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¿Cuál es el protocolo de la estupidez?

Cuando un político dice “estamos aplicando el protocolo” significa “no tengo ni puta idea de qué hacer”. En el caso de una enfermedad contagiosa y altamente mortal como el Ebola resulta preocupante. Las criticas a la ministra de Sanidad, Ana Mato, están justificadas. Ya había dado muestras sobradas de ineptitud que en cualquier país serio hubieran conducido a su destitución. La rueda de prensa, en la tarde del lunes, fue una esperpéntica exhibición de incapacidad impropia de un representante político. Es para estar preocupados, pero por la ministra, no por el Ebola.

Es cierto que después es más fácil ver los errores. No es ventajismo en este caso porque hubo advertencias suficientes cuando se decidió repatriar al religioso Manuel Pajares, que falleció el 12 de agosto. El personal sanitario y los sindicatos del sector alertaron de que Madrid no estaba preparado: el hospital de referencia en enfermedades contagiosas y tropicales, el Carlos III, había visto desmantelada su unidad debido a los recortes.

Si ahora hablamos de recortes, nos tildarán de populistas. Entonces, ¿cuándo toca hablar de responsabilidad politica? El riesgo era evidente sin un centro de referencia dotado de medios suficientes y falto de experiencia en la lucha contra la enfermedad.

Tampoco se pudo salvar la vida de Manuel García Viejo, que falleció el 30 septiembre. En su caso la repatriación es inexplicable porque no teníamos el fármaco experimental que salvó la vida en EEUU a dos norteamericanos repatriados desde Liberia, un médico y una misionera. Sin el medicamento adecuado, ¿para qué se le trajo?

Conozco el trabajo de los misioneros y misioneras, soy muy amigo de varios. Son ejemplares. Debemos hacer todo lo posible por ayudarles en su labor y divulgar su esfuerzo. Si repatriarlos les podía salvar la vida, bien repatriados están.

El caso de la auxiliar es preocupante. ¡Qué diablos de protocolo permite que una mujer en contacto con dos fallecidos por Ebola se vaya de vacaciones cuando tiene fiebre! La fiebre es el primer síntoma de que algo va mal. Si uno ha estado en un país con malaria es inteligente pensar que podría ser malaria, hacerse las pruebas y descartar la mayor. En el caso del Ebola es de libro. Unas décimas de fiebre debieron activar las alarmas, proceder al aislamiento inmediato de la auxiliar y esperar el resultado de la prueba. Ahora tenemos al marido en riesgo y no sabemos cuántas personas más. No hablen de protocolos, hablen de incompetencia.

Ana Mato dimisión. Es urgente: una cuestión de salud nacional.

 

Sentadillas impropias de la edad

Los insomnios son productivos: adelanté trabajo; tengo terminado el segundo perfil de Tipos Inquietantes. Me costó más que el de Rajoy, un personaje que sale solo. No es fácil encontrar el tono de la sección. El sueño ligero es negativo: se aparecen tipos indeseables que se lucran a costa de los demás y cuando les pillan dicen que no sabían que gastarse decenas de miles de euros en un caja arruinada estaba mal. Ansío por conocer el listado de gastos. También sería bueno saber el uso de las tarjetas corporativas, las ‘legales’.

No sé si es la hartura ciudadana, las encuestas que arden o la cercanía de las elecciones, pero tengo la sensación de que se ha reducido unos centímetros la tolerancia social. Que no lo escondan los medios conservadores, y TVE, da la medida de la magnitud del escándalo. Es bueno que los medios de comunicación abandonen las trincheras. Nuestro trabajo no es defender siglas, personas y bancos. Quizá ideas, valores, modelos de sociedad. Ocultar información es una forma de corrupción. Nos coloca en la misma frecuencia moral de los ladrones.

Cuando salí el domingo de mi casa para ir al estudio de A Vivir que son dos días, la calle estaba repleta de basura esparcida y de contenedores volcados. En el camino a la Gran Vía había más: era el reguero de estupidez de los vándalos que patearon los cubos. Dije en Twitter que este tipo de personas están también esa frecuencia de inmoralidad que lleva a saquear las cajas de ahorro.

