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El run run eran tambores de guerra

Parecía música, quizá un murmullo agradable, pero resultaron ser tambores de guerra. Cuando los últimos vigilantes vieron al enemigo la ciudad estaba sitiada.

El Banco de España no es inocente y menos cuando hace prospectiva. Su globo sonda sobre el futuro del salario máximo -que ya de por sí es bastante mínimo: 645,30 euros por 14 pagas o 748,30 por 12- suena a gallardonada.

El Mundo publica una información sobre el problema del paro juvenil, que en España es pandemia. Destaco estos dos párrafos:

Un par de datos de Eurostat. De los 19,3 millones de parados que había en la Eurozona en el primer trimestre, 3,6 millones tenían menos de 25 años. Si un 12,2% de la población activa estaba en el paro, este porcentaje se elevaba 24,4% en el caso de los menores de esa edad.

Lo grave de esta fotografía es que es aún peor en España, país con 6,2 millones de desempleados, un 27,1% de la población activa. Aquí hay 960.400 menores de 25 años sin trabajo, un 55,9% del total, a los que habría que sumar otros 880.800 que están entre esa edad y los 30 años: los jóvenes que tuvieron la mala suerte de entrar al mundo laboral al estallar la crisis hace un lustro. (seguir leyendo).

La vinculación del paro juvenil al salario mínimo, sugerido por el Banco de España, arrastra un mensaje perverso: si se pagara menos habría más empleo joven. Esta argumentación tan falaz ya sirvió para defender la reforma laboral que ha generado una oleada de ERE de trabajadores, no de directivos y palmeros.

La ventaja de vivir en la era del infoentretenimiento es que no existe memoria periodística ni ciudadana; las excusas se pueden reciclar de un año para otro sin molestarse en renovar el mensaje. Parecen comunicados de las cumbres de la UE: sirven para todos los años. Es la ventaja de no decir nada.

Todo se compara con “los países de nuestro entorno”; una frase tan falaz como el argumentario anterior. Se compara todo, menos salarios y ventajas. Portugal, Marruecos y Argelia son entorno inmediato y no cuentan. Cuando rifan beneficio, desapareace la frase, llega la singularidad.

Esta es la tabla del salario mínimo europeo, un inalcanzable. Para Cospedal será seguramente demagogia barata, escrache literario o ETA.

Yo como Forges, machacón: si toca fastidiarse, nos jodemos, pero que nos gobierne Alemania.

Músicas de A Vivir

Feliz domingo. Ya queda menos no sabemos para qué.

Un gin tonic en el limbo

Por encima de la corrupción rampante, de los viajes de Micky Mato y las bodas Gürtel, de las alcaldesas verduleras que verborrean su reelección cuando huelen a juez, por encima de todo están las causas, el origen del mal: una clase política en el limbo, una ciudadanía desorganizada, exhausta.

¿Cómo van a controlar la realidad los que no la huelen, no la pisan? El asunto de los gin tonic del Congreso es un símbolo. No solo es el precio subvencionado en medio de la crisis, el asunto central es que a la mayoría les parece normal, un derecho. Nadie protestó cuando se aprobó la concesión; unos pocos levantaron la voz cuando se divulgó la noticia. El PP y el PSOE hacen piña en algo injusto.

¿Por qué diablos debo subvencionar con mis impuestos a unos diputados que acumulan prebendas de alquiler de casa, taxis, viajes en avión y en AVE, pensión máxima con esfuerzo mínimo sin que nadie les exija productividad? La mayoría acude al Congreso a ver qué pasa; ni preguntan, ni controlan ni investigan, solo hacen bulto en los plenos donde hoolingonean como colegiales. Tenemos que rescatar a los que hacen un buen trabajo, a los honestos. Saber su nombre.

