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Me gustan las películas de guerra

Sé que queda mal decirlo: me gustan las películas de guerra. Sufro en ellas, me dejan un poso de tristeza. El sábado vi Dunkerque (Dunkirk) desde la segunda fila del cine Princesa de Madrid y ahí sigo, varado en espera de un rescate, de un boca a boca. Hay películas que no se deben ver solo.

Es muy buena, emocionante. Centra su mirada en los pequeños héroes, evita regodearse en las imágenes de los muertos y los heridos cuando Dunkerque fue una carnicería. La guerra siempre lo es, una carnicería física y ética de la no se puede volver sano.

Está a la altura de las mejores del género. No es la primera media hora trepidante de Salvar al soldado Ryan, lo que hubiera filmado Robert Capa aquel Día D en Omaha si hubiera tenido una cámara de vídeo. Tampoco la sagrienta e inmensa Black Hawk Derribado de la que no me puedo sacar la música de la cabeza, también de Hans Zimmer.

En la película de Chistopher Nolan, la guerra no es el centro. Su tesis es la supervivencia, la vida. Se mueve en tres planos: tierra, mar y aire durante tres tiempos diferentes.

Dunkerque fue un desastre militar británico. Lo heroico estuvo en la implicación de miles de civiles en el salvamento de más de sus más de 300.000 soldados. Estaba en juego el resto de la guerra.

Mi madre es británica, tiene 93 años y una memoria en avería. Esta es una de sus historias circulares. Cada vez que la cuenta se emociona.

 

Nunca había cantado en un coro conjunto de las juventudes de las derechas de este país. Anoche estuve en el piano bar Toni 2. Me presenté como amigo de Hermann para saltarme la cola. Al bajar las escaleras descendí a un mundo sin paro, desigualdad, feminicidios o agujeros negros en la cuenta bancaria. Era Pocholandia, el universo de Bosco, el protagonista de Selfie. Como él hice lo que pude para camuflarme. Fue un éxito: nadie me descubrió, casi parecía uno de ellos. Solo faltó el personaje de la ciega.

En el centro de la sala, tres artistas se turnaban al piano. A veces salían espontáneos a cantar, alguno muy bien. No sé por qué estas juventudes pocholas tienen tanta querencia por Nino Bravo, quizá sea por Valencia, la tierra prometida de Rita. Parecíamos anclados en los años ochenta, en el prefelipismo.

Uno de camisa blanca y pelo con fijador me dijo, “los de derechas cantamos muy bien”. Le respondí, “yo soy de centro”. Es a lo más que me atreví. Una pelotoca, de esas que se pasan el pelo de un lado a otro como si tuvieran dos cabezas, una en España y otra en Panamá, estuvo toda la noche dando la vara a los pianistas que la soportaron con distintos grados de paciencia.

Uno grupo de mexicanas alegraron la noche con rancherras, corridos y mucha voz. Fueron lo mejor. A los quince minutos, un lerdo en B se quejó, “basta ya de tanta canción mexicana”. Tenía cara de estreñido, o peor, de esos que llevan calzoncillos con la bandera nacional con el pico del águila hacia atrás, y luego pasa lo que pasa. Tiene madera de portavoz parlamentario.

Llevé puesta una de mis camisas estampadas que me ayudó a pasar por miembro del sector hawaiano de Ciudadanos. Algunos me sobaron la espalda. Más que amor era falta de sitio. Pedí perdón varias veces por el volumen de la tripa. Nadie se rió. En Pocholandia no están para bromas.

Un pulpo besaba a una rubia que parecía rígida entre tanto arrumaco. Estuve a punto de llamarle la atención, pero me fijé que ella a veces le acariciaba el pelo. Delante de mi volaban los Puertos de Indias con tónica. Pensé: esta es la España real, la que vota a Mariano, a Cospe y a Miss Paripé.

Traté de escuchar a los pianistas con el máximo respeto. Uno de ellos lo percibió, dijo “sois una isla en este sitio”. El plural iba por mi cuarta copa.

A las seis nos indicaron el camino de salida. Quedábamos los espartanos, o quizá menos. El pocholo de la camisa blanca salía abrazado a la pelotoca. El pulpo pasó a mi lado todo desplegado. Me gustó la rubia, pero ni me miró. Había descendido al sector invisible del PP, al de “ese señor del que usted me habla”.

La ciudad estaba vacía, hermosa. Caminé sin eses después de cinco gin tonic más lo puesto en la cena. Amanecía.

