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Escucho música de Theodorakis sin parar

Acabo en enviar un texto sobre Grecia a InfoLibre. Versa sobre el adelanto electoral y los paralelismos con Podemos y el caso de España. Es un texto largo que parte de la caída de la dictadura de los coroneles en 1974, una fecha clave. Pese a ese vaciamiento, sigo con la música de Mikis Theodorakis metida en el cuerpo, en algún lugar entre la piel y las emociones.

En unas semanas voy a cumplir una talegada de años y aquí sigo, peterpanizado en las utopías, atrapado en una necesidad de revolución permanente en la que no me colma ni la revolución misma. Por algo escribí hace unos días que prefiero a Trotsky que a Stalin. No es una cuestión ideológica sino química.

Cuando una revolución conquista el poder hay que empezar a preparar otra que la reemplace. Sé que tengo muchas contradicciones. Quien esté libre de ellas, que tire la primera contradicción. Bueno, los creyentes de las verdades rotundas no tienen tantos problemas porque lo suyo es obedecer.

No sé si Syriza es la solución para Grecia, como no sé si Podemos lo es de España, solo sé que lo que hay no funciona.

Estamos lejos de los asaltos a los palacios de invierno y a las bastillas, pero hay espacio para soñar. Hoy escribí en Eldiarios.es sobre un soñador: Pepe Mujica. La revolución hoy debe ser ética, de abajo a arriba, una gran marea que expulse del poder a los simuladores, a los que nos han estafado, a los sinvergüenzas.

Me gustaría un cambio y que los que vengan, sean quienes sean, sumen con quien sumen, sean capaces de impulsar una segunda revolución en la Educación. Que esta sociedad se guíe por el meritaje no por la afiliación política o la amistad. Deberíamos apostar por una transversalidad del talento y la honradez, te haya nombrado quien te haya nombrado.

Aquí estoy en dirección a una Nochevieja gaditana con Mikis Theodorakis en el cuerpo, zumbándome de arriba a abajo. Eso es empezar bien el 2015.

PD Viajo en un tren lleno de japones dormidos y con tanto efluvio se me cierran los ojos. Hay silencio: ni rastro de ejecutivos-alfa ni niños de Amanecer Dorado. Bendita tranquilidad.

Una confesión inconfesable

Hace mucho que no escribo sobre el gimnasio porque no tengo mucho de qué escribir. Lo dejé a mediados de octubre, antes de expirar los tres meses de prueba. Aproveché un viaje a Barcelona para desintoxicarme de la berza que me había dado con las tabletillas. Es un decir, claro. Luego fui a Panamá y la excusa perfecta estaba preparada: la culpa era de ZP.

Al tiempo que abandoné el gimnasio escondí el peso y compré dos pantalones sin preocuparme por los vaivenes de la cintura. La vida pintaba bien. Mariano tenía razón: llegan las vacas gordas.

No lo echo de menos, pero debo admitir que ese ejercicio me iba bien dada mi tendencia sedentaria, al sillón-ball: cinco días por semana y dos horas por jornada de machaque. Me impuse rutinas que incrementaba en dificultad y tiempo hasta que el führer-monitor quiso cambiar de método. “Mira como estás, así no vas a perder la tripa”. El tipo sabrá mucho de músculos y estiramientos, pero de psicología poco. Cuando pagas te jode la sinceridad. Ese “mira como estás” sonó a patada en la entrepierna, sí, ahí: en los huevos. Duele.

Como trato de evitar que se hunda la percha acepté el envite. Estuve embutido en los nuevos ejercicios un par de semanas y la única novedad visible era que andaba como el Pato Donald, lo que complicaba bastante el alivio de ciertas necesidades fisiológicas. Tenía agujetas hasta el los sueños. Empecé a ver el führer-monitor con uniforme de la SS empeñado en acompañarme en cada ejercicio por si me saltaba una coma. En las sentadillas las rodillas chasqueban como cuando uno se saca novi@s de los nudillos de la mano. Parecía una maraca de Machín, pero sin ritmo.

