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Des chansons pour Charlie

Primero las palabras sobre las que construir.

Un duelo de cine: la libertad contra el totalitarismo.

Víctor Hugo para coger impulso.

Por la libertad, que es lo primero.

La mejor versión del mundo.

Un Bela Ciao transcultural, que la lucha debe ser global.

Goran Bregovic con Ogi, uno de mis balcánicos favoritos.

Fueza desde los resistentes, los que luchan siempre.

Pensando en los 17 charlies.

Quizá deberíamos volver a soñar con Tahrir.

Khaled, que los puentes no se rompan.

Una esperanza.

Y que sigan los tocahuevos, ¡qué coño!

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La responsabilidad del odio

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Me siento triste, atacado en mis ideas y derechos, en mi profesión de contador de historias, atacado en mi libertad. No es día para el silencio; callar sería una forma de derrota, de resignación inaceptable.

No sé dibujar, no sé cantar, pero sé gritar: ¡JE SUIS CHARLIE! Sé repetirlo cien veces en voz alta en el salón de mi casa hasta que las paredes se impregnen de las palabras que no debo olvidar. ¡JE SUIS CHARLIE! Las pronuncio aferrado a una estilográfica metida en un puño cerrado, un puño de rabia. Es la mano la que me sostiene en pie. No es día para bajar la cabeza ni los brazos. Es día de lucha: “No pasarán”, no nos callarán. Estos fuertes no se rinden.

Detrás de la muerte de dibujantes, periodistas y policías hierve el odio, un odio difuso contra todo lo occidental que se alimenta de afrentas verdaderas e imaginadas. En las cabezas huecas cabe mucho fanatismo; una cabeza hueca es un agujero negro. La estupidez no conoce fronteras ideológicas. Twitter es una muestra: el odio llena 140 caracteres, como llena una bala.

NO HAY JUSTIFICACIÓN A LA BARBARIE

La responsabilidad de cada odio es de quien lo siente, aprieta un gatillo o rebana el cuello de un James Foley. También lo es de quien vomita un tuit execrable. No hay justificación a la barbarie. No la hay cuando mueren niños palestinos en Gaza, judíos en Jerusalén, civiles en una boda de Afganistán o escolares en Peshawar. Cualquier bomba, sea estúpida o inteligente, merece mi desprecio. Me gusta la vida, la mía y la de los demás.

Los atacantes de Charlie Hebdo son yihadistas, personas con experiencia de combate, si es que se puede llamar así a la orgía de sangre que tiene lugar en Siria, donde todos parecen hijos de puta, menos los civiles que los padecen.

Europa tiene un problema con la segunda y la tercera generación de la inmigración de los sesenta y setenta. Personas que proceden del Magreb, Pakistán o de Oriente Próximo, nacidos en Europa, pero perdidos entre dos mundos, más aún desde el estallido de la crisis económica de 2008.

Los jóvenes españoles pueden emigrar. ¿Dónde pueden ir los jóvenes magrebíes sin trabajo, raíces o esperanza? Esta nebulosa es un vivero de radicales a los que los imames y conseguidores soplan sueños de dignidad y prometen el paraíso. La gran batalla no está en Siria e Irak, está aquí; se llama trabajo, educación.

LA GUERRA

Tampoco ayudan las calamitosas campañas militares en Irak, Afganistán y Siria. Seguro que existen intereses podridos detrás de cada de ellas, pero sobre todo hay mucha incompetencia. ¿Cómo vamos a entender a los iraquíes, afganos o sirios si ni siquiera entendemos a nuestros conciudadanos, a nuestros vecinos?

Hay más principios en una portada de Charlie Hebdo o de Mongolia que en muchos parlamentos.

Soy ateo, pero no me siento cómodo con las viñetas que atacan las religiones. Se trata de un asunto emocional, peligroso. Prefiero que se las limite con leyes para que cada uno se pague sus dioses. Pero ante este tipo de desafíos, ante el riesgo de que se instale la censura del miedo, soy radical: defiendo la libertad sin límites y que sean los jueces los que pongan la linde.

