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Lo llaman regenación y no lo es

Lo más sorprendente de las presuntas ideas regeneradoras de Mariano Rajoy es que los medios de comunicación le compren el adjetivo, sobre todo el día en que el juez Ruz imputa al ex tesorero Lapuerta. El PP tiene un serio problema con sus tesoreros, la contabilidad B y la coincidencia de los ingresos y las concesiones de obras públicas. Pero la regeneración no va por ahí, ni por dimitir. Eso es para los alemanes e ingleses, esos aprendices de democracia. En España aguantamos los chaparrones que para eso nos hemos comprado el hombre del tiempo.

La ‘regeneración’ estrella consiste en cambiar las reglas de elección de alcaldes, para que sea elegido el cabeza de la lista más votada. El PP se aseguraría así el gobierno en 40 capitales y evitaría disgustos en Madrid y Valencia. El despropósito es tal que el PP podría arriesgarse a presentar a Ana Botella. Se trata de una cacicada a menos de un año de las elecciones municipales, cuente o no con el apoyo del PSOE o de lo que queda de Rubalcaba.

Una decisión así en medio del descrédito de las instituciones sería un órdago a la hartura ciudadana. Jugar con la paciencia colectiva es jugar con fuego. Si se quiere cambiar algo, cámbiese la ley electoral, no para modificar el número de los diputados en su beneficio como Cospedal, ni impedir coaliciones que ‘nos’ perjudican, sino para abrir las listas, como demanda la ciudadanía, e impedir el concurso de los imputados (en Valencia el PP tendría problemas para elaborar una lista).

Regeneración es suprimir la inmensa mayoría de los aforados: 2.000 políticos y 7.500 jueces y fiscales. Algo grave debe pasar en la justicia española para que tantos jueces y fiscales no se fíen de ella y se encomienden solo al Supremo, que es elegido por aforados.

Regeneración es dimir cuando se recibe dinero a espuertas de una red corrupta, sepas de donde viene el Jaguar o no lo sepas. Regenerar es abrir a la ciudadanía las cuentas de los partidos, prohibir las donaciones de empresas, mostrar las tripas de los concursos públicos. Regenerar es quitar privilegios a una clase política que olvidó lo esencial: son re-pre-sen-tan-tes de la supuesta soberanía popular. Regenerar es poner fin al saqueo. Regenerar es devolver a la ciudadanía la voz secuestrada.

Ricos de familia y mangantes

Aún no tengo claro si es mejor ser nieto y biznieto de ricos o dar el pelotazo. Los primeros tienen estilo, al menos han tenido tiempo para desarrollarlo. En una de las películas de los Hermanos Marx, creo que Sopa de Ganso, Groucho dice a Margaret Dumont: “Para tener estas manos son necesarias generaciones de ocio”.

Los ricos de siempre tienen el privilegio de poder disfrutar de la vida, de evitarse las penurias mundanas: acudir a la cola de paro, preocuparse por los contratos basura de sus hijos y los ERE, angustiarse por las jugarretas del banco o los recortes en Sanidad y Educación. Ser rico es no tener final de mes. Ni lunes en el calendario. Ser asquerosamente rico te permite vivir en una nube paralela al suelo, a una distancia higiénica de la angustia. Debe ser tranquilizador.

En todas las familias multimillonarias hay una persona inteligente, ocurrió en los Rothschild y en los Guggenheim, entre otras; alguien que se dedica al arte y a vivir a cuerpo de rey o de Papa, a ponerse las botas y los botines. Los demás, sobre todo los primogénitos, no disfrutan de los ceros de la SICAV y siguen desviviéndose para forrarse más. La gula no tiene limites. La estupidez, tampoco.

Los ricos de verdad no vuelan en Business, una horterada (cómoda) reservada a diputados y eurodiputados; ellos vuelan en su avión privado. Hay ricos españoles con avión privado a pesar de que sus empresas deben tres o seis veces más de lo que valen. Aquí, además de aforados, hay gente con mucha cara.

