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Aún queda mucha hojarasca encima de la novela

Escribir dejándome llevar en busca de lo inesperado es apasionante, tenga o no nivel literario. El inconveniente de la navegación caótica es la tortura de la edición posterior: cortar, ajustar, equilibrar, eliminar contradicciones y errores, mejorar personajes y la relación entre ellos.

A mediados de agosto puse el punto final narrativo a una novela. Después de tres meses de trabajo en la primera versión estoy a punto de concluir esta fase.

Sé que aún necesita muchisimo pulimiento antes de poder enseñarla a los amigos. Junto a frases y escenas presuntamente brillantes hay otras que son una mierda. Saber detectarlas es la clave. Lo decía António Lobo Antunes: debajo de toda esa hojarasca hay una novela. En mi caso sería presuntuoso afirmarlo.

Sea buena, regular o mala, su escritura es una aventura que me ayuda a bucearme y a ordenarme, a revivir los silencios y las voces acumuladas en el camino. No voy a correr. Una sola palabra puede hundir un texto.

A finales de enero, si no hay retraso, sacaremos una nueva edición de Cuadernos de Kabul, editada por Península. La portada es una preciosidad.

Gracias

Final narrativo, empieza el trabajo

A las cinco de la mañana del 17 de agosto he puesto el punto final narrativo a una novela que arrancó en Roma en el verano de 2010. Prometía rapidez y quedó varada a los pocos meses. Se redujo a una novela durmiente, casi fallida.

Entonces no lo sabía, pero necesitaba vomitar antes Todos náufragos, libro que algunos primos consideran un ajuste de cuentas cuando en realidad es el final de la guerra con mi padre, un encuentro tardío. Desde que lo acabé me siento en paz con mi madre, sin deudas. No desde una decisión racional sino desde los sentimientos. Resulta placentero.

El final narrativo dará paso a la fase decisiva: desbrozar, sacar la novela que está debajo de la hojarasca. Es un texto largo, cerca de 500 páginas. El trabajo es equilibrar, borrar, mejorar algunos personajes y las relaciones entre ellos, evitar contradicciones. Me gusta dejarme llevar en la creación y eso crea problemas graves en la edición, pero editar me encanta.

Sé dónde quiero ir, pero no cómo voy a llegar. Resulta fascinante asistir en primera línea al nacimiento de frases e ideas, giros inesperados que parecen dictados desde fuera, como si la novela se gobernara ajena a mis planes y deseos. Compensa un agosto sin vacaciones.

El libro tiene su play list. Son músicas que lo han acompañado en el proceso de nacer y crecer. Esta es la primera durante un aterrizaje en Mogadiscio.

Ser un inútil desgasta

Soy un desastre en el bricolaje. No, hazme caso: un desastre faraónico. Una simple estantería de Ikea, cuatro tablas, me demanda tal esfuerzo mental que el cerebro se me queda en blanco, como el de los testigos de la Púnica.

Soy incapaz de trasladar la imagen de una pieza del papel a la realidad. Carezco de visión espacial. Me pasaba en el colegio con los supuestos test de inteligencia. Tras una sucesión de figuras geométricas tenía que averiguar la siguiente de la serie. No le dediqué un segundo. Rellenaba a boleo. En los dos test que realicé dejé al psicólogo confuso. No sabía si estaba ante un imbécil o un genio rebelde. Esa duda la vamos a resolver ahora.

Acabo de dedicar cerca de tres horas a sustituir dos cortinillas plisadas de velux que se habían roto. La del salón me ha llevado dos horas y media. Al principio los gatos corrían por la casa pensando que me había poseído Rafael Hernando. Después, se escondieron.

Hablé solo, blasfemé (no ha quedado un santo sin su porción escatológica), bramé y amenacé al velux con suicidarme ahí mismo en un rapto melancólico. Y el velux, ni caso; ni un, “oye, que no es para tanto”.

Como mis velux son antiguos no llevan incorporado el enganche de fábrica. En una bolsita había dos, uno para el lado derecho; otro para el izquierdo y una forma para colocarlo bien, con el ángulo adecuado. Disponía de los dibujos del prospecto. Todo a favor.

Pues, no. Fracasé en el primer intento, eché la culpa al vendedor, pero analicé, por si acaso, otras opciones. Miré en You Tube. Un samaritano salió a mi rescate en un inglés con acento del norte de Inglaterra. Gracias a él supe lo evidente: lo había puesto mal (fatal). Lo cambié de posición y seguía sin encajar. Probé la tercera y última posibilidad tras analizar las instrucciones y ver varias veces el vídeo. La tercera era la vencida.

Colocar las varillas laterales, que son dos y con la forma precisa para que encajen en un click, tuvo sus dificultades. La principal que en mi casa no se oyen los clics. Nana y Morgan observaban en la distancia, sin confiarse. Cada vez que se caía un tornillo al suelo ni se acercaban para jugar con él.

