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Viernes de catarro con música

Viernes, catarro y frío polar. Desempolvé algunos aperos de sentirse mal: aspirinas, termómetros que no funcionan, Vick Vaporub. Huelo a boticario.

Traje una toalla vieja de casa de mi madre para proteger el transporte de una lámpara de mis abuelos. Los gatos la han hecho suya, impregnándola de olores. Es un territorio de paz. Ni juegan ni pelean. Duermen pegados, se acicalan. No hay sitio para el gato grande que debe conformarse con escribir en el ordenador.

El miércoles estuve en Valencia: arroz caldoso y Ópera con el maestro Fabio Biondi a la batuta: Philemon und Baucis de Haydn, un ópera corta con marionetas. Una joya. Me gustó mucho la soprano Rita Marques. Tiene una voz que sobresale, de esas que identificas dentro de un coro. Feliz fin de semana.

Echo de menos Nueva York, sus habitantes amigos: Antonio, Grace, Idoia, Francesc, Rosa…

Arrancó el año con un agitado Vista Alegre II en mi estómago. Ganó el sector que exigía vomitar. Vomitar nunca ha sido mi especialidad. Pasé el 1 en cama, colgado de un hilo. Una amiga budista aportó optimismo: “Eso significa que has echado todo lo malo de 2016; empiezas limpio”.

Este domingo, superadas las asamblea estomacales y las fiestas navideñas, visité a los tres Ramón Lobo difuntos: el padre, el abuelo y el bisabuelo. Al primero le puse flores rojas, ma non troppo; al segundo le saludé sin poder alcanzar la cuarta fila de nichos donde reposa junto a mi desalmada abuela Pilar. Al tercero le coloqué un ramo. Entre sus muchos colores había zonas que parecían la bandera republicana. Su camposanto está, a diferencia del de San Isidro, lleno de gatos. Al llegar había dos sobre la lápida. Escaparon al verme.

En un gesto almodovariano eché agua sobre la piedra para quitarle la suciedad y tomé prestado un cepillo. Me sentí bien, algo lorquiano.

Me resulta más fácil tratar con algunos muertos que con la mayoría de los vivos. De los que quedan, me importa sobre todo mi madre.

Este lunes fue extraordinario. Le hice la comida como cada lunes. Hablamos mucho. Salimos a ratos de los bucles y le expliqué algunas decisiones. Me preguntó qué había dicho su padre cuando me presentó en Inglaterra y tuve la inteligencia de responder que le gusté porque era su primer nieto. Creo que me había confundido con su marido.

Desde que se rompió el fémur hace tres meses, la enfermedad avanza. Aparecieron las primeras grietas en los muros que protegen la memoria antigua. Dentro de ese muro estamos nosotros, sus hijos, los nombres, los rostros, el anclaje. Cuando se abra un boquete, nos iremos por él.

En vez de vivir este proceso con desgarro, lo siento como un regalo, algo que podré recordar. No voy quedarme con una sola palabra callada, quiero sentir que estoy, que estamos en paz. Es un estado que matiza y reequilibra los recuerdos de la infancia, y que se extiende a mi padre, con quien estuve en guerra hasta que escribí Todos náufragos, hace un año.

No tengo problemas con la muerte ni con el dolor, para eso está la morfina, la maría y lo que haga falta. Tengo problemas con el deterioro, y más en una sociedad que se simula eterna, delgada y joven, que desprecia la edad, el defecto. Quizá este sea el último regalo de mi madre: enseñarme la dignidad y los límites de lo que estoy dispuesto a aceptar.

Hay un momento en la vida en el que el físico, al que nunca dediqué demasiado tiempo, deja paso a la mente, a todas las imágenes y voces almacenadas, a esa extraordinaria capacidad que tenemos de sentir e inventar. Estoy en la ruta adecuada, explorando los caminos hacia lo esencial.

Feliz día.

John Berger, cuando la muerte no mata

(Actualizado 07.40)

Murió John Berger, un referente ético en un mundo confuso. Pertenece al excelso grupo de personas para las que la muerte es un accidente, algo que no afecta a su presencia constante, una forma de inmortalidad. Es un escritor de escritores, una de las miradas más lúcidas de los últimos sesenta años.

Me gustan la despedida del The Guardian: John Berger, art critic and author, dies aged 90 y esta entrevista con la radio de la BBC, el célebre World Service.

