazo porque nunca me creí mi propio cuento. Pero con el roce (tuitero) le he cogido cariño. Ella tiene 60, yo 63; ella tiene dinero; yo no tengo deudas. Estamos hechos el uno para el otro.

Entregada la novela a Anna, mi agente literaria que intermedia con las editoriales, siento ganas de pasar a otra cosa. Quedan retoques, cambios menores y quizá alguno mayor. Veremos qué dicen mis amigos lectores. Y la editora o el editor.

Un gran viaje por EEUU sigue en la recámara. Pero hay más opciones.

Los Cuadernos de Kabul, ahora reeditados por Península, señalan un posible camino, un modelo a seguir en el nuevo proyecto.

Guardo otra novela sin conexión con el periodismo en algún lugar del cerebro. Allí la almacené tras dos intentos fracasados. Necesita una chispa para despertar.

Buena semana.

Deshacerse de libros que ya no son yo

He ordenado parte de mis libros, solo los de la habitación en la que trabajo. El salón queda para febrero. O para marzo, que tampoco hay que estresarse.

El objetivo es desprenderme de algunos, regalarlos a una librería que los acoge gratis y los revende a voluntad del comprador. He tardado horas porque cada libro contiene una o varias historias, voces que escuchar, memorias que atender. No solo las que eligió el escritor, también están las mías como lector.

Ordenar libros es ordenarse; desprenderse de ellos es reconocer los cambios en el yo pese a que el yo motor sea el mismo. Vivir es deshacerse de lo que ya no somos. No es fácil, hay que ir uno por uno, abrirlo y esperar, estar seguro.

Tengo un Kindle. Es cómodo para los viajes, pero no me habla. Entre él y yo se levanta un muro trumpiano. Quizá sea mi culpa, la edad.

Los libros huelen, al subrayarlos los poseo y memorizo; me regalan unas palabras, les devuelvo otras. Es verdad que puedo marcar en el Kindle y crear anotaciones, pero algo sucede en mi proceso de memorización con las palabras kindledas. Se pierden en el camino de regreso, me llegan sueltas, mezcladas con las de otros libros. Tal vez estén creando un nuevo que sea la suma de todos los leídos, pero ese libro ya existe, es mi vida.

Feliz semana.

Terminé un libro, ya no tengo excusa

Terminé un libro, ya no tengo excusa con el blog. Aún quedan ajustes, un par de cambios de nombres, eliminación de erratas y errores, y encontrar una editorial que lo publique. Parece una novela pero no estoy seguro de que lo sea. Aún puede crecer un par de centímentros.

Dejé de estar habitado por los personajes y sus voces. Ahora todo es silencio y vacío. Tengo una necesidad compulsiva de hablarme para no sentirme solo. Quizá influya la nueva edad: 63.

Leo tumbado en el sofá con el gato Morgan de vigía, al lado o encima. Nana observa desde el interior de una caja de zapatos.

Estoy en inmersión de inteligencia. Empecé por Emmanuel Carrère. Solo había leído El adversario. Ya sumo Limónov (gran retrato de la URSS y del personaje) que me ha llevado a Un día en la vida de Iván Denísovich de Aleksandr Solzhenitsyn. Escribir es vaciarse; leer es llenarse.

Yo que soy orweliano (casi) de nacimiento nunca tuve problemas en criticar el estalinismo. Detesto las verdades absolutas. Pienso en el libro de Danilo Kis Una tumba para Boris Davidovich y sé que no hay diferencia ética entre Mauthausen y el Gulag, pero sí entre el nazismo y el comunismo. El primero nació como el mal absoluto; el segundo, como una ilusión que fue secuestrada por los cerdos de la granja. El problema es el hombre, no sus apellidos.

Empecé las memorias de Catherine Graham, Una historia personal en Libros del KO. Me encanta leer dos libros a la vez si no tienen nada que ver.

Acabo de publicar Cuadernos de Kabul en una nueva edición de Península. Me gusta más que la primera de 2010. Está cuidadísimo. Gran portada.

También está en audiolibro para los muy vagos.

Era un libro descatalogado. Me preguntaban mucho por él. Han pasado ocho años, pero Afganistán sigue donde estaba. Son pequeñas historias de gente que ayudan a entender nuestro fracaso político y humanitario en ese país.

El jueves 1 de febrero lo presentamos en Méndez, mi librería de cabecera. Está en la calle Mayor 18. Maestro de ceremonias: el gran Javier del Pino. Os esperamos.

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