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Parezco un Giacometti con tripa

Hoy fui al gimnasio. Si quito alguna incursión en las instalaciones de El País, esta es la primera vez que me enfrento a una monitora-sargento. Me duele todo, hasta la memoria. Camino patizambo, me pesan los brazos y los dedos. Parezco un Giacometti con tripa. Hay músculos que me hablan y cuya existencia desconocía: ¡ay!, dicen; ¡ay!, les respondo.

Era una vieja recomendación de personas que me quieren bien. Odio los aparatos; no me gustan las prototipos de gimnasio como no me gustan los nudistas que se pasean por la playa con una polla enorme, como si durmieran de pie y con pesas, intimidando a los incautos de la orilla. En las playas nudistas nunca me quito el bañador, a veces en el agua, donde solo hay tiburones. No me gustan los don perfectos, los que corren más que nadie sin cansarse, los tabletillas. Debo mejorar mi uniformidad: fui en bañador de rayas rojas por falta de pantalón corto. Se me olvidó la botella de agua, los cascos de música y el oxígeno.

El empujón me lo dio la báscula el último día de Julio. Me falto resuello en una cuesta de nada. Por la tarde me subí a la báscula: récord histórico, vergüenza no menos histórica. Me bajé, busqué excusas. La mañana del 1 de Agosto me volví a pesar en ayunas. Aunque mejoré en un kilo, la orden era clara: adelgazar. Y en eso estamos. No es para ligar, que ya cuesta, es por salud. Me gustaría durar. Feliz fin de semana.

Israel, Gaza, los hechos

Me gustan los judíos, lo confieso. Siento su desgracia histórica como si fuera parte de mi biografía personal. Mi apellido es sospechoso de tener raíces judías, al menos según los sefardíes españoles. En mi árbol genealógico hay una tatarabuela judía. Cuando pisé Tel Aviv tuve un sentimiento de pertenencia muy fuerte. Me gustan los judíos laicos, sus escritores, la llamada izquierda radical que es capaz de reconocer al otro, al palestino, sus derechos.

No me gustan Hamas ni las Brigadas de Al Aqsa, que tuvieron en 2006 la ‘amabilidad’ de retenerme en Gaza por las armas y en contra de mi voluntad. Me gustan los palestinos laicos, y los árabes laicos, capaces de ver al otro, el dolor de los judíos. Sentir todo esto no recorta la vista ni el oído ni la sensibilidad y la capacidad de distinguir los hechos. Cuando estás en los territorios ocupados, cuando pasas por los controles, comprendes la realidad: quiénes son las víctimas cotidianas de la humillación y el desprecio.

Rechazo la violencia, la de los cohetes y la de los misiles, y rechazo los atentados. No hay muerte de civiles que pueda justificarse, sea cual sea su apellido, su religión, su raza, sexo o tamaño de la nariz.

Contar la verdad, los hechos, criticar al Gobierno de Israel, no te convierte en amigo de Hamas, en su portavoz. Es un juego peligroso. Le afecta a la corresponsal de TVE y al mismísimo John Kerry, y a Junker, a todo aquel que no aplauda en el coro. Los que aplauden y callan son los peores enemigos de Israel. Por lo demás, ansío un imposible: la paz, el entendimiento, la expulsión del poder de los violentos y de los profesionales del odio. Inshallah.

Un pujolazo en la línea de flotación

Catalunya es un asunto complejo; también lo es España. Cuando se hace política desde la simplificación y los estereotipos resulta imposible resolver los asuntos complejos. Tampoco ayuda un periodismo de trinchera. He hablado con varios amigos catalanes a los que tengo en gran estima por su capacidad de ver más allá. Estos son los trazos, algunos complementarios, otros contradictorios; así es la vida.

