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Monumental Aida

Sigo impactado, con la música metida en las emociones. En días como hoy, el silencio acompaña. Anoche asistí a la representación de Aida, una de las grandes óperas de Verdi. El escenario del Met Opera House de Nueva York permitió cambios de escena mientras actuaban los cantantes y los coros además de la presencia de tres caballos.

Quedé impactado por el plantel. Sobresalientes la soprano Latonia Moore en el papel de Aida y el bajo-barítono Mark Delevan como Amonoastro. Sus voces tenían tanta cremosidad que parecían cantar en sí mismas, llegaban con una nitidez extraordinaria. Ekaterina Gubanova (Amneris) estuvo brillante en su última escena y Marco Berti tuvo momentos muy buenos. Me costó aceptarle tras la primera aria, Celeste Aida, la más célebre de esta obra. En mi memoria está la voz del mejor Plácido Domingo.

No es lo mismo cantar muy bien que ser Plácido o Pavarotti. Es posible que la distancia sea mínima, pero resulta inalcanzable para la mayoría de los mejores tenores. Es lo que distingue lo grande de lo sublime.

Antonio y yo repetimos los bocadillos del año pasado, devorados en el primer descanso en la balconada con los murales de Chagall a la espalda. Alguno nos miraba de reojo. La mezcla de público es una obra paralela. Vi a un tipo en falda escocesa, mucha pajarita, algún esmoquin, trajes de noche y de día, vaqueros y dos japonesas como kimono de lujo. Lo mejor es que le tocaron a Antonio al lado.

Feliz día.

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Nuevayorkendo como se puede

Quería escribir notas de viaje, postales de Nueva York 4, pero no me salen. La culpa se reparte entre los pavos -el de Acción de Gracias y el del día siguiente-, las hormonas ingeridas y la muerte de Fidel Castro, que me situó en una excepcionalidad inesperada. Tuve que escribir y hablar a destajo. Es lo que tiene mi situación de freelance: trabajo cuando vacaciono y vacaciono cuando trabajo.

Hasta el lunes no me sentí en Nueva York. Ese día paseé por Central Park. Apenas quedaban colores. Me gustan los parques en los que puedo desaparecer, dejar de escuchar el tráfico, el vocerío. Son respiraderos de soledad y naturaleza.

Después fui al Planetario del Museo de Ciencia Natural. La proyección versaba sobre la materia oscura. No era espectacular. Los españoles tenemos la tendencia a degradarnos, a situar a los demás en una superioridad tecnológica que no siempre se expresa. Un planetario en EEUU debería ser como pasear en calzoncillos por la estación espacial. Estamos preñados de estereotipos.

A mediodía entré en el MoMa. Quería ver la exposición de Francis Picabia, uno de los grandes dadá. Me presentó hace años Enrique Vila Matas, cuando leí Historia abreviada de la Literatura portátil. Ver los cuadros resultó un viaje apasionante. Lo hice sin audio, a solas con mi silencio y mi incultura. Emocionan, inquietan. Volveré antes del regreso.

Ayer vendí mi cámara, una Canon 5D Mark II que usaba muy poco. Invertiré lo recibido en un ordenador que necesito porque este se queja de exceso de uso . Fue un despedida difícil. Frente a los sentimientos están los hechos: no sé hacer fotos, no sé encuadrar, no sé pensar con una cámara en las manos. Todo me llega tarde, cuando la foto se marchó. Para un uso aficionado, el iPhone y la pequeña Lumix que consevo hacen la función. Venderla fue un reconocimiento.

Por la noche asistí con unos amigos a un concierto privado en un sótano en Alphabet District. Un tipo con un pandeiro y otro con un violín estuvieron más de una hora transitando por varios estados musicales, desde lo armónico al ruido. Fue interesante, no más. Hoy tendré que subirme a algo muy alto para que me den los vientos y me limpien la cabeza pues esta noche voy a ver y escuchar Aida en el Metropolitan Opera House. Es lo bueno de esta ciudad, puedo rozar dos extremos vestido con los mismos pantalones vaqueros.

Thanksgiving in Trumpland

Lo que medio mundo llama Black Friday es un día gris, fresco y hermoso en la ciudad de Nueva York, la capital de un mundo que se desvanece. También es el día en el que millones de personas tratan de ubicar los restos del pavo en algún lugar del organismo tras hacer la digestión. Hay quien propone llamar Turkey Day a la festividad de Acción de Gracias, cuando lo preciso sería llamarle Killing Turkey Day porque es una masacre.

El día de Thanksgiving se despierta como el de Navidad en España, bajo un aroma extraño, de excepcionalidad suspendida. Parece una tregua. Está en los andares de la gente, en el intercambio de sonrisas en la calle, como si nos conociéramos todos. A mediodía cae el silencio sobre la ciudad del ruido.

La tradición es acoger a amigos y extraños. Es una fiesta familiar en la que manda la generosidad. Fui con Antonio, a quien vuelvo a gorronear vivienda y cápsulas de Nespresso, a casa de Magdalena y Óscar, dos linternas en la oscuridad. Nos juntamos cerca de veinte, la mayoría hispanoparlantes. Solo había un norteamericano. No se habló de política, ni de la de aquí ni la de España. No me atreví a proponer un minuto de silencio por el pavo.