Tras poner las varillas hubo que encajar las cuerdecillas que sirven de rieles. Otra aventura: también había colocado mal las sujeciones. Cuando terminé, me temblaban las piernas.

Mi otro yo

“Bueno, lo has conseguido. Estarás orgulloso de ti, te has ahorrado 40 euros en un manitas”, dijo mi otro yo. Le miré de arriba abajo como se miran a los otros yo impertinentes. “No estoy contento, estoy agotado, me duele todo, he descubierto músculos y membranas en los dedos y las manos que ni sabía de su existencia, y tengo taquicardia”. El otro yo, que parece de Ciudadanos apuntándose todos los méritos, dijo, “anda que si no llego a estar”.

No me hace feliz confirmar lo que sé: soy un inútil con las manos, me falta paciencia. En esta frase de las manos he estado tentado de añadir un chiste picantón, pero tampoco estoy en edad de presumir. Esa es otra.

Pasados los espasmos, me reté, “¿ponemos el de la habitación?”. Los gatos me miraron con los ojos desorbitados. Decidí que era lo mejor para no olvidar lo aprendido. Tuve algún problema, pero lo logré en menos de veinte minutos.

Me acabo de regalar un vaso de ron Zacapa y un aplauso. Es verdad que los dedos siguen como morcillas de Burgos y la espalda parece la playa de Dunkerque, pero sentirse útil tiene su precio. Feliz fin de semana.

Tiempo de inobediencias e insumisiones

Murió Malén Aznárez, una inobediente como la definió la gran Soledad Gallego-Díaz. Es tiempo de inobediencias e insumisiones radicales hasta con los que podrían parecer los nuestros.

La edad agiganta la soledad y sus sensaciones, reduce los plurales y multiplica la rebeldía. Aquí seguimos en plena lucha en un fuerte que no se rinde.

Mi teléfono presuntamente inteligente me advierte de los cumpleaños de personas que ya no están entre los vivos. En un instante, la memoria se desboca, me siento incapaz de manejar tantas emociones. También conservo los teléfonos de los muertos con los que tuve algún tipo de relación. No me atrevo a borrarlos. Sería borrarles y borrar una parte de mi memoria. Lucho contra los olvidos.

Crecer, envejecer es acumular victorias y derrotas, vivos y muertos que nos han conformado como personas. No renuncio a ninguno. La vida que avanza se llena de libros y músicas. Son las otras presencias que me salvan de cada abismo real o imaginario.

Cuando muere alguien cercano nos reunimos en un duelo colectivo. Cada vez que muere alguien que me rozó con su ala siento que más que dolernos de su ausencia celebramos su vida, su ejemplo.

El duelo es un camino solitario en el que las ausencias que arañan se convierten en presencias que acompañan. Hablo con esas presencia todos los días. En los días de crisis, mi casa parece una asamblea de difuntos.

Labordeta es una presencia rescatadora constante. Buena semana.

Debajo de la hojarasca hay una novela

Existe un punto de tristeza que remueve y empuja a escribir. A un lado del abismo, los sentimientos; al otro, los fantasmas. La novela entra en sus últimos tres capítulos. Después quedará desbrozar, retirar la hojarasca, rescatar el texto que puede haber debajo. Me gusta editar. La sustitución de una sola palabra ilumina una página, logra que todo crezca un centímetro. El pulimiento exigirá tiempo, tino y paciencia. No tengo prisa ni contrato.

Este es el primer verano en 42 años que no tengo con quién irme de vacaciones. Hoy repasé lugares y personas. Pertenecen a otra vida, a los ríos que dejé de navegar. El martes cené con un amigo que había transitado el año pasado por soledades parecidas. Fue de poca ayuda, dijo, “es muy jodido; este año estoy igual pero como me he comprado una casa hay muchas cosas que hacer”. No tengo una casa nueva, pero acabo de reorganizar la cocina. Y están los personajes de la novela con los que hablo y discuto porque no siempre obedecen.

Resulta apasionante poner los dedos sobre el teclado y dejarse ir, ver cómo brotan las imágenes. Escribir es caminar hacia uno mismo con la esperanza de encontrar algo más que un cascarón vacío. Escribo con los pies en el suelo, no me sueño Italo Calvino. Conozco mis fronteras, mis invisibles.

Acaba julio y arranca agosto. Además de los personajes inventados están los gatos, y mi madre que se evapora en los recuerdos. No va a ser un buen mes, lo presiento. Llevo dos cines y un teatro en solitario, otra novedad. Luego discuto lo visto con Nana y Morgan, que ha decidido seguirme a todas las partes. Parece un vigilante.

Al atardecer paseo por una ciudad invadida por los turistas. En vez de sentirme perdido, me imagino uno de ellos buscando una dirección en Google Maps. “¿Marte?”, pregunto por fastidiar. “La primera a la derecha, después siga recto 60 millones de kilómetros”. Y en eso estoy, despegando con la escafandra puesta. Feliz fin de semana.

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