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El poder de la tele y una cagada en la radio

En casi treinta y nueve años de profesión -si cuento desde la primera colaboración en otoño de 1975- he hecho de casi todo menos televisión. Nunca me llamó la atención, nunca tuve la oportunidad. Hablar a un aparato que me escribe en teleprompter me produce vértigo, soledad. Admiro a los periodistas televisivos que saben sostener un directo. Es un arte.

Prefiero la improvisación a leer. Tengo tendencia a comerme las comas y los malditos ‘que’, una mala práctica: cuando llegas al punto estás en las nubes y cuesta aterrizar. En Radio 80 tuve un profesor extraordinario: Fernández Abajo, un histórico de RNE. Nos enseñó a respirar, a salir de los errores no buscados y a generar otros para humanizar y dar naturalidad. Una duda bien medida, un ‘Mmmm’ a tiempo, disimula la existencia de un guión. Iñaki Gabilondo es capaz de decir lo mismo leído que improvisado. Es un maestro.

He tenido varias cagadas ‘king size’ en la radio. Contaré una, de momento. Estaba de guardia en los servicios informativos de Radio 80 cuando un toro corneó a Paquirri en Pozoblanco. Era el 26 de septiembre de 1984. Solo se sabía que era muy grave. Decidí cortar el programa (grabado) del director musical y dar a conocer el flash de la agencia. Me senté en el estudio, sonó la sintonía, leí para para mis adentros por quinta vez la línea y media del teletipo y entonces me dí cuenta de que no sabía nada de toros, que solo era una línea y media y que había cortado el programa del jefe. Mis primeras palabras fueron: “El torrero Paquiri…”. Fue un desastre. No me despidieron.

Los reportajes televisivos son como la Ópera, un compendio de todo: imágenes en movimiento, voces, textos, imágenes fijas, sonidos, música. Un buen reportaje en televisión es imbatible. Vi trabajar a Ricardo Ortega en el norte de Afganistán. Fue fascinante. Yo solo tenía palabras; él, la vida con todos sus matices. Me sentí pequeño.

La televisión tiene un poder inmenso (y engorda). Fue salir unos minutos en la Sexta Noche, a las horas en las que el pobre Carrascal tenía que decir su informativo, y todo se multiplicó: los followers, las visitas al blog, los comentarios, las felicitaciones, alguna parada en la calle. Pero no pierdo el norte, sé que la espuma es efímera: sube, baja y desaparece. Es parte del negocio. Feliz semana, Música para el optimismo: Slash.

Una noche en la Sexta

Me he acostado tarde, trasnoché entre la Sexta Noche y unas cervezas con unos amigos. Madrid estaba inundado de juerga. Cada vez que me cruzaba con alguna mujer bajaba la cabeza. No es castidad, es que la frase de una amiga me martillea el cerebro: “Ahora, lo importante es que no parezcas Benny Hill”. Así ando, entre los disimulos y las represiones.

Cuando llegué a casa me di un baño de egoteca en Twitter y Facebook. Leí todos los comentarios, parecían interminables. Muy agradecido a tanta generosidad. En una sola noche aumenté mil followers aunque aún no sé cómo va a modificar esto mi vida diaria. El último incremento importante llegó tras el despedido de El País: cuatro mil en una semana. Ahora lo tengo más difícil porque ya no me pueden despedir otra vez.

No me arrepiento de nada de lo dicho en la Sexta Noche porque siempre digo lo que pienso. Solo una pequeña matización. No me prohíbo los amigos políticos, aunque es cierto que no los tengo. No es grave si no te condiciona darles un buen palo cuando corresponde. Pero es más sano y eficaz que los amigos sean sociedad civil, normales para entendernos; así no pierdes el aire, la comba de la realidad.

Nuestro objetivo profesional no puede ser que un ministro te salude, un diputado te abrace, un presidente, sobre todo si es este, te lance un tic cariñoso, o un futbolista te lleve de copas con su padilla. Nuestro bando son los ciudadanos. Si tienes demasiado amigos políticos y banqueros puede llegar un momento en el que te creas parte de la élite, un igual, y ahí la has cagado, amig@. No somos la élite, somos sus fiscales.

Cuando dije que si el periodista es honesto, justo y equilibrado tiene el prestigio de la ciudadanía me hubiera gustado más emplear la palabra respeto, que es el motor del prestigio.