Un día le pregunté si tenían un servicio de urgencias contratado y si cabría una camilla por las escaleras para rescatarme de un pasmo. Nunca supo si hablaba en serio. Por supuesto que hablaba en serio.

Tras el viaje a Barcelona y una inmersión inevitable en el soberanismo, lo vi todo claro: el monitor era España empeñada en fustigarme con una disciplina alemana. ¿Quién paga parar que le torturen? Yo no, desde luego. Estos días tan navideños hago ejercicio en la calle. Hay dos variantes disponibles: el salto de carrito con o sin niño, o el eslalon gigante entre personas que no saben caminar en grupo. No adelgazas ni liberas malaleche. Solo acumulas toxinas verbales.

Me voy a regalar una bici plegable y eléctrica (no hay que pasarse) para mi cumple y bajaré a Madrid Río a hacer kilómetros, aunque sean de paseo. Eso sí: con sillín. Feliz año, amig@s.

Boxing Day y la nevera en guerra

Viernes, Boxing Day. El cielo de Madrid está azul. Lo cruza una nube estrecha y alargada que es el resto del paso de un avión. Escuché en la radio que estamos a siete grados. Nana mira por la ventana en busca de pájaros, es su televisión sin tertulias. La casa está bastante desordenada y en la nevera se ha declarado una guerra mundial: los caducados de la derecha se enfrentan a los caducados de la izquierda. Hay partido. Toca ordenar, pasar la aspiradora y bajar a la compra. Ya estamos con el estrés. De momento, un roncito Zacapa.

Edito una larga entrevista a un historiador fantástico, escucho música regalada en los auriculares. También leo que Podemos es la segunda fuerza en Euskadi según el euskobarómetro y que una político del PSOE dice que los de Pablo Iglesias y compañía están obsesionados con el poder como si ellos buscaran un puesto en Cáritas. Hay argumentos que podrían estar en mi nevera.

A los Reyes Magos les he pedido que la lideresa no sea candidata a la alcaldía, no me fio de la memoria de los votantes. Ella es la prueba de que lo que tenemos dista mucho de ser una democracia sana. En un país serio estaría fuera de la política. Además de Gürtel, la red Púnica y el carril bus es mío, no hay que olvidar que ella es la autora intelectual de la destrucción de la Sanidad madrileña, la de todos. Desesperanza Aguirre es el enemigo público número 1. Espero mucho de Mariano Rajoy que en ojeriza debe andarnos a la par. Feliz viernes.

Me gustan los disidentes

Nos falta cultura democrática, incluso por separado: cultura y democracia, y falta educación, es decir entrenamiento para comprender un mundo complejo y aprender a convivir y respetar opiniones diferentes, incluso contrarias sin recurrir al insulto y la descalificación.

Debe ser la tara del nacionalcatolicismo la que favorece las visiones simples, la obediencia debida y la pertenencia inquebrantable al grupo. Así era el franquismo. El prietas las filas también es estalinista, que se lo digan al POUM. Siempre preferí a Trotsky en su guerra con Stalin; cuestión de piel.

Cardenales y estalinistas tienen en común la creencia en las verdades reveladas y únicas, indiscutibles, que tratan de imponer a toda la población. Para los molestos queda la Inquisición, el picahielos o el Gulag.

Me gustan los tipos complejos que saben leer la complejidad, sin que la ideología -que todos tenemos- les impida ver la realidad. Por eso me gusta George Orwell, un ejemplo ético. No solo por 1984, sino por Homenaje a Cataluña y Rebelión en la granja. Me encantan Danilo Kis y su Una tumba para Boris Davidovich. Me gustan los disidentes sin importarme de qué disienten. Lo que alabo es la actitud, el moverse en la foto, la valentía de contradecir el discurso oficial o mayoritario, esté o no esté de acuerdo con ellos.

Dictado y honestidad

Me atraen los escritores que no escriben al dictado, sea de un régimen, una ideología o de la comodidad para no meterse en líos.

