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El puente de Baudelaire

Si tienes talento escribes debajo de un puente; eso dicen que decía Baudelaire. No tengo puente, pero si una niña cerca que canta, salta, toca la flauta, me pide que le tome la lección y vuelve a cantar. Creo que Baudelaire tendría graves problemas para redactar un post en estos momentos. En las redacciones se escribe en medio de un silencio funeral; no se escucha el teclear de una mosca ni el vuelo de una mala idea. Todos con la cabeza en las pantallas, escondidos, absortos en el más allá, incluso más lejos, algo contraproducente cuando trabajamos con y para el más acá. A veces se escucha un grito en 140 caracteres desde las mesas digitales: ¿Quién está con no sé qué? Y quién responde tímido: yo.

Hemos perdido el vértigo de Baudelaire, el bullicio, el cachondeo, la risa. No pasan carretas ni camiones sobre nuestras cabezas. Tampoco nubes ni soles de invierno encerrados como estamos en edificios inteligentes que, de momento y por fortuna, no saben redactar noticias.

Como no volverán las oscuras golondrinas de Bécquer ni las máquinas de escribir ni el humo del tabaco del puro de Rajoy ni las blasfemias, una solución podría ser poblar las redacciones de niñ@s armados con flautas para que cada periodista recupere el tino de trabajar en medio del carajal, de la marabunta, del griterío, de la urgencia y el caos, no vaya ser que la culpa de nuestros males no sea Internet o nuestra impericia demostrada sino ese maldito y puñetero silencio.

No sé si desaparecerán los periódicos impresos y todo serán webs y periodistas ciudadanos digitales a los que no habrá que pagar: miles de tuits y fotos tomadas por cámaras superinteligentes que permitirán editar después desenfoques, luces y cagadas.

Me gusta el papel, el libro, su tacto, su olor. Antes de que sea tarde busquemos salidas prácticas, de sostenibilidad económica, ideas imaginativas que colmen a empresarios, anunciantes, peatones y kioskeros, y salvemos de este modo nuestro oficio.

He redescubierto el Bovril

De Portugal me gustan Lisboa: cuando amaneces pareces un barco que navega, decía Cardoso Pires en su último libro; y el fado, su saudade interior. Me gustan sus gentes, la comida, la educación, la costa alentejana. Hay días que me levanto con ganas de ser portugués. De Portugal me gusta Saramago, su obra, su olor a un mundo que se esfuma irremediablemente; otro tipo de saudade entre silencios.

He redescubierto el Bovril, tan inglés, tan portugués, tan saramagoniano. Un sabor que me arrastra a mi infancia, a Inglaterra, a mis abuelos. A la estación de Goring-by-Sea, al sendero de la yerba quemada, la lluvia y al bovril del té a las cinco. Recuerdo a mis amigos del Pinar de Chamartín subir a casa de mis padres para asistir incrédulos al espectáculo de verme merendar extracto de carne untado en tostadas de pan con mantequilla. “Es comer avecren”, decían.

Vuelvo a desayunar bovril untado en mis desayunos. Es defensa propia: comerse un vaca loca para sobrevivir en un mundo de presuntos cuerdos. ¿Escribía de Portugal? Me gusta ese país. Me gusta Miguel Torga que me regaló el título de lo que es vivir una vida: construir tu propio mundo. Ayer hice años, como se dice en los pueblos, como decía Saramago. Hacer, construir, participar. No es una condena, es solo un caminar más o menos lento hacia algún sitio.

No tengo fuentes pero sé lo que va a pasar


No tengo fuentes en el vestuario; ni con los españoles ni con los portugueses; no tengo acceso al entorno de Mourinho, que no es otra cosa que la extensión de su ego con otras voces y el mismo cansino decir; no tengo el teléfono móvil del afamado intermediario que todo se lo cuela al presidente del Real Madrid. Solo tengo ojos y un poco de cerebro para sacar conclusiones. Si ganara la Liga este año, el llamado The Special One, hará sus maletas, cobrará una talegada (a la que no renunciará ni por dimisión) y se marchará a Inglaterra. Allí le esperan en Manchester, no sé si en el United de su todavía amigo Ferguson o en el City del nulo Mancini.

Se irá diciendo: “Yo gané esto y aquello y bla bla bla”. Se irá para no soportar la comparación diaria con Messi y Guardiola, sus antípodas. Se irá para no empequeñecerse más, y en esto debe darse prisa o acabará en miniJose. Llegó con la vitola de ‘mejor entrenador del mundo’ y se irá sin maillot y el culo colorao.

En Inglaterra le ríen mejor sus gracias en tres idiomas simultáneos, que aquí siempre anduvimos mal de lenguas extranjeras. Allí, con suerte, solo se verá una vez al año con el Barça; con mala, dos. Allí podrá sobrevivir lejos del reinado de la excelencia de Xavi Hernández y simular el suyo, su pompa y circunstancia.