  • A corto plazo nada cambia; sigue el proceso soberanista, la consulta, los porcentajes a favor de la independencia. Por debajo de la superficie, lo cambia casi todo. El caso Pujol es un torpedo en la línea de flotación de lo que la Catalunya pujolista creía ser: un Estado moralmente superior al resto de España. Jordi Pujol cultivó una identidad calvinista, la del trabajo bien hecho, la gente seria y austera frente a la España de la pandereta y el derroche.
  • Cuando llegó la democracia, la izquierda (PSUC y PSC) representaban la mayoría social. No supieron tejer un acuerdo y gobernar juntos. El PSC le entregó la Generalitat en bandeja a Pujol y se dedicó a destruir el tejido social de los barrios (pasó también con el PSOE en el resto de España). La imagen de Catalunya de la izquierda, que ahora la representa ERC y las CUP, no coincide con la de Pujol. Los jóvenes se van a radicalizar: no solo hay que independizarse de España, también de la casta catalana que es tan corrupta como la española.
  • La imagen de la Catalunya moral la compró la burguesía, la derecha catalana. Ahora que se ha roto el espejo mágico la conmoción es total. No solo por el comunicado o las sospechas de que Pujol ha mentido dos veces: durante todos sus años de mandato y en su confesión, sino por la constatación de que el rey (el molt honorable en este caso) está desnudo, algo que todos sabían pero que todos callaban. Muchos son cómplices. También son cómplices muchos de los periodistas que ahora se rasgan las vestiduras.
  • El pujolazo va a desmovilizar a una parte de la burguesía en la apuesta independentista, a la que se sumaron arrastrados por la Diada de 2012, no por convicción. Artur Mas está tan muerto como Pujol: conduce un proyecto soberanista en el que no le van a seguir sus bases. Si Mas adelanta las elecciones, su partido recibirá un gran castigo. Está atrapado. Depende de Rajoy.
  • El nacionalismo se ha construido una mitología. El lema de mayor calado es el de ‘España nos roba’. A esa Catalunya ética, superior, trabajadora y austera, España le roba cada día, le impide crecer, desarrollarse, ser. Una Catalunya obligada a financiar el dislate y la corrupción de los demás. Es un discurso que ha anidado en el sentimiento independentista. La crisis, los recortes sanitarios y en Educación (que en la Catalunya de Mas han sido superiores y más entusiastas, ocultos en la culpa de Madrid), la escasez y la desesperanza han permitido el estallido. La independencia es el 15M en Catalunya. Ahora tenemos alternativas. El pujolazo muestra que además de Madrid, te roban los tuyos, la Generalitat, el más honorable, el símbolo de lo que somos y queremos ser. El golpe es brutal. No solo para los catalanes, también para todos los que creímos en esa superioridad ética de Catalunya, en su ejemplo.
  • No sé sabe si habrá consulta en noviembre, pero la alternativa de las elecciones plebiscitarias ha cambiado; ahora es un plebiscito sobre CiU, sobre todo sobre Convergencia. Artur Mas puede ganar en irrelevancia al PSC, que ya es decir. Tal vez Unió mejore sola, o Ciutadans sea el gran beneficiado. Entrará Podemos con fuerza en el Parlament y Esquerra será el nuevo partido dominante. El hombre es Oriol Junqueras, el único interlocutor real que tiene Mariano Rajoy. También dicen que Junqueras se siente superado por los acontecimientos y quiere irse a casa.
  • El PP no va a ser capaz de rentabilizar la catástrofe porque en el fondo es parte de ella. Su única ventaja sobre Pujol es que nunca perdió el tiempo en construirse una imagen moral, lo suyo es conquistar el poder y conservarlo a cualquier precio, incluso con un cospedalazo.
  • Si se desactivara la indendependecia en un pacto de última hora, una gran parte de la sociedad catalana se va a sentir estafada.
  • Si ‘Madrid’, o lo que sea eso, es inteligente, debería saber que estamos ante una oportunidad única para reconducir el proceso, buscar una solución federal y un nuevo sistema de financiación. Pensar que el pujolazo desactiva el independentismo es un error. No sé si es necesaria la tercera, la cuarta o la quinta vía; solo necesitamos una vía ancha que contenga todo lo que ha faltado en estos años: sentido común.

Leo compulsivamente sobre Gaza

Leo compulsivamente sobre Gaza, es mi trabajo. Escribo constantemente sobre Gaza, es mi trabajo. Leo para alimentarme de las voces que no escucho por lejanía física. Me gustaría estar allí. Es el contacto de las personas, sus historias, lo que me impulsa a ser periodista, lo que me mantiene vivo y en lucha contra los agoreros. Es una forma de romper el silencio, de no rendirse jamás.

Aún tengo en la retina la portada de El Periódico de Catalunya: Vergüenza mundial. Fue una reconfortante rareza entre los medios tradicionales españoles, empeñados en la ceguera: nada de titulares en primera página, nada fotos. Martínez Soler dice que un periódico es completamente libre en sus números cero; después llega el roce, los intereses, las estrategias.

