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#Lampedusa

Nunca he estado en Lampedusa, como la mayoría de los periodistas que escriben sobre aquella isla-frontera. Hay noticias que exigen alma, estar allí, empaparse, hablar con los vivos, escuchar a los muertos. Hay que estar ahí, preñarse de emoción, infundir calor a las cifras, descubrir las pequeñas historias que cuentan las tragedias grandes.

La mayor tragedia no está en la muerte de inmigrantes sin nombre, como los que yacen en el cementerio de Tarifa, sino en nuestra muerte moral, en la insensibilidad de esta sociedad ampulosa. Si no estamos allí los periodistas para denunciar la degradación ética de nuestro mundo, ¿cuál es nuestro oficio?

Me gusta la camiseta del gran Franceso Totti: “La vida es un derecho de todos. #Lampedusa”. Hay que mojarse, dar la cara, escoger bando. Ser ejemplo.

He leído que las leyes italianas (léase europeas) premian con la nacionalidad a los inmigrantes que mueren persiguiendo un sueño y con la expulsión a los que logran sobrevivir.

Debemos parar y mirarnos al espejo: ¿qué somos? ¿Qué defendemos? ¿Qué mierda de sistema es este? ¿Qué basura de gobernantes son los que priman el lucro sobre la salud y la educación, la esclavitud sobre la justicia? ¿Esta es la Europa-ejemplo, cuna de civilizaciones? Siento asco y pido perdón por ser parte de ella. ¿Dónde está la izquierda que apoya y aprueba este tipo de leyes inhumanas? Es fácil escandalizarse por Siria, difícil escandalizarse por nuestras ciudades. Nuestro sitio es la patera, ahí es donde está la grandeza perdida.

Tiene que llover mucho más

Llueven mares súbitos sobre Madrid. Nana observa el diluvio universal y trata de perseguir el eslalon de gotas que se deslizan por el cristal. La ciudad desaparece entre nubes y reaparece entre claros. Parece un juego de magia. La gata crece a gran velocidad. En sus tres meses y medio todo es juego; no hay sofá, silla, tela, cuerda, mochila, colgante que sobreviva sus ímpetus y desafueros. De noche y de mañana corre por el piso arqueada como si fuera un Bolt peludo.

Un animal despierta sentimientos que se han dormido en el trato con las personas. Resulta agradable dejarse ir sin miedo a la traición. Conviví 15 años con Claudio, mi anterior gato. Es el ser vivo que más tiempo me ha aguantado, lo que tiene mérito. Fue una experiencia sublime.

Los días de lluvia me recuerdan al colegio, cuando me simulaba enfermo para no ir. Ahora no simulo nada, soy mi jefe, el dueño supremo de mi tiempo, tanto del que gano como del que pierdo tumbado en el sofá.

Es viernes, llega el fin de semana, la bulla. Lo malo de los días grises es que te agrisan por dentro. Busco músicas-luz para transitar la jornada. De todas las que hablan de lluvia me sigue gustando esta, por su doble sentido, por su esperanza. Ahí van dos versiones.

Diez consejos a Ancelotti para salir de la crisis

1. Apuntar en un papel todas las sugerencias dictadas por Florentino Pérez y su entorno, sean directas o indirectas.

2. Tirar a la papelera el papel escrito siguiendo el consejo del punto primero.

3. Colocar a Casillas en la portería. Hay que pacificar la plantilla y al estadio. Sería la prueba de que nos ha hecho caso en el punto segundo de este decálogo de propuestas para salir de la crisis.

4. Subir el sueldo a Diego López. Debe ser el portero de la Copa del Rey.

5. Recuperar a Varane. Es urgente. Xabi Alonso también es urgente. Y lo es renovarle. ¡Basta de chorradas!

6. Probar el 4-3-3 con un falso nueve: Casillas, Carvajal, Ramos, Varane, Marcelo; Casemiro, Illarra, Di Maria; Bale, Isco y Cristiano.