Berger -crítico de arte, pintor, fotógrafo, ensayista, marxista, guionista y escritor- fue, sobre todo, una mirada inteligente sobre el mundo que nos rodea, desde lo cotidiano y rural hasta las ideas más complejas y los sueños; todo aquello que resulta invisible para una marabunta que galopa.

Para entender hay detenerse, ver, empaparse y pensar, permitir que lo observado nos regale una perspectiva inesperada. Vivir es sorprenderse. Vivir es comprender y compartir. Ser más que estar.

Berger fue una luz, y lo seguirá siendo; un faro en la niebla o en la costa. Alguien que acompaña. Me gustan los luchadores, los que nunca se rinden, siempre desde un compromiso ético más allá de las ideologías.

Cuando le miro veo a Beckett y, de alguna manera, a Orwell, aunque militaran en izquierdas divergentes. Los tres son escritores de movimiento, de avance y riesgo en un mundo que se mueve a lomos de la levedad, el miedo y el contagio banal.

Ya no son solo las selfies, ahora es el maquinien challenge. La sandez se expande a la velocidad de la luz.

Estos son sus cinco libros ensenciales, según El Espectador: Un pintor de hoy, G, Puerca Tierra, Mirar y Hacia la Boda. Añadiría otros dos: Para entender la Fotografía y El tamaño de una bolsa, un libro maravilloso.

Esta conversación entre Berger y Sebastião Salgado es uno de los muchos regalos que nos deja.

Esta conversación de 1983 entre Susan Sontag y Berger ayuda entender mejor la importancia de una mirada que nunca es objetiva, tampoco en periodismo. Somos seres subjetivos con una mochila a cuestas que determina lo que vemos y lo que dejamos de ver: lecturas, voces, experiencias, influencias, duelos.

O este otro vídeo: ojos, mirada, inteligencia

O el texto escrito sobre las pinturas rupestres de Chauvet.

Berger dijo que escribía porque escuchaba. Esa es la esencia del periodismo. Escuchar no consiste en repetir lo que nos dicen; escuchar es buscar dentro de lo que no se nos dice.

Gracias, maestro, seguiremos mirando, escuchando.

Personas que vuelan sobre una vida terrestre

Me he pasado la vida buscando personas que vuelan. Me gusta la música que mueve montañas, la pintura y escritura que elevan. Me fascina sentir la ligereza del aire en el rostro y en el cuerpo, ser Juan Salvador Gaviota, jugar con olas de viento, o ser Cosimo, el personaje mágico de El barón rampante de Italo Calvino, un chico que decide vivir en los árboles empeñado en tener una vida aérea.

Nací sabiendo volar. Nadie se dio cuenta. Me metieron como a los demás en una jaula y ahí quedé preso durante años aprendiendo obediencia terrestre. Me rebelé contra la prisión de las ideas y las órdenes. Cuando escapé tenía 14 años y era incapaz de levantar el vuelo. Mis alas estaban entumecidas, casi arruinadas.

La educación consiste en la amputación de la capacidad de volar. Educar sirve para cercenar la imaginación, la creatividad, la singularidad, la locura de cada uno. Educar es igualar: dos por dos son cuatro; esto es bueno, esto es malo. Lo diferente molesta, da miedo, se percibe como una amenaza a la grisura, una provocación en un mundo obediente y terrestre.

Nunca acepté una vida sin sueños aéreos. Si no podía volar, soñaba con el vuelo.

Me gustó El lado oscuro del corazón, la película de Eliseo Subiela, porque trabaja sobre un hecho: las mujeres son las únicas que nos pueden enseñar a volar.

Tuve el privilegio de tener lo esencial y poder gastar mi tiempo en alucinaciones más o menos poéticas. Hay gente aplastada por el hambre y la injusticia que sobrevive en una doble cárcel: la que impide volar y la que impide saber que podrías llegar a volar.

Tuve rescatadores: Bernardo Arrizabalaga me enseñó a los 14 años dos cosas capitales: tenía alas de nacimiento y el aprendizaje del vuelo está en los libros importantes. Me enseñó también a leerlos por dentro, más allá de las palabras escritas, ahí donde se halla el mecanismo que decide su ubicación exacta, su significado en relación con las demás. Es lo que decía Paul Eluard: solo yo conozco las 99 palabras que deseché para que se pueda leer la que está escrita.

Y tuve rescatadoras. Algunas ni siquiera se dieron cuenta de que me rescataban de la vida terrestre. A veces fueron encuentros fugaces, o de meses. Con Celina volé un año entero, en 1981 y, de alguna manera, no dejé jamás de volar.

