Me escribe una amiga en Facebook una gran frase contra la crisis: “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Escribió Franz Kafka en su diario en agosto de 1914.
Y yo le pongo música de supervivencia. Buen fin de semana bancario.
Nacho Escolar se ha tomado la molestia de recopilar las propuestas de los nazis del Amanecer Dorado griego y las de la llamada izquierda radical Syriza. Así, sin pensar mucho, votaría por los segundos. Además de la alergia estructural que me producen los fanáticos (y el polen), no me gusta el porte dóberman achaparradito de su jefe; tiene cara de la típica mala persona con problemas de almorranas, o algo peor. Debería estar en un manicomio junto a sus matones.
El problema más grave de Europa no es el déficit, la deuda, el euro; el problema es que la crisis genera miedo al futuro, al desempleo, al recorte de las pensiones, y ese miedo anula el pensamiento, el raciocinio. En medio de tanta inseguridad ambiental crece el número de personas dispuestas a escuchar majaderías, a comprar como bueno un discurso xenófobo, nazi, antitodo. En tiempos de crisis aparecen los verdaderos idiotas, que son legión; son los que antes no decían nada, los que se declaraban apolíticos.
Tampoco me gusta el KKE, los comunistas prosovieticos griegos. Creo que no han leído aún la historia del régimen de Stalin, cuyos crímenes fueron tan graves como los de Hitler, pero sin tanta publicidad. Quizá porque Stalin ganó la guerra y el derecho de edición sobre la Historia común europea.
Nueva Democracia es el partido que mintió a la UE en las cuentas y el PASOK es otro sinónimo de corrupción, siempre salvando las honrosas excepciones, que las hay. Grecia no es solo un problema, es la representación de lo que pasa en una democracia que no se airea, que se deja secuestrar por una casta que se reparte las prebendas y el boato, el su señoría, que usa el poder para colocar a sus amigos. Como en España. Más que medir la prima de riesgo deberíamos medir la mediocridad, la cobardía, la necedad.
Hoy Madrid está irrespirable. Dicen que es por el viento, pero yo sé que es la basura que empieza a emerger entre tanto ocurrente.
No quiero terminar así. Busco música. Un abracadabra.
Estoy muy tranquilo. Pese a sentir en el rostro el viento gélido de la prima de riesgo por encima de los 500 puntos, pese a escuchar esta mañana a Rajoy leyendo cansinamente un papel para responder una pregunta vieja presentada en otra crisis, en la crisis de la semana pasada. Estoy tranquilo pese a que Grecia vuelve a las urnas porque los partidos tradicionales Nueva Democracia y PASOK no han entendido el mensaje. Perdieron en las elecciones del 6 de mayo el 45% de sus apoyos respecto a 2009. Como tampoco lo entiende Berlín, que insiste en decir: no se pueden renegociar las condiciones, cuando sabe que tendrá que hacerlo, que será lo mejor para todos: desapretar la soga al ahorcado porque nuestra soga está unida a la suya por un hilo invisible.
Estoy tranquilo pese a que Christine Lagarde, jefa del FMI, esa institución tan inocente y generosa con los países en apuros, sobre todo los del Tercer Mundo, habla de una salida ordenada del euro cuando no está previsto el mecanismo de expulsión.
Estoy tranquilo ante tanta irresponsabilidad, tanta mediocridad y desafuero… Y lo estoy porque esta gran Europa en la que creo por encima de las tribus, las fronteras, las religiones y los idiomas está en manos de dos hombres sabios, elegidos democráticamente, sobresalientes en destreza, capacidad, agudeza e independencia: José Manuel Durão Barroso y Herman van Rompuy.
¡Viva Carlos Fuentes, qué carajo! Solo se nos mueren los imprescindibles.
Música para sobrevivir a la prima y al resto de la familia.
Hoy me he acercado a un cajero automático de una célebre entidad bancaria. Le he saludado educadamente: “Buenos días señor o señora cajer@”. La cosa emitió un pitido gélido, poco entusiasta. Procedí a introducir la tarjeta para sacar dinero. Número secreto, cantidad deseada, tipo de cuenta, número de calzado, color de los ojos… Esos requisitos que se inventan los de seguridad de los bancos para tener al cliente en la solana o la intemperie en espera de que algún desaprensivo te de un sablazo. ¿Irán a comisión?
Tras superar una serie de laberínticos procesos, que se complicaron cuando la máquina me preguntó por mis gustos personales, comida favorita, el tipo, color y forma de los calzoncillos, últimos viajes y equipo de fútbol, el cajero me consideró propietario seguro de la tarjeta introducida. Tras unos segundos de digestión anunció una comisión de tres euros por el esfuerzo que había tenido que realizar; lo llamó propina. Antes de que pudiera protestar o anular la operación pasó a la siguiente fase: explicarme la difícil vida de un pobre cajero en medio de la crisis bancaria, cómo la gente le insulta, le da manotazos sobre el teclado, con lo que duelen las partes blandas, e incluso patadas y salivazos, por no hablar, dijo, de los antinosequé que le meten, con perdón, silicona por la ranura.
Al cabo de dos horas, el que escribe parecía un José Luis López Vázquez en la cabina, pero ventilado. El cajero del banco innombrable emitió una foto dedicada de su presidente, otra de la presidenta de la comunidad de Madrid (con fotoshop) y una tercera de un señor con gafas que hablaba por los codos sobre la mujer-mujer. ¿Y el dinero?, pregunté enfadado. El aparato respondió con letras verdes: “Ya se lo hemos descontado, señor. Cada foto, 100 euros. Que tenga un buen día”. ¡Coñó! ¿Y la tarjeta?”, grité sin miedo a que los antidisturbios presentes en cada esquina me confundieran con un perroflauta. El cajero mostró una sonrisa cómplice, y como si me hablara al oído, susurró: “Yo que usted lo denunciaba a la policía de inmediato, antes que sea demasiado tarde”. Sin un euro pedí a cuenta un periódico en el kiosko de la plaza. El kioskero me dejó: “Al menos se lleva uno, que la crisis nos tiene ahogados”. Abrí el diario y leí sobre Grecia y el hundimiento de la Eurozona. Pensé en mi cajero. Tiene suerte de no estar en Syntagma, que buena le daría yo.