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Los pliegues aún existen

Hace mucho tiempo, es verdad, pero aquí sigo en algún pliegue. Los pliegues son un refugio, una conexión, un promontorio desde el que huelo el mar. Todo lo que escribo lo vuelco en un libro difícil que avanza entre tempestades y en unos reportajes con Médicos Sin Fronteras. El primero fue en México, saldrá el último domingo de este mes en la revista de El Periódico de Catalunya. Estoy a punto de arrancar el siguiente. Es emocionante sentir emoción. Son cuatro historias construidas alrededor de mujeres-coraje, mujeres en guerra, mujeres-esperanza. Feliz jueves.

#MujeresenGuerra

Llevo días, demasiados, sin pisar este espacio. Avanzo en un libro complicado que debo entregar después del verano. Aún no hay nada firmado pero es la primera vez que acepto un ‘deadline’ sin tener el texto terminado. Los periodistas trabajamos mejor contra el reloj. Me produce vértigo. Más cuando se ha cruzado un libro-entrevista con un personaje político relevante que deberé tener en unas semanas. Desde que perdí el trabajo no paro de trabajar.

Hoy, después de A Vivir con Javier del Pino, inicio el primero de los cuatro viajes que realizaré con MSF. Empezamos por México, un país lleno de fosas comunes y madres que buscan hijos. El objetivo es construir cuatro historias en cuatro países diferentes con mujeres en el centro del relato, #MujeresenGuerra, personas que desafían a las estadísticas, a la pobreza y a las armas, para construir esperanzas. La fotografía y el vídeo será de Juan Carlos Tomasi. El trabajo final se publciará en El Periódico de Catalunya, pero iré posteando y tuiteando.

Aunque nunca he escrito reportajes con una mentalidad de género, prefiero pensar en personas, tengo tendencia a dar voz a las mujeres porque son las que sostienen sus comunidades y las historias que trato de contar. La historia es su coraje. Feliz domingo.

Es tiempo de héroes

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No puedo dormir: aún estoy conmocionado por el testimonio de José Alcubierre y Sigfried Meir, supervivientes de la locura nazi en la II Guerra Mundial: once millones de asesinados en campos de concentración, trabajo y exterminio, incluidos seis millones de judíos. Fue en la presentación del libro Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B) del periodista Carlos Hernández. Escuché cosas tan hermosas y profundas que ahora no encuentro palabras que las puedan describir sin reducirlas y mancillarlas. A veces sucede cuando regreso de un viaje duro: primero crece la emoción, una forma de dolor, y días o semanas después llega el lenguaje cuando ya nadie quiere escuchar.

Una amiga especial me dijo: “Puede que estés acostumbrado a esto pero es como si hubiera vivido dos horas extra. Vivir también es esto”. Escuchar testimonios tan auténticos como los de José y Sigfried multiplican la vida que nos ha tocado. Son regalos inesperados. Quizá por eso tengo esa sensación placentera tras años de estar reporteando de haber vivido varias vidas, de estar colmado, cumplido. Es una suerte sentirlo a los 60 cuando aún queda tiempo.

Uno de los testimonios que se proyectaron en un vídeo al inicio del acto decía “Hace 70 años dejé de ser un número y recuperé mi nombre porque era libre”. ¿Cómo describir la pérdida de la identidad en medio de la certidumbre de la muerte, de la humillación constante de quedar reducido a un número? ¿Cómo hacerlo cuando uno puede volver a usar el nombre que tenía en libertad? ¿Cómo estar entre esos dos mundos, el del número y el del nombre, sin haber padecido la experiencia de la deshumanización?

Me gustó algo que contó Carlos Hernández, una frase pronunciada por un superviviente de Barcelona que ha entrevistado para el libro. Le dijo que al salir de Mauthausen supo que su destino era vivir para contar lo ocurrido, para que nadie se olvidara de los muertos.

En un auditorio repleto de gente joven había emoción, la de estar ante los verdaderos héroes silenciados de este país, que no han perdido su dignidad a cambio de un metro cuadrado de poder o de reconocimiento: siguen enarbolando los mismos valores por los que estuvieron a punto de morir.

No tenemos memoria histórica ni un relato científico de los hechos indiscutibles, como que el régimen que duró 40 años fue una sangrienta dictadura. Este es un país de silencios e injusticias. Así no se puede construir dignidad para todos ni un futuro mejor. Recuperar la memoria ignorada sería el primer paso para la edificación de una ética colectiva que expulse a los corruptos y a los mentirosos y eleve de una vez a los héroes y a los sabios.

¿Es esto la década de los sesenta?

Supongo que es un asunto de supervivencia, pero uno nunca es consciente de la edad que tiene. A los diez años vi a un primo de 18 en el baño con la cosa entre las manos, concentrado en la compleja tarea de introducir el chorro dentro de la taza. Me pareció un miembro descomunal. Pensé: “A los 18 se te pone así”. Había esperanza. Llegué a los 18 y lo propio no tenía nada que ver con el mito de lo ajeno. Esa edad juvenil, que desde la infancia parecía el no más de la madurez, era un timo: ni mayoría de edad ni derecho al voto; bueno, como el resto de los españoles.

