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Dentro de Richard Serra, dentro del Guggenheim

Richard Serra es un escultor inquietante: desde una simplicidad minimalista es capaz de generar sensaciones máximas. Estuve dos horas y media dentro de su obra en el museo Guggenheim de Bilbao. Me gustó seguir el trazo de sus laberintos, habitarlos, rozar sus paredes curvadas, sentir la materia, el frío. La escultura está emparentada con la arquitectura. Tiene la capacidad de generar espacios dentro de un espacio existente, y modificarlo. Añadir belleza a la vida es una exigencia del arte. Sucede en la música.

Cada una de las personas que recorren el interior de la mente de Serra expresada en láminas de acero que forman curvas y espirales tiene la capacidad de crear su propio espacio, de modificarse a sí mismo en relación con él aunque sea durante un instante. Es un recorrido mudo, personal. Los que así lo viven no hablan. Es la senda de los sentimientos, no del ruido. Parece una catedral.

El edificio del museo es una extraordinaria obra de arte en sí, un ejemplo de la capacidad de transformar los espacios. La obra de Frank Gehry ha resucitado una ciudad, sacándola de la negrura de una industria contaminantante para colmarla de luz. El Guggenheim-Bilbao es un museo que navega. Bilbao es una ciudad que fluye.

Debe de ser difícil exponer dentro, lograr que la vista del visitante abandone el continente para fijarse en el contenido. El matrimonio Serra-Bilbao es extraordinario; su obra es capaz de equilibrar la estructura exterior con la interior. Serra altera el espacio interior para construir un todo inseparable.

De los fondos del Guggenheim destaca siempre la mujer desnuda de Modigliani. Pero con la idea de los espacios en la cabeza, de cómo una escultura monumental altera el espacio, la obra La Nariz de Giacometti me recuerda que esa capacidad renovadora está al alcance de las pequeñas obras. El equilibrio de esa nariz en su suspensión logra el mismo efecto de los grandes volumenes de Serra: emocionar. Gracias Bilbao.

El pensamiento único

Hay asuntos que exigen pensamiento único, prietas las filas. Hay personas que lo necesitan para respirar: una guía para saber qué pensar, qué decir, qué sentir. Es más cómodo el rebaño -en términos cristianos- que el camino solitario. Es más fácil repetir que pensar. Así se inventaron los dioses, las tribus, los países. Los que viven en grupo tienden al dogmatismo, al desprecio de contrario. De ese magma surgen algunos ismos.

Las religiones son el pegamento que mantiene unido al grupo. El alto clero, que era nobleza (casta ;) ) en la Edad Media, sostenía que intentar cambiar de estamento social era un motivo para ir al infierno. Los nacionalismos han copiado algunos mecanismos de las religiones. El nuevo infierno es el rechazo del grupo, el destierro y el silencio. No hay espacio para los puentes, como decía ayer la gran Julia Otero en #ObjetivoMas. Ser puente es riqueza, un privilegio: conservan las pisadas de los que van, de los que se pausan y de los que vienen. Y las voces.

Tengo pasaporte español, pero no sé bien lo que soy. O sí. Soy cóctel, impureza: 25% gallego, 25% normando, 25% sajón y el resto vaya usted a saber. Me siento europeo, viajante, sin fronteras. No me gustan las tribus ni los clanes; tampoco los uniformes. Ni el orden y mando. Me siento incómodo entre personas que piensan igual, que repiten conceptos complejos con los mismos adjetivos, las mismas comas. A veces es el miedo, cuando se vive en una dictadura; otras, el fanatismo y la estupidez. Nunca me gustaron los hoolingans de los equipos de fútbol ni sus variantes en los partidos políticos y en las empresas.