También me gustan Ismail Kadaré e Iván Klima, quien me dijo en su casa de Praga que “un pueblo que ha sufrido 40 años de dictadura ha perdido el sentido colectivo de la honestidad”.

Esa pérdida de honestidad colectiva aún la estamos pagando en España; explica la parálisis ante la corrupción y la mentira como forma de hacer política. Nos falta un código ético colectivo, una línea roja ciudadana, que convierta en intolerable lo que ahora parece normal, casi inevitable. Sanear la democracia es dotarla de sentido, lograr que funcione, que la soberanía popular no sea un artificio idiomático.

Textos de la discordia

El virus de la simplificación no tiene bandos políticos. Llevo unos días en guerra con un sector de la izquierda comunista que no acepta que nadie diga que en Cuba hay una dictadura. Escribí tres textos. Uno en El Periódico de Catalunya: El grano de Cuba con un apoyo En busca de un referente. Un segundo, mucho más polémico por aquello del centralismo madrileño, en elDiario.es: Fidel Castro, un genio que nos vendió humo por revolución, que logró 91 comentarios casi todos negativos y no pocos insultantes. Y un tercero en InfoLibre: Cuba, territorio minado. También hubo comentarios positivos que alababan, más allá de los peros, el esfuerzo de mirar sin simplificaciones.

Los comentarios y tuits son un tanto deprimentes, no porque me pongan de vuelta y media, que me pillan llovido, sino porque muchos se basan en el principio de realidad simple. Las cosas son blancas o negras, y los que buscan grises son traidores: hoguera, gulag, que te echen del medio. También me sorprende la incapacidad de leer y comprender y responder a lo que no se ha dicho. Alguno amenaza con darse de baja si no me despiden. ¿Sólo está dispuesto a leer lo que coincide milimétricamente con su opinión? Alimentarse de simplicidad te hace simple. Es una apuesta de vida, sin duda. Se sufre menos, todo está claro.

El sentido del humor, la ironía, la risa siempre fueron sospechosos de disidencia. Por eso me gustan, quizá por eso me despidieron de El País: mis chistes eran demasiado malos.

Releo algunas críticas pasadas. Se me olvidó que hay dos asuntos que te garantizan el ataque masivo: Cuba e Israel; bueno, discutir con Hermann Tertsch y Alfonso Rojo también tiene sus dificultades, pero al menos ellos, de momento, no me han insultado.

Leer a los piensan diferente, ayuda a crecer. Son opciones vitales. Llevo muchos años metido en la práctica de la disidencia, primero contra la dictadura de mi padre, después contra la franquista, más tarde contra la obediencia debida en el puesto de trabajo ante la amenaza subyacente de perder el empleo.

Nunca he calculado si decir lo que pienso me conviene para no perder ascensos y premios. Me pilla un poco mayor para caer en la ambición. No voy a cambiar, lo siento. Solo quiero que cambie, y mucho, este país: año 2015, nueva oportunidad de hacer las cosas bien. Feliz Navidad.

 

 

 

Ideas para una toma de posesión

Si queremos recuperar las formas democráticas, el futuro Gobierno, sea quien sea el presidente, debería prometer sus cargos en el edificio del Congreso ante el jefe del Estado, y no en la Zarzuela. Tendría que ser el jefe del Estado quien se desplace al lugar que representa la soberanía popular, sobre todo ahora que va a ser dignificada en las urnas, y no al revés. La soberanía popular nunca debería ir a palacio. Trasmite una imagen de sumisión equivocada.

Voy con adelanto, quizá un año. No sé quién ganará las elecciones; tampoco si habrá Gran Coalición o pacto Podemos-PSOE, lo que sí sé es que hay un rey nuevo que trata de convertir la ejemplaridad en motor de su causa, que es la supervivencia de la institución. Que alguien dé el primer paso.

Es solo una idea, ahí queda por Navidad. Buen viaje, Joe.

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