La cena fue excelente, el pavo en su punto. En mi último Thanksgiving en EEUU, allá por 1985, el pavo escapó por la ventana, chamuscado por fuera, crudo por dentro, harto de que la cocinera le introdujera una y otra vez en el horno. Es broma: no escapó, nos lo comimos medio crudo. Una pena que la huida imaginada no hubiese sido real.

Los tres niños de la cena jugaron sobre mi espalda y mis piernas. Siempre atraigo a los niños y a los animales. La conexión funciona desde el lenguaje corporal. Me gustan mucho los niños de los demás, los que incluyen devolución. Me tocó fregar. Me encanta fregar, una rémora de mi año de camarero en Londres, allá por 1981.

Conocí a Lorenzo. Trabaja con ratas y con el miedo patológico. Les induce los temores para ver cómo reaccionan y buscar la forma de quitárselos. Se llama biopsicología, o algo así. Le provoqué desde el animalismo. Es un tema apasionante: el miedo, cómo se fabrica y se distribuye en una sociedad indefensa a través de los medios de comunicación y del cine que sirven, a veces sin saberlo, de correas de transmisión de estereotipos.

En cuanto se fue el norteamericano empezamos a hablar de Trump y de España. Fui prudente.

Esta mañana paseré por Central Park para ver árboles, los últimos de color antes del frío del invierno. Después quizá caiga en la tentación del Black Friday. Esta noche más pavo con más españoles. Ya tengo sitio para el siguiente.

Mi dieta se tambalea. Para defenderme ayer caminé casi nueve kilómetros.

Feliz día.

So long Leonard

Nunca vi en directo a Leonard Cohen ni estreché su mano. Solo escuché su música, sus palabras. Hoy, el día en el que se ha anunciado su muerte, siento un vacío que va más allá de la persona y su música. Tal vez sea un vacío existencial por la época en la que vivo, por la que vamos a vivir.

Me desconcierta esta conmoción tan concreta y profunda, yo que tanto presumo de tener la muerte asumida. Me resulta más sencillo manejar la hipótesis de la propia que la realidad de la ajena. Es un año de ausencias, de viajes finales que se anuncian. Hay ausencias que nos dejan más solos, más expuestos ante los bárbaros. Gracias, Leonardo. Gracias Manianne. Nos vemos en Ítaca.

No olviden retrasar sus relojes al siglo XX

No voy a regodearme en algo que tiene poca gracia: el intento de suicidio del PSOE, asistido por los falsos amigos. Supongo que a unos y otros les espera una travesía en el desierto. Escribo intento porque la vida da muchas vueltas y algunos que se anunciaban muertos encuentran un segundo aire.

Unos amigos argentinos violinistas están conmocionados por lo ocurrido. Hace unos días, ella me dijo en la calle: “Lo único bueno de la caída de Pedro Sánchez es que nos ha servido para ver la cara de las cucarachas”.

Igual que no se puede dar por muerto al PSOE tampoco deberíamos enterrar a Sánchez. No sé si podrá recuperar la dirección en un Congreso, cuando se celebre, que esa es otra. El plan ha cumplido dos etapas: cargarse a Sánchez e investir a Rajoy en aras de una presunta responsabilidad.

Resulta extraño porque lo irresponsable es investir a un presidente de un partido trufado de juicios por saqueo de las cuentas públicas que ni siquiera se ha molestado en pedir perdón.

Es difícil ver corrupción en los demás si no vemos la nuestra.

La tercera parte del plan es celebrar un Congreso atado y bien atado con una candidata única: Susana Díaz, que prefiere las proclamaciones a las primarias. En este punto narrativo del drama del PSOE entraría Pedro Sánchez para forzar el voto. Los congresos dependen de los delegados; es decir, de una democracia muy indirecta. Sánchez busca la rebelión de los militantes (y de los votantes).

Votantes y militantes

Mariano Rajoy nos tiene calados. Es el que mejor entiende este país. Una de las claves es que solo trabaja para sus votantes. No se preocupa de los militantes porque mientras que el PP esté en el poder la mayoría tienen cargo o aspiran a tenerlo. Los votantes permiten ganar elecciones.

Es algo que debería tener más en cuenta Pablo Iglesias, que con más frecuencia de la necesaria, se dirige solo a sus militantes. Podemos ha cometido errores desde diciembre. Es un partido muy joven, cercado mediáticamente, que dispone de un tiempo, quizá toda la legislatura, para madurar, aprender a hacer política. Son muy buenos detectado la corriente. Es hora de llenar ese instinto de sustancia. Un camino sería pensar más en los votantes.

Son los votos los que van a permitir gobernar y ser radicales en la defensa de lo esencial: la democracia, la libertad, el Estado del bienestar y la decencia. Ese es el campo de batalla, no los mítines y los eslóganes, que también.

El PSOE lo tiene jodido: los que dieron el golpe de mano han insultado a los militantes y engañado a los votantes. Ellos no tienen futuro, el PSOE, ya se verá.

Feliz domingo. No olviden retrasar sus relojes al siglo XX.

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