Me sorprende el entusiasmo de la Brunete Tuitera por la libertad de expresión frente al islam, ellos que se la niegan a todo el que opine diferente, ellos que disparan descalificaciones al primer diferendo. ¿Qué diferencia hay con nuestros fanáticos? Estoy harto de intolerancias y xenofobias.

No es noche para el silencio, pero sí para escuchar música y afilar los lápices para que vuelvan a dibujar. Feliz lucha.

Nochevieja entre vientos que enloquecen

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Soplaba viento, algo natural en Tarifa. Allí no dicen “a ver con qué cara vengo mañana”; tienen una expresión precisa, pegada al terreno: “a ver con qué pelo vengo mañana”. El viento que no descansa vuelve loca a la gente, la desespera de tanto inflarla por dentro. En la playa, una decena de surfistas locos practicaba el Kite Surfing arrastrados por aires revueltos. Unos parecían peces; otros, pájaros. Por las calles pululaban vikingos rubios. Era un desembarco. Aún no cantaban las uvas de medianoche y algunos ya habían cambiado de año, quizá de siglo.

Visité el cementerio. Es necesario caminar la senda desde la carretera, nada de coche, para que nuestros pasos se sincronicen con el silencio de la muerte. Ninguna ánima cuerda es capaz de contar su historia desde el bullicio.

El señor Quique, el enterrador, pelo revuelto, como si en él habitase la mismísima Rosa de los Vientos, da las novedades. En el centro del camposanto, en dirección al mar del que vinieron, destaca un rectángulo verde coronado por unos postes blancos. Es una fosa común de inmigrantes ahogados. Perdieron la vida, el nombre y la esperanza. Tres pérdidas terribles. No rezo porque no soy creyente en ninguna religión, pero sí me emociono. Es mi forma de conectar. Al levantar la cabeza veo África y barcos que transitan el Estrecho surcando un viento de agua que riza las olas. Ahí debajo descansa un cementerio de olvidados.

El campo de los muertos sin nombre de Tarifa está cubierto de tréboles. Algunos tienen cuatro hojas, los de la suerte. Preside la fosa un mármol blanco con una leyenda: “En memoria de los inmigrantes fallecidos en aguas del Estrecho”.

En la zona de los nichos están dos inmigrantes con nombre: Yacouba Kone (Costa de Marfil; 17 de abril de 2013) y Hope Ibrahim (Nigeria; 19 de abril de 2003). Hope tenía siete años. Son musulmanes rodeados de cruces cristianas. La muerte es más generosa que los vivos.

Algunos dirán que esta es una manera macabra de despedir el año, pero a mí me parece la mejor: preñado de memoria. Feliz 2015.

Escucho música de Theodorakis sin parar

Acabo en enviar un texto sobre Grecia a InfoLibre. Versa sobre el adelanto electoral y los paralelismos con Podemos y el caso de España. Es un texto largo que parte de la caída de la dictadura de los coroneles en 1974, una fecha clave. Pese a ese vaciamiento, sigo con la música de Mikis Theodorakis metida en el cuerpo, en algún lugar entre la piel y las emociones.

En unas semanas voy a cumplir una talegada de años y aquí sigo, peterpanizado en las utopías, atrapado en una necesidad de revolución permanente en la que no me colma ni la revolución misma. Por algo escribí hace unos días que prefiero a Trotsky que a Stalin. No es una cuestión ideológica sino química.

Cuando una revolución conquista el poder hay que empezar a preparar otra que la reemplace. Sé que tengo muchas contradicciones. Quien esté libre de ellas, que tire la primera contradicción. Bueno, los creyentes de las verdades rotundas no tienen tantos problemas porque lo suyo es obedecer.