7. No leer lo que escribe Diego Torres. Es muy bueno, pero a Mourinho no le sentó nada bien.

8. Dejar de decir “cleb” en lugar de “club”. Denota falta de adaptación.

9. No ver un solo vídeo de Özil en el Arsenal.

10. Escribir cien veces el nombre de Jesé. Solo por recordar que tiene un diamante en el banquillo. El otro es Morata.

El problema es Florentino

Ya sé que en esta temporada, una más, no podré contar con la distracción intelectual de mi equipo de fútbol. Ayuda en los momentos de exilio interior, que dadas las circunstancias son crecientes: “Bien; todo es una mierda pero hemos ganado 2-0”. Otro año frente a la realidad en un duelo al sol en una calle polvorienta del Oeste. Mal asunto porque la realidad es rapidísima con la pistola. Ahora acaban de ponérsela en la sien a los enfermos de cáncer en España: les van a cobrar hasta el último aliento.

No me molestó que ganara el Atlético de Madrid; lo mereció y además me cae muy bien. Lo que me dejó tocado fue el no-juego de mi equipo, cuya confusión táctica es tan reiterada que ya parece un estilo. Illarramendi, un excelente pasador, no dio un pase. Además de sus errores, que los hubo, se topó con unos compañeros estáticos. Falló pases hasta Cristiano por la escasez de desmarques. El equipo (menos Morata, que se come el césped) ha perdido la intensidad de Mourinho. Ha sustituido el contragolpe por el barullo. Prefiero la elaboración frente al patapúm pa’rriba. Un equipo excelso debe saber jugar con ritmos diferentes. Se perdió lo mejor de Mou.

Sin el entrenador portugués, que nunca me gustó por su estilo tabernario y su ego desmedido, Florentino vuelve a ser emperador universal: preside, firma autógrafos y cheques, se ve con jefes de Estado, ficha y desficha.

La pretemporada empezó muy bien, con decisiones infrecuentes y acertadísimas: los fichajes de Isco e Illarra y las incorporaciones de Carvajal, Casemiro y Nacho (solo de central, por favor). De las salidas, la única discutible es la de Higuaín. El Pipita es todo corazón, pero falla demasiado. Todo se estropeó en el último instante con la salida de Özil, un jugador extraordinario de cabeza frágil. Me recordó la temporada de Pellegrini, a quien le privaron, también en el último suspiro, de dos jugadores clave: Robben y Sneijder. Una florentinada de libro.

John Carlin lo resumía ayer en un tuit: “Vender a Ozil en vez de Benzema, fichar a Bale en vez de Suárez, por la mitad… Inexplicable, irracional”. El galés es muy bueno (le llevará meses acoplarse), pero es un jugador que el equipo no necesita. Todo fue imagen, responder por las bravas a la pérdida de Neymar. Típica florentinada. Como lo es pagar lo que te piden con un dinero que no es tuyo.

El problema del Real Madrid es Florentino Pérez. Desde que echó a Del Bosque (florentinada en jefe) está de más. Florentino es como Mariano Rajoy, una lacra sin alternativa visible. Me gusta el modelo del Bayern. Habría que impulsar la candidatura de Del Bosque como presidente del Real Madrid cuando deje la selección. El resto vendrá solo: sentido común, humildad y trabajo en lugar de prepotencia y despilfarro.

Florentino no va a dejar la presidencia dos veces. ¿Quién es Florentino sin el Real Madrid? ¿Acaso le van a recibir jefes de Estado por presidir una constructora endeudada, modelo de la crisis en el país del pelotazo y el amiguismo, según The New York Times?

Ahora que está tan en boga el periodismo de datos, ya saben el que cruza bases que aparentemente no tienen nada que ver, este Real Madrid florentinista podría ser un buen campo de investigación: cruzar amistosos, giras de verano, promociones publicitarias con los contratos obtenidos por ACS. Solo por probar, no porque sospeche nada. Ya sabemos que Florentino es un tipo decente que jamás llama a las redacciones para presionar contra los periodistas que considera incómodos.