Nuestra primera rebelión como periodistas debe ser contra nuestros jefes. Ser independiente de ellos, desde el respeto. Esta no es una profesión para obedientes. Los sumisos no hacen periodismo porque no cuestionan, no dudan. Hay que dudar de todo, solo valen los hechos comprobados. Cuenta Sol Gallego Díaz, maestra de periodistas, que De Gaulle dijo de la plantilla inicial de Le Monde: “Son unos intratables, harán un buen periódico”. Un periódico, sea en papel o digital, es un producto intelectual que exige una mínima discusión, debate, pensar. Después se aplica la jerarquía que para eso está.

Frente al periodismo ratonero, como lo llamaba José Comas, ratonero de ratón de ordenador, está el periodismo de calle, el que se mancha los zapatos de polvo. Es mejor cansar los pies que el culo. Son buenas frases pero de alguna manera son injustas. Hay grandes periodistas de mesa que nunca salen a la calle. Su misión es ordenar, dar consejos, exigir calidad, ayudar a los reporteros y fotógrafos, decidir, equivocarse y acertar. No les minusvalores: son imprescindibles. Una buena mesa mejora un buen reportero; una mala mesa, destroza un texto.

Con la crisis, los despidos y la colonización de la profesión por gerentes, llegó la becarización de las redacciones: cientos de jóvenes atados a una mesa ocho, diez y doce horas al día cortando y pegando, y sobre todo callando.

Los chiíes tienen la taqiyya (el disimulo, el ocultamiento) que les permite negar su fe para salvar la vida. No se considera una ofensa. Es un buen recurso para los periodistas que empiezan: ocultarse para poder trabajar y aprender, que ya llegará el día. A veces conviene aplazar las rebeliones de palabra, y emplearse a fondo en la rebelión de las pequeñas cosas, pelear en cada texto que pase por nuestras manos para que sea el mejor. Se aprende de todo, también de los breves. Lo importante es no olvidar para qué sirve ser periodista: para molestar al poder, cualquier poder.

Leo y escribo sobre Gaza, busco vídeos para acompañar el texto que se publicará el jueves en InfoLibre. De buceo por la Red encontré esta canción que me resisto a guardar. La tengo en la cabeza cantándome cada desgracia. Gracias Roger Waters (no leas los comentarios; algunos son desoladores). Feliz miércoles.

El poder de la tele y una cagada en la radio

En casi treinta y nueve años de profesión -si cuento desde la primera colaboración en otoño de 1975- he hecho de casi todo menos televisión. Nunca me llamó la atención, nunca tuve la oportunidad. Hablar a un aparato que me escribe en teleprompter me produce vértigo, soledad. Admiro a los periodistas televisivos que saben sostener un directo. Es un arte.

Prefiero la improvisación a leer. Tengo tendencia a comerme las comas y los malditos ‘que’, una mala práctica: cuando llegas al punto estás en las nubes y cuesta aterrizar. En Radio 80 tuve un profesor extraordinario: Fernández Abajo, un histórico de RNE. Nos enseñó a respirar, a salir de los errores no buscados y a generar otros para humanizar y dar naturalidad. Una duda bien medida, un ‘Mmmm’ a tiempo, disimula la existencia de un guión. Iñaki Gabilondo es capaz de decir lo mismo leído que improvisado. Es un maestro.

He tenido varias cagadas ‘king size’ en la radio. Contaré una, de momento. Estaba de guardia en los servicios informativos de Radio 80 cuando un toro corneó a Paquirri en Pozoblanco. Era el 26 de septiembre de 1984. Solo se sabía que era muy grave. Decidí cortar el programa (grabado) del director musical y dar a conocer el flash de la agencia. Me senté en el estudio, sonó la sintonía, leí para para mis adentros por quinta vez la línea y media del teletipo y entonces me dí cuenta de que no sabía nada de toros, que solo era una línea y media y que había cortado el programa del jefe. Mis primeras palabras fueron: “El torrero Paquiri…”. Fue un desastre. No me despidieron.

Los reportajes televisivos son como la Ópera, un compendio de todo: imágenes en movimiento, voces, textos, imágenes fijas, sonidos, música. Un buen reportaje en televisión es imbatible. Vi trabajar a Ricardo Ortega en el norte de Afganistán. Fue fascinante. Yo solo tenía palabras; él, la vida con todos sus matices. Me sentí pequeño.

La televisión tiene un poder inmenso (y engorda). Fue salir unos minutos en la Sexta Noche, a las horas en las que el pobre Carrascal tenía que decir su informativo, y todo se multiplicó: los followers, las visitas al blog, los comentarios, las felicitaciones, alguna parada en la calle. Pero no pierdo el norte, sé que la espuma es efímera: sube, baja y desaparece. Es parte del negocio. Feliz semana, Música para el optimismo: Slash.

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