Es la misma porque prima el macho alfa, los cojones, el yo sobre todo y el desprecio a los demás. Siempre los llamé ‘los roldanitos'; son los que se cuelan, los que aparcan en doble fila, los que circulan a gran velocidad. Si queremos mejorar este país averiado y embrutecido deberíamos empezar por mejorarnos a nosotros mismos, crear ciudadanía.

Fue un fin de semana largo y ancho, sin agarraderas. Salí poco. Saber hacer sentadillas con “una agilidad impropia de mi edad”, como dice el monitor del gimnasio, para darme ánimos, supongo, no llena del todo. Comí callos a la madrileña (de bote) y la tripa se hinchó. Lo pagaré caro. Regué las plantas, jugué con la gata al escondite y vi el partido de mi equipo.

Ya puedo colgar música gracias a Jacinto Lajas, que acudió en mi socorro. Hubo buenos consejos en los comentarios pero Jacinto conoce las tripas del blog porque él lo diseñó hace unos años. Es un blog-barca-de-salvamento. Ha añadido botones para que sea fácil tuitear y facebookear, y esas cosas. Espero que os guste.

Arranca otra semana; octubre echa a correr hacia noviembre y así, en nada, las Navidades, unas fiestas incómodas: el barrio se llena de zombis consumistas (mirones, que con la crisis no se puede hacer otra cosa), de cochecitos de niño y de  policías de tráfico pese a que no entran coches, solo riadas de curiosos. En esos días me gusta huir de la ciudad, o encerrarme en el promontorio y escuchar el murmullo desde la ventana del salón. Me estoy dejando barba blanca larga por si me contratan de Papa Noel. Feliz semana.

 

Dentro de Richard Serra, dentro del Guggenheim

Richard Serra es un escultor inquietante: desde una simplicidad minimalista es capaz de generar sensaciones máximas. Estuve dos horas y media dentro de su obra en el museo Guggenheim de Bilbao. Me gustó seguir el trazo de sus laberintos, habitarlos, rozar sus paredes curvadas, sentir la materia, el frío. La escultura está emparentada con la arquitectura. Tiene la capacidad de generar espacios dentro de un espacio existente, y modificarlo. Añadir belleza a la vida es una exigencia del arte. Sucede en la música.

Cada una de las personas que recorren el interior de la mente de Serra expresada en láminas de acero que forman curvas y espirales tiene la capacidad de crear su propio espacio, de modificarse a sí mismo en relación con él aunque sea durante un instante. Es un recorrido mudo, personal. Los que así lo viven no hablan. Es la senda de los sentimientos, no del ruido. Parece una catedral.

El edificio del museo es una extraordinaria obra de arte en sí, un ejemplo de la capacidad de transformar los espacios. La obra de Frank Gehry ha resucitado una ciudad, sacándola de la negrura de una industria contaminantante para colmarla de luz. El Guggenheim-Bilbao es un museo que navega. Bilbao es una ciudad que fluye.

Debe de ser difícil exponer dentro, lograr que la vista del visitante abandone el continente para fijarse en el contenido. El matrimonio Serra-Bilbao es extraordinario; su obra es capaz de equilibrar la estructura exterior con la interior. Serra altera el espacio interior para construir un todo inseparable.

De los fondos del Guggenheim destaca siempre la mujer desnuda de Modigliani. Pero con la idea de los espacios en la cabeza, de cómo una escultura monumental altera el espacio, la obra La Nariz de Giacometti me recuerda que esa capacidad renovadora está al alcance de las pequeñas obras. El equilibrio de esa nariz en su suspensión logra el mismo efecto de los grandes volumenes de Serra: emocionar. Gracias Bilbao.

El pensamiento único

Hay asuntos que exigen pensamiento único, prietas las filas. Hay personas que lo necesitan para respirar: una guía para saber qué pensar, qué decir, qué sentir. Es más cómodo el rebaño -en términos cristianos- que el camino solitario. Es más fácil repetir que pensar. Así se inventaron los dioses, las tribus, los países. Los que viven en grupo tienden al dogmatismo, al desprecio de contrario. De ese magma surgen algunos ismos.