Una profesión tan impopular debería esmerarse en las formas. En mi reciente viaje a El Salvador coincidí en el avión de Iberia con tres diputados españoles: el socialista Javier Barrero López y los populares Ignacio Gil Lázaro y Carlos Aragonés Mendiguchía. Todos iban en Business, bien cómodos. ¿Quién paga? ¿Cuáles eran los objetivos de la misión? ¿Qué logros han obtenido? ¿Existe transparencia para investigar todos los viajes realizados?

Estamos en horario de pago de impuestos. Tenemos los esfínteres cerrados. Lo siento, pero ya no cabe más. Este sábado es 1 de junio. Que se joda la troika y sus aliados. Si no somos capaces de gritarlo no merecemos alternativas.

Tengo miedo al dentista

Aquí estamos otra vez entre dos dolores; el real, una muela cabrona del maxilar superior izquierdo y el del futuro: pensarme recostado en la camilla del dentista, la boca abierta como la de un león y él, sonriente, con los aparatos de matar en la mano imaginando la cuenta que me va a meter.

La última vez que fui iba en coma tras una noche de aupa en la que ni un bruja colombiana amiga pudo aliviarme el dolor en el retrete de un garito de farra. La última vez fui muchas veces y Eduardo, un tipo encantador, pero dentista, debió irse a Japón o más lejos gracias a la minuta. Ahora, por intensidad comparativa del dolor, no pasa de Ibiza, pero de vacaciones se va seguro.

Este miedo animal a los dentistas es una rémora de la infancia. Como soy entrado en siglos imagino que alguna escasez de anestesia en tres empastes creó en mi cerebro el estereotipo del dentista torturador.

Soy de los que se ponen rígidos con la sola visión del espejo. Cuando salgo tras una sesión de una hora tardo un día en desgarfiarme. Los que tenemos miedo deberíamos ir cada seis meses, para evitar emergencias. Es lo que dicta el sentido común. Pero con los miedos no hay sentidos que valgan, uno se aplaza y se aplaza hasta lo inevitable: “Bueno, parece que el dolor amaina”.

Los dentistas tienen además la manía de hablarte cuando tienes la boca inundada de aparatos succionadores. Es una conversación imposible y potencialmente peligrosa. ¿Y si es del PP? ¿Si le encanta Gallardón? ¿O tiene un Jaguar en el garaje y no se ha enterado? No se limitan a darte la charla; preguntan y nada de cuestiones retóricas, todas directas y exigencia de respuesta.  Mi truco es murmurar y sonreír, que se las apañen con la traducción.

Seguiremos informando; si salgo de esta, claro.

Pensiones para qué las quiero

Aquí estamos callados ante un Gobierno sigiloso que prepara la masacre de las pensiones. En democracia una promesa electoral tendría que ser un contrato. Si el producto es defectuoso o fraudulento debería existir derecho a la devolución y al pago de una indemnización por las molestias causadas.

Aún no hay acuerdo en el llamado comité de sabios, pero todo apunta en una dirección: retraso de la edad de jubilación, cambio de contabilidad de años trabajados, adiós al Pacto de Toledo y a las subidas con el IPC, condicionantes nuevos… Todo para recortar un 6 o 7%. ¿Eran estas las líneas rojas de las que hablaba el candidato Rajoy? Claudi Pérez, que es muy bueno, firma una crónica sobre el asunto. En ella informa de que Bruselas -esa nebulosa- exige más reformas en pensiones e impuestos. En este capitalismo sin controles las palabras ‘reforma’, ‘modernización’ y ‘mejora’ representan una jodienda garantizada.

Si es cosa de ahorrar, ahorremos con valentía e imaginación: fuera el Gobierno, el Parlamento y el Tribunal de Cuentas del Estados (el primero), los asesores, los coches oficiales, los iPad por la cara, los gin tonic subvencionados, las ayudas al alquiler a los que ya tienen casa. Todo fuera y que nos gobierne Angela Merkel. Al menos ella sabe defender a los suyos.

(La viñeta es de Erlich, un genio).

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