Los ricos súbitos huelen a corrupción, al menos en España. Los habrá listísimos que dieron con la tecla, o con la canción. En EEUU existen unos cuantos ejemplos de personas que inventaron algo, como este ordenador desde el que escribo. Gente que hicieron cosas útiles, que aportaron a la sociedad en la viven, que fueron pioneros en algo y se beneficiaron de su inteligencia y capacidad de riesgo.

En España apenas hay empresarios que se aventuren, aquí abunda el rentista y el amigo del partido o del político adecuado. Es tierra del pelotazo, gobierne quien gobierne. Los ricos súbitos carecen de estilo. También viven en la nube, pero la suya se llama impunidad. Son nubes burbuja, se pinchan tarde o temprano.

El otro día conocí a un ejemplar en una fiesta de unos amigos queridísimos de la juventud. No diré nada porque este tipo de citas conllevan confidencialidad, pero el tipo no me gustó nada. Detesto a los que se arriman a los corruptos, los que viven cerca del mangoneo y de la ausencia de transparencia. Los que se mofan de los demás. No me gustan los chulos.

No soy rico, ni de familia ni de pelotazo. Volé una vez en un avión privado de la multinacional 3M y me gustó la experiencia. Hace muchos años, en Primero de Periodismo, un amigo del PCE nos llevó en su coche hasta la frontera de Puerta de Hierro, una urbanización de lujo en Madrid. Sin bajarse y con el motor en marcha, exclamó: “Compañeros, aquí acaba la movilidad social”. Nunca lo he olvidado.

El Mundial de Nana

Nana corre por la casa detrás de una bola de papel de aluminio. La conduce con maestría de una habitación a otra hasta que se cansa de tanto eslalon solitario y maúlla en busca de un compañero de juego. Se la lanzo con la mano y vuelve a su partido. Tiene más regate que Messi y Ronaldo juntos. Otras veces la introduzco en una caja de cartón para se entretenga en sacarla. Al principio le llevaba tiempo y enfados, pero ya ha aprendido a levantarla con las dos patas y echarla fuera. Creo que Nana ve el Mundial de Brasil a escondidas.

La casa está en silencio, demasiado silencio. Se oye. He editado una entrevista que saldrá en breve en Jot Down. Me gustan las entrevistas, las conversaciones pausadas. He ordenado algunas cosas. Del trastero ha emergido parte de mi vida. Los objetos, por insignificantes que parezcan, están conectados a la memoria; al tenerlos entre las manos brotan las imágenes, los olores. Me cuesta tirar, conservo inutilidades; incluso conservo el arrepentimiento de las que tiré, como mi anorak de las manifestaciones mediados los años setenta.

Esta canción, que me llegó como un regalo en Facebook, me conecta con la época de Radio 80, cuando el PSOE ganó las elecciones con 202 escaños. Si miras atrás, más allá de la música, ves todo lo que se perdió en el camino. Son tiempos de recuperación, de volver a levantar banderas y pancartas.

Los hilos rojos

Sé que existen los hilos rojos, una tradición japonesa y china. Se trata de hilos muy finos, apenas imperceptibles, que conectan a personas. A veces por un mal uso del libro de instrucciones asfixian, quitan energía. Es necesario desatarlos, liberarse de ellos. Si son rojos de verdad, y no un reflejo del dolor, los hilos desandados sabrán encontrar el camino de regreso, la conexión señalada. Hay que ser paciente. A veces tardan más o menos, según las montañas y los mares. No es necesario encender fuegos ni sentarse a la puerta de la casa ni lamerse las heridas. Solo es necesario vivir, quererse, seguir viviendo. Lo que tenga que pasar, pasará.

Las noches perdidas

Me siento un Sísifo que gira en una noria enorme: principio-fin-principio-fin. Escucho el silencio. Duele. Mantengo una luz encendida, un faro. Huele a mar, a naufragio. Soy un Sísifo que extravió la piedra, incapaz de interpretar el mito. Me cayó el despierto, una forma cruel de insomnio: el cerebro se transforma en una segunda noria: principio-fin-principio-fin. A veces se mueve a tal velocidad que le bailan las letras y los miedos: precipicio-fine.

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