Me acosté a las siete menos cuarto. Es la primera juerga pochola en treinta años. Me sentí joven, pero por poco tiempo. El despertador tembló como un terremoto 9.6 de la escala de Richter a las 10.00 de la madrugada. Venía N. a limpiar y planchar; quería estar despierto para no molestar.

No tengo resaca, solo me pasé con Nino Bravo que aún andan de oído sordo en oído sordo. Un amigo de París, más joven, estuvo una semana con hipo tras una juerga francesa. De momento no tengo síntomas. Solo ganas de llamar a Hermann e ir otra vez.

Silencios

Le dijeron “sal y pide”, pero nadie respondió.

Por el desagüe de las preposiciones

Volví a la novela, primero con dolor: ¡vaya mierda! Después, de manera perezosa, como si me arrastrara entre las palabras temeroso de irme por el desagüe de las preposiciones, que no son mi especialidad.

Reedité casi todo lo escrito hasta llegar a la parte menos trabajada, más allá de la página 230, en la que me encuentro ahora. He entrado en una zona creativa: mis dedos no solo borran, construyen. Me gusta verles explorar, correr, viajar sin pedirme permiso. Hasta este fin de semana me movía lastrado por una pesadez industrial, quizá el miedo a estar sin red. No me gusta escribir despegado, necesito emocionarme, sonreír, llorar.

Ahora diasfruto: el libro me ha vuelto a habitar. Está dentro y cuando paro y tumbo en el sofá, otras partes de mi, la cabeza o el corazón, siguen escribiendo a su manera, memorizando los avances y contratiempos. Escribir es obedecer a las inconsciencias sin normas ni prohibiciones.

Hay músicas que me acompañan y desparecen en un silencio musical. Otras, como esta que os comparto, me zarandean y recolocan en la pista de baile.

Me gusta Amanda Palmer. Está tan loca como los personajes de mi siguiente novela. Buena semana.

Estas son las fotos tomadas por un vecino antes y durante del disparate ecológico cometido en la presunta mejora del pavimento y de las aceras de la Plaza de Herradores, en Madrid. La obra no parece tener mucha supervisión ni un plan definido. Ya han cambiado seis veces los adoquines de sitio.

Protegieron con maderas los troncos de tres árboles después de cargarse otros dos con la mini excavadora. A uno de los supervivientes le cortaron las raíces porque no cabía en el hueco (alcorque) y al otro lo descuadraron. El primero se cayó y el segundo amenazaba ruina. Obvio.

Según el informe oficial, la culpa es del árbol por no caber en el hueco previsto y no del alcorque por no incluir el árbol completo.

Los árboles de la plaza nunca han estado en el eje de la remodelación; tampoco los vecinos a los que no se nos ha informado ni pedido opinión.

En un primer momento se nos dijo desde el 010 que estaban enfermos. Un dato falso, desmentido desde Medioambiuente que culpa a Conservación de Vías Públicas e Infraestructuras que, a su vez, remite a Medio Ambiente. Lo mejor es que Vías Públicas depende del área de Desarrollo Sostenible. Una broma, claro.

Los árboles grandes llevaban más de 40 años. Los plantó y cuidó el dueño de Casa Fabes, hoy convertido en un japo con excelente Ramen.

Lo ocurrido es un atropello a la inteligencia. Nos han dejado sin un pulmón para respirar, sin raíces y la sombra justo cuando llegan los calores.

Abrí una petición en Change.org. Se agradece toda ayuda y difusión. No creo que seamos una excepción.

Los árboles ya están muertos, pero no la posibilidad de establecer unos protocolos claros de actuación que incluya a los vecinos. ¿De qué sirve votar por la plaza de España o la Gran Vías si pasan de nosotros en la puerta de nuestras casas?

Preguntas obvias al Ayuntamiento:

-Quién decide remodelar la plaza y cuándo se aprueba el supuesto plan.

-Cuáles son sus objetivos.

-Por qué no se implica a los vecinos. No debemos ser más de 100 familias entre plaza y aldedaños.

-Por qué no se ha informado del plan antes de acometer la obra.

-Quién decide cargarse los árboles.

-Cuál es la cadena de mando en una decisión de este tipo. ¿Llega a los concejales?

-Por qué nos han mentido. Nos aseguraron que los árboles no corrían peligro y después que estaban enfermos.

-Por qué seguimos sin una explicación, más allá de las que he podido conseguir con llamadas.

-Cuál es el objetivo del ensanche de las aceras, ¿poner terrazas (más ruido) para cobrar licencias?

Mercemos una explicación, árboles grandes de repuesto urgente y que alguien se disculpe.

(Seguiremos informado)

 

 

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