No sé si Syriza es la solución para Grecia, como no sé si Podemos lo es de España, solo sé que lo que hay no funciona.

Estamos lejos de los asaltos a los palacios de invierno y a las bastillas, pero hay espacio para soñar. Hoy escribí en Eldiarios.es sobre un soñador: Pepe Mujica. La revolución hoy debe ser ética, de abajo a arriba, una gran marea que expulse del poder a los simuladores, a los que nos han estafado, a los sinvergüenzas.

Me gustaría un cambio y que los que vengan, sean quienes sean, sumen con quien sumen, sean capaces de impulsar una segunda revolución en la Educación. Que esta sociedad se guíe por el meritaje no por la afiliación política o la amistad. Deberíamos apostar por una transversalidad del talento y la honradez, te haya nombrado quien te haya nombrado.

Aquí estoy en dirección a una Nochevieja gaditana con Mikis Theodorakis en el cuerpo, zumbándome de arriba a abajo. Eso es empezar bien el 2015.

PD Viajo en un tren lleno de japones dormidos y con tanto efluvio se me cierran los ojos. Hay silencio: ni rastro de ejecutivos-alfa ni niños de Amanecer Dorado. Bendita tranquilidad.

Una confesión inconfesable

Hace mucho que no escribo sobre el gimnasio porque no tengo mucho de qué escribir. Lo dejé a mediados de octubre, antes de expirar los tres meses de prueba. Aproveché un viaje a Barcelona para desintoxicarme de la berza que me había dado con las tabletillas. Es un decir, claro. Luego fui a Panamá y la excusa perfecta estaba preparada: la culpa era de ZP.

Al tiempo que abandoné el gimnasio escondí el peso y compré dos pantalones sin preocuparme por los vaivenes de la cintura. La vida pintaba bien. Mariano tenía razón: llegan las vacas gordas.

No lo echo de menos, pero debo admitir que ese ejercicio me iba bien dada mi tendencia sedentaria, al sillón-ball: cinco días por semana y dos horas por jornada de machaque. Me impuse rutinas que incrementaba en dificultad y tiempo hasta que el führer-monitor quiso cambiar de método. “Mira como estás, así no vas a perder la tripa”. El tipo sabrá mucho de músculos y estiramientos, pero de psicología poco. Cuando pagas te jode la sinceridad. Ese “mira como estás” sonó a patada en la entrepierna, sí, ahí: en los huevos. Duele.

Como trato de evitar que se hunda la percha acepté el envite. Estuve embutido en los nuevos ejercicios un par de semanas y la única novedad visible era que andaba como el Pato Donald, lo que complicaba bastante el alivio de ciertas necesidades fisiológicas. Tenía agujetas hasta el los sueños. Empecé a ver el führer-monitor con uniforme de la SS empeñado en acompañarme en cada ejercicio por si me saltaba una coma. En las sentadillas las rodillas chasqueban como cuando uno se saca novi@s de los nudillos de la mano. Parecía una maraca de Machín, pero sin ritmo.

Un día le pregunté si tenían un servicio de urgencias contratado y si cabría una camilla por las escaleras para rescatarme de un pasmo. Nunca supo si hablaba en serio. Por supuesto que hablaba en serio.

Tras el viaje a Barcelona y una inmersión inevitable en el soberanismo, lo vi todo claro: el monitor era España empeñada en fustigarme con una disciplina alemana. ¿Quién paga parar que le torturen? Yo no, desde luego. Estos días tan navideños hago ejercicio en la calle. Hay dos variantes disponibles: el salto de carrito con o sin niño, o el eslalon gigante entre personas que no saben caminar en grupo. No adelgazas ni liberas malaleche. Solo acumulas toxinas verbales.

Me voy a regalar una bici plegable y eléctrica (no hay que pasarse) para mi cumple y bajaré a Madrid Río a hacer kilómetros, aunque sean de paseo. Eso sí: con sillín. Feliz año, amig@s.

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