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Coño, Robin, esto no se nos hace

Hay personas que no tienen permiso para decidir por sí mismas porque nos pertenecen a todos. Hay tipos como Robin Williams que están unidos a nuestra vida, son motores de esperanza, de sonrisas. Si se quieren suicidar deberían convocar un referéndum.

Su muerte me ha conmocionado especialmente porque Robin era un fabricante de humor, un tipo que me hacía sentir mejor. Me conmociona que detrás de la alegría exterior se esconda tanta tristeza interior retenida. Me impresionan los dos Robin que llevamos dentro. Fabricar risas para los demás no otorga instrumentos especiales para combatir la depresión, la pena profunda de estar solo, a la deriva, perdido. No hay cuerdas de salvamento para ese tipo de sentimientos.

Sucede mucho en Hollywood, no sé si en todo el cine, en el español, por ejemplo: cuando vives de desdoblarte en tantas personas que no son tú, puede que al final acabes perdido en un laberinto. Interpretar con la intensidad emocional de Philip Seymour Hoffman no puede salir gratis. Williams era de esa estirpe, de los que se vacían en cada personaje de ficción para escapar del pozo de la realidad.

Los hay personas tristes, depresivas, que abrazan los papeles del dolor por algún defecto de fabricación o para llamar la atención. Este tipo de personas están más a salvo que los simuladores de alegría, los que hacen bromas sobre uno mismo, que se restan importancia. Vivir es una extraña aventura. DEP.

Los duelos, los tránsitos y el tiempo

Quedarse sin trabajo es una forma de muerte social. Yo, por ejemplo, no tomo una célebre bebida gaseosa hasta que se resuelva el ERE. No bebo productos que matan sin motivo, que matan por dinero.

El duelo es el transito entre la ausencia que duele a la presencia que acompaña. Es un camino personal. Ningún familiar ni amigo puede recorrerlo por ti. El problema de la muerte es de quien se queda, de quien debe aprender a gestionar la ausencia. Las separaciones son peores: es la muerte de alguien que permanece vivo. Puedes escuchar su respiración dentro de tu cerebro, oler su cuerpo.

La muerte laboral exige el mismo duelo que la muerte física: pasar de la ausencia, de la pérdida, de la expulsión de la tribu, a un recuerdo amable. Ayuda mucho la decisión de no encabronarse, de cerrar los capítulos cerrados por otros, tratar de ser elegante por salud mental y amistad con los que quedan, y reinventarse.

Uno de los problemas de no pertenecer a una organización, de no tener un horario, una exigencia, es el tiempo. ¿Qué hago con él si no sabía de su existencia? Vivimos vidas minutadas, sin espacio personal, en las que hay que pelear las libranzas como si fueran favores, y de repente surgen las horas, los días, las semanas, los meses, el caos.

He tenido mucha suerte: varios medios me han acogido entre sus colaboradores, algo que me permite pagar facturas, reducir el vértigo. Pese a ganar muchísimo menos que antes, soy un privilegiado. Y un idiota que ha mantenido una larga pelea con el tiempo, lo sentía más como amenaza que como cómplice.

Este verano he decidido quedarme en Madrid. No me apetece vacacionar, viajar. No quiero dejar a Nana sola, que me sigue a todos los rincones de la casa como un perro que maúlla. Son semanas de reordenación. El trabajo en el gimnasio (¡casi tres kilos en ocho días!) me ordena, impone una rutina elegida.

El otro día, el camarero de Ferpal que siempre me sirve mi sándwich favorito, el de Pastrami, me preguntó: “¿No se va de vacaciones?”. Repondí: “Estoy siempre de vacaciones con pequeñas interrupciones laborales”. A parte de la boutade, creo que estoy curado, soy libre.

Mientras escribo el libro en el que estoy enfrascado, escucho este maravilloso concierto. Feliz semana.

Progreso adecuadamente

Progreso, lo noto en las piernas, en los pulmones, en los brazos. Me duele todo, pero todo me duele un poco menos: los músculos afectados por el ejercicio se han organizado asambleariamente: toman relevos en su empeño de recordarme su existencia. En julio me sentía cansado, siempre con ganas de tumbarme. Como buen hipocondríaco irresponsable pensé en varias enfermedades catastróficas simultáneas. Ahora sé que solo era tontería, vaguería. El ejercicio me obliga a mantener un cierto orden vital.