Tal vez le acompañe Ronaldo en la escapada, un excelente delantero que necesita un equipo que juegue para él. Prefiero a los Messi, Silva, Özil, que logran mejorar a cualquier equipo, que juegan en grupo y para el grupo. Debería seguirle Pepe con su disfraz al descubierto de Anibal Leckter, que aquí ya tiene puesta una cruz, tal vez excesiva, pero ganada a pulso.

Mourinho vive entre dos mitos: su victoria con el Inter en aquella semifinal, una anomalía, y el 5-0 del Nou Camp, otro tipo de accidente. De cien Barça-Inter solo uno calificaría a los italianos. Lo suyo no fue sapiencia futbolística, táctica, fue solo el sonido de la flauta del burro de la fábula. Ha intentado variedades sobre su casualidad interista, pero nunca ha intentado jugar al fútbol como ayer contra el Athletic de Bilbao.

El Bernabéu ha perdido el respeto a Mourinho y le carga la chulería insaciable de Cristiano; yo nunca se la tuve al primero, y me remito a los post proPellegrini que escribí en su momento. Mourinho representa los valores que detesto; es la cara futbolera del todo vale, del capitalismo salvaje, de los sin-valores.

Mientras que espero un milagro el miércoles, sueño con otro a medio plazo: un Real Madrid sin dioses, sin seres superiores. Me bastan Özil y los magos silenciosos.

Un aeroplano para soñar

Dos años más de recesión, dicen; dos años más de excusas para la poda, para la quema; dos años más de jubilaciones santanderinas millonarias, de bonus de escándalo, de silencios cómplices, de sociedad inanimada, muerta, dividida, asustada. La gran estafa continua en medio de leyes que la amparan y protegen al tanto por ciento de complicidad. Es sábado, llueve un sol que no es de invierno; hasta el clima anda errante y confuso. Música de escape: un aeroplano para soñar. Buen fin de semana.

La ética crea empleo

En las redes sociales fluye un debate apasionante, de cierta altura, que no está en la política ni en los medios de comunicación tradicionales, por lo general más dados a la desmesura fúnebre y a la desmemoria; recordar cuesta trabajo, tiempo y dinero. Para recordar son necesarios los viejos, los que tienen la lengua larga y la ambición corta. Hoy escribí en esas redes: “Transición española: se juzga al juez que intentó mirar debajo de la alfombra y se tiñe de oro la biografía de un franquista. Algo falla”. Después elevé el invite: “Este país necesita una comisión de la verdad, que se recuperen los m?s de cien mil desaparecidos y que todos pidan perdón. Este país lleva mintiéndose desde el Cid, un señor de la guerra por beneficio propio y no el héroe cristiano que vende la historia imperial, la misma que ahora ensalza a Fraga”. Un periodista a quien respeto y quiero me corrigió: “Lo que necesita este país es trabajo”. Me hizo pensar.

Creo que la memoria histórica, asumir un pasado trágico común, y pedir perdón a quien sea, a los vivos o a los muertos, debería ser una exigencia ética; un primer paso esencial para la construcción de una sociedad limpia, sana, capaz de esperanza. Quedan más de 100.000 desaparecidos en fosas comunes y cunetas. ¿Podemos avanzar sin devolverles su nombre? ¿Sin entregar los restos a sus familias? Os recomiendo el libro de Gervasio Sánchez: Desaparecidos.

La transición española tuvo grandes aciertos, el principal evitar otra confrontación, y errores: aceptar una amnesia nacional sin contrapartidas, sin un ‘lo siento’. Un ‘lo siento’ sin colores ni ideologías, de muerto a muerto, de víctima a víctima.

Esa España sin memoria nació en 1977 carente de ética colectiva, ayudó a apuntalar una sociedad poco crítica, quejosa, acostumbrada a la sumisión, a mirar hacia otro lado; una sociedad obediente de nuevos ricos que solo pensaban en endeudarse como si esto fuese jauja: pisos, cochazos, joyas, vacaciones, apariencias. Unos pedían créditos; otros, los bancos, se forraban en la ruleta de la morosidad.

Sin ética colectiva ha triunfado la España de los listos, de los roldanitos y gürtelitos, la España sinvergüenza. Nadamos en paro porque no tenemos ética colectiva, porque nuestra democracia ha sido incapaz de crear una economía productiva más allá del amiguete, el comisionista y el bien colocado que canta a tiempo la ganga urbanística. Tenemos paro porque solo hemos producido corruptos y especuladores. No hay trabajo, solo saldos con contrato basura. Las excepciones, que las hay aunque externalicen beneficios, son héroes. Sin ética colectiva no existe sociedad civil ni exigencia de castigo a los mentirosos, a los defraudadores. El ayer es la base de hoy, de mañana. Quizá perdimos una oportunidad histórica en la transición. Quizá perdimos la oportunidad de tener un himno hermoso, sin vencedores ni vencidos, un himno de todos como este pasodoble maravilloso: Suspiros de España.

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