Las religiones son el pegamento que mantiene unido al grupo. El alto clero, que era nobleza (casta ;)) en la Edad Media, sostenía que intentar cambiar de estamento social era un motivo para ir al infierno. Los nacionalismos han copiado algunos mecanismos de las religiones. El nuevo infierno es el rechazo del grupo, el destierro y el silencio. No hay espacio para los puentes, como decía ayer la gran Julia Otero en #ObjetivoMas. Ser puente es riqueza, un privilegio: conservan las pisadas de los que van, de los que se pausan y de los que vienen. Y las voces.

Tengo pasaporte español, pero no sé bien lo que soy. O sí. Soy cóctel, impureza: 25% gallego, 25% normando, 25% sajón y el resto vaya usted a saber. Me siento europeo, viajante, sin fronteras. No me gustan las tribus ni los clanes; tampoco los uniformes. Ni el orden y mando. Me siento incómodo entre personas que piensan igual, que repiten conceptos complejos con los mismos adjetivos, las mismas comas. A veces es el miedo, cuando se vive en una dictadura; otras, el fanatismo y la estupidez. Nunca me gustaron los hoolingans de los equipos de fútbol ni sus variantes en los partidos políticos y en las empresas.

La entrevista de Ana Pastor a Artur Mas provocó un alud de tuits, muchos interesantes. En las réplicas y contrarréplicas surgen algunas evidencias: en el fondo no hay tanta diferencia entre catalanes y españoles. A los primeros les reconozco más europeidad, más seny, pero en el fondo somos personas con una incapacidad cultural y educacional de escuchar, de reconocer el argumento del Otro, de admitir la posibilidad de un aprendizaje, de un entendimiento. Debatir enriquece: el Otro puede ayudar a corregir aspectos de mi argumentación o a reforzarla con palabras nuevas. No sabemos escuchar; debatir es la escenificación de dos conversaciones paralelas que no se cruzan, que no se oyen.

Si alguien me ayuda a recuperar la pesataña verde que me permitía colgar música al final de cada post, se lo agradeceré eternamente. Mientras llega el mesías tecnológico, sea español, catalán o de Bilbao habrá que conformarse con un link: Dirty Paws, de Of Monsters and Men. Feliz semana.

Llueve sobre los insomios

Llueve sobre los insomnios interiores, llueve sobre Madrid. El repicar musical de las gotas en las tejas árabes de mi piso no me deja dormir. Me gusta asomar las manos por el velux, empaparlas en la falsa ensoñación de que el agua que cae del cielo esquiva la contaminación que nos envuelve, la química y la otra. Escribo esperanzado de que las letras traigan el sueño que se me escapó.

También anda revuelta Nana con tanto repicar. Está sobre el escritorio, toqueteando bolígrafos, lápices, papeles, cables, libros. El otro día se comió parte de mi egoteca, una hoja de periódico con un reportaje que guardaba en una carpeta. No es una gata digital: le gusta el papel, lo devora.

La lluvia me recuerda el mar, su ir y venir, las olas, la playa repleta de conchas marinas. Paseo por el barrio vecino, en un circuito de silencio.

El blog ya no me permite colgar música la final del texto; se comió el botón verde que era la puerta de acceso. Sin música estoy perdido. Al escribir escucho el roce de los dedos sobre el teclado, las quejas de los sustantivos, mis preposiciones cambiadas de sitio. Hay palabras que no dejan de discutir por todo. Escribir es un laberinto, así construyo corales para que nadie entre en mi castillo.

Aquí anda Nana revuelta y maulladora, tocándome con la pata para que juegue con ella. Le digo que es tarde y entonces me muerde el pie. Al menos ha empezado a sacarse las uñas en el rascador. Ha costado un sofá y una butaca, pero gano más de lo que pierdo. Todo se tapiza, menos los recuerdos.

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