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Vitoria-Gasteiz

¡Ay! Vitoria-Gasteiz, los pintxos: adiós el mes de gimnasio; horas de elíptica arruinadas sobre la barra de un bar. Y quedan tres días.

Me caen recuerdos como un txirimiri; son de mi sexto bis de Bachillerato en el internado de Izarra: 1972-1973. Allí descubrí para qué servía estudiar, mi otra familia, la exiliada y la muerta, y di forma política al enfrentamiento generacional con mi padre. Fue un año clave. Me sentí valorado por primera vez en mi vida. Esta noche he paseado por centro, por las calles peatonales, iban y venían bicicletas y personas. Huele bien, transmite buen rollo, tranquilidad.

Me gustaría una candidatura atrevida para Madrid 2015 si la autoridad no se lleva las urnas a casa: un partido que recupere algunas líneas de tranvía, que cierre el centro al tráfico, que impulse la bicicleta y humanice el espacio. Me gusta la vida a cámara lenta. Necesitamos lo que nos robaron: mejor Sanidad, más Educación y ¡TeleMadrid! Ya hablaremos cuando llegue septiembre. Estas son mis minivacaciones. Toca respirar norte para no perderlo. Feliz noche

¿Se debe negociar con asesinos?

David Rohde plantea un debate: ¿Se debe pagar un rescate para salvar la vida de una persona? ¿Debió pagar el Gobierno de Estados Unidos en el caso de James Foley, asesinado esta semana por sus captores del Estado Islámico? The New York Times se suma a la discusión con un texto titulado Before Killing James Foley, ISIS Demanded Ransom From U.S. Rohde es una voz autorizada: él mismo estuvo siete meses secuestrado por los talibanes, de los que consiguió escapar.

Muchos defienden la intransigencia estadounidense, su política de no negociar con terroristas ni grupos armados. Sostienen que el pago de un rescate alienta nuevos secuestros y financia a los radicales.

Es un argumento de peso con algunos agujeros. EEUU negoció la libertad del soldado Bowe Bergdahl capturado en Afganistán y de quién aún sabemos lo básico: ¿es un héroe, un desertor o un tipo con mala suerte? A cambio del militar, la Casa Blanca liberaró a cinco presos de Guantánamo, todos ellos comandantes talibanes. ¿Negocian o no negocian? Por qué Bergdahl tiene derecho a un trato especial. ¿Era algo más que un soldado? ¿Vale menos la vida de un civil como Foley, un periodista freelance sin un medio fuerte que lo defienda?

Se puede afirmar que Israel no es un Estado blando, de los que se achantan ante sus enemigos. Tiene un puño de hierro y lo usa sin grandes preocupaciones por el qué dirán, como ha demostrado y demuestra aún en la franja de Gaza. Israel tiene un largo historial de negociaciones con organizaciones que considera terroristas: Al Fatah en la época de Arafat, Hezbolá y Hamás. No ve incompatibilidad entre la negociación y la mano dura. Destaco este ejemplo para los incapaces de ver los grises, los que hablan de todo con las orejeras de ETA.

En el caso de los pesqueros europeos que han esquilmado las aguas de un no-Estado como Somalia se han pagado numerosas recompensas para liberar a los tripulantes de los barcos. También se han producido acciones de fuerza para salvar la vida de los secuestrados con suerte diversa.

El deber de un Estado es defender a sus ciudadanos. Si algún religioso, cooperante, periodista, militar o espía cae en manos de radicales, el Estado debe salvarle la vida. Si tiene medios militares, que los utilice, o que pague. Si carece de satélites, fuerzas especiales y de unos servicios de espionaje eficaces en la zona, debe pagar si es necesario. Hay muchas formas de evitar que el dinero entregado se use con fines delictivos.