A Santiago Rivera le han pirateado el personaje

No es frecuente quedar con Jesucristo para escribir un reportaje. Ni que este fume tabaco de liar y beba café mientras desgrana recuerdos. Santiago Rivera tiene 34 años. Es de Vigo. Cuando está en Madrid vive en una pensión de la calle Preciados. Gasta poco, 35 euros al día para dormir y comer. Es una estatua humana; sobrevive gracias a su capacidad de permanecer inmóvil, a la verosimilitud del personaje. Interpreta un Jesús plateado con corona de espinas y una cruz a cuestas que pesa casi diez kilos. Cuando le pregunto qué quería ser de mayor, responde: “Libre”.

Así empieza el reportaje que escribí en junio para Tinta Libre sobre las estatuas humanas. Me llamó la atención el personaje de Rivera, su perfección. Hablamos en un café junto a José Manso, que interpreta un borracho metalizado. Parecía un reportaje costumbrista sin sorpresas. Quería saber por qué eligen un determinado personaje, cuánto les cuesta caracterizarse, cuánto ganan al día, qué dicen los viandantes que se cruzan con ellos.

La sorpresa llegó cuando me dijo que Alex de la Iglesia había rodado una película con su personaje como protagonista. Estaba quejoso porque nunca habló con él; no le comunicó nada, ni le ofreció un acuerdo, algo. Otro chico que hace de Jescrucristo semidesnudo le pidió permiso antes de montar su escenario en la calle Mayor. A Santiago le gustó el gesto.

Hablé con el cienasta, me pidió el teléfono de Santiago y le ofrecieron colocarle en los créditos e invitarle al estreno. No han cumplido. En los créditos hay un agradecimiento a las estatuas de la Puerta del Sol en general, no a Rivera en particular. El no tiene el copyright de Jesucrito (es del Vaticano) ni siquiera en su versión metalizada, pero ahora está jodido porque parece que es él quien copia, quien trata de aprovecharse del director de cine. Es una batalla desigual e injusta.

Hoy me ha llamado a casa. Dice que Alex de la Iglesia le ha pirateado el personaje, su modo de vida. No es solo el dinero; en el disfraz está la dignidad, el respeto.

Este es el resto del reportaje. Culego también las fotos que hice, para que no haya dudas de quién es el original.

“Todo ha cambiado con la crisis económica”, asegura Manso; “la gente nos ve como mendigos, no como artistas”. Se colocan juntos en su escenario imaginario porque así llaman la atención. Rivera se tortura con el reconocimiento; la mayoría pasa sin volver los ojos y cuando alguien se detiene es para hacer fotos. “No es el dinero; quiero que admiren mi trabajo. Tengo que sentirlo”. Esa necesidad es debilidad, un rasgo artístico.

Jesucristo resulta un papel arriesgado; más en tiempos en los que la escasez agita el odio. Lo eligió para una Semana Santa hace dos años porque le gusta el mensaje que transmite. Hoy se le ha encarado un hombre maduro de ideas fijas: “Eres un estafador. Dices que el eres el rey de los pobres pero estás pidiendo”.

“En Niza una veintena de jóvenes me lanzaron monedas de dos euros”, asegura Jesús. “Tuve suerte: ninguna me dio en la cara. Eran un pelotón de fusilamiento. Las personas que miraban se apresuraron a recoger el dinero para llevárselo a casa. Aquí aprendes a conocer el alma de la gente”.

Tardan media hora en maquillarse, en prepararse. Esta vez se pintan en la calle Preciados aprovechando la sombra de los toldillos. Los peatones pasan ante el camerino callejero como si fuera un tiovivo, curiosean sin saber quiénes son los que giran, ellos o los artistas. Ser estatua arrastra soledad.