La entrevista de Ana Pastor a Artur Mas provocó un alud de tuits, muchos interesantes. En las réplicas y contrarréplicas surgen algunas evidencias: en el fondo no hay tanta diferencia entre catalanes y españoles. A los primeros les reconozco más europeidad, más seny, pero en el fondo somos personas con una incapacidad cultural y educacional de escuchar, de reconocer el argumento del Otro, de admitir la posibilidad de un aprendizaje, de un entendimiento. Debatir enriquece: el Otro puede ayudar a corregir aspectos de mi argumentación o a reforzarla con palabras nuevas. No sabemos escuchar; debatir es la escenificación de dos conversaciones paralelas que no se cruzan, que no se oyen.

Si alguien me ayuda a recuperar la pesataña verde que me permitía colgar música al final de cada post, se lo agradeceré eternamente. Mientras llega el mesías tecnológico, sea español, catalán o de Bilbao habrá que conformarse con un link: Dirty Paws, de Of Monsters and Men. Feliz semana.

Llueve sobre los insomios

Llueve sobre los insomnios interiores, llueve sobre Madrid. El repicar musical de las gotas en las tejas árabes de mi piso no me deja dormir. Me gusta asomar las manos por el velux, empaparlas en la falsa ensoñación de que el agua que cae del cielo esquiva la contaminación que nos envuelve, la química y la otra. Escribo esperanzado de que las letras traigan el sueño que se me escapó.

También anda revuelta Nana con tanto repicar. Está sobre el escritorio, toqueteando bolígrafos, lápices, papeles, cables, libros. El otro día se comió parte de mi egoteca, una hoja de periódico con un reportaje que guardaba en una carpeta. No es una gata digital: le gusta el papel, lo devora.

La lluvia me recuerda el mar, su ir y venir, las olas, la playa repleta de conchas marinas. Paseo por el barrio vecino, en un circuito de silencio.

El blog ya no me permite colgar música la final del texto; se comió el botón verde que era la puerta de acceso. Sin música estoy perdido. Al escribir escucho el roce de los dedos sobre el teclado, las quejas de los sustantivos, mis preposiciones cambiadas de sitio. Hay palabras que no dejan de discutir por todo. Escribir es un laberinto, así construyo corales para que nadie entre en mi castillo.

Aquí anda Nana revuelta y maulladora, tocándome con la pata para que juegue con ella. Le digo que es tarde y entonces me muerde el pie. Al menos ha empezado a sacarse las uñas en el rascador. Ha costado un sofá y una butaca, pero gano más de lo que pierdo. Todo se tapiza, menos los recuerdos.

Ítaca, los boatos, la casta y las identidades

Hay algo en el boato, en cualquier boato, que me excluye y diminuye. La pompa es la bandera de imperios, dictaduras, religiones y pensamientos únicos. El nacionalismo se alimenta también del boato, de la exhibición de la identidad, de la singularidad. Se construyen frente a otro, sea real o inventado. No me gusta ningún nacionalismo, sea cual sea su disfraz: nacional o extranjero. Ser una tribu sin contaminantes culturales es una forma de pobreza intelectual.

Asisto al duelo Barcelona-Madrid, por simplificar, un tanto perplejo. Me resulta difícil separar la comparencia de Jordi Pujol en el Parlament, de la esmerada puesta escena de Artur Mas en la convocatoria de un referéndum que probablemente no se va a celebrar. Son parte del mismo juego: la simulación, la cortina de humo. Nunca me gustaron los Mesías; los Moisés, tampoco.

Las disputas se resuelven en las urnas, para saber cuántos somos todos. El pueblo catalán debe tener la posibilidad de decidir su futuro con una pregunta clara, unos procedimientos pactados y una consulta impecable. Mas no cumple si la pregunta es doble y alambicada, si no hay pacto y el procedimiento está viciado porque los vigilantes del proceso son parte del proceso, no son neutrales. El Gobierno y sus aliados tampoco cumplen al negarse a negociar una Hoja de Ruta.

Lo sensato sería darse una última oportunidad y esperar a que cambie el Gobierno a finales de 2015, o el que salga necesite del diálogo para sobrevivir No parece que la paciencia sea la vía de los soberanistas.