He empezado una rutina: levantarme más o menos temprano, desayunar ligero, escribir y bajar al gimnasio. Tras 90 minutos de tute progresivo, vuelvo a casa, me ducho, más desayuno, más escritura. Pienso en los años perdidos por no hacer caso a quien me lo proponía insistentemente. Pido perdón, pero así de tontos somos los hombres, necesitamos demasiado tiempo para comprender.

Nunca me gustaron los gimnasios, y siguen sin gustarme, pero logro abstraerme de l@s notas que se suben a todo para hacerlo mejor que nadie: citius, altius, fortius. Me centro en mis pulsaciones, en mi mundo, en los que tienen más tripa que yo, que los hay.

Me he comprado un medidor de frecuencia cardiaca para no petar, algo que quedaría muy mal en las necrológicas, si las hubiera. También he comprado unas zapatillas especiales en un sitio especial: una tienda llamada Laister, en la Torre de Valencia frete al Retiro. Me la recomendó Máximo Pradera.

Hacen un estudio de los pies y te ofrecen las zapatillas adecuadas a tus defectos. En mi caso solo había un modelo con tres colores: el de cruzar la M-30 de noche y de día, el de cruzar la M-30 solo de día y el más o menos discreto, el elegido. Si vais por ahí preguntad por Alex y decid que vais de mi parte. No os cuesta nada y a mi me premia.

Las zapatillas son muy cómodas, dos guantes. Lo he notado en los ejercicios. Los hago con más brío y seguridad, me canso menos. Cambié el orden: primero media hora de elíptica, subiendo y bajándome las pulsaciones entre 120 y 135; pesas variadas, media hora de cinta sin correr, pero a buen paso y cinco minutos de bici además los estiramientos. En unos meses estaré como Murakami.

Cuando escribo mis trabajos periodísticos, y el libro que avanza a buen ritmo, noto que el oxígeno de las piernas y los brazos me alcanza al cerebro, me tonifica. Más allá del peso, que es la excusa para arrancar, he descubierto un vía para empezar a cuidarme. Ahora que el espacio es mayor, debo concentrarme en lo esencial: en mi. Os regalo esta canción regalada. Feliz viernes.

Hoy solo un poco de música

La tripa y el dinosaurio

Aunque la tripa sigue ahí, como el dinosaurio, al bicho le queda un telediario, o dos del Canal 24 horas; habrá que pelearlo gramo a gramo. Tras tres días de gimnasio ya tengo una rutina y sus variantes. Sigo dolorido, pero me siento mejor, como si tuviera más oxígeno en el cuerpo. Subo las cuestas con cierto brío y menos achaques. Ya parezco de mi edad.

El doctor Máximo Pradera me ha pasado consulta esta mañana en el café de las Letras. Tomé agua con gas y un té con limón para impresionarle. Máximo no es médico, pero tiene experiencia en elípticas. Tras unos minutos de conversación ha emitido un primer diagnóstico: lo estoy haciendo mal. Me ha sugerido algunos cambios en el orden de los aparatos, algunos días de descanso y que compre un medidor de frecuencia cardiaca. También que coma zanahoria. Siempre me ha gustado. El problema de la zanahoria en Madrid es el mismo del tomate: no saben. ¿Algún mercado o tienda que podáis aconsejarme?

No me peso, ya lo hice el sábado y el lunes para disipar dudas sobre la eficacia del gimnasio. Esperaré un tiempo para ver los resultados, Hago veinte minutos de elíptica para calentar, unos ejercicios abdominales y media hora de cinta, sin correr que no hay prisa, solo caminar a buen ritmo. Entre una y otra he hecho 5,5 kilómetros. Mañana haré también aparatos.

Trato de llevar una alimentación sana. Primera medida: ver poco la tele, después comer mucha verdura, poco pujolismo entrehoras, zumo de naranja matinal y una lectura reposada de la divertida encuesta del CIS. Lo que más adelgaza es la risa. Los esfuerzos del PSOE por desmarcarse de Podemos me ayudan mucho. Si me permiten llegar a los 82 kilos igual les voto. Es una promesa, como la de las primarias. Feliz martes.

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