Fijé una nueva meta: los 25. Cuando la alcancé me sorprendí orinando (sí, la primera parte de la vida ha sido muy fálica) sobre la vía del tren junto a un amigo. Dije: “Si es razonable pensar que vamos a vivir 75 años, me he gastado un tercio y aún no he hecho nada”. El miembro erecto se mantenía por debajo del recuerdo de mi primo. Así descubrí la normalidad, la clase media.

EL PAÍS Y LOS AÑOS DE VIAJES

La escena del tren la conté a los 50. Aunque había gastado dos tercios, el contenido del segundo era satisfactorio. Entré en El País en agosto de 1992, a los 37 años y ocho meses. Salí por mandato ajeno de aquella casa en noviembre de 2012, casi a los 58. Desde hace más de dos  navego en solitario. Soy un emprendedor gracias a la Virgen del Rocío, a Fátima Báñez y a Mariano Rajoy. Es la etapa de El País y los viajes a zonas de conflicto la que da sentido a todo. He vivido varias vidas en una y he sobrevivido a todas. Por eso estoy agradecido y no puedo ser crítico con el periódico aunque muchas veces me muerda el tuit.

Hago 60. Me gusta más el verbo hacer que cumplir, me permite una participación cabal en la construcción de mi vida. Esto se pone jodido, cuesta abajo: el último tercio teórico avanza a velocidad de crucero. Todo se empieza a joder el día que unos niños en pantalón corto te llaman señor. Suele ocurrir sobre los 30. En ese momento sitúas la decrepitud en los 40; cuando entras en ella, pospones el hundimiento a los 50. Y luego a los 60. No quiero parecer un enfermo, pero creo que el fin de mundo arranca después de los 69, la última cifra mágica, real o de ficción. Tras los 69, el abismo, la nada, solo la memoria mientras dure.

EL MANDO A DISTANCIA DE BRU

Mi amigo Bru Rovira hará los 60 en primavera, aunque se mantiene tan en forma que parece tener cinco menos. Se llama competencia desleal. Bru me dice que debemos conseguir un mando universal para el asilo. Cualquier cosa para no ver Tele Madrid, el Canal de la Iglesia y similares.

Estoy más cerca del final que nunca. He sobrevivido mentalmente, aunque en esto mis amigas y amigos albergan serias dudas. Sobreviví al asma de la infancia, a una educación militarizada, a los colegios religiosos, a los viajes guerreros, a un despido que sentí como una traición. Incluso me he sobrevivido a mi mismo, a un ego que no siempre controlo. Me resulta fácil ser humilde cuando reporteo, en el terreno, junto a las personas a las que robo sus historias. El problema viene con los halagos, con Twitter y esa falsa realidad de gurú de la nada.

LOS AMIGOS Y LAS MUJERES

La muerte no existe hasta que empiezan a morirse amigos de tu edad. Les recuerdo a todos, por nombres, fechas, lugares. Son parte de mi familia elegida, como las mujeres que me soportaron. También recuerdo a los vivos. Gracias a todos. Soy lo que ellos me dieron, los libros que leí, las voces que escuché, los sueños que soñé.

A los 60 años la muerte deja de ser una cuestión filosófica, lejana, una hipótesis de trabajo, para convertirse en un hecho real, palpable, casi cotidiano. Morirse es una opción que está cada vez más presente. Cada dolor es un recordatorio de la finitud de las piezas, sobre todo para un hipocondriaco irresponsable. Lo importante es morir con dignidad, sin perder la compostura. De eso estoy bastante seguro.

Es la ventaja de saber que la vida, cuando te toca buena como en mi caso, con comida, ducha caliente, educación y trabajo, es un privilegio. El premio gordo. Lo heroico es sobrevivir cuando te sortean hambre, enfermedad, injusticia, maltrato, cárcel, latigazos por opinar. No sé cuánto duraré, pero no descarto llegar a tener, muy al final eso sí, el pene de mi primo aunque ya no me sirva de mucho. ¿Quién dijo que la vida era justa? Feliz viernes.

One day more

¿Quién dijo que el tiempo volaba? Fuera cae un frío gélido que no sabe de fechas ni de nombres. En casa respiro una cálida monotonía de madrugada de enero. A veces parece un hogar, un refugio antiedad suspendido entre memorias y sueños. Nana sigue cada movimiento desde el duermevela. A veces bosteza, se arquea antes de cambiar de postura; otras emite un maullido corto que significa: caricias. Llevo puestos unos guantes de lana sin dedos recién estrenados. Los llamo los charlesdickens. Pensé que estaban diseñados para escribir, usar el teléfono, agarrar una taza de café, cosas de humanos. Desde esta noche sé que sirven para rascar la cabeza de una gata que se hace y se deja querer.

Bueno, ya es jueves, 22. One day more.

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