Veremos qué sucede después de que el Constitucional anule la consulta. Tenemos un altísimo tribunal que carece del respeto de todos porque fue secuestrado por unos pocos. Sus dictámenes no representan la palabra de los más sabios, los más justos. No solo es Catalunya, también la ley del aborto de Zapatero. Tampoco puede haber juego democrático si el gran árbitro está comprado. Sin instituciones eficaces no hay democracia.

El movimiento ciudadano catalán saldrá a la calle, ocupará plazas, iniciará una desobediencia civil. No tengo ni idea adónde nos llevará este duelo de sordos, pero sí sé quién va a pagar la cuenta: los ciudadanos, sean catalanes o españoles, que a la hora de pagar no hay identidad ni bandera que valga, solo dos bandos: los ricos (sean corruptos o no) y los demás.

Sé que el asunto es complejo, que el sentimiento de independencia está muy arraigado, pero visto así, desde fuera, es una lucha entre castas impunes de la que no me siento partícipe. También quiero independizarme de mi casta, de mis ladrones de guante blanco, de los líderes y lideresas que confunden lo público con lo privado. Si Catalunya es capaz de quitarse la suya, mi casa se independizará con ellos, será catalana o lo que sea. Si no, me quedaré como estoy, rodeado de tiburones sin nombre disfrazado de nadie para que no se les abra el apetito.

Me gusta la canción Ítaca de Lluis Llach. Sé que para muchos es una metáfora de la independencia, la patria soñada. Les invito a leer a Constantino Cavafis, autor de la letra, para que entiendan lo que dice el gran poeta griego: la riqueza está en el camino, no en Ítaca; allí no hay nada, solo es el final de la vida. Feliz fin de semana (histórico, eso sí).

(No sé si son las nuevas restricciones o una enfermedad pasajera pero mi blog no me deja hoy colgar música).

Cruzando montañas y océanos

Crucé una montaña de trabajo, cumplí cada plazo, cada expectativa. Siempre fui un ácrata respetuoso con los compromisos. Me gusta organizarme alrededor de las obligaciones y perder el tiempo cuando me apetece perderlo. Perder elegantemente un poco de tiempo es un lujo, mucho más sano que ser rico, una ordinariez por la que la gente entierra principios y dignidades.

Me siento más feliz en esta situación de afortunado navegante solitario acompañado de amigos y jefes/as que me hacen sentir querido, valorado. Solo me falta viajar. Sigo con la idea de dar la vuelta al mundo en 2015, o al menos empezarla; un viaje interior para celebrar mi cumpleaños, para sellar con hechos que el valor está en el camino, no en Ítaca. Dependerá de la salud (si sobrevivo al gimnasio), del trabajo, la financiación y de mi vida personal.

Desde que cayó el otoño, Nana se volvió más cariñosa: demanda rascadas de cabeza antes de dormir, al despertarme y cuando me siento ante el ordenador. Es la gata más rascada del mundo. Por la noche se sube a la tripa. Parece una vigía encaramada a un promontorio respirante. No sé cómo explicarle que el cojín con vida propia tiende a la desaparición, que el cuento de dormirse mullida y ronroneado tiene los meses contados.

La semana avanza como un velero, abriendo los días en canal. La brisa exterior se confunde con la interior formado torbellinos apenas perceptibles. A veces siento frío. No hay puertos ni mapas ni brújulas ni astrolabios. Es un navegar sin destino. Cuando cruzo océanos hablo a las nubes, les doy nombres de personas y de ciudades para que no me desaparezca la memoria. En respuesta las nubes me llueven agua de mar llena de palabras ajenas. Las recojo con las manos y las vierto sobre el teclado del ordenador para que construyan historias. Son palabras viajeras, extranjeras, saladas, dulces, sin fronteras. Me siento un Robinson Crusoe que cambió Wilson por Nana. Salí ganando.

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