Fue una noche agradable, con un equipo agradable que se encargó de hacerlo todo fácil, y más después del incidente con Inda; cuando Arantza López me lo quiso presentar, él me negó la mano: “No doy la mano a quien me insulta en Internet”. Se refiere a este post: Inda, más tóxico que un volcán. La descripción de la realidad nunca puede ser un insulto. Me sentí halagado en su desprecio. Yo también lo siento por su trabajo, pero conservo aún el envoltorio de la educación.

Creo que este es el link a la entrevista, pero algo de eso hay. Feliz domingo.

Tarde de Hammam

Hoy me regalé una sesión de Hammam cerca de mi casa. No me sabía el orden de las aguas templadas, frías y calientes ni cuánto tiempo estar en el baño turco. Había silencio de voces humanas, solo música de fondo y el sonido del agua. Pude cerrar los ojos, pensarme lejos, en otro país, en otro tiempo.

Me acaricié tantas veces los ojos y las orejas con las palmas de las manos que una pareja con rasgos indonesios me tomó por un tipo religioso. Cada que nos cruzábamos en ruta a alguna agua, me saludaban ceremoniosos. Debe ser la barba blanca, da respetabilidad. En el sala de té me tumbé y desperté en un sueño en La Alhambra.

En el masaje final sobre una piedra caliente, una mujer me roció agua sobre la espalda. El agua pesaba, tenía densidad, vida. Después me enjabonó y pasó un guante de crin para retirar impurezas. Cuando volvió a caer agua sobre mis hombros, el agua abrazaba. En la segunda parte, sobre una camilla, la mujer trabajó sobre mis piernas y mis brazos fuera de forma, quejosos, sin elasticidad. Me da miedo que me toquen la espalda, que es muy suya. Cuando llegó el turno a las manos sentí las suyas sobre las mías; tenían calor, era otra manera de abrazo. Cuando salí a la calle vi a la pareja ceremoniosa. Les dije en inglés: “Soy otra persona”.

Lo era porque pude llegar a mi casa en paz, sin que me perturbara el griterío baloncestista en la plaza Mayor. Parecía que todo el mundo a mi alrededor se movía a cámara lenta y en silencio. Quizá solo encontré el botón de mute universal. Las cosas esenciales siempre están a nuestro alcance, aunque lo olvidemos. Volveré al Hammam en agosto, serán mis vacaciones.

El ministro no quiere testigos en Gaza

Un Gobierno que llama a hurtadillas a los directores de los medios de comunicación para exigir la salida de sus periodistas de Gaza es un Gobierno rastrero que no cree en la libertad de información. Imagino a Margallo y a su equipo, teléfono en mano, cumpliendo las recomendaciones de Israel, que durante el fin de semana dijo que no se hacía responsable de la seguridad de los periodistas extranjeros. Es lógico: Israel no se hace responsable de nada.

Me saltó a la memoria la figura de Aznar, y su vocecilla insufrible, tras el 11.M: “Ha sido ETA”, y hala, obedientes a titular en primera página con un error histórico, una mentira estratégica, electoralista. ¿Cuántos directores transmitieron la orden de Margallo de salir de Gaza? ¿Cuántos apoyaron a sus periodistas? Sería bueno saberlo, está en juego la credibilidad.

En este asunto fallan algunos principios básicos del periodismo: el poder miente, es su naturaleza; no somos parte del poder político ni del económico aunque nuestros accionistas sean bancos; no somos altavoces ni palmeros de la élite; el negocio del periodismo es ser útil a los lectores. Sin lectores no hay periódicos, en papel y en la web. Son tiempos de perversión absoluta.

Gracias a todos los periodistas, españoles y extranjeros, que siguen en Gaza, informando, que es su trabajo, sin dejar que la propaganda entierre la realidad.

Diluvian silencios

En un mundo de ruidos, bullicios, bocinas y gritos, el silencio es un paraíso. Hay silencios musicados como el que vivo ahora con los cascos puestos y Red Hot Chili Peppers al otro lado, metidos en el ordenador. Son silencios cantados que ayudan a disimular otros silencios, los de la ausencia de palabras y de personas. Son ya 40 horas sin hablar con nadie; bueno, solo con la gata Nana que me maúlla reclamando juego y cariño.

Estar en silencio durante un tiempo es un ejercicio de saludable higiene personal, un intento de ponerme en contacto conmigo mismo, de aprender de los errores y de los aciertos. Hay silencios elegidos, silencios impuestos y silencios diluviados. En un rato me ducharé, pasaré por la librería de cabecera a pronunciar las primeras palabras de la semana y subiré al metro en dirección a la casa de mi madre. Allí me espera ella y su necesidad de hablar sin parar. Es su forma de protegerse de la soledad.

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