A Santiago le encanta Ginebra, su ciudad favorita; allí siente esa admiración que tanto ansía. “El trabajo funciona mejor en el norte de España y en el extranjero. En Roma siempre nos tratan muy bien. No es que me disguste Madrid, es que es mejor en las ciudades pequeñas, sin tanta competencia”, dice Jesucristo. Manso, que presume de madrileño, también prefiere trabajar fuera. “En París está todo regulado, pero si vas a un barrio, la policía hace la vista gorda por una hora o dos y te soluciona el día”.

El borracho está enfadado con Alex de la Iglesia. Dice que ha rodado una película centrada en el personaje del Jesucristo de Rivera. “No ha hablado con él ni le ha pedido permiso”. Rivera escucha cabizbajo con uno de sus cigarrillos de liar entre los dedos. “Ni siquiera le ha cambiado el color plata. Lo ha copiado sin más. Hay otro Jesucristo en la zona. Lleva las piernas desnudas. Vino a verme, quería saber si me molestaba”, explica Santiago Rivera.

El director bilbaíno asegura que la productora contrató a algunos y que habló con muchos de los artistas que se colocan en la Puerta del Sol. “No es un papel sobre él; es un atracador que se viste de Jesucristo. Reconozco que le he visto varias veces y eso me ha inspirado. No sé lo que pasaría, quizá no le encontramos en los meses anteriores y durante el rodaje. Hablaremos con él para arreglar el asunto y meterle en los créditos si quiere”. Santiago reconoce que estuvo meses fuera de Madrid y se muestra encantado con la llamada del director: “Es un reconocimiento”.

Rivera y Manso trabajaron en la Puerta del Sol durante el 15M. “Al principio había buen rollo, todo el mundo estaba feliz con la protesta; notábamos ese optimismo”, asegura Manso; “después decidieron quedarse demasiado tiempo y perdieron el apoyo de los comerciantes. Percibimos el cambio. Al final, en las asambleas se decían muchas tonterías”.

La crisis afecta a la expresión de las personas; van cabizbajas, ausentes, pensando en sus cosas, no hay alegría. Sol es un escaparate con los personajes del lumpen: carteristas,  drogadictos, chaperos, buscamalavidas. La gente cree que las estatuas no escuchan y lo escuchan todo.

En una buena jornada recaudan cerca de 50 euros. Pero los buenos días son escasos. “Pasan curas y monjas. La mayoría no dice nada, algunos se enfadan. Un día se paró uno que venía de las islas Solomon. Había estado allí de misión 30 años. Daba vueltas alrededor. Me di cuenta de que era el mismo por los zapatos. Me dijo que le gustaba lo que hacía. Que verme había alegrado su día”, asegura Rivera.

El borracho reprocha la juventud de Jesucristo, que con 34 cumplidos ya escapó al destino del original y vive una vida propia. “Está todo el rato con el rollo de que no nos respetan y no para de moverse. Si se quedara quieto un buen rato sería la leche porque es muy bueno. Ha ganado premios”.

La crisis transforma las ciudades, las enloquece. La Puerta del Sol es también un vaivén de novios y novias, turistas, ligones, manifestantes y predicadores de la nada. A veces se oye un buen músico o se forman corros alrededor de un mago negro que hace malabares con el racismo. Los muñecos de Disney que pueblan el lugar son peruanos; los hombres que hacen de Alien, búlgaros; los compradores de oro, colombianos, cubanos, dominicanos. Los soldados en posición de ataque ­-un portugués y un brasileño- regresaron de Lisboa, de ponerle claveles a sus fusiles.

Ese Madrid paralelo y multicultural es un reflejo de la sociedad sin memoria, se duele de los mismos problemas, la misma insignificancia. Arrastrados por el hundimiento, todos, ciudadanos y derechos sociales, se transforman en estatuas tan  invisibles como Rivera y Manso. Todos sobre un escenario sin saber quiénes somos en verdad: personas o máscaras.

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