Volar genera inseguridad en los demás. Dicen que la madurez consiste en dejar de pensar que uno es capaz de elevarse, levitar, viajar entre las nubes. Existen mujeres voladoras que se siente amenazadas por el vuelo de sus amantes, y las que por alguna razón se dejaron atar por una cuerda de miedos que ellas mismas alimentan y miman para que no se rompa.

Ya nunca tendré una vida terrestre ni entraré en una jaula de oro, y cuando muera seré ceniza con alas. Es mi destino. Feliz Nochevieja.

LA MUJER QUE VUELA

Me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
pero eso sí -y en esto soy irreductible- no les perdono
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.

(Oliverio Girondo, poeta).

La ruta mágica del autobús 29

La ciudad está mapeada de recuerdos. Es como si durante años hubiera pasado por ella marcando esquinas y portales. Cuando estoy melancólico huelo esas señales, oigo las voces que conservan, veo rostros y escenas.

Regresé a casa en el autobús 29, desde Manoteras a Goya. Después caminé hasta Ópera. Quizá sea la navidad que me entristece, pero hoy mi cerebro era una algarabía. Pasé delante de la farmacia de Arturo Soria en la que compré mi primer preservativo a los 17 años. Estuve rondándola como un idiota más de una hora. Eran tiempos de demora sexual, zarandeados por el tardofranquismo y la represión moral. La compra fue un arrebato de optimismo: caducó.

Al girar hacia la cuesta de los Sagrados Corazones oí disparos. Eran de cuando corríamos como posesos calle abajo. Fue en la campaña de las primeras elecciones. Pegábamos carteles en la parada del autobús 70 cuando escuchamos los tiros. Pensé: nos ataca un comando de la extrema derecha. En el sprint, un compañero exclamó: “¡rápido, la policía!”. Me sentí salvado, di media vuelta y fui hacia ellos. Tuve suerte; en EEUU me hubieran baleado sin preguntar. Los polis perseguían un coche de ladrones y al vernos correr se confundieron de presa.

Pasada la plaza del Perú me acordé de Isabel Arias. Era bellísima: ojos azules y una boca grande de labios carnosos que siempre sonreía. Salimos durante unos meses. Pasamos juntos la noche en la que una parte de la ciudad, y sus padres, guardaban cola (por si acaso) ante el cadáver expuesto del dictador. Recuerdo su portal, la primera vez que la acompañé. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Cómo podría localizarla?

Hace unos días encontré por casualidad en FB a Cristina. Coincidimos en el curso 1972-1973 en Izarra . Hemos quedado en tomar un café. Me produce emoción. Es pensar en ella y escucho la voz del director adjunto del internado, a quien llamábamos El Chefo, pararme en el patio: “Lobo, ¿no sabe que está prohibido tener relaciones con chicas del colegio?”. Negué todo, claro. El Chefo sentenció: “Usted no es un lobillo, es un zorrillo”. Era un colegio mixto con las instalaciones separadas. Coincidíamos los fines de semana en los campos de juego y en las excursiones al lago.

Me acordé de Maite, de Bermeo. También fuimos novios en Izarra. No recuerdo el apellido. Me encantaría verla, hablar. Cuando siento ganas de regresar a las personas que transitaron por mi vida, aparece un temor, algo literario, nacido de un texto de Gabriel García Márquez sobre la muerte de Jaime Bateman, fundador del M-19 colombiano. En él describía cómo el guerrillero se fue despidiendo de todo sin saber que se despedía antes del accidente que lo mató.

En la esquina de María Molina vi nuestra primera casa, conté los pisos. Busqué mi balcón. Aparecieron José Ramón, Jesús Pascual, Ángel Luis Bienvenida y las dos hijas de Ordóñez en la piscina de la azotea. Me acordé de mi primer beso en la boca. Se llamaba Mari Carmen. No dormí en toda la noche. Debíamos tener 10 u 11 años.

Me bajé junto a la casa de Blanca. En unas semanas hará un año que murió. Hace poco limpié el buzón de voz del móvil, pero conservé su último mensaje. La voz sigue aquí para cuando necesite escucharla. Me sucede con los números: jamás borro a los muertos, sería como tacharles de mi vida. Ahí están todos, hasta Kapuscinski. Será por si un día deciden llamarme desde el más allá. No quisiera ser descortés y preguntar, ¿quién eres? Feliz semana.

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