Hablando de dinero: hay países, declarados amigos de Occidente, que financian grupos yihadistas para expandir su versión del islam y evitar que se vuelvan contra ellos. Pero a veces, los cachorros muerden la mano que les da de comer. Recordemos la nacionalidad de los pilotos suicidas del 11-S para saber de qué hablamos. ¿Quién paga a los salafistas de Siria? ¿Quién paga al Estado Islámico, directa o indirectamente? ¿Quién suministra armas y medios a los asesinos de James Foley? No me vengan con rescates y argumentos de salón cuando todo esto está podrido y acaban de asesinar a un hombre de paz.

We will stand by you, James Foley.

James Foley

Voy a ser breve y voy a ser capaz de no sacar toda la retahíla de insultos que llevan horas cocinándose en mi cabeza. No he visto el vídeo, ni lo voy a ver. Aún tengo en la memoria el de un conductor egipcio que me tuvo jodido semanas en septiembre de 2004 en Bagdad. No lo voy a ver por respeto a la madre de James Foley. Ayer se me coló una foto que un imbécil (ahora, sí) colgó en Facebook para sostener sus delirios. Llevo toda la noche arrostrando esa bofetada de horror.

Pienso en Javier, Marc y Ricardo, que compartieron tanto con él, pienso en los que siguen allí, en la ratonera. Me indignan los asesinos, su bajeza moral; me indigna que el Gobierno de Barack Obama negocie por un desertor con los talibanes y sea incapaz de negociar por sus periodistas. Soldados, sí; personas de paz, no. Es un mensaje claro. Hoy todos somos James Foley. Gracias, amigo.

Un himno para zombis vivos

Hay canciones que se anticipan, que describen el mundo que viene, el que ya ha llegado. Son himnos que deberíamos cantar el día en que los hartos salgan a la calle para reclamar lo que les robaron: la vida, la esperanza, la casa, el dinero, el voto, las utopías. Ya lo imagino: avenidas atestadas de manifestantes pacíficos dispuestos a demandar lo que es suyo: la soberanía popular.

De nada servirán los eufemismos, los sinónimos y la propaganda; ni la televisión manipulada, ni los miles de paniaguados que defienden su sopa boba. Será como la guerra de los zombis pero al revés: los muertos serán los vivos y los vivos los muertos… de miedo. Feliz semana.

Puente de agosto

Puente de agosto, llega la fresca. Pienso en Roma hace cuatro años: tres semanas sintiéndome romano en una casa maravillosa del barrio de Monti. Un regalo especial: gran terraza, grandes vistas, el disfrute de lo cotidiano. Fue como vivir dentro de una película felliniana, mudo y babeante ante tanta belleza. Allí arranqué una novela y algo más. Ahora, en pleno desmontaje, trabajo en otro libro, más personal que literario, que el anterior se averió. Soy experto en averiar lo que empieza. Tengo más libros muertos que escritos.

Es sábado pero pesa como un domingo. Avanza el mes, los amigos reaparecen de sus vacaciones. El curso, como dicen en la ‘tele’, llama a la puerta. Llevamos el lenguaje de la infancia pegado al cascarón. Volverán los políticos, la rutina, las noticias de la nada, las declaraciones. Este ‘curso’ incluye elecciones municipales y autonómicas. El árbol se agita, por eso quieren cambiar las normas de quién tiene derecho a regarlo. La Brunete tuitera se lanza contra Podemos y eso que desconocen el verbo de origen: no es podemos de poder, sino podemos de podar.

Preparo textos de trabajo, camino sobre un alambre de equilibrista, tentando el vacío con la punta de los pies. Desde una esquina del circo escucho la lectura de unos versos tristes que saben a mar. Los focos buscan a la mujer que se columpia en lo alto. Camino a oscuras sobre un alambre que duele. Avanzo, proceso. Al llegar al otro lado me quito el arnés y bajo las escaleras. Ahora son los payasos los que me roban el foco. Terminó el poema, llegaron las risas, la música, la alegría de quienes pagaron la entrada. Feliz sábado, feliz puente de agosto.

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